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“Comprendí, no con mi inteligencia ridícula, sino
con todo mi ser, que Él existe. ¡Él, el Dios vivo y personal, que me ama a mí y a todas las criaturas, que
ha creado el mundo, que ha creado al hombre por amor, el Dios crucificado y resucitado!”.
Tatania Goricheva, fundadora del primer movimiento feminista ruso, que nació en Leningrado
en 1947. Estudió Filosofía y fue educada en el ateísmo oficial del régimen comunista soviético. Tras
convertirse al cristianismo, desplegó una intensa actividad intelectual, que provocó su encarcelamiento y posterior expulsión del país.
Para Olegario González de Cardenal, que me hizo comprender, en tiempos de juventud, el valor de las
ideas y la importancia de dedicarse a ellas, con agradecimiento.
INTRODUCCIÓN
En 1990, dos científicos norteamericanos, Peter Salovey y John Mayer, publicaron por primera vez un artículo científico en el que desarrollaron el concepto de Inteligencia Emocional (IE), que definían como la capacidad que tenemos las personas para canalizar las emociones que se presentan en la vida cotidiana; es decir para percibir las emociones de las demás personas o las propias, comprender qué las causa y utilizar ese conocimiento de forma racional en la toma de decisiones. De hecho, el éxito o el fracaso de la del ser humano a lo largo de la historia ha dependido de esa capacidad del sujeto para adaptarse a la vida. Por otra parte, aunque la ciencia, utilizando la Inteligencia Racional (IR), un día pudiese contestar todas nuestras preguntas, ésta nunca podría responder a la pregunta de porqué existe el Universo y porqué estamos hechos para el bien, la verdad y la belleza y qué sentido tiene la muerte. Las leyes explican todas las cosas pero no el origen de las cosas. ¿Porqué hay algo y no hay nada? Constatamos que en el Universo no hay nada aleatorio, no hay azar, sino un grado de orden infinitamente superior a todo lo que podamos imaginar. Pero, ¿porqué la naturaleza produce el orden? El Universo ha sido regulado minuciosamente con el fin de permitir la aparición de una materia ordenada: primero la vida, después la conciencia. La Inteligencia Espiritual (IES) da respuesta al sentido de la vida. Da respuesta a las preguntas esenciales del ¿porqué vivir?, ¿porqué amar?, ¿porqué luchar?, ¿qué hay más allá de las cosas? La IES es el ápice espiritual o conciencia por medio del cual Dios nos habla. El sufrimiento destroza nuestras ilusiones que nos hacían pensar que todo marchaba bien. Es entonces cuando Dios nos grita por medio de nuestros dolores. Dios no es el Ser vago y anónimo de la Filosofía, sino el Bien que el orden del mundo sugiere, la Belleza que el universo propone y la Verdad que el pensamiento desea, pero que no dan ni el orden, ni la belleza ni el pensamiento.
La ciencia no tiene nada que decir sobre el sentido de nuestra vida, pues excluye, por principio, estas cuestiones tan candentes para la persona. El ser humano que encuentra a Dios en su vida, le ocurre como al beduino en el desierto que, cavando dentro de su tienda, descubre una fuente. De ella recoge el agua y se la ofrece a su prójimo para saciar la sed y no para arrojársela contra su rostro. Cada persona tiene que cavar la tienda de su propia interioridad para allí encontrar a Dios, que no es posesión de nadie. Se trata de una presencia real pero elusiva, personal pero sustraída. No es posesión de nadie y es soberana sobre todos. El creyente se sabe agraciado con la luz de la fe, que no es una conquista suya sino un don de Dios al que ya no puede renunciar porque equivaldría a renunciar a la luz con la que ve el mundo nuevo. Esta luz es lo que entendemos por IES, ya que el ser humano tiene esencialmente “voluntad de sentido” frente a los animales que se guían sólo por sus sentidos y por los objetos que los estimulan. Esto significa que la humanidad se pregunta inevitablemente quién es, de dónde viene, a dónde va, qué tiene que hacer en la vida. Dicho de otra manera, el ser humano no se conforma con vivir entre las cosas y las personas, necesita autotrascenderse, saber cuáles son las razones
últimas de su ser y de su actuar. Esto es tan decisivo para la vida humana que el no encontrar un sentido último es una de las causas más influyentes en la aparición de los desequilibrios psicopatológicos o de las evasiones, desde las drogas hasta el suicidio. El ser humano no tolera “el vacío existencial”1. La mutilación de la trascendencia es la
mutilación radical del ser humano, de la que brotan muchas de sus frustraciones.
