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Mircea Eliade reconoce en

In document Renovación nº 65 Enero 2019 (página 38-40)

teresantes escritos que el homo

religiosus siente desde tiempos

ancestrales una poderosa atrac-

ción hacia toda manifestación de

lo sagrado que él acuñó con el

término hierofanía. Desconoce-

mos la causa de esa atracción.

Podemos, si acaso, intuirla. Con

todo, llama poderosamente la

atención de que el fenómeno re-

ligioso sea común en todo pue-

blo, cultura y civilización. Posi-

blemente la ontología, esa difícil

rama de interpretar la filosofía

desde una de sus facetas más

complejas, cual es el estudio de

la esencia del ser y su sustancia-

lidad, nos aclare algo. Pero, sa-

ber que analiza la visión de la

existencia desde el quehacer me-

tafísico es extremadamente com-

plicado y más realizar asevera-

ciones concluyentes, máxime

cuando carecen de plena certi-

dumbre y demostrabilidad empí-

rica. En esto basa en buena me-

dida sus aseveraciones el ateís-

mo y más concretamente el ag-

nosticismo. Ateísmo y agnosti-

cismo que junto con el mundo

de la creencia religiosa forman

el trío que tanto apasionamiento

ha levantado en el mundo desde

casi sus albores.

La tesis de Bertrand Russell y la

controversia de Norwood R.

Hanson sobre el agnosticismo

Ni que decir tiene que el mundo

religioso ha levantado pasiones

tanto a favor como en contra so-

bre la hipotética existencia de un

ente divino y/o sobrenatural que

rige y dirije los destinos del uni-

verso. El mundo de la creencia

religiosa siempre se ha visto

amenazado y convulsionado por

esquemas que van desde el claro

ateísmo que niega categórica-

mente la existencia de ese ente

sobrenatural hasta las posturas

agnósticas que consideran que el

ser humano, de entendimiento

limitado, es incapaz de demos-

trar categóricamente la existen-

cia de Dios por carecer de argu-

mentos sólidos y totalmente fia-

bles. Hablamos de diversas cla-

ses o tipos de

agnosticismo,

ciertamente, puesto que no cabe

hablar de una única postura ag-

nóstica sino de varios enfoques

sobre el controvertido asunto.

En este apartado nos centramos

en la concepción agnóstica que

desarrolló de manera magistral

el gran matemático, filósofo y

filántropo británico

Bertrand

Russell (al cual dediqué todo un

largo ensayo sobre su pensa-

miento filosófico) y en la curio-

sa y polémica tesis del filósofo y

epistemólogo contemporáneo

estadounidense

Norwood R.

Hanson, el cual desde una vi-

sión ateísta consideraba que no

existe el agnosticismo como tal.

Por lo que respecta a Russell

cabe decir que su definición de

lo que es ser agnóstico es de una

claridad meridiana. Sustentándo-

se en la tesis epistemológica de

la razón como elemento clave en

el esclarecimiento de hipótesis o

conjeturas llega a afirmar, desde

una visión humanista del proble-

ma, que “el agnóstico suspende

el juicio, afirmando que se care-

cen de pruebas suficientes, tanto

para la afirmación como para la

negación y al mismo tiempo el

agnóstico puede sostener que la

existencia de Dios, aunque no

imposible, es muy improbable,

hasta el extremo de que no me-

rece la pena considerarla en la

práctica” (B. Russell. Sobre Dios

y la religión. Alcor. Barcelona

1992). Como observamos en la

apreciación de Russell sobre el

agnosticismo existe una clara

manifestación de lo que implica

la postura agnóstica (en él un

tanto cercana al ateísmo, como

también observamos), es decir,

el hecho de que se considere al

agnosticismo como una actitud

de imposibilidad de demostrar

absolutamente nada sobre la

existencia del ente divino sobre-

natural es lo que hace reflexio-

nar al filósofo galés sobre la fal-

ta de practicidad de tal análisis,

como se desprende de sus pala-

bras al respecto. Entonces, la

pregunta que se impone sería la

siguiente: ¿Tiene algún sentido,

por lo tanto, la creencia religio-

sa, cualquiera que esta sea? Par-

ticularmente creo que sí. Y me

explico.

