Del otro lado -del lado de la transformación que supone todo trayecto-, si la literatura constituye un vasto laboratorio de la identidad, lo es por la varia ción constante, la transmutación, el forzamiento de los límites, la pérdida, la disolución. La novela es sin duda el territorio privilegiado pata la experimen tación, aún la más perturbadora, en tanto puede operar en el marco de múlti ples “contratos de veridicción” —incluidos los puzzting cases-,10 mientras que el margen se estrecha en el espacio biográfico. Esta distinción es quizá una de las pocas que puedan establecerse, respecto de lo biográfico, entre relato faccual y
ficcional,11 más allá de la declaración de autor o de los signos paratextuales:
una vida atestiguada como “real” está sometida a una mayor restricción narra tiva. Pero si los géneros canónicos están obligados a respetar cierta verosimili tud de la historia contada -que no supone necesariamente veracidad—, otras variantes del espacio biográfico pueden producir un efecto altamente desesta bilizador, quizá como “desquite” ante tanto exceso de referencialidad “testi monial”: las que, sin renuncia a la identificación de autor, se plantean jugar otro juego, el de trastocar, disolver la propia idea de autobiografía, desdibujar sus umbrales, apostar al equívoco, a la confusión identitaria e indicial —un autor que da su nombre a un personaje, o se narra en segunda o tercera perso na, hace un reláto ficticio con datos verdaderos o a la inversa, se inventa una historia-otra, escribe con otros nombres, etc. etc.—. Deslizamientos sin fin, que pueden asumir el nombre de “autoficción” en la medida en que postulan explí citamente un relato de sí consciente de su carácter ficcional y desligado por lo tanto del “pacto” de referencialidad biográfica.22
20 Analizando las paradojas de la identidad personal, respecto de interrogantes sobre su Joca-
Uzacióti, Ricoeur alude a la obra Reajoru and persans de Derek Parfit, y analiza diversos puiifcig cases (duplicación de cerebros, rclctransportac ion, amnesia, etc.), que ponen en evidencia una
inquietud teórica y científica, más allá de la larga tradición literaria sobre las “perturbaciones de la identidad” (Ricoeur, 1991: 15).
21 El análisis de la distinción entre factual y ficcionaL, que emprende Gérard Genette a partir de los respectivos procedimientos utilizados -considerando como “factuales" los relatos de la historia, la biografía, el diario íntimo, el telato de prensa, el informe de policía, la narratio judi cial, la jerga cotidiana, etc,-, concluye finalmente en indecidibilidad: nada hay, según el autor, que nos permita afirmarla con certeza, fuera de ciertos signos exteriores, paratextuales. Véase “Récit flccionnel, récit factuel” (Genette, 1991).
“ Régine Robin hace un trazado conceptual de la “autoficción”, a partir de definiciones de distintos autores, como un relato que alguien decide hacer de sí mismo con plena conciencia de su carácter ficcional, sin obligación de "fidelidad" referencial ni búsqueda del “sentido de la vida” o justificación existencial: “La autoficción es ficción, ser de 4enguaje, lo que hace que el sujeto
Este abanico de posibilidades de inscripción de la voz narrativa en el espa cio biográfico, que va de las formas más canónicas a las menos discernibles, se despliega así, en 1a óptica que venimos construyendo, sin contradicción con la polifonía bajtiniana. Lo que está enjuego entonces no es una política de la sospe cha sobre la veracidad o la autenticidad de esa voz, sino más bien la acepta ción del descentramiento constitutivo del sujeto enunciador, aun bajo la mar ca “ testigo” del yo, su anclaje siempre provisorio, su cualidad de ser hablado y hablar, a su vez, en otras voces, ese reparto coral que sobreviene —con mayor o menor intensidad— en el trabajo dialógico, tanto de la oralidad como de la escritura y cuya otra voz protagónica es por supuesto la del destinatario/ receptor.
