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Mediatización de la protesta y “economía moral de la multitud”

En general, historiadores y antropólogos ubicaron a los saqueos de 1989 en una serie que hace genealogía con los “motines de subsistencia” estudiados por E. P. Thompson (1979) en la Inglaterra del siglo XVIII, previos a la Revolución Francesa, cuyos vectores fueron la miseria y el hambre, provocados principalmente por el alza de los precios de los alimentos.

Estos disturbios, que fueron también nombrados como “rebeliones del estómago” (Thomp- son, 1979: 63), son analizados por dicho autor más allá de la verdad evidente de que la gente protesta cuando tiene hambre. A los fines de evitar un economicismo simplista, se pregunta Thompson cómo es modificada la conducta de la gente -por ejemplo, cuando está hambrien- ta- por la costumbre, la cultura y la razón (Thompson, 1979: 64). Su análisis advierte que “es posible detectar en casi toda acción de masas del siglo XVIII alguna noción legitimizante” (Thompson, 1979: 64), noción que incluye un complejo conjunto de creencias acerca de derechos y costumbres tradicionales con amplio consenso en la comunidad. Los motines de subsistencia de la Inglaterra del siglo XVIII se producían, por supuesto, en contextos de alzas vertiginosas de los precios, hambre, prácticas incorrectas de los comerciantes, e ino- perancia de las autoridades; pero constituían “una forma muy compleja de acción popular

3. La referencia de Verón (2013) es a Eisenstein Lizabeth (2011) Divine Art, Infernal Machine, Filadelfia: University of Pennsylvania Press.

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directa, disciplinada y con claros objetivos” (Thompson, 1979: 65) que operaba en el marco de “un consenso popular en cuanto a qué prácticas eran legítimas y cuáles ilegítimas en la comercialización, en la elaboración del pan, etc.” (Thompson, 1979: 65). A su vez, dicho con- senso -sin llegar a ser eminentemente político- descansaba sobre ideas tradicionales acerca de normas y obligaciones sociales, funciones económicas de los diversos sectores de la co- munidad, y nociones del bien público. Todo ello constituía, según este autor una “economía moral de los pobres”. De tal modo, tanto la privación como el atropello a estos supuestos morales se constituían en la ocasión para el paso a la acción directa.

Además, dichos supuestos se constatan también en la tradición paternalista de las autori- dades, con lo cual la “economía moral” presentaba un carácter general tanto en el gobierno como en el pensamiento del siglo XVIII; es decir, no se actualizaba sólo en los momentos de disturbios, aunque lo que enlazaba todo ello era, evidentemente, el “nexo del pan”: los conflictos entre campo y ciudad, entre tradicionalismo y nueva economía política, se media- tizaban por el precio del pan y las leyes cerealistas (Thompson, 1979: 66)4.

Por ejemplo, un panfleto característico, de 1768, protestaba contra la supuesta libertad de cada agricultor para hacer lo que quisiera: se trataba -planteaba el panfleto- de libertad “na- tural”, no “civil”:

No puede decirse, entonces, que sea la libertad de un ciudadano o de uno que vive bajo la protección de alguna comunidad; es más bien la libertad de un salvaje; por consiguiente, el que se aproveche de ella, no merece la protección que el poder de la Sociedad proporciona (en Thompson, 1979: 75).

La anulación de la legislación contra el acaparamiento -producto del debate producido entre 1767 y 1772- significó el triunfo del laissez faire cuatro años antes de ser publicada la obra de Adam Smith (Thompson, 1979: 78). Las denuncias hacia Smith no eran meramente polí- ticas, ya que sus propuestas se consideraban plagadas de “imperativos morales intrusos”. En este aspecto encontramos un núcleo importante a tener en cuenta en dicho debate, ya que la nueva teoría económica no se preocupaba por cuestiones morales en relación con la comercialización, y este hecho entraba en contradicción con el tono de los panfletistas, ya que “los antiguos panfletistas eran, en primer lugar, moralistas y en segundo economistas” (Thompson, 1979: 79). Un panfletista sugería, por ejemplo, que Adam Smith le había dicho que “la Religión Cristiana degrada la mente humana”, y que la “Sodomía era una cosa en sí

4. Thompson (1979) compara el “nexo del dinero” surgido de la revolución industrial, con el “nexo del pan” en el siglo XVIII: “Así como el conflicto económico de clases en la Inglaterra del siglo XIX encontró su expresión caracte- rística en el problema de los salarios; en la Inglaterra del siglo XVIII, la gente trabajadora era incitada a la acción más perentoriamente por el alza de precios” (p. 66)

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indiferente”. No resultaba sorprendente, por lo tanto, que a Adam Smith se lo tildara de inhu- mano en relación con sus propuestas para el comercio de granos (Cfr. nota 31 en Thompson, 1979: 79).

