• No se han encontrado resultados

22 Mensaje del futuro

In document Cruzada en Jeans (2) (página 116-126)

DESPUES se dirigieron a Brindisi, ciudad situada a dos jornadas de Bari.

En Brindisi residía el obispo Adriano, uno de los hombres más piadosos y de mejor corazón que han servido a la Iglesia. Fue previamente informado de la llegada del ejército de los chicos; cuando se presentaron desanimados ante las puertas de las murallas apenas eran ya un

millar. Adriano estaba preocupado por su suerte. Sabía que habían recorrido una inmensa distancia; pero las dificultades que habían vencido eran superiores a lo que su imaginación podía concebir. ¡Resultaba increíble que fuesen treinta mil a la hora de partir y que sólo hubiesen llegado mil a Brindisi!

La mítica cifra de los treinta mil, inventada en Bolzano, se había difundido por todas las ciudades italianas. Nunca sería puesta en tela de juicio y los libros de historia de épocas ulteriores se referirían a este fantástico número.

El obispo, impulsado por sus sentimientos caritativos, rogó al pueblo de Brindisi que se mostrara misericordioso con los niños. Pero los burgueses se negaron a acoger en sus casas a aquellos chicos desmandados. A éstos nada les importó que les obligaran a acampar fuera de la ciudad; muchas veces les había sucedido otro tanto, y a ellos no les preocupaba vivir ante las murallas de Brindisi o de cualquier otra población, con tal que tuvieran algo que comer. Pero esa despreocupación desapareció cuando por fin se abatió sobre ellos el otoño. Tras un verano muy seco y cálido, el otoño comenzó temprano y con lluvias dianas. Los inmensos olivares de las colinas cobraron una apariencia triste y húmeda. El sol, que había sido su leal compañero de viaje durante tantas semanas. se ocultaba ahora tras nubes cargadas de agua. El viento azotaba las olas a lo largo de la costa y hacía peligrosa la pesca. Temblando de frío, los chicos vagaban por la playa recogiendo los mariscos que el mar arrojaba y adornándose con collares confeccionados con conchas. Bajo la ligera protección que les ofrecían los árboles trataban de hacer castillos de arena que casi inmediatamente derribaba algún aguacero. Tanta agua ahogó todo su entusiasmo.

El obispo Adriano acudió a visitarlos. Al ver su miseria les ofreció refugio en las ruinas de una antigua abadía. Allí podrían acampar hasta que mejorara el tiempo.

Los chicos enfermos de gripe, bronquitis y tuberculosis fueron trasladados a diferentes monasterios de ía ciudad. Los demás se instalaron en la derruida abadía y se acomodaron como pudieron. Entre aguacero y aguacero salían a recoger madera con la que fabricaban toscos bancos y mesas. Recibieron también paja para sus yacijas. Vivían como una banda de gitanos y no se moverían de allí hasta que no mejorara el tiempo.

Tenían la impresión de haber llegado al fin del mundo. ¿Qué había después de Brindisi? Nada. Sólo una faja de tierras estériles, casi completamente despobladas. El antiguo camino militar no seguía más allá de la ciudad, y sólo senderos fangosos conducían hacia el sur hasta el extremo de la inmensa península. Si no lograbaln embarcarse en Brindisi para Tierra Santa, aquel sería el final de la Cruzada, porque más allá no había nada.

Pero el obispo Adriano meneó la cabeza con resolución y dijo:

-Mis pequeños niños, no debéis creer en las promesas de los capitanes. Casi todos son piratas, y es mejor que os mantengáis alejados de ellos.

Como es natural, muchos chicos no tuvieron en cuenta esta advertencia y subieron a las naves.

Por fin cesaron las lluvias y apareció el sol. Inmediatamente los chicos corrieron al claustro de la abadía para secar sus ropas y calentarse. Dolf y Leonardo se sentaron en un banco de piedra cubierto de musgo, frente a las ruinas de la capilla.

-He encontrado algo extraño -dijo Leonardo de repente. -¿Ah, sí?

En realidad Dolf no le prestaba atención. Le preocupaba el futuro. No creía que pudieran salir de Brindisi y tampoco podían quedarse allí para siempre.