La persona es un ser siempre insatisfecho y siempre buscador de más verdad, de más bien, de más amor, en una palabra tiende a la felicidad. Cuando está en esa tensión, sabiéndolo o sin saberlo, está buscando a Dios. Albert Einstein afirmó que cuando una persona encuentra una respuesta al problema del sentido de la vida es ya una persona religiosa. Paul Tillich ofrece la siguiente definición: “Ser religioso significa plantearse
apasionadamente la pregunta por el sentido de nuestra existencia”, y Ludwig
Wittgenstein escribe: “Creer en Dios significa ver que la vida tiene un sentido”2. En
suma, que la autoconciencia humana remite siempre, si no se la reprime, a una trascendencia. Para Carlos Valverde “el hombre irreligioso lo es porque se detiene en su
camino en busca de sentido, porque no llega hasta el final. Tal vez intenta tranquilizarse con la facticidad de lo que tiene y no quiere oír la voz que le está exigiendo buscar la plenitud. Así lo hacen algunos agnósticos contemporáneos”3. El
mito de lo primitivo, la ingenua creencia en el progreso uniforme y continuado en el que el advenimiento del homo sapiens acarreaba la desaparición del homo religiosus, el evolucionismo simplista, han fracasado. No ha habido hasta hoy civilización importante que no haya sido decididamente religiosa, porque el ser humano es, por naturaleza, religioso y está siempre ávido de una espiritualidad y de una fe en el más allá asociada a la fe en la vida presente.
Las grandes ideas que habían prometido la liberación de la humanidad y el logro de ese estado general de felicidad se han desmoronado, perdiendo rápidamente su fuerza persuasiva. De hecho, como dice Medaerd Kehl, “la emancipación universal de todo
prejuicio institucional o tradicional, propia de la Ilustración, ha tropezado con la insensatez de nuestro proceder antiecológico, los fanatismos en el reciente nacionalismo y la agresividad más brutal; la sociedad sin clases, liberada por el trabajo –en el régimen socialista o comunista– ha conducido al rotundo fracaso de los sistemas reales de esta ideología; y el progreso hacia un bienestar general mediante el desarrollo del mercado libre, con la ayuda de las ciencias naturales y la técnica –en el capitalismo– se enfrenta al progresivo empobrecimiento de la población mundial, mientras crece el bienestar de una pequeña élite”4. Y el neoliberalismo facilita la
alienación y la corrupción en detrimento de la cooperación, del espíritu comunitario, de la solidaridad y el bien común. La modernidad, en su fase actual, renuncia a sus promesas de progreso y asume como propio el cambio constante hacia cualquier novedad. Apertura, flexibilidad, movilidad e innovación, son las virtudes que mejor corresponden a su autodenominación cultural, si bien están vacías de contenido, ya que el futuro no pasa de ser el “espacio de lo posible” para cuanto pueda servir, de algún modo, a una difusa
mejora de la “calidad de vida”.
Ahora, con el presente texto La inteligencia espiritual o el sentido de lo sagrado,
nos proponemos mostrar cómo, pese a las dificultades de estos tiempos posmodernos que nos ha tocado vivir, tanto hoy, como ayer y siempre, el ser humano tiene sed de Dios. Lo religioso y la religión es consustancial al ser humano y no existe, en absoluto, en el animal. Que luego la relación con el Absoluto sea una u otra, que se de culto a un ídolo o al Dios que hizo el cielo y la Tierra, que se formule lo religioso en mitos más o menos fantásticos o en verdades reveladas, que se establezcan prohibiciones ingenuas o absurdas (tabúes), o verdaderos preceptos morales derivados de la religión, no significa más que la incesante búsqueda del Absoluto por parte del ser humano. La Historia de los mitos y de las religiones es la Historia humana de la búsqueda incesante de lo Incondicionado, de lo Misterioso, de lo Trascendente. No sería incorrecto definir al ser humano como “peregrino del Absoluto”. Es ésta una experiencia que, con una expresión bergsoniana, podríamos llamar “experiencia metafísica”. Max Scheler escribe: “Esta esfera de un Ser Absoluto pertenece a la esencia del hombre tan constitutivamente como la conciencia de sí mismo y la conciencia del mundo. La conciencia del mundo, la conciencia de sí mismo y la conciencia de Dios forman una indestructible unidad estructural”5. La persona es el
único ser que puede tomar distancia del mundo y de sí mismo para interrogarse sobre el sentido y el fundamento de su ser y de su existir. Siendo del mundo y de sí mismo puede objetivar al mundo y a sí mismo y buscar un Ser Absoluto que lo justifique todo.
