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CAPÍTULO 2. PROMOCIÓN DE LA SALUD:PROPUESTAS Y MODELOS

2.5. MODELO DE BAYÉS

Este modelo de prevención de enfermedad (Bayés, 1995) considera la realidad del VIH-Sida como un fenómeno complejo y multidisciplinar, a partir de la cual propone una visión biopsicosocial y dinámica del concepto de prevención.

En su abordaje, delimita la importancia de variables individuales y sociales en distintos niveles que, en el desarrollo evolutivo de la persona, forman parte de ella e influyen en su proceso de autorrefuerzo y retroalimentación. En este sentido, si bien es cierto que el modelo se fundamenta en el aspecto psicológico también lo es que considerando el contexto social, destaca la importancia de la existencia de unas condiciones ambientales que supongan un bajo riesgo de enfermedad y faciliten la práctica de los comportamientos preventivos. Por lo tanto, para conseguir unos buenos resultados en el campo de la prevención del VIH-Sida, además del trabajo individual e interpersonal, se propone la necesidad de una acción comunitaria y sociopolítica eficaz.

En función del contexto espacio-temporal el modelo consta de tres etapas en las que el autor delimita distintas variables que pueden influir en la realización de una conducta (ver Figura12).

Aspectos biológicos facilitadores o inhibidores. Vulnerabilidad biológica Modulación biológica por factores psicológicos. Consecuencia a medio/largo plazo (salud/enfermedad) Reactividad emocional específica. Comportamiento de riesgo o prevención. Estilo interactivos. Modulación psicológica por actores biológicos. Competencia funcional Información específica. Aspectos situacionales facilitadores o inhibidores. Consecuencias inmediatas (agradables/ desagradables).

PASADO PRESENTE FUTURO

Se define una primera etapa referente al Pasado en la que los factores con mayor influencia se relacionan con aquellos elementos que ya han sido adquiridos en la evolución personal de cada individuo. Dentro de ellos, destaca:

a. La reactividad emocional establecida a partir del aprendizaje previo y asociada a ciertas personas, estímulos y/o características situacionales, a través de aprendizajes y condicionamientos.

b. Los estilos interactivos, como aquellas formas de reacción que usualmente la persona tiene ante ciertas situaciones y que viene determinado, en parte, por sus propios patrones y estilos de personalidad. Dichos patrones, se vinculan también con el grado en que se siente capaz de practicarlo, en base a su experiencia y demandas actuales.

c. Las competencias funcionales, entendidas como las capacidades que la persona posee y pueden ayudar a enfrentar la situación que se presenta. Normalmente, la persona ya ha comprobado su efectividad en el pasado para hacer frente a problemas que guardan similitud.

d. La información específica que posee la persona sobre la situación problemática concreta a la que se enfrenta y que se relaciona con el conocimiento sobre el riesgo, sus características, consecuencias y modos de prevención (objetivo-contingencial). También relativa al grado de aceptación que dichas conductas tienen en el contexto (normativo-cultural).

Una segunda etapa corresponde al preciso momento en el que la conducta es requerida y que el autor conceptualiza como el Presente. En este contexto, se delimitan variables que forman parte de la propia interacción:

a. Aspectos situacionales, como aquellas condiciones del contexto que facilitan o dificultan el desempeño en una forma particular de interacción (demandas culturales, circunstancias físicas y sociales, etc.).

b. Aspectos biológicos, como aquellos factores del organismo que pueden influir en la realización o no de la conducta (nivel de activación, grado de consciencia, etc.). c. Modulación psicológica, como aquellas condiciones del organismo que facilitan o

interfieren con un modo u otro de habilidades (enfermedad, estado nutricional, fatiga, etc.).

d. Modulación biológica, como aquellas condiciones psicológicas que pueden influir en el estado del organismo y traducirse en una mayor o menor vulnerabilidad del propio organismo.

La interrelación de estas variables, va a mediar en la práctica del comportamiento

de riesgo o prevención, con especial referencia a las consecuencias inmediatas

percibidas por la persona a lo largo de un continuo de sensaciones agradables/desagradables.

