“Nunca recobramos nuestra infancia, ni el ayer tan próximo, ni el instante huido al instante”, afirmaba Benveniste ([1974] 1980: 73), resumiendo casi en un aforismo la razón de ser de nuestro espacio biográfico. Su reflexión se orien taba a deslindar las nociones comunes del tiempo físico del mundo, como con tinuo uniforme, y el tiempo psíquico de los individuos, variable según sus emo ciones y su mundo interior. A partir de aquí, distinguía el tiempo crónico, que engloba la vida humana en tanto “sucesión de aconteceres” , tiempo de nues tra existencia, de la experiencia común, continuidad donde se disponen, como “bloques”, los acontecimientos. Este tiempo, socializado en el calendario, ins-
2 Este modelo, presentado en el número emblemático de Communicdrions, Andíisis estrwcttcral
¿el relato —cuya expansión a la manera de una "receta" terminaría en agotam iento- intentaba
deslindar, a la manera saussureana, un orden posible en el desorden azaroso del narrar, postular reglas de funcionamiento allí donde sólo parecía desplegarse un caos primordial, una variación al infinito.
tuituido como cómputo, con un “punco cero” , axial, simbólico —el nacimiento de Cristo, de Buda, de algún soberano—, se articula a su vez a otro tiempo, el
lingüístico, que no es reductible a ninguno de los otros, sino que se despliega en
el acto de la enunciación, no ya como una manifestación individual sino
intersubjetiva, en tanto pone en correlación presente, actual, un yo y un tú: mi
“hoy” es tu “hoy”. Esta comunidad temporal es la posibilidad misma del relato biográfico.
Pero la reflexión de Benveniste va incluso más allá de la instancia comunicativa: "Podría creerse que la temporalidad es un marco innato del pensamiento. Es producida en realidad en la enunciación y por ella. De la enun ciación procede la instauración de la categoría del presente [...] [que] es pro piamente la fuente del tiempo. Es esta presencia en el mundo que sólo el acto de enunciación hace posible, pues -piénsese bien- el hombre no dispone de nin gún otro medio de vivir el ‘ahora’ y de hacerlo actual” (Benveniste, 1977: 86; los destacados son míos).
Siguiendo estas huellas, la relación entre discurso y temporalidad asume, para Ricoeur, una modalidad aún más específica: “La temporalidad no se deja decir en el discurso directo de una fenomenología sino que requiere la media ción del discurso indirecto de la narración” (Ricoeur, 1985: 435). En efecto, en tanto “el tiempo” siempre se alude en singular, es irrepresentable; es justa mente la trama del relato la que opera un rol de mediación en el proceso mi- mético.3Este tiempo —“tercer tiempo”-, configurado en el relato, en virtud de la cualidad mediadora de la trama,4 que opera a partir de una precomprensión
3 Mimesis, entendida aquí en el sentido en que este autor vuelve sobre el concepto aristotélico: “La mimesis aristotélica ha podido ser confundida con la imitación en el sentido de copia por un grave contrasentido. Si la mimesis comporta una referencia inicial a lo real, esta referencia no designa otra cosa que el reinado mismo de la naturaleza sobre toda producción. Pero este movi miento de referencia es inseparable de la dimensión creadora. La mimesis es poiésis, y recíproca mente. [...] En nuestro análisis, el concepto de mimesis sirve como índice para la situación de! discurso. Recuerda que ningún discurso puede abolir nuestra pertenencia a un mundo. [...] La verdad de lo imaginario, la potencia de detección ontológica de la poesía, eso es por mi parte, lo que veo en la mimesis de Aristóteles. [...] La función referencial [está ligada] a la revelación de lo real como acto.[...| Presentar a los hombres "como haáenda” y a todas las cosas “como en acto", tal podría ser bien la función ortológica del discurso metafórico” (Ricoeur, [1975] 1977: 71).