Tiene un cierto sentido si la ana-

lizamos desde el planteamiento

de la fe religiosa, esto es, desde

la certidumbre de algo que no se

ha visto y que se intuye que pue-

de existir. Pero, lamentablemen-

te no podemos ir más allá. No

podemos demostrar absoluta-

mente nada. La fe religiosa im-

plica confiar todo en algo que no

es demostrable empíricamente

de ninguna de las maneras. Al-

gunos argumentarán si la expe-

riencia religiosa no tiene valor

alguno. Y podemos afirmar que

claro que la tiene, pero solo para

el que la siente, lo cual, efectiva-

mente, no demuestra nada obje-

tivamente. Así, por ejemplo, las

experiencias místicas que se han

dado a lo largo de la historia re-

ligiosa tienen, es cierto, un valor

intrínseco para las personas que

supuestamente las han vivido,

pero carecen de plena objetivi-

dad y verificación más allá de lo

relatado por los que las han ex-

perimentado. Dicho esto, añadir

que el valor de la creencia reli-

giosa, más allá de la indemostra-

bilidad de sus argumentos, tiene

significación para todos aquellos

que sienten la “voz interior” de

la fe religiosa, lo cual les da su-

ficiente capacidad para afrontar

los embates de la existencia y

conferir así un cierto sentido a la

misma. Todavía podríamos

ahondar un poco más y decir

que si carecemos de plena certi-

dumbre empírica que demuestre

el valor real de la fe religiosa,

entonces, ¿no sería todo un au-

toengaño, una irrealidad? Es po-

sible que en muchos casos así

sea. Pero no podemos generali-

zar. No podemos, por otra parte,

afirmar que en todos los casos

sea un autoengaño cuando tam-

poco podemos demostrar cate-

góricamente la no existencia de

ese ente divino en quien confían

los creyentes, a quien se dirigen

en sus plegarias y hasta adoran

con devoción, tanto a nivel pri-

vado como en sus cultos de ma-

nifestación pública. La clave

quizá esté en la sincera actitud

ante el dilema. El problema se

complica con la intromisión de

elementos espurios, inauténticos,

en la genuina fe religiosa. Y es

que cuando la fe religiosa se ve

condicionada por elementos

alienantes y manipuladores que

bien pudieran modificar com-

portamientos naturales en lo que

respecta a la fe estaríamos ha-

blando ya de otra cosa bien dis-

tinta.

Bertrand Russell en 1936 (Wikipedia)

Mircea Eliade

reconoce en

muchos de sus

interesantes

escritos que el

homo religiosus

siente desde

tiempos ancestrales

una poderosa

atracción hacia

toda manifestación

de lo sagrado que

él acuñó con el

término hierofanía

propias. Lamentablemente, esa

intolerancia (que raya en mu-

chas ocasiones con el odio y la

animadversión hacia el contrario)

se ve alimentada por líderes sin

escrúpulos movidos también por

su propio fanatismo pero con

fuerza suficiente para fanatizar a

su vez a la feligresía. Esto es

bastante común dentro de los

grupos religiosos sectarios. La

sana religiosidad, por el contra-

rio, ha de caracterizarse por un

espíritu de comprensión y tole-

rancia hacia las ideas de los de-

más, así como por un sentimien-

to de paz y amor inconmensura-

bles hacia toda la humanidad.

Se ha dicho por parte de sectores

cercanos al ateísmo que las reli-

giones, en sus distintas variantes,

han sembrado la ignorancia y la

superstición en mucha gente y

no podemos por menos que,

analizando el devenir de la mis-

mas, asentir en muchos aspectos.

Para desgracia del género hu-

mano, el homo religiosus se ha

caracterizado en buena medida

por su intransigencia, por su in-

tolerancia y por la imposición en

muchas ocasiones, a lo largo de

su dilatada historia, de sus

creencias, muchas de ellas sus-

tentadas en la irracionalidad y en

la desmesura. El problema, des-

de mi visión del acontecer reli-

gioso, creo que ha estado en no

saber posicionar conveniente-

mente el fenómeno religioso en

su justa medida.

Ese gran historiador de las reli-

giones que fue Mircea Eliade

reconoce en muchos de sus in-

teresantes escritos que el homo

religiosus siente desde tiempos

ancestrales una poderosa atrac-

ción hacia toda manifestación de

lo sagrado que él acuñó con el

término hierofanía. Desconoce-

mos la causa de esa atracción.

Podemos, si acaso, intuirla. Con

todo, llama poderosamente la

atención de que el fenómeno re-

ligioso sea común en todo pue-

blo, cultura y civilización. Posi-

blemente la ontología, esa difícil

rama de interpretar la filosofía

desde una de sus facetas más

complejas, cual es el estudio de

la esencia del ser y su sustancia-

lidad, nos aclare algo. Pero, sa-

ber que analiza la visión de la

existencia desde el quehacer me-

tafísico es extremadamente com-

plicado y más realizar asevera-

ciones concluyentes, máxime

cuando carecen de plena certi-

dumbre y demostrabilidad empí-

rica. En esto basa en buena me-

dida sus aseveraciones el ateís-

mo y más concretamente el ag-

nosticismo. Ateísmo y agnosti-

cismo que junto con el mundo

de la creencia religiosa forman

el trío que tanto apasionamiento

ha levantado en el mundo desde

casi sus albores.

La tesis de Bertrand Russell y la

controversia de Norwood R.

Hanson sobre el agnosticismo

Ni que decir tiene que el mundo

religioso ha levantado pasiones

tanto a favor como en contra so-

bre la hipotética existencia de un

ente divino y/o sobrenatural que

rige y dirije los destinos del uni-

verso. El mundo de la creencia

religiosa siempre se ha visto

amenazado y convulsionado por

esquemas que van desde el claro

ateísmo que niega categórica-

mente la existencia de ese ente

sobrenatural hasta las posturas

agnósticas que consideran que el

ser humano, de entendimiento

limitado, es incapaz de demos-

trar categóricamente la existen-

cia de Dios por carecer de argu-

mentos sólidos y totalmente fia-

bles. Hablamos de diversas cla-

ses o tipos de

agnosticismo,

ciertamente, puesto que no cabe

hablar de una única postura ag-

nóstica sino de varios enfoques

sobre el controvertido asunto.

