1. Tres paradigmas: Arendt/HabernuíslElias
1.2. Raciocinio literario y educación sentimental
Para Habermas, el surgimiento de esa esfera privada donde se perfilaba la na ciente subjetividad de lo íntimo tiene asimismo un papel decisivo en su estu dio sobre la configuración de la esfera pública burguesa. En efecto, los “públi
cos raciocinantes” del siglo XVIII, cuya asociación en ámbitos comunes de con
versación —cafés, clubes, pubs, salones, “casas de refrigerio”-- diera lugar al concepto mismo de opinión pública, no solamente ejercitaban allí un “racioci nio político” para poner coto al poder absolutista, sino, de modo indisociable, un “raciocinio literario”, alimentado -com o vimos en el capítulo anterior- por las nuevas formas autobiográficas, la novela en primera persona, el género epistolar. La pasión por la relación entre personas, el descubrimiento intersub jetivo de una nueva afectividad, se unía así al hábito de la polémica y la discu sión política, preanunciando los espacios futuros de representación: “no se sabe bien si las personas privadas se ponen de acuerdo quei hombres en el ra ciocinio literario acerca de las experiencias de su subjetividad, o bien si las personas privadas se ponen de acuerdo qua propietarios en el raciocinio políti co acerca de la regulación de la esfera privada” (Habermas, 1990: 91 ).4
témpora! def yo, tal como la entendemos en la modernidad, acompañaba al ciudadano a la escena pública del ágora; su “ser privado" remitía solamente a su carácter de pater familias, jefe de la esfera doméstica de producción (esclavista) y reproducción, donde reinaba, señala Arendt, con mayor poder que un déspota. Es Bajtín quien hace aparecer con mucha claridad esta diferencia en su estudio sobre la biografía y autobiografía antiguas, al analizar uno de sus tipos, el retórico, basado en el enkomion, uno de los géneros propios de la intervención en el ágora, consistente en el elogio fúnebre cívico político y conmemorativo del ciudadano: “no había allí, no podía haber, nada de íntimo, de privado, de personal y secreto, de introvertido. Ninguna soledad. Ese hombre está abierto por rodas partes. Enteramente al exterior, no guarda nada sólo para sí, nada hay en él que no sea del orden de un control o de una declaración pública y nacional. Todo aquí era absolutamente público" (M. Bajtín, [1975J 1976: 280).
4 La cita es elocuente en tanto agrupa los atributos necesarios para constituirse en “personas privadas”: ser hombres y propietarios. En su prólogo a la edición inglesa de 1990 (casi diez años
Pero este equilibrio ideal, donde lo privado —las narrativas, el raciocinio, las
personas privadas- tenía tal importancia en la configuración de lo público,5 en
tanto coexistencia ilustrada de individualidades en tomo del interés común, fue para et autor definitivamente alterado con el advenimiento de la sociedad masmediática que, con su lógica equivalencial del advertising, causaría la pérdida de la densidad crítica y el contralor racional del poder que ejercía la vieja esfera de la publicidad burguesa. Esta disolución de lo político en sus términos argumentativos, es decir, en la primacía de la conversación, la interacción discursiva, está relacionada aquí con el ascenso del ámbito privado y la tendencia al “ensamblamiento” de ambas esferas, con una marcada derivación hacia lo íntimo, una de cuyas consecuencias mayores es la personalización de la política, el peso decisivo que adquiere la vida privada, la dimensión subjetiva, el carisma, en la construcción de la imagen y la representación pública de los candidatos.
Vemos así que la valoración positiva que ambos autores confieren al surgi miento de la esfera íntima burguesa -como afirmación de la individualidad, en Arendt, como contracara indísociable del raciocinio político, en Habermas-, ofrece también un punto de común pesimismo: la desaparición, o la alteración, de un modelo primigenio, cualitativamente superior. Se trate ya de la pérdida de la acción humana trascendente, ya del debilitamiento del contenido ideológico/ programático de la acción política, en los dos casos la “involución” estará signada por un desequilibrio entre los términos de la dicotomía: un excesivo peso de lo social, para la primera, que conducirá finalmente, a través de las conductas, a la entronización de un modelo banal de la vida humana, una exacerbación de la subje-
tividad, para el segundo, que se traducirá en un desbalance de lo privado en lo
público, y por ende, en una difuminación de lo político.