-Mira -dijo Leonardo, sacando del bolsillo una cajita metálica-. ¿Sabes qué es? Dolf contempló perplejo el objeto.

-Eso es... eso es... -balbuceó-. ¡Eso es aluminio! -¿Cómo has dicho?

-Aluminio. Un metal muy ligero. ¿Cómo lo has conseguido? -Ya te lo he dicho. Lo encontré.

-¿Dónde?

-En Bari, frente a la basílica de San Nicolás. Estaba tirado en la calle; me pareció tan curioso que lo recogí. ¿Y cómo dices que se llama este metal?

-Aluminio. ¿Me dejas verlo?

El corazón de Dolf latía con fuerza. ¿Habían descubierto este metal en el siglo XIII? No lo creía, y desde luego Leonardo jamás había oído hablar de aquello.

cajita y la estudió. El cierre estaba muy ajustado y tuvo que introducir su cuchillo para abrirla. -¡No la rompas! -dijo Leonardo preocupado.

-¡Hay algo dentro!

-Tienes razón. ¡Es un mensaje! -gritó el sorprendido estudiante-, ¡Pero qué pergamino tan fino!

-Es papel -murmuró Dolf. Su cara había perdido el color.

-No entiendo nada. ¡Esto son letras! ¿Puedes leerlas?

Dolf no dijo nada. Estaba tan aturdido que le bailaban delante de los ojos las palabras escritas a máquina. Pero al menos había una cosa clara: se trataba de un mensaje del futuro. Por fin leyó:

«Querido Dolf: Si encuentras esto, escribe un mensaje en este mismo papel, vuelve a meterlo en la cajita y colócala exactamente en el mismo lugar en que la encontraste. ¡No alteres la clave que figura ahajo! Recuperaremos la cajita veinticuatro horas después de su llegada, estamos tratando de localizar tu situación exacta.

Dr. Simiak.»

Al final del papel había una línea llena de números y símbolos. El reverso estaba en blanco para que Dolf pudiera redactar su nota.

-¿Te encuentras mal? -le preguntó Leonardo, repentinamente inquieto. -Sí... no... ¿Dónde encontraste la cajita?

Dolf podía sentir cómo temblaba todo su cuerpo.

-En Bari, al salir de la cripta de San Nicolás. Estaba tirada en la calle, cerca de la entrada. -Pero eso... eso fue hace mas de una semana -musitó Dolf desilusionado.

Así que cuando el doctor Simiak trató de recuperar la cajita. ésta no volvió. Dolf inclinó la cabeza, sumido en las emociones más contradictorias: pena, decepción, pero también cierto alivio. Era demasiado tarde; una vez más era demasiado tarde.

Pero ¿cómo había podido averiguar el doctor Simiak que ese día estaría él en Bari? Le zumbaba la cabeza, cerró los ojos y se apoyó contra el muro.

-¿Qué dice? -le preguntó Leonardo sacudiéndole de un brazo-. ¡Rudolf, despierta! ¿Qué significa esto?

-¡Oh, por favor, no me hagas tantas preguntas! -estalló Dolf con lágrimas en los ojos-. Yo... Se puso en pie de un salto y corrió hacia la abadía. Tenía que estar solo. Se refugió en un oscuro rincón del dormitorio y trató de reflexionar. Había algo obvio: lo estaban buscando. El doctor Simiak trataba de hallarlo en la jungla del pasado y, por un instante, había estado a punto de lograrlo. Dolf tiritó como si tuviera fiebre.

-¿Por qué no hallé a tiempo la cajita? ¿Por qué tuvo que ser Leonardo, que no tenía idea de lo que significaba? Y si la hubiera encontrado yo -se preguntó en completa confusión-, ¿me habría alegrado?

Por extraño que parezca, no estaba seguro. Desde luego echaba de menos su hogar y a sus padres, pero... ¿deseaba verdaderamente volver? ¿Volver a Amsterdam, volver a los tiempos modernos, volver a la escuela?

Miró a su alrededor. Los rayos de sol penetraban por las aberturas del techo e iluminaban el pobre recinto. El sucio suelo estaba cubierto de yacijas de paja y de hierbas secas. Dos chicos se recuperaban de un ataque de malaria y dormían en una esquina. Fuera había otros trabajando y jugando.

