• No se han encontrado resultados

EL MITO EN EL DISCURSO PÚBLICO Y JUSTIFICACIÓN DE LA VIOLENCIA

3. MEMORIA A TRAVÉS DE LA VIDA DE LAS VÍCTIMAS, MÁS ALLÁ DEL

3.2. EL MITO EN EL DISCURSO PÚBLICO Y JUSTIFICACIÓN DE LA VIOLENCIA

René Girard (1986), desarrolla una antropología filosófica que suele llamarse "teoría mimética", en la que sostiene que la violencia ha sido el elementos secretamente guardado detrás de la emergencia de lo humano, tanto individuos como comunidades. Esa violencia no se puede apreciar porque los relatos que narran la génesis de lo humano tergiversan los hechos constituyendo los mitos, ligadas estructuralmente a los ritos y a las prohibiciones con las cuales se busca repetir ese origen e impedir que esa violencia del origen muestre su faz destructora. La violencia de origen se comprende gracias a que las crisis violentas, ocultas detrás de los mitos, dan cuenta de conflictos de orden mimético, que son rasgos que diferencia a los animales humanos de los animales no humanos. Los humanos, desde el origen hasta nuestros días, seguimos organizados bajo sistemas sociales que mantienen esas viejas estructuras, mitos, ritos, prohibiciones, siempre a la sombra del orden y el desorden que suscitan los deseos miméticos; sin embargo, a diferencia del mundo antiguo, la modernidad es una sociedad secularizada, donde el referente sagrado de los mitos se ha tornado no creíble y donde se ha incrementado la sensibilidad hacia las víctimas.

Esto nos ayuda a comprender que son conflictos del orden del deseo, en concreto, del deseo adquisitivo, de querer lo que el otro tiene o representa, los que movilizan la violencia. Así, las luchas por los territorios por parte de los actores armados reproducen a la perfección

todos los juegos de dobles enloquecidos que se hallan en los mitos (Solarte, 2009); y la necesidad de asesinar a alguien para consolidar una forma de comunidad reproduce los antiguos sacrificios, en un mundo que clama por la inocencia de esas víctimas.

Tal como en el mecanismo sacrificial, los actores violentos enfocan su actuar sobre un miembro de la comunidad elegido de manera arbitraria, tal como sucedió con las víctimas del 16 de mayo de 1998, contra quienes el ataque no era justificable. De manera que, tal como lo señala Girard, el sacrificio surge como mecanismo para transferir la violencia a una víctima sobre cuya muerte se construyen narraciones que justifican el sacrificio bajo la idea de que la víctima era la causa del caos imperante. Se constituye así un chivo expiatorio, como causa mágica de un estado de cosas en las cuales la violencia solo se controla con la violencia (Girard, 1986). Lo importante en la teoría de Girard acerca de la constitución violenta de las sociedades y las instituciones, es que demuestra que la violencia contra el chivo expiatorio es ejercida sin justificación alguna.

El caso bajo examen no estuvo exento de discursos públicos que intentaron justificar los hechos de violencia ejercidos contra las víctimas, bajo la consigna de que los desaparecidos tenían vínculos con los grupos guerrilleros. Esta justificación puede rastrearse en la prensa nacional, a través de varios periódicos: el primero de ellos, el diario Vanguardia Liberal

informaba el día 18 de mayo de 1998, que “en la ciudad ayer se comentaba que la masacre

estaba dirigida a personas que tenían algún vínculo con los grupos de milicias urbanas (…) Esta versión fue rechazada y cuestionada por los distintos organismo defensores de derechos humanos” (1998, p. 12B). Más tarde en noticia del 31 de mayo de 1998, el diario El Espectador señaló que “el escenario de polarización no puede ser más explosivo. Las

autoridades militares consideraban que los grupos guerrilleros estaban en las barriadas haciendo trabajo político. Se acusó a la USO de tener vínculos con las guerrillas” (1998, p. 4 A).

Con el tiempo la hipótesis de víctimas-guerrilleras se fue haciendo más fuerte, luego de que los grupos paramilitares comunicaran el resultado del juicio a los plagiados y después de que quedara claro que “los 25 retenidos del 16 de mayo eran subversivos del EPL y el ELN”; éstas declaraciones aparecieron en el diario El Colombiano (1998, p. 6D) el 05 de

junio de 1998 en una noticia titulada se confirma el horror en Barrancabermeja. Frente a

esta declaración, las guerrillas enviaron comunicados a los medios de prensa desmintiendo

tal vínculo, lo que fue comunicado en noticia del 06 de junio de 1998 titulada “no eran de

los nuestros”: guerrilla (El Colombiano, 1998, p. 13 A).