El exceso aparece así como una figura que viene a alterar la hipotética ar monía de un estado previo e ideal. Desde una orilla -Arendt— lo privado recu perará su sentido clásico de privación, desde la otra —Habermas— adquirirá uno nuevo, el de deprivación. Sin embargo, la postura crítica de este último no lo lleva a una des valorización de la esfera íntima/privada m toto, en términos de narcisismo —como en la posición admonitoria, también clásica, de Richard
después de su publicación en español), Habermas retoma algunos puntos clave de su argumento, recogiendo críticas de distinto tenor, entre ellas, las feministas. Reconoce entonces una insufi ciente atención prestada a fas prácticas de lectura, escritura y agrupación femeninas (los salones, por ejemplo), así como una aceptación dócil del carácter masculino de ese espacio.
5 “L a esfera del público se origina en las capas -m ás am plias- de la burguesía [...] como aplicación y, al mismo tiempo, consumación de la esfera de la intimidad pequeño familiar [...] la subjetividad del individuo privado está inserta desde el comienzo en la publicidad [...] las perso nas privadas convertidas en público razonan también públicamente sobre lo leído y lo introducen al proceso comúnmente impulsado de la ilustración” (Habermas, 1990: 87-88).
Sennett—6 sino más bien a lamentar una especie de "caída en la conducta", un retomo a la sociedad preburguesa de las viejas opinions aseguradas por la tradi ción, a un sentimentalismo “postliterario y preburgués" que lleva a la exposi ción mediática de las vidas públicas como “conservas de literatura psicológica en decadencia” (Habermas, 1990: 270-271).7
Lo que aparece entonces connotado negativamente en su paradigma es ese giro por el cual las vidas privadas —las biografías, los “momentos” de nuestro espacio biográfico— aparecen en el espacio público como razón necesaria -y a veces, suficiente— para sustentar trayectorias políticas o responsabilidades de estado. Más allá del componente clásico que podríamos encontrar en ello, respecto del conocimiento sobre la clase de persona de que se trata, como sustrato de toda otra verificación posible -y sobre todo, de la confianza y la creencia, valores políticos por antonomasia—, más allá del mito de la proximidad como garantía de ese conocimiento - '“ver” a través del relato de sí, y aun de las pantallas, del despliegue del gesto/cuerpo, la interioridad como profundidad-, no hay duda de que el papel de la privacidad en la política, de la mano de la mediatización y la “revolución” tecnológica, se ha ido tornando inquietante y, en ocasiones, hasta desestabilizador.
6 Habermas alude explícitamente a esta diferencia en su nuevo prólogo de 1990, señalando la insuficiente distinción que efectúa este autor entre los rasgos de la “publicidad burguesa clásica” —en términos de “públicos raciocinantes”— y los de la “publicidad representativa" —autorrepre- sentación mediática en la que toma parte el propio interesado-, que lo llevan a subestimar “la específica dialéctica burguesa de la intimidad y la publicidad, que en el siglo Xvm consigue una valide! incluso literaria con la privacidad orientada a lo público, de la esfera íntima burguesa” (Habermas, 1990: 7). Para Sennett, desde una mirada sociológica y en ese momento de inflexión de finales de ¡os años setenta, la preeminencia de la vida privada de los políticos por sobre sus bases programáticas o ideológicas, su integración en el star ¡ysiem y su promoción publicitaria a la manera de los productos del mercado formaban parte de un declive generalizado del hombre y ta cultura públicos, una caída en e! narcisismo, una subjetividad a ultranza que invadía todo tipo de discursos: “el yo de cada persona se ha transformado en su carga principal; conocerse a sí mismo constituye un fin, en lugar de ser un medio para conocer el mundo” (Sennett, [1974] 1978: 12). El narcisismo como obsesión de la autotreferencia, como compromiso exacerbado con las “singula res historias vitales y emociones particulares”, era para el autor más una trampa que una libera ción: el fin de la cultura pública -valores universales, sentido de civilidad, comunidad, solidari dad— tenía com o contracara una “tiranía de la intimidad”, sustentada en una nueva creencia, la de 1a proximidad entre las personas como un “bien moral".
7 Es la influencia creciente de la masa “manipulada" y un concepto un tanto rígido de esa manipulación (que él mismo reconsidera en su nuevo prólogo), los que lo llevan a lamentar enfáticamente que “en el lugar tradicionalmente destinado a la opinión pública -raciocinante- [aparezca] la vaporosa inclinación sentimental” (Habermas, 1990: 262).