* En su analítica de la temporalidad, que atraviesa autores y perspectivas, el filósofo confron
ta diversas concepciones (aporías), desde la aristotélica del tiempo cósmico, inmutable, a la de Agustín en las Con/esíones (tiempo psicológico, interior, del alma); se detiene en la conceptúa]ila ción kantiana y hegeíiana y discute con la fenomenología de Husserl y Heidegger, sobre todo con la distinción, planteada por este último, entre el concepto auténtico y vulgar de tiempo. En este tecotrido, que trata de franquear el obstáculo de la “ocultación mutua” entre las perspectivas cosmológica y fenomenológica, Ricoeur incorpora, entre otras, la distinción de Benvenisre sobre el tiempo crónico y la peculiar inscripción del tiempo lingüístico, para llegar a la formulación de un tercer tiempo, el que es configurado en el relato (Ricoeur, 1985, vol. 3: 4.35).
del mundo de la vida y de la acción, confiere a su vez inteligibilidad a ese mundo, entablando una relación dialéctica entre presuposición y transfortna- ción, entre la prefiguración de los aspectos temporales en el campo práctico y ía refiguración de nuestra experiencia por el tiempo construido en el relato.
Este “tercer tiempo”, producto del entrecruzamiento de la historia y la fie- ción, de esa mutua imbricación de los relatos, encuentra en el concepto ya aludido de identidad narrativa, asignable tanto a un individuo como a una co munidad, un punto de articulación. “Identidad” tiene para Ricoeur el sentido de una categoría de la práctica, supone la respuesta a la pregunta “¿Quién ha hecho tal acción, quién fue el autor?”; respuesta que no puede ser sino narra tiva, en el sencido fuerte que le otorgara Hannah Arendt: responder quién supone “contar la historia de una vida”.5 El filósofo se propone así deslindarse de la “ilusión sustancialista” de un sujeto “idéntico a sí mismo”. Ilusión que aparece justamente, como vimos en el capítulo primero, como un problema de inscripción de la temporalidad en el espacio autobiográfico: ¿quién habla en la instancia actual del relato? ¿Qué voces de otros tiempos -¿de la misma voz?- se inscriben en el decurso de la memoria? ¿quién es el sujeto de esa historia? Para Ricoeur, el dilema se resuelve, como anticipamos, con la sustitución de un "mismo” (ídem), por un “sí mismo” (ipse); siendo la diferencia entre ídem e
ipse la que existe entre una identidad sustancial o formal y la identidad narra
tiva, sujeta al juego reflexivo, al devenir de la peripecia, abierta al cambio, la mutabilidad, pero sin perder de vista la cohesión de una vida. La temporalidad mediada por la trama se constituye así, tanto en condición de posibilidad del relato como en eje modelizador de la (propia) experiencia.
