LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL ANTE EL ENCUENTRO CON EL RESUCITADO
1. LA MUERTE NO ES LA ÚLTIMA PALABRA
El fragmento evangélico de los discípulos de Emaús1 es uno de los textos más
hermosos del Nuevo Testamento, pero puede plantear alguna dificultad. Por ejemplo el que Cristo se aparezca, aquí en la tierra, como un dios mitológico al estilo de los que aparecen en las “narraciones homéricas”, asumiendo la figura de un extraño, dándose a conocer después de un cierto tiempo y desapareciendo de nuevo como un dios de las leyendas griegas2. Hoy día, sabemos mejor que otras generaciones anteriores que las
narraciones bíblicas tienen detrás de ellas una larga tradición: que han podido ser reelaboradas, readaptadas teológicamente, matizadas y estilizadas usando los clichés de los distintos géneros literarios y narrativos que tenían a su alcance. No hay duda de que en la narración de los discípulos de Emaús se han incorporado elementos de historias de epifanías de origen griego y veterotestamentario. Pero tenemos derecho a suponer que en la narración de los discípulos de Emaús, aun con todos los condicionamientos propios de la época, se narra un encuentro real con el Resucitado. Dos personas han experimentado a Cristo resucitado y han vivido esa experiencia de un modo tan profundo y real que transformó en ascuas su corazón y les impulsó a volver inmediatamente a Jerusalén para encontrar a sus amigos y contarles la experiencia.
Las experiencias de las apariciones de Pascua que nos narran los Evangelios parecen irrepetibles. ¿Podemos nosotros tener experiencias semejantes? Después de la muerte del matemático y científico francés Blas Pascal encontraron en una prenda suya de vestir un fragmento de papel meticulosamente escrito que sin duda tenía para él una importancia extraordinaria, ya que lo había llevado siempre consigo. Este “Memorial”, así es como se le ha llamado, contiene la experiencia de un día muy concreto y de una hora totalmente exacta de la vida de Pascal. El texto es el siguiente: “Año de gracia de 1654, lunes, 23 de
noviembre, día de San Clemente, Papa y mártir, y de otros Santos del martirologio, vigilia de San Crisóstomo mártir, y de otros; desde alrededor de las diez y media de la noche hasta aproximadamente la una de la madrugada, fuego. El Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, no el dios de los sabios y filósofos. Seguridad plena, seguridad plena. Sentimiento. Alegría. Deum meum et Deum vestrum. Tu Dios debe ser mi Dios. Olvido del mundo y de todas las cosas, excepto de Dios. Sólo se encuentra en los caminos que nos muestra el Evangelio. Grandeza del alma humana. Padre santo a quien el mundo no ha conocido, pero yo sí que te he conocido. Alegría, alegría, lágrimas de alegría. Dereliquerunt me fontes aquae vivae. Dios mío, ¿me
abandonarás? Que no me aparte de El jamás. Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, verdadero y único Dios y al que enviaste, Jesucristo. Jesucristo. Yo me he separado de El; he huido de El; le he negado y crucificado. Que no me aparte de El jamás. El está únicamente en los caminos que se nos enseñan en el Evangelio: abnegación interior; renuncia total, completa. Sumisión plena a Jesús y a mis directores espirituales. Una alegría eterna en comparación de un día de sufrimiento en la tierra. Non obliviscar sermones tuos. Amen”.
Este Memorial habla de una experiencia auténticamente real. Nos ofrece unos datos exactos, precisos. Pascal la ha recogido casi con la misma precisión con que se recogen los datos de un experimento científico. La experiencia que vivió y que plasmó en este Memorial se puede comparar con la de los discípulos de Emaús. No se trata de intuiciones teológicas, que se pueden tener cualquier día, sino de la experiencia estremecedora y transfiguradora de un momento exacto y preciso, que transforma toda la realidad y que no se puede olvidar jamás. Tampoco se trata aquí de una experiencia humana común y corriente, que puede tener cualquier persona religiosa, sino de una experiencia “específicamente cristiana”, que tiene una historia anterior; a saber, la historia de fe de muchas generaciones. Pascal ha encontrado a Cristo en una hora concreta y precisa y en Cristo ha encontrado al dios de Abrahán, al Dios de Isaac y al Dios de Jacob. Este encuentro le produjo una profundísima paz y alegría.
