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21 La tumba de San Nicolás

In document Cruzada en Jeans (2) (página 113-116)

Y ASI reanudaron su camino. ¿Qué otra cosa podían hacer? ¿Volver? Era casi tan absurdo como seguir adelante; además, hubiera significado reconocer la derrota. La mayoría proseguía simplemente por hábito; pero aún había chicos que creían en el mito de la brillante Ciudad Blanca.

-Si Dios no hace que el mar se divida porque Nicolás ha muerto, ¿enviará naves que nos lleven a Tierra Santa? -preguntó a Dom Thaddeus el pequeño Simón. El fraile sólo pudo contestarle:

-Lo que Dios decida, sea lo que fuere, estará bien.

Frieda, algunas enfermeras y los heridos graves se habían quedado en el castillo de Trasimeno. Más tarde irían a Perusa. El comandante consideraba que era mucho lo que tenía que agradecer a los chicos, y estaba tan impresionado por la rubia y resuelta Frieda que le ofreció un lugar en su propia casa.

Tras muchas semanas de viaje, los chicos alcanzaron finalmente la costa del Adriático. Nadie trató de realizar milagros con las aguas y se dirigieron hacia el sur por playas arenosas,

ciénagas y colinas. Aquí se vieron afligidos por otra plaga, la malaria. Las ciénagas rebosaban de miles y miles de mosquitos, aunque sólo Dolf sabía que eran ellos la causa de la enfermedad. Los pequeños creían que la fiebre procedía de las ponzoñosas emanaciones de los pantanos. Cada tarde Dolf ordenaba disponer grandes hogueras humeantes que alejaran a los insectos. Además procuraba que se bañasen en el mar tan a menudo como fuera posible y les prohibía que se secaran.

-Dejad que el sol os seque. Así os quedará sobre la piel una delgada capa de sal, que alejara a los mosquitos.

No estaba seguro de que fuera realmente verdad lo que les decía; pero a partir de entonces los mosquitos les picaron menos v disminuyó el número de casos de malaria.

Habían acampado a la orilla de una amplia albufera y cenaban cangrejos cuando se vieron súbitamente alertados por el grito de alarma de uno de los centinelas.

-¡Se acerca un jinete!

«¿Sólo uno?», pensó Dolf extrañado. Únicamente un hombre bien armado y valiente se atrevería a viajar solo por aquel camino. Creció su curiosidad, corrió hasta el sendero y observó la nube de polvo que se aproximaba al galope. Anochecía. Dolf empuñó automáticamente su cuchillo.

Cuando el jinete se acercó y detuvo su caballo, Dolf reconoció a Leonardo. El animal estaba cubierto de sudor. Leonardo se apeó exhausto y abrazó a Dolf.

-¡Cielos! -dijo el estudiante lanzando un profundo suspiro-. ¡Qué viaje!...

Dolf se había quedado mudo de alegría. María vino corriendo y se colgó del cuello de Leonardo. Frank se hallaba tranquilo y sonriente a su lado, mientras los demás chicos se reunían alrededor de él, vitoreándole.

-¡Es Leonardo! ¡Ha vuelto Leonardo!

-Tengo hambre -dijo sencillamente el estudiante de Pisa.

Su deseo fue rápidamente atendido. Mientras Bertho se ocupaba del fatigado caballo. María preparó un cuenco de mejillones, una cazuela de sopa de mariscos y dos cangrejos cocidos.

-A juzgar por lo que veo, vuestra comida está mejorando -murmuró Leonardo con la boca llena-. Pero advierto que vuestro número parece haber disminuido. ¿Qué ha sido de los demás?

El tono de su voz era desenfadado, pero sus ojos escrutaban inquietos el campamento. -Los hemos perdido a lo largo del camino -explicó Dolf-. Siempre que pasamos por una ciudad, algunos se quedan allí. Esto no es ya una cruzada. Nos hemos convertido en vagabundos profesionales en busca de un futuro.

Leonardo asintió.

-¿Por qué nos has seguido? -dijo Peter formulando la pregunta que todos querían hacer. -Ah, no había una razón especial -replicó evasivamente el estudiante-. Me he cansado de Pisa y mi padre me ha buscado una esposa que no me gusta. Además Pisa está a punto de lanzarse a otra guerra, esta vez contra Florencia, y como ya sabéis se llevan a filas a todos los jóvenes. No tendría tiempo para estudiar. No me agradaba casarme y menos hacerme soldado. Pensé en llegar este invierno a la corte imperial de Palermo. El emperador Federico es un hombre culto y yo conozco algo importante para él: los números árabes.

Se volvió hacia María y le sonrió.

-Sigues tan bella y tan sana como siempre, querida; pero cuando te he besado, sabías a sal.

