teresantes escritos que el homo
religiosus siente desde tiempos
ancestrales una poderosa atrac-
ción hacia toda manifestación de
lo sagrado que él acuñó con el
término hierofanía. Desconoce-
mos la causa de esa atracción.
Podemos, si acaso, intuirla. Con
todo, llama poderosamente la
atención de que el fenómeno re-
ligioso sea común en todo pue-
blo, cultura y civilización. Posi-
blemente la ontología, esa difícil
rama de interpretar la filosofía
desde una de sus facetas más
complejas, cual es el estudio de
la esencia del ser y su sustancia-
lidad, nos aclare algo. Pero, sa-
ber que analiza la visión de la
existencia desde el quehacer me-
tafísico es extremadamente com-
plicado y más realizar asevera-
ciones concluyentes, máxime
cuando carecen de plena certi-
dumbre y demostrabilidad empí-
rica. En esto basa en buena me-
dida sus aseveraciones el ateís-
mo y más concretamente el ag-
nosticismo. Ateísmo y agnosti-
cismo que junto con el mundo
de la creencia religiosa forman
el trío que tanto apasionamiento
ha levantado en el mundo desde
casi sus albores.
La tesis de Bertrand Russell y la
controversia de Norwood R.
Hanson sobre el agnosticismo
Ni que decir tiene que el mundo
religioso ha levantado pasiones
tanto a favor como en contra so-
bre la hipotética existencia de un
ente divino y/o sobrenatural que
rige y dirije los destinos del uni-
verso. El mundo de la creencia
religiosa siempre se ha visto
amenazado y convulsionado por
esquemas que van desde el claro
ateísmo que niega categórica-
mente la existencia de ese ente
sobrenatural hasta las posturas
agnósticas que consideran que el
ser humano, de entendimiento
limitado, es incapaz de demos-
trar categóricamente la existen-
cia de Dios por carecer de argu-
mentos sólidos y totalmente fia-
bles. Hablamos de diversas cla-
ses o tipos de
agnosticismo,
ciertamente, puesto que no cabe
hablar de una única postura ag-
nóstica sino de varios enfoques
sobre el controvertido asunto.
En este apartado nos centramos
en la concepción agnóstica que
desarrolló de manera magistral
el gran matemático, filósofo y
filántropo británico
Bertrand
Russell (al cual dediqué todo un
largo ensayo sobre su pensa-
miento filosófico) y en la curio-
sa y polémica tesis del filósofo y
epistemólogo contemporáneo
estadounidense
Norwood R.
Hanson, el cual desde una vi-
sión ateísta consideraba que no
existe el agnosticismo como tal.
Por lo que respecta a Russell
cabe decir que su definición de
lo que es ser agnóstico es de una
claridad meridiana. Sustentándo-
se en la tesis epistemológica de
la razón como elemento clave en
el esclarecimiento de hipótesis o
conjeturas llega a afirmar, desde
una visión humanista del proble-
ma, que “el agnóstico suspende
el juicio, afirmando que se care-
cen de pruebas suficientes, tanto
para la afirmación como para la
negación y al mismo tiempo el
agnóstico puede sostener que la
existencia de Dios, aunque no
imposible, es muy improbable,
hasta el extremo de que no me-
rece la pena considerarla en la
práctica” (B. Russell. Sobre Dios
y la religión. Alcor. Barcelona
1992). Como observamos en la
apreciación de Russell sobre el
agnosticismo existe una clara
manifestación de lo que implica
la postura agnóstica (en él un
tanto cercana al ateísmo, como
también observamos), es decir,
el hecho de que se considere al
agnosticismo como una actitud
de imposibilidad de demostrar
absolutamente nada sobre la
existencia del ente divino sobre-
natural es lo que hace reflexio-
nar al filósofo galés sobre la fal-
ta de practicidad de tal análisis,
como se desprende de sus pala-
bras al respecto. Entonces, la
pregunta que se impone sería la
siguiente: ¿Tiene algún sentido,
por lo tanto, la creencia religio-
sa, cualquiera que esta sea? Par-
ticularmente creo que sí. Y me
explico.