Cuando lo hace ya está siendo religioso, ha desarrollado la IES.
El ser humano, de una o de otra manera, se plantea, y se ha planteado desde sus orígenes, la relación o religación con un Ser Absoluto, lo que ni se ha dado ni puede darse entre los animales. Los etnólogos se han quedado sorprendidos, con frecuencia, al encontrar planteamientos religiosos análogos entre pueblos de toda la superficie de la Tierra y en las condiciones sociales y culturales más diversas. Los símbolos son diversos, pero la actividad simbólica con que los hombres han buscado una trascendencia es la misma. Así, con esta reflexión sobre la IES se pretende dar una respuesta integral a la crisis de sentido, presentando la alternativa cristiana como la respuesta plena que da sentido a la vida, plenificando nuestra personalidad.
1. Cf. V. FRANKL, El hombre en busca del sentido, Barcelona 1982; La presencia ignorada
de Dios, Barcelona 1981.
2. V. FRANKL, Ante el vacío existencial, Barcelona 1980, 114. 3. C. VALVERDE, Antropología Filosófica, Valencia 1995, 128-130.
4. M. KEHL, La Iglesia en tierra extraña, Selecciones de Teología, No. 133, Barcelona 1995, 5.
5. M. SCHELER, Die Stellung des Menschen im Kosmos, Gesammelte Werke, B.9, Bern 1976, 68.
PRIMERA PARTE
EL CEREBRO HUMANO
Religión y Cultura son dos caras de la misma moneda. Así como la cultura es en su sustancia religión, así la religión en su apariencia es cultura1. Hay que tener en cuenta que
lo religioso no aparece siempre como formalmente religioso, pues se puede manifestar de diferentes maneras: En primer lugar, en las Iglesias, como formas esenciales de vida con sus símbolos propiamente religiosos; también en las sectas eclesiásticas que, habiendo nacido en el terreno de las Iglesias, se han alejado de ellas; existen, además, los “movimientos religiosos” nacidos fuera de las Iglesias y que se reclaman con iguales derechos dentro de esa esfera, y, por último, en aquellos grupos que, sin tener las pretensiones de religiosidad, lo son en lo más íntimo, ya que se preguntan por el sentido último de la existencia.
Existe una auténtica demanda de experiencia religiosa en nuestra sociedad que no siempre es satisfecha por las religiones históricas. Sobre este punto Hans Küng afirma: “La religión cristiana institucionalizada y sus representantes, las iglesias, son al
mismo tiempo causantes y víctimas de la crisis religiosa que aquí se manifiesta. Es cierto que con ello la religiosidad no ha desaparecido de la sociedad secular; en muchas personas ha vuelto a pasar incluso de una situación de desplazamiento al plano de la conciencia. Pero ha huido en una proporción alarmante de las grandes instituciones eclesiásticas altamente burocratizadas que, con frecuencia, sólo defienden intereses propios”2. Existe, también, en este fenómeno una búsqueda de una
vida comunitaria más cálida y más fraterna, pues lo que buscan los seguidores de las nuevas religiones orientales es una búsqueda de una experiencia intensa del yo y de la fuerza transformadora de lo sagrado; búsqueda de una “experiencia comunitaria” que sustente la propia vida; búsqueda de un auténtico”carisma” de líderes religiosos y, a través de este, una experiencia comunitaria con otros creyentes. En todo caso, no basta con descalificar a los Nuevos Movimientos Religiosos. Hay que estudiar este fenómeno en serio y responder a la llamada con una mayor fidelidad al Evangelio3.
A los inicios del siglo XXI, el gran movimiento, “nuevo” por excelencia, sin textos sagrados y sin líder es New Age. En realidad resulta como un mar sin fondo, en el que todo el mundo navega a su aire, combinando Teilhard de Chardin con el espiritismo; los espíritus de la tierra con la astrología; las técnicas alternativas de meditación y de terapia con un optimismo sobre el universo, ya que la materia es una gran vibración energética espiritual que transforma todo el mundo, todo lo conecta inconscientemente y todo lo dirige hacia un fin más alto y sublime. Podría decirse que la New Age, aun recogiendo ideas de otros movimientos viejos y nuevos, es sobre todo un “clima”, una actitud que manifiesta el esfuerzo, el intento de solución por parte de la mentalidad postmoderna de los problemas religiosos y, al mismo tiempo, ecológicos, personales, privados y cósmicos.
