En principio, el temor a convertirse en víctima de un delito parece una respuesta lógica y normal si contamos con cierta base objetiva de que tal situa- ción es probable que nos suceda. No obstante, habrá que ver qué puede suceder si sufrimos un miedo excesivo o desproporcionado, y si, además, a tenor de los resultados de numerosos estudios, se muestra que quienes más temen al delito no son generalmente las personas más victimizadas, ni los individuos a los que la sociedad más teme son los que más delinquen, ni tampoco estadísticamente más previsibles los delitos que suscitan más alarma.
El miedo al delito, debido a esta paradoja, es recientemente un importante objeto de estudio para la criminología por sus implicaciones tanto a nivel perso- nal como político, y es que se ha llegado a hablar de personas victimadas tan solo por el miedo de llegar a serlo.
Pues bien, veamos hasta qué punto la inseguridad ciudadana es un problema que preocupa a los españoles siguiendo el barómetro del CIS (Centro de Investi- gaciones Sociológicas) a febrero de 2008.
PROBLEMA % .(N) El paro 44.6 (1101) Las drogas 3.0 (73) La inseguridad ciudadana 18.5 (456) El terrorismo, ETA 31.4 (775) Las infraestructuras 0.7 (17) La sanidad 4.4 (108) La vivienda 28.9 (713) Los problemas de índole económica 36.2 (895) Los problemas relacionados con la calidad del empleo 11.0 (271) Los problemas de la agricultura, ganadería y pesca 0.2 (6) La corrupción y el fraude 0.7 (17) Las pensiones 3.6 (89) La clase política, los partidos políticos 7.2 (177) Las guerras en general 0.2 (5) La Administración de Justicia 1.1 (28) Los problemas de índole social 2.8 (69)
El racismo 0.2 (6)
La inmigración 27.3 (674) La violencia contra la mujer 4.8 (119) Los problemas relacionados con la juventud 1.8 (45) La crisis de valores 2.0 (50)
La educación 5.6 (139) Los problemas medioambientales 2.2 (55) El Gobierno, los políticos y los partidos 1.7 (42) La inseguridad ciudadana se sitúa, como vemos, en quinto lugar como una de las cuestiones sociales que más preocupa a los españoles precedida por el paro, los problemas económicos, el terrorismo, la vivienda y la inmigración. Ahora bien, ¿a qué se debe?
Para empezar, probablemente los medios de comunicación tengan mucho que ver en esto ya que se constituyen como un importante difusor de noticias sobre el delito. Parece ser que muchos forman su opinión sobre la delincuencia en base a los reportajes de los medios de comunicación, reportajes que prestan mas atención a delitos violentos y graves, y normalmente en una línea alarmista (Garrido y Redondo, 2001). Su implicación en aumentos desproporcionados del delito es bien conocida (Tyler, 1980; Kenney, 1987 cit en Fernández Ramírez, 1996).
Los primeros estudios sobre el miedo al delito se centraron en una descrip- ción tipológica acerca de quienes lo sufren así como en investigar hipótesis relacionadas con el traumatismo de la experiencia frente al delito. En este sentido entre las posibles hipótesis que se han venido planteando para explicar este fenómeno destaca la explicación teórica a la victimización previa: la victimiza- ción sugiere que el miedo al delito se desarrollará en aquellos individuos que hayan tenido alguna experiencia anterior frente al delito.
Los datos con respecto a la opinión sobre la probabilidad de ser víctimas de un robo en vivienda derivados del estudio llevado a cabo por Ripollés en la ciudad de Málaga en 1992, parecen apoyar esta propuesta. Encontró que la gran mayoría de los entrevistados afirmaban que la probabilidad de que su domicilio fuera objeto de un robo era mínima; entre los que opinaban que existía esa posi- bilidad, el mayor porcentaje se situaba en los sujetos con edades comprendidas entre 30 y 40 años, especialmente mujeres, personas con mayores ingresos y desempleados. Pero además encontró lo siguiente: “Si comparamos las opiniones
de aquellas personas que han sido víctimas de un robo con fuerza en las cosas en su vivienda con aquellas que han sido víctimas de otros delitos, y éstas a su vez con las personas entrevistadas que no han sufrido ningún delito, el temor a ser víctimas de un robo con fuerza en las cosas se hizo más patente entre las personas que lo habían sufrido con anterioridad en comparación con las que habían sufrido otro tipo de delito, mostrando estas últimas una diferencia considerable con respecto a las personas entrevistadas que no habían sido víctimas de ningún delito” (Ripollés, 1996). Algunos autores han criticado esta hipótesis pero a pesar de ello su poder explicativo se mantiene actualmente en relación con el síndrome de estrés postraumático que estudiaremos en el capítulo siguiente.
En general, y siguiendo a Fernández Ramírez (1997), la investigación sobre el tema se puede clasificar en dos tipos de variables implicados en este fenóme- no. Por un lado, los denominados niveles de vecindario que se relacionan con cuestiones referidas a las dinámicas psicosociales del área de residencia del indi- viduo, y, por otro, el nivel situacional que comprende las características de los lugares temidos y su significado para el individuo, así como las reacciones afectivas y comportamentales ante el mismo.