En este apartado nos centramos

en la concepción agnóstica que

desarrolló de manera magistral

el gran matemático, filósofo y

filántropo británico

Bertrand

Russell (al cual dediqué todo un

largo ensayo sobre su pensa-

miento filosófico) y en la curio-

sa y polémica tesis del filósofo y

epistemólogo contemporáneo

estadounidense

Norwood R.

Hanson, el cual desde una vi-

sión ateísta consideraba que no

existe el agnosticismo como tal.

Por lo que respecta a Russell

cabe decir que su definición de

lo que es ser agnóstico es de una

claridad meridiana. Sustentándo-

se en la tesis epistemológica de

la razón como elemento clave en

el esclarecimiento de hipótesis o

conjeturas llega a afirmar, desde

una visión humanista del proble-

ma, que “el agnóstico suspende

el juicio, afirmando que se care-

cen de pruebas suficientes, tanto

para la afirmación como para la

negación y al mismo tiempo el

agnóstico puede sostener que la

existencia de Dios, aunque no

imposible, es muy improbable,

hasta el extremo de que no me-

rece la pena considerarla en la

práctica” (B. Russell. Sobre Dios

y la religión. Alcor. Barcelona

1992). Como observamos en la

apreciación de Russell sobre el

agnosticismo existe una clara

manifestación de lo que implica

la postura agnóstica (en él un

tanto cercana al ateísmo, como

también observamos), es decir,

el hecho de que se considere al

agnosticismo como una actitud

de imposibilidad de demostrar

absolutamente nada sobre la

existencia del ente divino sobre-

natural es lo que hace reflexio-

nar al filósofo galés sobre la fal-

ta de practicidad de tal análisis,

como se desprende de sus pala-

bras al respecto. Entonces, la

pregunta que se impone sería la

siguiente: ¿Tiene algún sentido,

por lo tanto, la creencia religio-

sa, cualquiera que esta sea? Par-

ticularmente creo que sí. Y me

explico.

Tiene un cierto sentido si la ana-

lizamos desde el planteamiento

de la fe religiosa, esto es, desde

la certidumbre de algo que no se

ha visto y que se intuye que pue-

de existir. Pero, lamentablemen-

te no podemos ir más allá. No

podemos demostrar absoluta-

mente nada. La fe religiosa im-

plica confiar todo en algo que no

es demostrable empíricamente

de ninguna de las maneras. Al-

gunos argumentarán si la expe-

riencia religiosa no tiene valor

alguno. Y podemos afirmar que

claro que la tiene, pero solo para

el que la siente, lo cual, efectiva-

mente, no demuestra nada obje-

tivamente. Así, por ejemplo, las

experiencias místicas que se han

dado a lo largo de la historia re-

ligiosa tienen, es cierto, un valor

intrínseco para las personas que

supuestamente las han vivido,

pero carecen de plena objetivi-

dad y verificación más allá de lo

relatado por los que las han ex-

perimentado. Dicho esto, añadir

que el valor de la creencia reli-

giosa, más allá de la indemostra-

bilidad de sus argumentos, tiene

significación para todos aquellos

que sienten la “voz interior” de

la fe religiosa, lo cual les da su-

ficiente capacidad para afrontar

los embates de la existencia y

conferir así un cierto sentido a la

misma. Todavía podríamos

ahondar un poco más y decir

que si carecemos de plena certi-

dumbre empírica que demuestre

el valor real de la fe religiosa,

entonces, ¿no sería todo un au-

toengaño, una irrealidad? Es po-

sible que en muchos casos así

sea. Pero no podemos generali-

zar. No podemos, por otra parte,

afirmar que en todos los casos

sea un autoengaño cuando tam-

poco podemos demostrar cate-

góricamente la no existencia de

ese ente divino en quien confían

los creyentes, a quien se dirigen

en sus plegarias y hasta adoran

con devoción, tanto a nivel pri-

vado como en sus cultos de ma-

nifestación pública. La clave

quizá esté en la sincera actitud

ante el dilema. El problema se

complica con la intromisión de

elementos espurios, inauténticos,

en la genuina fe religiosa. Y es

que cuando la fe religiosa se ve

condicionada por elementos

alienantes y manipuladores que

bien pudieran modificar com-

portamientos naturales en lo que

respecta a la fe estaríamos ha-

blando ya de otra cosa bien dis-

tinta.

Bertrand Russell en 1936 (Wikipedia)

Mircea Eliade

reconoce en

muchos de sus

interesantes

escritos que el

homo religiosus

siente desde

tiempos ancestrales

una poderosa

atracción hacia

toda manifestación

de lo sagrado que

él acuñó con el

término hierofanía

In document Renovación nº 65 Enero 2019 (página 38-40)