2. Identidad
narrativa,historia y experiencia
La noción de identidad narrativa debe bastante, como puede verse, a la re flexión sobre las formas autobiográficas. Así, Ricoeur remite en varias ocasio nes a conceptos de Lejeune, si bien su propio campo de aplicación es mucho más amplio, ya que incluye también los relatos ficcionales y la narrativa histó rica. Pero si entre et espacio biográfico y el que es reconocido lisa y llanamente como de ficción hay diferencias, según hemos tratado de establecer, ¿cuál será la relación de lo biográfico con la narrativa histórica? Antes de postular hipó tesis al respecto, cabría efectuar un primer deslinde entre historia y ficción En el horizonte epistémico en el que nos situamos (Barthes, [1967] 1984; White, 1973, [1987] 1992; Ricoeur, 1985) hay relativo consenso en señalar que ambas
comparten los mismos procedimientos de ficcionalización6 pero que se distin guen, ya sea por la naturaleza de los hechos involucrados —en tanto “verdade ramente ocurridos” o productos de invención-7 ya por el tratamiento de las fuentes y el archivo.8
Esta conclusión, que para la crítica literaria no era ciertamente innnovadora, produjo sin embargo gran impacto en la historiografía tradicional, por cuanto desplazó el centro de atención de los “hechos” históricos, y la concepción referencial de la verdad, a la escritura de la historia, es decir, a otro régimen —discur sivo— de veridicción. En cuanto a lo biográfico, en tanto los “hechos” de la vida de alguien reclaman igualmente una historicidad de lo “sucedido” ¿en qué direc ción se inclinará la balanza? Parecería que los géneros canónicos -biografías, autobiografías, memorias, correspondencias- jugaran un juego doble, a la vez historia y ficción —entendida esta última menos como “invención” que como
obra literaria—, integrándose así, con este estatus, al conjunto de una obra de
autor -en el caso de escritores- y operando al mismo tiempo como testimonio, archivo, documento, tanto para una historia individual como de época.9
6 Es Barthes el que abrió camino a esta concepción con su artículo “El discurso de la historia”, donde afirma que la narración no “representa” ni imita nada, sino que su (unción es “construir un espectáculo". La idea de la narración como discurso pretendidamente “realista”, expresión privi legiada de adecuación al mundo de los hechos (reivindicada sobre todo por la historia narrativa en la tradición decimonónica) responde, según Barthes, a una “ilusión referencial”, que no es otra cosa que el uso de íiertos procedimientos de escritura. U no de esos procedimientos es el “efecto de realidad”, que consiste justamente en la introducción de detalles no relevantes para la trama ni significantes en sí mismos, pero que operan suplementariamente como marcadores de “reali dad” (Barthes, 1983: 177).
7 I layden White define a la narrativa como la modalidad por excelencia de escritura de la historia y destaca, tomando a Ricoeur, el rol configutativo de la trama como “puesta en sentido” que, de acuerdo a la forma genérica elegida (sátira, drama, tragedia), impondrá una interpreta ción diferente al relato histórico. El criterio común es que tanto la historia como la ficción toman de sí mutuamente, y que, evidentemente, hay tanta “realidad” y verdad de la vida en la literatura como invención en la historia. Por otra parte, los dos grandes tipos de relatos narrativos (et ficcional y ei histórico) comparten Sa problemática de la temporalidad. La distinción mayor ope raría en cuanto al estatuto de los “hechos” narrados pero también en cuanto al “pacto de lectura” propuesto, que tiene que ver con los signos paratextuales de la obra, es decir, su presentación bajo el rótulo de “novela”, “historia”, “autobiografía” etc. (White, 1992a).
8 En su indagación sobre el relato histórico, Ricoeur, que no se identifica totalmente con la posición “narrativista” (Danto, W hite), define a ese tercer tiempo, modelado por la narración, como capaz de dar cuenta de una conciencia histórica de la identidad narrativa. U na inteligencia
narrativa creatá entonces una cierta unicidad del tiempo histórico, a partir de ciertos "útiles”
epistemológicos: el tiempo calendario, según Benveniste, la sucesión de las generaciones, según Schutz, la reinscripción ontológica de la traza que realiza el propio Ricoeur, valorizando el mate rial de archivo como indicio, vestigio histórico simbólicamente interpretado en un contexto, que per mite al hombre situarse a nivel de su propia experiencia, en un “antes” y un “después”.
9 Silvia Molloy destaca este último carácter, presente en cantidad de autobiografías hispano
La percepción del carácter configurativo de las narrativas, en especial las autobiográficas y vivenciales, se articula, casi de modo implícito, al carácter
narrativo de la experiencia. En la reflexión de Ricoeur, la relación entre tempo
ralidad y experiencia, crucial para la historia, remite tanto a un pasado que impone su huella como a una anticipación hacia lo impredecible. Doble movi miento que es también, recordemos, el que acompaña el trabajo —el intervalo- de la identidad narrativa.
