• No se han encontrado resultados

En 2001, el Washington Post publicó un artículo de Joby Warrick publicado «Mueren pieza a pieza». Warrick explicaba que, aunque se supone que los animales debían llegar ya muertos a la sala de despiece, con mucha frecuencia no era así. Ramón Moreno, un trabajador de matadero que había pasado veinte años cortando los jarretes de los cadáveres de reses que le llegaban a un ritmo de 309 a la hora, le

describió así el proceso: «“Parpadean, emiten sonidos”, dijo en voz baja. “Mueven la cabeza, con los ojos muy abiertos y mirando alrededor.” Aun así, Moreno cortaba. Afirma que, en un mal día, docenas de animales

llegaban a su puesto vivos y conscientes. Algunos sobrevivían hasta llegar al cortador de colas, al destripador, al despellejador… “Mueren pieza a pieza”, dijo Moreno”».26

¿Cabeza de chorlito? No, de pollo y pavo

En el Capítulo 2, he explicado algunas de las creencias más habituales acerca de los cerdos y cómo estas creencias nos facilitan poder comerlos. Muchos de nosotros nos sentimos aún más alejados de los pollos y de los pavos, en parte debido a la arraigada creencia de que carecen de inteligencia hasta el punto de que, quizás, ni siquiera saben si sienten dolor o no. Sin embargo, en realidad, las aves son muy inteligentes. De hecho, hoy en día, los científicos reconocen que estos animales son muchísimo más inteligentes de lo que se pensaba.27 Además, los pollos y los pavos son bastante sociables, lo que quizás explique por qué cada vez hay más gente que los tiene como mascotas. Los propietarios describen a aves que juegan con ellos, que los buscan para pedir afecto y que incluso, retozan con el perro de la familia. Hay páginas web dedicadas exclusivamente a los propietarios de aves. Por ejemplo, en

www.mypetchicken.com, en la que los entusiastas pueden comprar parafernalia como

el Eglu (un «gallinero para gallinas urbanitas», que cuesta 495 euros y viene en cinco colores) y también colgar fotografías de sus gallinas preferidas, para que todo el mundo las admire.

A pesar de ello, en EE.UU. se matan y se consumen aproximadamente nueve mil millones de aves, ya sea por su carne o por sus huevos. Los pollos y los pavos «broiler» se crían por su carne y, aunque en condiciones naturales pueden vivir hasta diez años, en los EEAC tienen una esperanza de vida de siete y dieciséis semanas respectivamente, lo que significa que cada vez que consumimos pollo o pavo, en realidad estamos comiendo polluelos. La drástica reducción en la esperanza de vida de estas aves se debe a que se las alimenta con tantos fármacos acelerantes del crecimiento que engordan a un ritmo que equivale a que un niño de dos años pesara

158 kilogramos. Por eso, las aves criadas para carne sufren múltiples deformaciones estructurales. Las piernas son incapaces de soportar tanto peso y suelen doblarse e incluso, romperse; tampoco pueden moverse mucho, porque sufren dolor articular crónico. Además, cuando hay que enviarlas al matadero, las agarran y las hacinan en cajas apiladas la una encima de la otra, por lo que pueden sufrir dislocación o rotura de alas, caderas y patas, además de hemorragias internas.

Las aves que se crían para carne pasan toda su vida en naves desnudas (o corrales de engorde) que pueden albergar hasta 50.000 aves y estar tan abarrotadas que cuesta ver el suelo. En estas condiciones, les es imposible llevar a cabo ninguna de sus conductas naturales, como buscar comida o anidar, por lo que desarrollan conductas psicóticas inducidas por el estrés, como arrancarse las plumas y comerse las unas a las otras. Con frecuencia, para impedir que las aves se den picotazos hasta matarse, se usa una hoja al rojo para cortarles la parte delantera del pico, sin anestesia, en cuanto nacen. Este procedimiento pude provocar infecciones, el desarrollo de tumores neurológicos o incluso, la muerte, si al ave no se le deja el pico suficiente para que pueda beber y comer.

Las aves que logran sobrevivir a las casas de engorde son enviadas al matadero. En los mataderos avícolas, donde la velocidad de la producción es aún mayor que en los de otros animales (el promedio es de 8.400 animales por hora), se lanza a las aves a la cinta transportadora, donde se las agarra, a veces varias a la vez, y se las cuelga de grilletes, boca abajo. A pesar de que la ley sobre los métodos humanos de sacrificio exige que otros animales estén inconscientes ante de matarlos, las aves han quedado exentas y se las mata estando plenamente conscientes. Se las degüella manualmente o con una máquina y, entonces, se las lanza a agua hirviendo para que suelten las plumas. Varias de ellas son escaldadas vivas.

Josh Balk, un activista que trabajó infiltrado en una planta de sacrificio de pollos de la empresa Perdue en 2004, antes de convertirse en director de la Sociedad Humana de Estados Unidos, habló conmigo sobre su experiencia en la planta. Además, grabó en vídeo y publicó su experiencia, sobre todo en lo concerniente a la agresión continuada de los trabajadores hacia las aves. Balk llevaba un registro diario,28 del que encontrará algunos fragmentos a continuación:

Casi todos los pollos respondían con gritos y reacciones físicas violentas en cuanto los trabajadores los agarraban y los hacían avanzar por la cinta. Los gritos de las aves y el aleteo frenético hacían tanto ruido, que había que gritar para hablar con el trabajador que tenías al lado, a menos de medio metro de distancia.