Porque, indudablemente -volviendo al ‘ego’ de Benveniste-, es el carácter reversible de esa marca del lenguaje, quizá la más “democrática” por cuanto permite ser asumida por todos sin distinción -m ás allá de la diferencia de posi ciones y jerarquías entre las “primeras personas” verdaderamente existentes- el que ha contribuido a la construcción del mico del yo, según Lejeune, “uno de los más fascinantes de la civilización occidental moderna” . Mito en buena medida creado y realimentado sin cesar en el espacio biográfico, e indisociable, como vimos, de una aspiración ético/moral.23
Recapitulando entonces nuestro itinerario, aun el “retrato” del yo aparece, en sus diversas acentuaciones, como una posición enunciativa dialógica, en constante despliegue hacia la otredad del sí mismo. N o habría “una" historia del sujeto, tampoco una posición esencial, originaria o más “verdadera”. Es la multiplicidad de los relatos, susceptibles de enunciación diferente, en diversos registros y coautorías —la conversación, la historia de vida, la entrevista, la relación psicoanalítica- la que va construyendo una urdimbre reconocible como “propia”, pero definible sólo en términos relaciónales: soy tal aquí, respecto de ciertos otros diferentes y exteriores a mí. Doble “otredad”, entonces, más allá del sí mismo, que compromete la relación con lo social, los ideales a compartir, en términos de solidaridad, justicia, responsabilidad. Pero ese tránsito, marca do fuertemente por la temporalidad, ¿ofrecería alguna detención posible sobre
narrado sea un sujeto ficticio en tanto narrado. [...] El problema es más el de encontrarse un lugar de sujeto que el lugar del sujeto, el de constituirse en la escritura un ‘efecto-sujeto’". Véase R. Robin, “L’autofiction. Le sujet toujours en défaut” {1994: 74).
25 También Charles Taylor, en su indagación histórica sobre la constitución de la identidad m oderna (las “fuentes del yo” ), reconoce el rol protagónico que asumieran las narrativas autobiográficas en este proceso, desde la novela inglesa en adelante, señalando, además, el gesto fundante de Montaigne, más de un siglo antes, en lo que hace a la idea de que cada individuo conlleva “una diferencia irrepetible”, un “propio y original modo de ser", que vale la pena iden tificar, idea que se ha asimilado totalmente a nuestra comprensión del yo (Taylor, [1989] 1996).
el polo de la mismidad? ¿Habría algo, en ese yo, absolutamente singular, priva do, irreductible?
Contrariamente a la idea moderna de la singularidad como lo irrepetible de cada ser en su diferencia, Emanuel Lévinas, en una perspectiva ontológica, coloca él punto de lo irreductible en aquello que es común a cada uno de los seres humanos, la soledad del existir, lo más privado, lo que no se puede compar tir con nadie, pese a estar rodeados de seres y cosas: “Uno puede intercambiar todo entre los seres, excepto el existir. En ese sentido, ser es aislarse por el existir. Soy mónada en tanto soy. Es por el existir que soy sin puertas ni ventanas, y no por un contenido cualquiera que sería en mí incomunicable” (Lévinas, [1979] 1996: 21; el destacado es mío).
En la perspectiva de Lévinas, si bien el tiempo mismo es una apertura sobre el otro (autrui) y sobre lo Otro (í’Autre), el aislamiento del existir marca el acon tecimiento mismo del ser —“lo social está más allá de la ontología”—. La cuestión no es entonces "salir” de la soledad —tema clásico del existencialísmo, con sus tonos de angustia y de desesperanza— sino de ese aislamiento. Tal el propósito confesado por Lévinas para su libro,24 pero a sabiendas de que esta salida es ilusoria, que el sujeto siempre intenta “engañar” su soledad, tanto en la relación con el mundo a través del conocimiento como en la experimentación de los placeres. Salida del sí mismo hacia el/lo otro que encuentra en el erotismo -la relación con lo femenino como diferencia total— y en la paternidad —la relación con una mismidad otra-, dos vías de acceso a un más allá. La existencia será entonces algo que se puede narrar pero no comunicar, comparar.