Habían comprendido por fin que Brindisi era el final de su viaje. No había lugar alguno al que pudieran ir y tampoco cabía pensar en el retorno. Además llegaba el invierno.

Si Dolf tenía la oportunidad de dejarlos, ¿podría hacerlo? Aún se sentía responsable de ellos. ¿Adonde podrían ir esos pequeños parias y mendigos? ¿Qué futuro podían esperar María, Frank, Peter o Bertho? Manoseó desazonado la carta del doctor Simiak.

-No los he estado protegiendo todo el camino para abandonarlos al final -murmuró para sí angustiado.

Sin razón aparente, pensó en Carolus y se entristeció aún más. El pequeño rey de Jerusalén jamás habría abandonado a sus subditos, ni aunque le hubieran ofrecido todos los tesoros del mundo.

-Oh. Carolus, ayúdame -musitó desesperado-. ¿Qué debo hacer si llega otra cajita? No tenía ni idea de que el doctor Simiak seguiría buscándole.

Leyó el mensaje una vez más. La advertencia de no alterar las cifras le inquietaba. Las cifras eran sin duda importantes porque el científico habría enviado diferentes cajitas a diferentes lugares. Pero ¿qué sistema habría empleado? Leonardo había encontrado la cajita cerca de la iglesia de San Nicolás. Dolf supuso que la iglesia debía seguir allí en el siglo XX. Su padre les habría dicho a los científicos que a Dolf le apasionaba visitar iglesias antiguas. ¿Estarían bombardeando con cajas de aluminio todas las iglesias? ¿Cómo podían saber que Dolf se había unido a la Cruzada de los Niños?

De repente lo entendió. El muchacho trasladado al siglo XX en lugar de él. Habrían conseguido comunicarse con él y les habría informado sobre los chicos que iban en camino de Jerusalén. Se preguntó si en el siglo XX sabrían algo de aquella absurda empresa. El jamás había leído nada al respecto; pero tal vez el doctor Simiak estaba informado de que la Cruzada llegó a Brindisi.

En ese momento entró María y se arrodilló a su lado con semblante de preocupación. -Leonardo asegura que estás enfermo -dijo quedamente.

Le puso una mano en la frente. -Si, tienes fiebre.

Dolf ocultó el mensaje y la cajita en un bolsillo del pantalón. -No, no estoy enfermo -replicó Dolf.

-Hay novedades -le dijo María excitada-. Dom Thaddeus ha recibido un mensaje del obispo Adriano. El obispo ruega a los dirigentes de la Cruzada de los Niños que acudan a verlo mañana por la mañana. Rudolf, tengo miedo de que la gente quiera expulsarnos otra vez.

-No me extrañaría -murmuró Dolf desalentado.

-¿Y adonde podemos ir? ¿Tenemos siquiera la posibilidad de ir a algún lado? -No lo sé.

-¿Has advertido que también Leonardo está preocupado? Me parece que tampoco él sabe adonde ir y quiere volver a casa. Pero... él no nos dejará en la estacada -murmuró María emocionada-. Lo ha dicho él mismo. Quiere tomar a Frank, Peter y Bertho como criados. Así podría cuidarse de que asistieran a la escuela.

-Sería magnífico.

-Sin duda. Pero ¿por qué te has acurrucado en este rincón? Fuera hace un tiempo espléndido.

De repente, Dolf abrazó a la chica y se quedó mirando las moléculas de polvo que se formaban en torno a los rayos del sol. «Querida María -pensó-. ¿Qué será de ti? No puedo llevarte conmigo a mi siglo.»

-¿Por qué lloras, Rudolf? -No estoy llorando.

Pero lloraba. Era todo tan difícil... Un problema que él no podía resolver. Aquella misma tarde tomó una decisión. Cuando los chicos se congregaban para cenar sacó lo que había encontrado Leonardo y lo mostró a todos.

-Queridos amigos, echad un vistazo a esto. Si en los próximos días halláis una cajita igual, recogedla y no olvidéis el lugar en que la habéis encontrado. Os ruego que me la traigáis inmediatamente.