La segunda variable mencionada, es decir, el miedo derivado de determinados lugares temidos o considerados peligrosos, nos conduce al fenómeno denomi- nado paradoja del miedo, que viene a decirnos que los lugares que las personas pueden llegar a percibir como peligrosos no coinciden, en general, con los lugares en los que se producen las actividades delictivas, y que la consideración de un lugar como peligroso va a depender del punto de vista del sujeto y de una serie de características ambientales que tipifican estos lugares.
¿Que características tienen los lugares considerados peligrosos?
Algunos de los rasgos ambientales relacionados con la respuesta de miedo que los autores han identificado son (Fernández Ramírez, 1997):
1. Los signos de deterioro ambiental en el espacio, incluso si no denotan van- dalismo (obras, falta de mantenimiento). El individuo puede interpretar el deterioro como una huella de la actividad marginal y como muestra de una
falta de control de los grupos sociales sobre el mantenimiento y la seguridad del espacio. El deterioro, por tanto, informa a la persona de posibilidad de delito y falta de apoyo.
2. Rasgos de misterio. Entendidos como la existencia de elementos o facetas ambientales que ocultan parte de la información total que un lugar puede ofrecer. Estos rasgos de misterio son interpretados por el sujeto como refu- gios para un posible delincuente.
3. Nocturnidad. La nocturnidad eleva la presencia de rasgos de misterio en el lugar, permitiendo con mas facilidad el refugio para el ofensor potencial, y además se asocia a ciertas actividades socialmente rechazadas (marginali- dad, delincuencia, etc.) o a la falta de otras que impliquen apoyo frente a un posible delito (comercio, actividad vecinal, etc.).
4. Rutas de escape. Posibilidades que el lugar ofrece a la víctima para evitar un delito en caso de peligro
El miedo al delito, por tanto, puede suscitarse tanto por indicios del ambiente físico como por la percepción y construcción que los sujetos hacen de la situación.
¿Cuáles son los efectos del miedo al delito?
En primer lugar, el miedo al delito es capaz de alterar el estilo de vida, ya que provoca conductas de evitación y limita las actividades de los sujetos descen- diendo su calidad de vida. En este sentido la Teoría de las Ventanas Rotas (Skogan, 1990; Kelling y Coles, 1996) nos plantea que en los vecindarios en los que existe un excesivo miedo a la actividad delictiva se fomenta una ansiedad generalizada tal que trae consigo un menor control informal (aislamiento de la gente en sus casas, desconfianza en los demás, ausencia de interacción con los vecinos, etc.), lo que acaba produciendo una la falta de control efectivo en las calles y, consecuentemente, mayor delincuencia, especialmente determinados comportamientos ilícitos y marginales (prostitución, venta de drogas) que a su vez facilitan otros actos ilegales, por la presencia de víctimas vulnerables. La teoría plantea una política criminal preventiva, como la llevada a cabo por el Ayuntamiento de Marbella, destinada a la eliminación de un ambiente favorable
a la delincuencia y al control de este tipo de actividades. Marbella ha consegui- do una disminución considerable de la delincuencia común gracias a las mejoras estéticas en el casco urbano y a una vigilancia más estricta por parte de la Policía Local de la mendicidad, la venta de droga, etc. Con estas medidas han logrado además reducir el miedo al delito de la población y aumentar la satisfacción ciudadana.
Y en segundo lugar, en opinión de García Pablos (1996), favorece una política criminal drástica de innecesario rigor, poco eficaz, y que en momentos de crisis se vuelve contra ciertas minorías a la que los forjadores de la opinión pública culpabilizan de todos los males sociales. Es decir, promueve el aumento desorbitado de las penas, en especial de las penas privativas de libertad, a pesar de que es bien conocido que tal incremento no reduce la delincuencia. Esta previsión no se aleja tanto de la realidad si tenemos en cuenta, de nuevo, el estudio de Ripollés de 1992. Con objeto de medir la actitud de los entrevistados hacia las penas, incluyeron una pregunta cuyo fin era conocer la opinión ciudadana sobre la pena a imponer en un caso hipotético:
“La gente tiene diferentes opiniones sobre las penas que deben cumplir los agresores. Por ejemplo, en el caso de un hombre de 21 años que ha sido decla- rado culpable de robo por segunda vez, y la última vez robo un televisor en color, ¿cuál de las siguientes penas piensa que sería mas adecuada en este caso?”
Pues bien, aquellas personas que habían sufrido un delito y que, como hemos visto anteriormente, presentan más temor frente al delito, se mostraron más severas a la hora de juzgar al hipotético delincuente. La mayoría optó por imponer una pena de prisión, y todavía más aquellas personas que se sintieron identificadas con el caso hipotético, al haber sido ellas mismas víctimas de un robo en su domicilio.