Vi a un empleado tirar a un pollo al suelo de una patada y era habitual ver a trabajadores que se lanzaban las aves por la sala. Una vez, un trabajador que estaba hablando de fútbol americano, «clavó» un pollo en la cinta transportadora, como si hubiera marcado un

touchdown.

Vi que lanzaban a unas 50 aves desde las jaulas de transporte a la cinta transportadora desde una distancia de, aproximadamente, dos metros y medio. Cayeron todas a la vez, así que se aplastaron las unas a las otras. Durante todo el proceso, el volumen de los gritos fue altísimo. Miré la cinta transportadora y vi claramente que había pollos con las alas y las patas rotas, con las extremidades dobladas en ángulos antinaturales.

Hoy… me he dado cuenta de que el jefe de línea se ha mostrado más hostil hacia las aves e incluso, las insultaba mientras las lanzaba… En una de las pausas, uno de los trabajadores ha abofeteado repetidamente a un pollo, hasta que la línea ha vuelto a ponerse en marcha.

Había tantas aves muertas en el suelo de la sala de colgado que era muy difícil andar sin pisar alguna.

Al igual que sucede con otras especies destinadas al consumo humano, a la población estadounidense se le ocultan tanto las vidas como las muertes de unos

nueve mil millones de pollos al año. Tal como explicaba Balk, «estar ahí y escuchar directamente los gritos y oler el hedor de la muerte en el aire es algo que a la mayoría no nos gustaría tener que… experimentar».

¿Sufren?

Jeremy Bentham, un filósofo del siglo XVII, exigió que se tratara a los animales con humanidad, con el siguiente argumento: «La cuestión no es si tienen capacidad de raciocinio o de lenguaje, sino si tienen capacidad de sufrimiento». La cuestión de la sensibilidad (entendida como la capacidad de sentir placer y dolor) ha estado en el centro del debate sobre el

bienestar, tanto humano como animal.

Históricamente, se ha creído que los miembros de grupos vulnerables presentan mayor tolerancia al dolor y esta creencia se ha invocado con frecuencia para justificar el sufrimiento. Por ejemplo, los científicos del siglo XV clavaban en tablones de madera a perros vivos por las patas, para abrirlos y experimentar con ellos mientras seguían plenamente conscientes y descartaban los aullidos como una mera respuesta mecánica, similar al ruido que emiten los resortes de un reloj de péndulo al ser golpeados. Del mismo modo, hasta principios de la década de 1980, médicos

estadounidenses practicaban cirugía mayor a bebés sin anestesia ni

analgesia alguna y explicaban los llantos como una reacción instintiva. Y como se creía que los esclavos africanos negros sentían menos dolor que los blancos, resultaba más fácil justificar la brutal experiencia del

esclavismo.

La experiencia del dolor es subjetiva, por lo que resulta fácil argumentar que el otro no sufre. En otras palabras, como no estamos en el cuerpo del otro, solo cabe suponer qué puede estar sintiendo, si tenemos interés en asumir que no siente dolor, creerlo resulta extraordinariamente fácil. Las suposiciones parten de nuestras creencias y el sistema de creencias que nos permite infringir sufrimiento a los demás trabaja activamente para mantenerlas bien vivas. Por tanto, no es sorprendente que no pequemos de precavidos (o de lógicos) cuando se trata de prácticas carnistas que causan dolor a los animales. Pensemos, por ejemplo, en la creencia generalizada de que la reacción de las langostas que intentan huir de la olla en la que se

las hierve vivas no es más que instinto. Aunque no tenemos motivo alguno para creer que no sufren y aunque es totalmente lógico asumir que intentan escapar del agua hirviendo porque les duele, y aunque el instinto y la sensibilidad pueden coexistir, y coexisten (no son excluyentes), la mayoría de personas deciden creer lo contrario.

La investigación objetiva es uno de los métodos que nos permiten

contrastar la percepción subjetiva de la experiencia del otro. Por ejemplo, los investigadores han demostrado que las vías nerviosas de los recién nacidos están los suficientemente desarrolladas como para que los bebés puedan sentir dolor, por lo que ya no se les niega la anestesia. Los

científicos también han presentado pruebas que demuestran que los crustáceos son sensibles y, en consecuencia, hay municipios

estadounidenses que han prohibido la práctica de hervir vivas a las langostas y Whole Foods Market, el mayor distribuidor del mundo de alimentos orgánicos y naturales, ya no vende langostas ni marisco de

concha blanda vivos porque considera inhumanos, tanto su manejo como su venta.

Y, por mucho que la industria avícola afirme que es imposible que las personas sepamos lo que siente un pollo, ahora contamos con pruebas claras que sugieren que las aves, no solo sufren, sino que intentan

activamente aliviar su dolor. Los investigadores estudiaron a un grupo de 120 pollos broiler, la mitad de los cuales eran cojos, y les ofrecieron dos tipos de alimento: alimento normal y alimento con un fármaco

antiinflamatorio. Los pollos cojos consumieron hasta un 50 por ciento más de alimento con fármaco que los que no estaban cojos y, como resultado, comenzaron a andar mejor. Un segundo estudio parecido a este concluyó que, cuanto más severa era la cojera del pollo, más alimento con fármaco consumía. Por tanto, los investigadores concluyeron que lo más probable era que se estuvieran automedicando y que, en consecuencia, pueden sufrir y sufren.29