Tiene un cierto sentido si la ana-
lizamos desde el planteamiento
de la fe religiosa, esto es, desde
la certidumbre de algo que no se
ha visto y que se intuye que pue-
de existir. Pero, lamentablemen-
te no podemos ir más allá. No
podemos demostrar absoluta-
mente nada. La fe religiosa im-
plica confiar todo en algo que no
es demostrable empíricamente
de ninguna de las maneras. Al-
gunos argumentarán si la expe-
riencia religiosa no tiene valor
alguno. Y podemos afirmar que
claro que la tiene, pero solo para
el que la siente, lo cual, efectiva-
mente, no demuestra nada obje-
tivamente. Así, por ejemplo, las
experiencias místicas que se han
dado a lo largo de la historia re-
ligiosa tienen, es cierto, un valor
intrínseco para las personas que
supuestamente las han vivido,
pero carecen de plena objetivi-
dad y verificación más allá de lo
relatado por los que las han ex-
perimentado. Dicho esto, añadir
que el valor de la creencia reli-
giosa, más allá de la indemostra-
bilidad de sus argumentos, tiene
significación para todos aquellos
que sienten la “voz interior” de
la fe religiosa, lo cual les da su-
ficiente capacidad para afrontar
los embates de la existencia y
conferir así un cierto sentido a la
misma. Todavía podríamos
ahondar un poco más y decir
que si carecemos de plena certi-
dumbre empírica que demuestre
el valor real de la fe religiosa,
entonces, ¿no sería todo un au-
toengaño, una irrealidad? Es po-
sible que en muchos casos así
sea. Pero no podemos generali-
zar. No podemos, por otra parte,
afirmar que en todos los casos
sea un autoengaño cuando tam-
poco podemos demostrar cate-
góricamente la no existencia de
ese ente divino en quien confían
los creyentes, a quien se dirigen
en sus plegarias y hasta adoran
con devoción, tanto a nivel pri-
vado como en sus cultos de ma-
nifestación pública. La clave
quizá esté en la sincera actitud
ante el dilema. El problema se
complica con la intromisión de
elementos espurios, inauténticos,
en la genuina fe religiosa. Y es
que cuando la fe religiosa se ve
condicionada por elementos
alienantes y manipuladores que
bien pudieran modificar com-
portamientos naturales en lo que
respecta a la fe estaríamos ha-
blando ya de otra cosa bien dis-
tinta.
Bertrand Russell en 1936 (Wikipedia)
Mircea Eliade
reconoce en
muchos de sus
interesantes
escritos que el
homo religiosus
siente desde
tiempos ancestrales
una poderosa
atracción hacia
toda manifestación
de lo sagrado que
él acuñó con el
término hierofanía
propias. Lamentablemente, esa
intolerancia (que raya en mu-
chas ocasiones con el odio y la
animadversión hacia el contrario)
se ve alimentada por líderes sin
escrúpulos movidos también por
su propio fanatismo pero con
fuerza suficiente para fanatizar a
su vez a la feligresía. Esto es
bastante común dentro de los
grupos religiosos sectarios. La
sana religiosidad, por el contra-
rio, ha de caracterizarse por un
espíritu de comprensión y tole-
rancia hacia las ideas de los de-
más, así como por un sentimien-
to de paz y amor inconmensura-
bles hacia toda la humanidad.
Se ha dicho por parte de sectores
cercanos al ateísmo que las reli-
giones, en sus distintas variantes,
han sembrado la ignorancia y la
superstición en mucha gente y
no podemos por menos que,
analizando el devenir de la mis-
mas, asentir en muchos aspectos.
Para desgracia del género hu-
mano, el homo religiosus se ha
caracterizado en buena medida
por su intransigencia, por su in-
tolerancia y por la imposición en
muchas ocasiones, a lo largo de
su dilatada historia, de sus
creencias, muchas de ellas sus-
tentadas en la irracionalidad y en
la desmesura. El problema, des-
de mi visión del acontecer reli-
gioso, creo que ha estado en no
saber posicionar conveniente-
mente el fenómeno religioso en
su justa medida.
Ese gran historiador de las reli-
giones que fue Mircea Eliade
reconoce en muchos de sus in-
teresantes escritos que el homo
religiosus siente desde tiempos
ancestrales una poderosa atrac-
ción hacia toda manifestación de
lo sagrado que él acuñó con el
término hierofanía. Desconoce-
mos la causa de esa atracción.
Podemos, si acaso, intuirla. Con
todo, llama poderosamente la
atención de que el fenómeno re-
ligioso sea común en todo pue-
blo, cultura y civilización. Posi-
blemente la ontología, esa difícil
rama de interpretar la filosofía
desde una de sus facetas más
complejas, cual es el estudio de
la esencia del ser y su sustancia-
lidad, nos aclare algo. Pero, sa-
ber que analiza la visión de la
existencia desde el quehacer me-
tafísico es extremadamente com-
plicado y más realizar asevera-
ciones concluyentes, máxime
cuando carecen de plena certi-
dumbre y demostrabilidad empí-
rica. En esto basa en buena me-
dida sus aseveraciones el ateís-
mo y más concretamente el ag-
nosticismo. Ateísmo y agnosti-
cismo que junto con el mundo
de la creencia religiosa forman
el trío que tanto apasionamiento
ha levantado en el mundo desde
casi sus albores.
La tesis de Bertrand Russell y la
controversia de Norwood R.
Hanson sobre el agnosticismo
Ni que decir tiene que el mundo
religioso ha levantado pasiones
tanto a favor como en contra so-
bre la hipotética existencia de un
ente divino y/o sobrenatural que
rige y dirije los destinos del uni-
verso. El mundo de la creencia
religiosa siempre se ha visto
amenazado y convulsionado por
esquemas que van desde el claro
ateísmo que niega categórica-
mente la existencia de ese ente
sobrenatural hasta las posturas
agnósticas que consideran que el
ser humano, de entendimiento
limitado, es incapaz de demos-
trar categóricamente la existen-
cia de Dios por carecer de argu-
mentos sólidos y totalmente fia-
bles. Hablamos de diversas cla-
ses o tipos de
agnosticismo,
ciertamente, puesto que no cabe
hablar de una única postura ag-
nóstica sino de varios enfoques
sobre el controvertido asunto.