Si bien el filósofo no se detiene en particular en el análisis del término expe'
riencia, la recurrencia con que aparece en nuestro trabajo y la validez que ad
quiere en el contexto autobiográfico, hace pertinente consignar aquí al menos algunas acepciones. Joan Scott aborda justamente esta cuestión en su artículo “The evidence of experience” (1996: 378-406), apuntando a una redefinición desde la óptica feminista. Parte así del análisis que Raymond Williams realizara sobre su empleo en la tradición angloamericana. El autor distinguía allí entre, por un lado, el conocimiento obtenido de acontecimientos pasados y, por el otro, una clase particular de conciencia pudiendo implicar tanto “razón” como “conocimiento” -que señala también la estrecha relación que persistía, aun a comienzos del siglo X V lll, entre “experiencia” y “experimento”-. En nuestro si
glo, esa clase de conciencia pasa a significar una “plena y activa ‘información’
(awareness) que incluye tanto sentimiento como pensamiento”. Así, la noción
de “experiencia” aparece como testimonio subjetivo, como la más auténtica cla se de verdad, como “fundamento de todo (subsecuente) razonamiento y análi sis” (Williams, 1985: 126-128), pero además, en una forma externa, como reac ción a influencias o percepciones del medio en discordancia.
Scott remarca que, tanto en su vertiente “interna” como “externa”, esta considetación establece prioritariamente y da por hecho la existencia de indi'
viduos, en lugar de preguntarse cómo son producidas socialmente las concep
ciones de sí y las identidades. Este punto de partida “naturaliza categorías tales como hombre, mujer, negro, blanco, heterosexual, homosexual, tratándolas como características de esos individuos” (Scott, ob. cit.: 387). En este punto, remite a la concepción de Teresa de Lauretis, que redefine la experiencia como “el trabajo de la ideología”, trabajo en el cual la subjetividad es construida a través de relaciones materiales, económicas, interpersonales, de hecho socia les y en la larga duración, históricas, y cuyo efecto es la constitución de sujetos como entidades autónomas y fuentes confiables del conocimiento que provie ne del accesoii lo real (De Lauretis, [1984] 1992: 251-294)-10
individual y la constitución de la identidad nacional o regional. Así, la autobiografía es historia apoyada en la memoria, mientras que la biografía se apoya en documentos ([1991] 1996: 190).
10 Yendo al texto de esta teórica feminista, Alicia ya no, en particular a su capítulo "Semiótica y experiencia”, pese a que la “experiencia” es amasada en esta trama de determinaciones, que
Volviendo a la noción de identidad narrativa, ella avanza todavía un paso más, por cuanto, al permitir analizar ajustadamente el vaivén entre el tiempo de la narración, el tiempo de la vida y la (propia) experiencia, postula también la compatibilidad de una lógica de las acciones con el trazado de un espacio moral. Reaparecen aquí los acentos éticos que desde antiguo acompañan el trabajo de la narración, sobre todo en el anclaje singular de la “vida buena" aristotélica —“con y por otro dentro de instituciones justas”- , 11 ese carácter valorativo intrínseco que hace que ninguna peripecia sea gratuita, es decir, transcurra en un universo neutral y atemporal, sin relación con la experiencia humana. Es esa orientación ética, que no necesita de ninguna explicitación normativa, que va más allá de una intencionalidad, la que insiste, quizá con mayor énfasis, en las narrativas de nuestro espacio biográfico, ind¡sociable de la posición enunciativa particular, de esa señalización espacio-temporal y afectiva que da sentido al acontecimiento de una historia.