No podemos interpretar como nos parezca las palabras “Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría”. Pascal encuentra la paz en esa alegría. Y encuentra una paz que reorganiza de nuevo la vida, que la sitúa en un plano distinto, que la hace plenamente clara y transparente. Pascal descubre repentinamente que hasta entonces había estado separado de Cristo, aunque ya antes de ese acontecimiento había admitido la fe. Está convencido de que sólo ahora ha encontrado a Cristo y con El a Dios. Y tiene una profunda certeza de todo eso, de modo que lo repite dos veces. Dejemos ahora la experiencia de Pascal y planteémonos la última y decisiva pregunta: ¿Tenemos nosotros experiencias semejantes a la que Pascal vivió aquella noche? ¿O es esto algo tan totalmente singular que sólo está reservado a determinadas personas a manera de excepciones absolutas? Tal y como Pascal la vivió es, sin duda, irrepetible. Experiencias que están tan vinculadas a la historia de una persona absolutamente determinada, no pueden repetirse nunca de la misma manera. Y precisamente este es también el motivo por el que ya no pueden volver a repetirse las experiencias pascuales de los primeros testigos. Tales experiencias presuponen una situación histórica totalmente determinada que ya no vuelve a repetirse. Y sin embargo, en las apariciones de Pascua, en la experiencia de Pascal y en las experiencias de muchos cristianos de todos los tiempos, existe algo común que puede volver a repetirse: la experiencia de que se encuentra uno, de repente, ante la figura de Cristo Dios y de que uno no puede evadirse de El; la experiencia de que a uno se le pone en ascuas el corazón; la experiencia de una alegría tan profunda que hace palidecer a todas las demás alegrías de este mundo; la experiencia
de una profunda paz y de una seguridad y convencimiento definitivos. Todas estas experiencias pueden tener matices muy diferentes. Pueden sobrecogernos y abrumarnos, pero pueden, también, penetrar en el corazón de un modo tan delicado que pasen desapercibidas. Pero con unos u otros matices, puede tenerlas cualquier cristiano. Puede tenerlas y experimentarlas, sobre todo, si está dispuesto a seguir a Jesús y a dejarse conducir por el Espíritu de Amor que animaba a Jesús, para llegar a ser “otro Cristo”. Pueden tenerse estas experiencias, también, cuando uno está dispuesto a hacer tan sólo la voluntad de Dios y nada más que su voluntad. Son posibles esas experiencias si estamos dispuestos a ayudar a los demás con todas nuestras fuerzas y energías. Quien ha vivido alguna vez experiencias de este tipo, ya no puede prescindir jamás de ellas. Las podrá tapar, desplazar y arrinconar, pero vuelven después, otra vez, en cualquier momento. Sabemos que no existe psicología alguna que pueda explicar suficientemente la experiencia de alegría, de la convicción, del sentido que se ha captado y vivido en el encuentro oculto y misterioso con Jesús y con Dios. Como no puede comprenderse adecuadamente una obra de arte moviéndonos en el plano de un análisis puramente científico, tampoco se comprenden adecuadamente las experiencias religiosas con los medios al alcance de la psicología.
Para concluir tenemos que decir que no puede afirmarse que tales experiencias sean objetivamente idénticas, sin más, a las experiencias pascuales de los primeros testigos. Pero quien ha vivido alguna vez las experiencias descritas, estará capacitado para creer que en otro tiempo, hace ya casi dos mil años, dos discípulos experimentaron, en un camino bien concreto y a una hora exacta y precisa, que Jesús seguía viviendo; que Jesús está con nosotros; que hace que arda nuestro corazón y que nos regala su paz pascual. Y también creerá que llegará alguna vez el momento, del que todas las experiencias pascuales de este mundo no son más que preludio, en el que tendrá lugar el encuentro último y definitivo; el momento de la alegría que todo lo inunda, en el que nosotros conoceremos de un modo definitivo y en el que Jesús ya no desaparecerá más de nuestros ojos. Entonces ya no habrá noche, ni podrá declinar el día. La alegría del banquete no tendrá fin.