Todos estos detalles llevan a plantear a Thompson a la “economía moral de la multitud” como expresión de “un complejo de análisis racional, prejuicios y modelos tradicionales de respuesta a la escasez” (Thompson, 1979: 81). Después de 1750, y producto justamente de la escasez, se constata “un torrente de escritos y cartas a la prensa de valor desigual” (Thompson, 1979: 83), en el cual disputaban los defensores del libre comercio con los pa- ternalistas, con el descontento de la multitud, con las denuncias a los intermediarios consi- derados intrusos, con los señores de los feudos, los propietarios agricultores, los molineros, los comerciantes, los panaderos, etc.

Pero en realidad, la “fórmula característica de la acción directa” la encuentra Thompson no en las disputas de panadería de las afueras de Londres, sino en los levantamientos popula- res -de 1740, 1756, 1766, 1795 y 1800- de los mineros del carbón y el estaño, los tejedores y las operarias de calcetería. En estos casos, destaca Thompson la disciplina de las insu- rrecciones y su modelo de conducta, cuyo origen sitúa unos cientos de años atrás, y que va creciendo en complejidad durante el siglo XVIII repitiéndose de manera espontánea. En tales casos, la acción no es el saqueo ni el robo de granos o harinas, sino el acto de “fijar el precio”, acto que reproduce las medidas de emergencia por escasez entre los años 1580 y 1630, codificadas en el Book of Orders -últimos años del reinado de Isabel I y reinado de Car- los I- (Thompson, 1979: 100). Aunque esta legislación de emergencia se fue desmoronando durante las guerras civiles, Thompson plantea que subsistieron vigorosamente en la memo- ria popular de una sociedad principalmente analfabeta. Una copla pegada en la entrada de una iglesia de Wye (Kent), en 1630, decía:

EI Grano es tan caro

Que no dudo que muchos morirán de hambre este año. Si no os ocupáis de esto

Algunos de vosotros vais a pasarlo mal. Nuestras almas nos son caras,

De nuestro cuerpo tenemos algún cuidado. Antes de levantarnos

Menos cantidad será suficiente... Vosotros que estáis establecidos Mirad de no deshonrar

Vuestras profesiones (Thompson, 1979: 102).

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En 1768, más de un siglo después, nuevamente se colgaron “hojas incendiarias” en las puer- tas de iglesias y posadas en Kent, incitando a los pobres a sublevarse, estableciéndose una continuidad y una extensión del modelo de acción directa durante el siglo XVIII (Thompson, 1979: 103).

En 1693, en Banbury y Chipping Norton, la multitud “sacó el grano a la fuerza de los carros, cuando se lo llevaban los acaparadores, diciendo que estaban resueltos a ejecutar las leyes, ya que los magistrados no se ocupaban de hacerlo”. Durante los desórdenes que se exten- dieron por el Oeste, en 1766, el sheriff de Gloucestershire no pudo ocultar su respeto por los amotinados, quienes:

(…) fueron... a una casa de labranza y atentamente expresaron su deseo de que se trillara y llevara al mercado el trigo y se vendiera en cinco chelines por bushel, pro- metido lo cual y habiéndoles dado algunas provisiones sin solicitarlas, se marcharon sin la menor violencia u ofensa.

En otros pasajes del relato del sheriff se puede detectar la mayor parte de las características que presentan estas acciones:

El viernes pasado, al toque de trompeta, se puso en pie una muchedumbre com- puesta toda ella de la gente más baja, como tejedores, menestrales, labradores, aprendi- ces y chicos, etc. Se dirigieron a un molino harinero que está cerca del pueblo, abrieron los costales de Harina y la repartieron y se la llevaron y destruyeron el grano, etc. (en Thompson, 1979: 103).

En 1740, en Norwich, la gente “fue a casa de cada uno de los Panaderos de la Ciudad, y fijó una Nota en su Puerta con estas palabras: «Trigo a Diez y Seis Chelines la Rastra». En el mismo año en Wisbeach obligaron a «los Comerciantes a vender Trigo a cuatro peniques el bushel »... no sólo a ellos, sino también a los Panaderos, donde ellos regulaban los Pesos y Precios del Pan” (en Thompson, 1979: 99)

La escasez -dice Thompson- representa siempre para tales comunidades un profundo im- pacto psíquico que, cuando va acompañado del conocimiento de injusticias, y la sospecha de que la escasez es manipulada, el choque se convierte en furia (Thompson, 1979: 132). Panfletos, folletos, periódicos, hojas sueltas “incendiarias”, notas en las puertas, baladas, coplas, trompetas… refiere Thompson como “recursos” de los pobres. Son, según nuestro punto de vista, las “discursividades efímeras” de los pobres del siglo XVIII a partir de las

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cuales modulaban las fronteras dignidad/indignidad de una economía moral que, no pocas veces, pasaba a la acción directa.

Un modelo de acción directa en las últimas