Pero en tanto esa posición involucra siempre un “tú”, la cuestión nos con' duce finalmente a la instancia de la lectura, a la recepción. Volviendo a Ricoeur, es la mirada hermenéutica -reelaborada en el crisol de la formalización semió tica-12 la que propondrá la articulación del “mundo del texto” y el “mundo del lector”, a partir de cierto horizonte de expectativa —con la salvedad de una mayor tensión hacia el mundo que hacia el texto—. La modelización que opera entonces en el relato sólo cobrará forma13 en el acto de la lectura, como con
operan como una verdadera matriz semiótica, no por ello es imposible un “cambio de hábito”, un proceso de autoconciencia que logre desarticular la reacción “natural” por un cambio sustancial de posición. Su apuesta, que visualiza la posibilidad de acción política de la mujer para revertir la impronta “dada” de su desigualdad, es pensable en general para toda idea de identidad como “herencia” y fijación. En el marco del paradigma bajtiniano, por otra parte, ia experiencia es eminentemente social, diaSógica, y podríamos asociar la posibilidad de su transformación a la capacidad de autocreación y de cambio que conllevan siempre los géneros discursivos, cuyos diversos estilos pueden aportar elementos revulsivos a la cultura de una época.
11 En su obra ya citada, S¡>¡ mime comme un autre (1990), Ricoeur continúa este recorrido realizando una revisión teórica sobre el tema de la identidad, para desplegar luego su concepto de identidad narrativa en relación con diversas esferas, culminando su trayecto en la consideración de !a orientación ética y la norma moral de la narrativa, para postular, en el último y “más tentativo” capítulo, una pregunta exploratoria sobre su posible ontología.
11 La reflexión teórica sobre ¡a narrativa es indisociable, en Ricoeur, de un trayecto semiótico, desde el momento fundacional en la obra de Vladimir Propp ([1928} 1977), Morfología del cuento al mítico núm. 8 de Commimicíidons (1966), Análisis estructural del relato (cuya introducción, a cargo de Roland Barthes hemos citado más arriba) siguiendo con Gérard Genecte, A. J. Greimas y otros. Este campo conceptual, de gran expansión, incluye asimismo las diversas acentuaciones que la problemática de la narrativa adquiere en otros escenarios, sobre todo el alemán y el anglófono, y bajo otras paradigmas: la llamada “Estética de ta recepción”, de H. JauSs y W. Iser, las posiciones de los críticos literarios como F. Kermode, W. Booth, N . Frye, H. Bloom, J. Culler, etcétera.
15 Cabe aquí aclarar que la reiterada mención a una puesta en forma, como estructuración de la trama que hace inteligible lo que de otro modo sería torbellino, imagen, sensación, no supone
junción posible de ambos “mundos"1,1, pero lo trasciende, hacia otros contex tos posibles, entre ellos, el horizonte de la “acción efectiva”. Es que la lectura conlleva un momento de envío, en el cual deviene “una provocación a ser y actuar de otra manera”. Así, la práctica del relato no solamente hará vivir ante nosotros las transformaciones de sus personajes, sino que movilizará una ex periencia del pensamiento por la cual “nos ejercitamos en habitar mundos extranjeros a nosotros”.
De esta manera, esta orientación ética se reencuentra finalmente, como en una parábola, con la dimensión valorativa que conllevan los géneros discursivos en el paradigma bajtiniano, en particular con su concepto de “valor biográfico”. Y digo “reencuentran” haciéndome cargo de tal afirmación, ya que si bien Bajtín está presente en el trayecto de Ricoeur de modo decisivo, no es justamente en relación con esta problemática. En efecto, el punto de interés de este último es la concepción polifónica de la novela, que el teórico ruso desarrollara a partir de Dostoievski y que dio un giro capital en cuanto a la consideración de las voces del relato. El impacto que Ricoeur le reconoce a esta “revolución en la concep ción del narrador” es tal, que sobre el final del tomo II de su Temps et récit, se pregunta si ese principio dialógico, así esbozado, no estará a punto de destruir los cimientos mismos de su propio edificio, al desplazar el lugar configurativo de la trama en la temporalidad —que conlleva una cierta homogeneidad—, por esa multiplicidad de puntos de vista, en suspensión, además, por el contrapunto, siempre inacabado, de la respuesta. Pero ya al plantearse tal cuestión -que no