No se puede decir que se haya llegado a una síntesis orgánica de las ideas de fondo que la penetran. Se tiene la confianza puesta en lo espiritual que hay dentro de la materia. Y por esto la New Age es optimista, porque ha optado por encontrar lo divino en este mundo y en todos los procesos evolutivos. En definitiva se trata de una mística laical que invita al mundo de las religiones a ampliar su espacio hasta abrazar el cosmos, la ciencia, el psiquismo, fundiendo en un único abrazo todos los contrastes y la conflictividad que han afectado desde siempre el mundo de lo natural y lo sobrenatural.
La New Age establece una relación con la ciencia. Personas célebres de la física actual vienen en su apoyo: D. Bohn, K. Pribram, F. Capra, R. Sheldrake. Todos ellos proponen soluciones nuevas de carácter “holístico” o totalizante, en las que hay una aproximación entre ciencia y mística, ya que el mundo físico y el espiritual se compenetran mutuamente.
A nivel psicológico La New Age sintoniza con la onda larga del Human Potential
Movement (Movimiento del Potencial Humano), C. G. Jung, Abraham Maslow y S. Grof
son los nombres más evocados y el centro californiano Esalen es la Meca de esta nueva psicodinámica del espíritu. Si la ciencia se correlaciona con la mística, la psicología de la
New Age, inspirándose en el Oriente, se convierte en psicología “transpersonal”, donde,
en el proceso de reflexión sobre uno mismo, se sale de sí para encontrar a Dios en nosotros.
Pero la New Age, la era acuario, no se para ahí. Además de contestar la visión mecanicista-cientifista de la naturaleza, además de investigar lo más recóndito de la conciencia, se atreve a hablar de lo sobrenatural como se habla de lo natural, uniendo revelación y naturaleza, espíritu y materia, divinidad y visión cristiana, Un eclecticismo subido de tono que puede acabar en charlatanería, si no se controla bien. La última fase de la New Age es aquella en la que surgen los espiritismos de todo tipo, los hechos mediúmicos, los mensajes del otro mundo, los testimonios de la vida del más allá. Aquí la literatura se amplía cada vez más, se hace más pintoresca, pero también más ambigua. En los Estados Unidos, y especialmente en California, hay cantidad de médium y de comunicaciones que vienen del otro mundo. Jane Roberts y la actriz Shirley MacLaine se cuentan entre las médium más famosas. A veces se trata de fenómenos como más familiares: se reclama la voz de un pariente difunto, se escuchan sus informaciones y sus deseos. Entre estos fenómenos mediúmicos corrientes se distingue el llamado
channeling, en el que la comunicación se establece con personajes históricos, filósofos,
poetas, artistas, y se transmiten pura y simplemente mensajes religiosos, filosóficos, humanitarios. Aunque no sin cierta perplejidad y temor, comúnmente se piensa que este contacto es posible y que, en todo caso, puede ayudar a vivir y a superar las dificultades y a menudo ayuda, según testimonios vivos, a recuperar la fe y la esperanza en Dios.
Si he realizado esta sintética presentación de la New Age es para recuperar las ideas que, a propósito del cerebro, se han generado a lo largo de estos años a partir del
Instituto de Esalen, fundado en 1962 por Michael Murphy y Richard Price. Situado en
lo que una vez fue el hogar de una tribu nativa americana conocida como ESSELEN, con una geografía inspiradora y bendita con aguas termales, frente al océano Pacífico, en la espectacular costa de Big Sur, California, abrigado a su espalda por las agudas montañas de Santa Lucía. Durante los años 60 y 70 el Instituto Esalen sirvió como laboratorio de ensayos para las ideas y técnicas de perfeccionamiento personal, en el trabajaron Alan Watts, Ida Rolf, Aldous Huxley, Virginia Satir, Fritz Perls entre otros, dedicados a la exploración de las capacidades humanas sin realizar, y buscando asociar la experiencia grupal con la vivencia mística. Es así como Esalen se convierte en la cuna de la psicología transpersonal o la llamada cuarta fuerza, que es un modelo psicológico más idóneo para la New Age por cuanto presta más atención a los estados ascendentes, a las experiencias místicas y a otras vivencias cumbre.