No acababan de entender y querían ver la cajita milagrosa. Se la pasaron de mano a mano, sorprendidos por su escaso peso.

-¿Qué es esto? ¿Por qué la quieres? ¿Por qué tenemos que recordar el lugar? Preguntas, preguntas y más preguntas que él no podía contestar.

-¿Es cosa de brujería?

-¡No, no! Las ha perdido alguien de mi país; eso es todo.

-¿Perdido? -preguntó abruptamente Leonardo. Aquel estudiante inteligente no estaba dispuesto a aceptar respuestas ilógicas-. ¿Quién perdería algo así? Sin duda se trata de algo muy precioso.

-Las cajitas sólo son preciosas para quien conoce su significado -replicó Dolf-. Pero Leonardo tiene razón, realmente nadie las ha perdido. Significan de hecho que mi padre me está buscando. No sabe dónde estoy y deja las cajitas porque yo soy el único que conoce su significado. De esta forma trata de hallarme. ¿Entendéis?

-¿Tu padre?

esa ayuda. Os ruego que si alguien encuentra una cajita como ésta me la traiga inmediatamente y me indique el lugar exacto en que la encontró. Esto es muy importante para mí.

Los chicos asintieron. No tenían razón alguna para desconfiar de Rudolf de Amsterdam. Sólo Leonardo parecía dudar. Era evidente que desperdigar las misteriosas cajitas le parecía una manera muy extraña de localizar a alguien.

A la mañana siguiente Dom Thaddeus, Dolf, Leonardo, Frank y Bertho acudieron a la ciudad para ser recibidos por el obispo. Peter se fue a pescar con un grupo de chicos.

Frank y Bertho tuvieron que quedarse delante del palacio, que era un sencillo edificio de piedra. Sólo el fraile, el estudiante y Dolf fueron admitidos a la audiencia. Con el obispo se hallaban su secretario y algunos mercaderes y capitanes de buques.

El obispo Adriano abordó directamente la cuestión. Hablaba latín y sólo lo entendían bien el fraile y el estudiante.

Leonardo traducía para Dolf.

-Es evidente -dijo el obispo- que los chicos albergados en la abadía no puedenproseguir viaje. No existe camino alguno más allá de Bridisi. Además nadie en su sano juicio creerá que los niños puedan cruzar el mar y liberar Jerusalén. Por eso, sólo queda unaa alternativa: tienen que volver a sus casas.

Dom Thaddeus tomó la palabra:

-Monseñor, vuestrjas palabras revelan sabiduría y entendimiento; pero el prob|ema es que estos chicos carecen de hogar: son huérfanos y abandonados.

-Ya lo sé -repuso el obispo serenamente-. Además, el regreso sería difícil porque se acerca el invierno. Los pasos estarían cubiertos de nieve antes de que los niños llegaran a las montañas del nortel Pero no pueden quedarse en Brindisi. No nos será posible mantenerlos durante todo el invierno.

Leonardo asintió. Su exprexión, de ordinario irónica, era ahora seria. Dom Thaddeus juntó las manos desesperado.

-Sin embargo -prosiguió el obispo-. es mi deber de cristiano ayudar a los cihicos en la medida de mis fuerzas.

Señaló con una mano a los mercaderes y a los capitanes de las naves y prosiguió:

-Estos hombres son mercaderes y capitanes dignos de mi confianza. Están dispuestos a trasladar a los chicos por mar hasta la República de Venecia. Durante el viaje, los niños se ganarán el transporte con su trabajo. Los capitanes llevarán cartas mías para el obispo y los regidores de Venecia. En esas cartas les pediré que cuiden de los chicos, los alojen en la ciudad y, en la medida de lo posible, los ayuden a proseguir su camino cuando haya pasado el invierno. Si alguno quiere quedarse en Venecia, se hallará el modo de resolver su caso. Sé que son fuertes y están preparados para trabajos duros, aunque las penalidades del viaje los han hecho un poco indisciplinados...

Se detuvo un momento para cobrar aliento, y Leonardo aprovechó la oportunidad para traducir rápidamente a Dolf los puntos esenciales.