En este apartado nos centramos
en la concepción agnóstica que
desarrolló de manera magistral
el gran matemático, filósofo y
filántropo británico
Bertrand
Russell (al cual dediqué todo un
largo ensayo sobre su pensa-
miento filosófico) y en la curio-
sa y polémica tesis del filósofo y
epistemólogo contemporáneo
estadounidense
Norwood R.
Hanson, el cual desde una vi-
sión ateísta consideraba que no
existe el agnosticismo como tal.
Por lo que respecta a Russell
cabe decir que su definición de
lo que es ser agnóstico es de una
claridad meridiana. Sustentándo-
se en la tesis epistemológica de
la razón como elemento clave en
el esclarecimiento de hipótesis o
conjeturas llega a afirmar, desde
una visión humanista del proble-
ma, que “el agnóstico suspende
el juicio, afirmando que se care-
cen de pruebas suficientes, tanto
para la afirmación como para la
negación y al mismo tiempo el
agnóstico puede sostener que la
existencia de Dios, aunque no
imposible, es muy improbable,
hasta el extremo de que no me-
rece la pena considerarla en la
práctica” (B. Russell. Sobre Dios
y la religión. Alcor. Barcelona
1992). Como observamos en la
apreciación de Russell sobre el
agnosticismo existe una clara
manifestación de lo que implica
la postura agnóstica (en él un
tanto cercana al ateísmo, como
también observamos), es decir,
el hecho de que se considere al
agnosticismo como una actitud
de imposibilidad de demostrar
absolutamente nada sobre la
existencia del ente divino sobre-
natural es lo que hace reflexio-
nar al filósofo galés sobre la fal-
ta de practicidad de tal análisis,
como se desprende de sus pala-
bras al respecto. Entonces, la
pregunta que se impone sería la
siguiente: ¿Tiene algún sentido,
por lo tanto, la creencia religio-
sa, cualquiera que esta sea? Par-
ticularmente creo que sí. Y me
explico.
Tiene un cierto sentido si la ana-
lizamos desde el planteamiento
de la fe religiosa, esto es, desde
la certidumbre de algo que no se
ha visto y que se intuye que pue-
de existir. Pero, lamentablemen-
te no podemos ir más allá. No
podemos demostrar absoluta-
mente nada. La fe religiosa im-
plica confiar todo en algo que no
es demostrable empíricamente
de ninguna de las maneras. Al-
gunos argumentarán si la expe-
riencia religiosa no tiene valor
alguno. Y podemos afirmar que
claro que la tiene, pero solo para
el que la siente, lo cual, efectiva-
mente, no demuestra nada obje-
tivamente. Así, por ejemplo, las
experiencias místicas que se han
dado a lo largo de la historia re-
ligiosa tienen, es cierto, un valor
intrínseco para las personas que
supuestamente las han vivido,
pero carecen de plena objetivi-
dad y verificación más allá de lo
relatado por los que las han ex-
perimentado. Dicho esto, añadir
que el valor de la creencia reli-
giosa, más allá de la indemostra-
bilidad de sus argumentos, tiene
significación para todos aquellos
que sienten la “voz interior” de
la fe religiosa, lo cual les da su-
ficiente capacidad para afrontar
los embates de la existencia y
conferir así un cierto sentido a la
misma. Todavía podríamos
ahondar un poco más y decir
que si carecemos de plena certi-
dumbre empírica que demuestre
el valor real de la fe religiosa,
entonces, ¿no sería todo un au-
toengaño, una irrealidad? Es po-
sible que en muchos casos así
sea. Pero no podemos generali-
zar. No podemos, por otra parte,
afirmar que en todos los casos
sea un autoengaño cuando tam-
poco podemos demostrar cate-
góricamente la no existencia de
ese ente divino en quien confían
los creyentes, a quien se dirigen
en sus plegarias y hasta adoran
con devoción, tanto a nivel pri-
vado como en sus cultos de ma-
nifestación pública. La clave
quizá esté en la sincera actitud
ante el dilema. El problema se
complica con la intromisión de
elementos espurios, inauténticos,
en la genuina fe religiosa. Y es
que cuando la fe religiosa se ve
condicionada por elementos
alienantes y manipuladores que
bien pudieran modificar com-
portamientos naturales en lo que
respecta a la fe estaríamos ha-
blando ya de otra cosa bien dis-
tinta.
Bertrand Russell en 1936 (Wikipedia)
Mircea Eliade
reconoce en
muchos de sus
interesantes
escritos que el
homo religiosus
siente desde
tiempos ancestrales
una poderosa
atracción hacia
toda manifestación
de lo sagrado que
él acuñó con el
término hierofanía
In document
Renovación nº 65 Enero 2019
(página 38-40)