-Es una precaución contra la fiebre -explicó Dolf-. Con la piel cubierta de sal es menos probable que te piquen los mosquitos, y la picadura de los mosquitos provoca la fiebre.

-¿Cómo sabes eso? -Sencillamente, lo sé.

-Pero las picaduras de los mosquitos no son venenosas.

-Estas lo son -replicó Dolf secamente-. El veneno te llega a la sangre y te pone enfermo. Son muchos ya los que han muerto por la enfermedad, y no estaré a gusto hasta que dejemos atrás esta región insalubre.

-Deberías ir también a Palermo -dijo Leonardo con una risa burlona-. Al parecer, el emperador Federico aprecia a los cortesanos de sentido común.

Miró una vez más a su alrededor. -No veo a Frieda por ninguna parte. -Se quedó en Perusa.

-¡Ah, sí! Oí hablar de la batalla de Trasimeno -dijo Leonardo, al parecer sin preocuparse por el asunto-. Nos visitó un mercader de Perusa, amigo de mi padre, y nos contó la triste historia. También nos dijo que había sido asesinado el jefe de la Cruzada.

-Sí. ¡Pobre Nicolás! -suspiró Frank-. Su alma estará ahora en el cielo.

Leonardo nada dijo, tomó otro bocado y se quedó mirando lijamente a Dolf por encima del fuego.

Un pensamiento cruzó súbitamente por la mente de Dolf: «Leonardo ha creído que me habían matado a mí y ha venido por... ¿por María?».

-Fue horrible -dijo María-. Vi a Rudolf caer bajo los cascos de los caballos y creí que estaba muerto. Traté de llegar hasta él: pero Peter me asió y me alejó de la batalla. Me puse furiosa porque no me dejaba ir en socorro de Rudolf y le arañé en la mejilla; pero él siguió tirando de mí hasta que llegamos al pinar.

Peter observaba silenciosamente el fuego.

-No deberías haberte enojado con Peter, María -repuso Dolf rápidamente-. Te salvó la vida y le estoy profundamente agradecido.

-No quería que me salvaran -replicó María con presteza-. Te vi caer y quería ayudarte... -No era nada -les interrumpió Peter con voz ronca-. Rudolf es invulnerable. Tropezó y eso fue todo.

-Claro que soy vulnerable -respondió Dolf riéndose-. Todavía tengo cicatrices que lo demuestran. Además pasé tres días más tieso que un leño. Me dolía todo el cuerpo. Pero nunca olvidaré, Peter, que salvaste a María.

-Tú me rescataste del castillo de Scharnitz -repuso Peter quedamente- Ahora estamos en paz.

-En todo caso, me alegra encontraros a todos con buena salud -dijo Leonardo de repente. -¡Excepto a Nicolás! -señaló María entristecida-. También asesinaron a Rufus y a Mathilda. -¿Y qué es del pequeño Simón?

-¡Ah! Radiante de salud y tan entusiasmado como siempre. No habla más que de arrojar a los sarracenos de Jerusalén.

Dolf no entendía aún por qué Leonardo se había reintegrado al ejército de los chicos. Le encantaba tener otra vez consigo a su amigo; pero no lograba comprender por qué Leonardo había preferido las fatigas del camino a los placeres de la vida en Pisa. ¿Había creído realmente que había muerto Rudolf de Amsterdam y acudía para ayudar a María?

Caminaron a través de la Umbría hasta llegar al reino de Sicilia, que constituía casi la mitad de Italia. Tenían la piel asaeteada por enjambres de moscas y de mosquitos y pasaban hambre. A juzgar por su apariencia, la vida de los habitantes de esta comarca de costa baja no era mucho mejor. Parecían enanos esqueléticos y se mostraban desconfiados y hostiles. En varias ocasiones, los chicos se vieron envueltos en escaramuzas. La salud del ejército se deterioraba gravemente. Las ropas les colgaban en jirones de los cuerpos endurecidos. Antes había sido escasa la cantidad de sal que ingerían; ahora resultaba excesiva. La malaria seguía reduciendo su número, y Leonardo los instó a dirigirse hacia las colinas del sur.

Llegaron por fin a la antigua ciudad de Bari, que fue motivo de asombro para Dolf.

Con sus padres no había llegado nunca tan al sur. Por eso no sabía cómo sería la Bari del siglo XX. Había esperado hallar un puertecito corriente, como los numerosos que habían dejado atrás. Otra de esas ciudades que apestan a pescado podrido y donde las vidas de las gentes se hallan a merced del mar. Pero Bari era completamente diferente.