-No conozco otra Solución -concluyó el obispo. Dom Thaddeus se arrodilló y le besó el anillo.

-Os doy las gracias, monseñor -murmuró-. Que Dios os premie por esto.

-Levántate, Dom Thaddeus. No es a mí a quien debes estar agradecido, sino al Todopoderoso. El me inspiró la forma de resolver tan difícil problema. Las naves zarparán dentro de tres días, y los chicos deben estar dispuestos para entonces. Puedes discutir los detalles con estos caballeros. Adiós. Que el señor os bendiga.

La audiencia había concluido. Dolf se sentía eufórico. Ahora no era ya responsable del ejército de los chicos y tenía libertad para regresar al siglo XX, con tal que...

Frank y Bertho, que habían esperado pacientemente, pudieron escuchar inmediatamente las buenas noticias.

-Pero yo no iré a Venecia -declaró Leonardo rápidamente-. Me dirigiré a Palermo, a la corte del emperador Federico.

Se fueron al puerto con los mercaderes y capitanes para inspeccionar las naves. A Dolf se le antojaron muy pequeñas; pero a Dom Thaddeus le encantó su aspecto: le parecieron navios muy marineros. Se pusieron de acuerdo sobre el momento de la partida y regresaron a la abadía para decírselo a los chicos.

con la esperanza de hallar alguna cajita del doctor Simiak? Leonardo se dio cuenta de su confusión.

-No parece atraerte mucho Venecia. ¿Por qué no te vienes conmigo?

-No -suspiró Dolf-. Mi padre está buscándome. Si me marcho, nunca podrá encontrarme. -¿Quieres que te encuentre? -le preguntó el estudiante.

-Sí. Ahora sí.

-Pues quédate aquí y espéralo. -Sí..., pero ¿y María?

-¿Qué pasa con María?

-Si mi padre me encuentra, me llevará consigo a casa. María no puede venir conmigo. Me gustaría, pero es imposible.

-No es necesario -repuso Leonardo tranquilamente-. María vendrá conmigo. -¿Lo dices en serio? ¡Oh, Leonardo!

Dolf se quedó un poco sorprendido cuando el estudiante, evitando su mirada, prosiguió: -¿La has mirado bien, Rudolf? Es la chica más maravillosa del mundo. La llevaré a Pisa, a casa de mis padres, para que se eduque. Luego me marcharé a Palermo con Frank y Peter. Si consigo hallar un puesto en la corte del emperador enviaré a por María y me casaré con ella.

-¿Y si no quiere casarse contigo?

-Claro que querrá, a menos que estés tú allí.

Dolf estaba desconcertado. Por un momento se sintió muy celoso; pero luego comprendió que aquello era lo mejor para la chica. Pronto crecería y se convertiría en una mujer maravillosa: bella, inteligente y cariñosa. Quería a Leonardo casi tanto como al propio Dolf.

-Es tan joven todavía... -murmuró.

-Tiene doce años. Dentro de tres tendrá edad suficiente para casarse.

Dolf sabía que en aquel tiempo era corriente que las chicas, especialmente las de la nobleza, se casaran a los trece o catorce años.

-¿No se opondrá tu familia? María es más pobre que las ratas. Leonardo sonrió.

-Tiene un corazón de oro, y ésa es la única dote que yo deseo.

Dolf asintió. La pena que lo embargaba se hizo más profunda. Dentro de unos días tendría que despedirse de todos. Dio media vuelta y se alejó sollozando.

En ese momento se le acercó Frank. -Rudolf.

-No. Ahora no, Frank -musitó entristecido-. No tengo ganas de hablar. -Pero...

Dolf siguió su camino. Ya habían llegado a la entrada de la abadía y quería ver a María. Frank lo cogió del brazo.

-Ayer dijiste que era muy importante. -¿Qué?

-La cajita.

Dolf se detuvo al instante. -¡La cajita! -gritó.

El pequeño curtidor sacó un objeto metálico y liviano. -Te referías a esto, ¿verdad?

Dolf lo cogió con tanta fuerza que Frank se quedó sorprendido. -¿Cómo lo has conseguido?

In document Cruzada en Jeans (2) (página 116-126)