Nos interesa aquí esta distinción entre comunicar y narrar, en tanto deja entrever una diferencia cualitativa: comunicar aparece utilizada en la acepción latina de “estar en relación -comunión- con”, “compartir”, como un paso más allá del narrar - “contar un hecho”, “dar a conocer”-, que denotaría una cierta exterioridad. Ese paso, entre lo decible y lo comunicable, señala, por otra parte, la imposibilidad de “adecuación” de todo acto comunicativo, esa infelicidad consti tutiva de todo “mensaje”.25 Pero sí el sujeto sólo puede narrar su existencia, “engañar” su soledad tendiendo lazos diversos con el mundo, ¿no podría pensar
24 En una larga entrevista que le hiciera Philippe Nem o en 1981, para France-Culture, editada luego en forma de libro, Lévinas retoma las conferencias de Le temps et i’autre, junto a otros temas fundamentales de su obra, para comentarlos con el entrevistador con algunos acentos biográficos y aceptando “simplificar ('expresión de sus argumentos”. Lévinas, Ethique etinfini, (Dialogues avec
Pk&ppe Nemo), 1982:50.
25 Remitimos a la concepción de Derrida de la imposibilidad de un “contexto ideal” de la comunicación, en tanto toda palabra es iterable, susceptible de ser citada, recontextual izada, interpretada diferentemente, maUnterpretada. La “infelicidad," en este sentido (la ambigüedad, el desvío, el malentendido, ere.), coextensiva a la iterabitídad, es la condición misma de posibilidad de la comunicación, no su “problema”. Véase Jacques Derrida (1982).
se que el relato de sí es uno de esos ardides, siempre renovados, a la manera de Scheherazade, que intentan día a día el anclaje con el otro —y la otredad—, una “salida” del aislamiento que es también, una pelea contra la muerte?
Pese a la imposibilidad de comunicar la existencia, cada yo tiene sin em bargo algo que comunicar de sí mismo, como afirmaba Benveniste, un lugar de enunciación único, donde “da testimonio” de su identidad. Testimonio de sí que es también un lugar de absoluta soledad: un testimonio, para ser tal, no puede ser “confirmado, seguro, y cierto en el orden del conocimiento”, afirma Derrida; no corresponde al estatuto de la prueba sino que remite a una mirada - a una verdad- irreductible: “no Jury testigo para el testigo".16 El acto mismo de la enunciación del yo postula así una presencia, que puede devenir corporeidad, oralidad, “directo”, ofrecerse como una referencia viva e inequívoca —en este sentido, y pese a su evanescencia, hasta se transformaría en referencia “empí rica”—. En el prólogo a la edición de Ethique et mfini dirá Philippe Memo: “[esta palabra] formulada por el autor mismo [...] es fiel de esta fidelidad que asegura a un discurso la presencia viva de su autor”. En la situación dialógica, “el decir del autor vivo-autentifica lo dicho de la obra depositada, porque sólo él puede desdecir lo dicho, y así realzar su verdad” (Lévinas/Nemo, ob. cit.: 5).
La cuestión de la presencia se juega entonces con su particular efecto de ver dad, no importa la distancia que al respecto plantee la teoría. Distancia de una voz narrativa “que permite a la narratología hacer un lugar a la subjetividad, sin que ésta sea confundida con la del autor real” (Ricoeur, 1984, vol. 2: 162). Pero ese autor “real", que habla (testimonia) o deja su marca en la escritura tampoco quiere resignar su primacía: el espacio mediático contemporáneo, sobre todo a través de la entrevista —voz y cuerpo “en directo”— ofrece una prueba irrefutable de su existencia y su insistencia. Y es en esa tensión entre la ilusión de la pleni tud de la presencia y el deslizamiento narrativo de la identidad, que se dirime, quizá paradójicamente, el quién del espacio biográfico.