Se trataba de un activo puerto marítimo en constante tráfico con el Oriente. Allí gustaba uno por vez primera el sabor oriental. De la misma manera que en Genova, uno podía cruzarse en la calle con individuos de todas las nacionalidades: árabes de largas y blancas vestiduras y turcos con turbantes; marineros griegos que trataban de engañar al primero que pasaba y persas que traficaban con alfombras y seda. Y la ciudad estaba dominada por su poderoso castillo, una fortaleza romana, sólida e inexpugnable.

Leonardo sabía que, en cuanto llegaban a una ciudad italiana, Dolf se lanzaba a buscar iglesias y catedrales, incurriendo en los hábitos de los turistas del siglo XX. Por eso le dijo que en Bari pasaría los mejores momentos de su vida.

-Ahora podrás probar de nuevo tu piedad, Rudolf. Aquí encontrarás la tumba de San Nicolás.

-Sí, el obispo de Mira. Y santo patrón de marineros, viajeros y niños. Hace más de un siglo, veinticuatro marinos robaron sus restos de Mira y los trajeron a Bari. La ciudad está orgullosa de tales reliquias y ha construido una iglesia para colocar sus huesos en un féretro. Dicen que la peregrinación a Bari otorga salud, protección en tiempos de peligro y un corazón resuelto. Y bien necesitamos todo eso.

-Salud -murmuró Frank, que no se sentía nada bien. -¿Y también valor? -preguntó María-. A mí me hace falta. -Y necesitamos protección -añadió Peter.

Razón tenían. Lentamente, los chicos empezaban a perder las esperanzas. Se acercaba el otoño, y aunque ya habían llegado a las colinas, que se mostraban secas y bellas, los problemas eran prácticamente los mismos: ¿qué les aguardaba? ¿A dónde podían ir?

Sin embargo, a Dolf le entusiasmó la ciudad. ¡Aquí estaba enterrado San Nicolás o Santa Claus, por darle su otro nombre! San Nicolás, el santo patrón de Amsterdam y protector de los niños, los marineros y los fabricantes de juguetes. ¿Y qué decían de él las gentes del siglo XX? Afirmaban que Santa Claus era una leyenda. Que no había existido.

Bari se mostró muy cordial con los chicos; quizá algo tuvo que ver en esa conducta la influencia del santo. No se les prohibió entrar en la ciudad, aunque los burgueses les pidieron que acamparan fuera de las murallas porque las calles estaban ya superpobladas. Eran bien acogidos quienes deseaban trabajar, los que querían convertirse en tripulantes de cualquier barco o quienes deseaban visitar las mansiones de Dios para recobrar fuerza y valor. Los chicos alemanes, que en su mayoría hablaban ya bastante bien el italiano, vagaron por las calles en pequeños grupos, boquiabiertos ante el trajín que había por todas partes. Muchos decidieron quedarse en el lugar para probar fortuna.

Dom Thaddeus, María, Dolf, Leonardo, Peter y Frank acudieron juntos a visitar la basílica de San Nicolás. Todos menos Dolf rezaron por el alma del zagal asesinado. El muchacho del siglo XX observaba todo con los ojos de un turista fascinado por lo antiguo y extraño.

La iglesia era magnífica; se trataba de uno de los más bellos templos románicos que había visto. Descendieron a la cripta, donde un féretro de madera labrada, cubierto de flores y de tesoros traídos por los peregrinos, guardaba los huesos de San Nicolás. Dolf no era sentimental y seguía siendo un hombre incrédulo y escéptico del siglo XX. Pero se sintió profundamente emocionado.

Hubo una vez un obispo llamado Nicolás que cuidó de los niños pobres y desamparados, de los viajeros y marineros en apuros. Llevó felicidad y alegría a las vidas de muchos y extendió su mano protectora sobre niños de todas clases: chicos sin hogar y chicas sin medios de fortuna como María, carente de futuro. ¿Era un mito semejante hombre? ¡No! Allí estaba la prueba. Era imposible averiguar a quién habían pertenecido aquellos huesos, ahora ya medio desmenuzados en polvo. Pero Dolf no tuvo duda alguna. De repente creyó en aquel hombre y, como sus amigos, se arrodilló y rezó. Los científicos modernos podían decir cuanto quisieran; pero Dolf creía en la existencia de Santa Claus. En el fondo de su corazón, Dolf le dio las gracias: por su salud, por su fuerza, por la dulce María, por la confianza y la amistad de Leonardo, por la bondad de Dom Thaddeus y por haberlos librado de todos los peligros con que se habían topado en los últimos meses. Pero sobre todo dio las gracias al santo por el simple hecho de que un viajero del tiempo, irremisiblemente perdido, todavía pudiera tener un futuro en algún lugar de este siglo XIII.

En la plaza que se extendía ante la basílica, una cajita pulida brillaba al sol. Nadie había reparado en aquel objeto.

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