En este contrapunteo de declaraciones el Estado no intervino para desmentirlas, tal como lo

muestra la noticia del 06 de junio de 1998, del diario El Nuevo Siglo, titulada la versión de

Paras tiene credibilidad; en ella aparece una declaración presidencial que expresaba “nos hemos limitado a transmitir esta reivindicación que para nosotros tiene la credibilidad del grupo que se la atribuye y que hemos dicho con la fiscalía, que su valor sólo se conocerá cuando haya evidencias concretas” (El Nuevo Siglo, 1998, p. 7). En las declaraciones del presidente de la época, Ernesto Samper, no se hace ninguna salvedad sobre el juicio paramilitar que encontró culpables a las víctimas de ser insurgentes; no desmentir oficialmente la hipótesis de víctimas-guerrilleras pone en entredicho la inocencia de las víctimas y lo injusto del ataque.

Ahora bien, ante la papel pasivo del Estado sobre esta versión que se convertía en verdad pública, se encontraron noticias en las que las AUC justificaban la incursión diciendo que su objetivo era encontrar a Alias “Gabino”, máximo líder del grupo guerrillero ELN, quien según ellos se escondía en la zona de la ciudad donde ocurrió la masacre. El presunto objetivo fue informado en los medios de comunicación en noticia del 17 de junio de 1998

que el diario El Tiempo titula Paramilitares iban por “Gabino”. Este señalamiento sólo

fue cuestionado por una representante de los defensores de DD.HH en Barrancabermeja, en

una noticia publicada el 18 de junio de 1998en el diario El Espectador y titulada “a mí me

saca el ejército”, en la cual la líder afirmaba “yo personalmente sé que eso no es verdad,

porque conozco los barrios pobres de Barrancabermeja y nos da risa semejante acción. Si estuvieran detrás de Gabino lo habrían buscado en su casa y eso no es cierto” (El espectador, 1998, p. 13 A).

Como es posible observar, la violencia contra las víctimas se intentó justificar. Ante este tipo de actos, Girard abre la posibilidad de reconstruir la vida de las víctimas desde la perspectiva del evangelio, dado que “los Evangelios logran un efecto de desciframiento del mito porque dicen que Jesús es un chivo expiatorio, una víctima inocente; y lo hacen presentándonos la distorsión de los perseguidores como una distorsión, como aquello en lo que no hay que creer, es decir, estos textos de los Evangelios intencionalmente revelan cómo opera el mecanismo del chivo expiatorio y se niegan a ser gobernados por su fuerza, mostrando la verdad de una persecución.” (1986, P. 158). La verdad de los evangelios es

presentada por Girard como una forma de resistencia a la violencia, ya que éstos

demuestran que “Jesús es una víctima declarada inocente del mal del cual es acusada. Así, los Evangelios exponen los procesos sacrificiales en lo que son, una estructura de la

religión sacrificial” (Solarte, 2008 p, 84). Pero además, los evangelios abren una alternativa que consiste en comprender la historia al modo de la revelación bíblica en la cual la víctima es quien tiene voz y rostro y no es metamorfoseada por lo que el mito dice de ella.

En este sentido, la memoria pasa por la revelación, que de acuerdo con Benjamín “se articula a través pequeñas huellas de algo olvidado y descuidado” (2003, p.62). Si bien la reflexión de este autor se da con relación a las estructuras míticas del progreso y su intención pasaba por deconstruir el pasado del presente, su consideraciones son aplicables a la perspectiva de una ética de la memoria que este trabajo propone, ya que al develar el ahora como un momento en el cual “la verdad, histórica y transitoria, aparece como una imagen radicalmente contingente, un vestigio, una huella; este ahora en que se hace posible comprender la verdad es aquel en que las esperanzas de un pasado concreto se constatan como traicionadas y olvidadas, exponiendo una historia de frustración del colectivo oprimido” (Solarte, 2010, p. 435).

3.3. OTRA FORMA DE VERDAD: EL TESTIMONIO DEL RECUERDO