La tercera etapa del modelo, incluye la visión del medio o largo plazo en la acción inmediata de la persona. A través del momento Futuro, se introducen las consecuencias que dicha conducta tiene para la salud más allá del corto plazo y que integra una visión multidimensional.

De esta forma, el modelo delimita una serie de premisas necesarias para que una persona realice un determinado tipo de conducta ya sea preventiva o de riesgo. No es suficiente con que una persona pueda llevar a cabo un comportamiento preventivo eficaz sino que será necesario, además, que esté motivada para hacerlo. Dicha motivación puede verse influida tanto por parámetros individuales como por factores situacionales. Por un lado, elementos biológicos como el nivel excitación o relajación originados por la privación o saciedad de ciertas sustancias introducidas en el organismo. Por otro, elementos situacionales coyunturales, como la oferta de una relación sexual por parte de una persona singularmente atractiva y los elementos convencionales, tales como las normas y las instrucciones, con origen en la socialización dentro de una cultura concreta.

Si se centra la atención en el caso de la transmisión de VIH por vía sexual, existen varios condicionantes que podrían dificultar la puesta en práctica de las conductas saludables. Uno de los problemas es que los comportamientos de riesgo casi siempre van seguidos de forma inmediata por una consecuencia placentera intrínseca intensa y de corta duración. Paralelamente, desde un punto de vista intrínseco, las conductas de prevención van seguidas de manera inmediata por una eliminación o disminución del placer obtenido mientras que las consecuencias positivas que pueden derivarse aparecen a medio o largo plazo. Por tanto, la conducta sexual suele ir seguida de refuerzos

positivos a nivel interoceptivo (orgasmo) y exteroceptivo (satisfacción de la pareja) con independencia de que la persona tenga o no VIH. Las consecuencias nocivas que pueden derivarse de dicha práctica son sólo probables y a largo plazo.

Además, no existe una cadena de hechos o sintomatología que vincule la práctica de riesgo con el momento de aparición del dolor o primeros signos clínicos perceptibles por los afectados (Bayés, 1992). De igual manera, tampoco existe una cadena de hechos sensibles que vincule la conducta de salud con un buen estado de salud al cabo de los años. Así, muchas personas que practican conductas sexuales de riesgo pueden haber aprendido por su propia experiencia que llevar a cabo ciertos comportamientos de riesgo todavía no ha supuesto consecuencias negativas conocidas o inmediatas. Esto facilita una falsa sensación de seguridad.

Por otro lado, existe cierta complejidad en reconocer y realizar los comportamientos preventivos eficaces, en la medida en que responden a un aprendizaje y en cuanto las señales de alerta no son siempre perceptibles. El panorama es más complejo si las personas no son capaces de privarse de sensaciones placenteras, demorarlas hasta el momento en que las puedan realizar sin peligro o encontrar satisfacción en comportamientos preventivos.

A partir del modelo, se estima cómo la práctica de un comportamiento preventivo eficaz requiere la intervención en distintos niveles. A nivel individual, además de la transmisión de la información, será importante la capacidad y motivación para asimilarla y ponerla en práctica. A nivel social, será necesario que en el contexto se den las condiciones mínimas para ponerla en práctica. En el caso concreto del uso de preservativo para prevenir el VIH-Sida, será preciso saber usar un preservativo pero también el tener acceso al mismo.

De esta forma, el modelo facilita la comprensión de las conductas sexuales de riesgo y las delimita en función de ciertas variables que la predisponen, facilitan y/o mantienen. Es relevante, por ejemplo, el papel que juegan los refuerzos que la persona espera obtener al actuar de una manera determinada dentro del aprendizaje de conductas. Desde esta perspectiva, integra la visión de la persona como ser cognitivo

pero también emocional e interdependiente del contexto. Considerando además que la acción presente del sujeto si bien está mediada por las condiciones del pasado, no está preestablecida por las mismas y por tanto, se puede actuar sobre ella.