Desde 1967 algunos pioneros acudían allí para liberar el cuerpo y espíritu en los baños de agua caliente situados al pie de un acantilado sobre el Pacífico. Ahora es lugar de reunión de filósofos hippie y personas en busca de equilibrio psíquico. Todo esto se resume en una creatividad ligada a la “intuición”: acostumbrados a hacer funcionar la parte cartesiana de nuestro cerebro, el hemisferio izquierdo, nos hemos olvidado del derecho, en el que reside la intuición, la que nos permitirá abandonar el viejo juego racional y conquistar por fin el new age, maravillosamente irracional, decididamente inteligente. Esto se basa sobre la “teoría del cerebro” que es la fuerza motriz del ser humano. Este centro nervioso, muy desarrollado en el ser humano, está compuesto de dos hemisferios: izquierdo y derecho. Existen dos niveles de conciencia: a) El consciente, situado en el cerebro izquierdo, donde se encuentra la lógica y la razón; b) El subconsciente, que entra en funcionamiento cuando el razonamiento consciente está en reposo.
El “cerebro derecho” es la sede de las percepciones que transmiten información mediante los sentidos. La inteligencia desarrollada en este hemisferio es una inteligencia global, intuitiva e irracional. En esta parte del cerebro se siente placer, alegría, temor... y se ven formas, colores, etc. Este hemisferio detecta y registra información. Aquí está alojada la imaginación, la creatividad y la memoria.
El “cerebro izquierdo” es lógico y racional, estructura el lenguaje y efectúa el análisis de la realidad. La síntesis de la información analizada se transfiere al cerebro derecho.
Nuestra inteligencia procede de una serie de intercambios entre ambos hemisferios. Pero debemos tener en cuenta que las vías de comunicación nerviosa son en el sentido siguiente: Primero la Emoción, después el Razonamiento, y no en el sentido contrario. Es decir, la emoción puede dirigir el sentido de nuestras actividades racionales pero nuestros razonamientos son incapaces de modificar nuestras emociones. Todo esto tiene sus implicaciones, ya que si quisiéramos manipular a una persona, en lo que popularmente se ha denominado “Lavado de cerebro”, intentaremos impedir que la persona utilice su
raciocinio, o sea, su cerebro izquierdo que es el que se hace las preguntas. La estrategia más importante para manipular una persona es impedir que piense, que funcione su cerebro izquierdo. Se trata de utilizar lo emocional que dirige la razón para que las personas piensen y actúen como deseamos. Como lo emocional está en total oposición con lo racional, impide que la persona se haga preguntas y razone. Por otra parte las emociones desencadenan un proceso que favorece la memorización. Cuanto más nos haya impactado un acontecimiento desde el punto de vista emocional, más anclado quedará en nuestra memoria. Esto es el secreto de la seducción de la Publicidad, o de los “seres amables”. La “creencia” tiene un esquema que pertenece a la “memoria emotiva” de imágenes, ideas, etc. que provocan, cuando las volvemos a recordar, una emoción. La creencia grabada en nuestro sistema emocional no puede ser alcanzada por la voluntad y aún menos por la razón.
1. Cf. P. TILLICH, En la frontera, Studium, Madrid 1971.
2. H. KÜNG, El cristianismo y las grandes religiones, Círculo de Lectores, Barcelona 1993, 276.
3. Cf. J. L. VÁZQUEZ BORAU, Los Nuevos Movimientos religiosos,San Pablo, Madrid 2004.
I
LA INTELIGENCIA RACIONAL (IR)
1. LA INTELIGENCIA COMO CAPACIDAD PARA APRENDER O COMPRENDER La inteligencia suele ser sinónimo de intelecto o entendimiento, pero se diferencia de éste por hacer hincapié en las habilidades y aptitudes para manejar situaciones concretas y por beneficiarse de la experiencia sensorial. En psicología, la inteligencia se define como la capacidad de adquirir conocimiento o entendimiento y de utilizarlo en situaciones novedosas. En condiciones experimentales se puede medir en términos cuantitativos el éxito de las personas a adecuar su conocimiento a una situación o al superar una situación específica. Los psicólogos creen que estas capacidades son necesarias en la vida cotidiana, donde los individuos tienen que analizar o asumir nuevas informaciones mentales y sensoriales para poder dirigir sus acciones hacia metas determinadas. No obstante, en círculos académicos hay diferentes opiniones en cuanto a la formulación precisa del alcance y funciones de la inteligencia; por ejemplo, algunos consideran que la inteligencia es una suma de habilidades específicas que se manifiesta ante ciertas situaciones. No obstante, en la formulación de los tests de inteligencia la mayoría de los psicólogos consideran la inteligencia como una capacidad global que opera como un factor común en una amplia serie de aptitudes diferenciadas. De hecho, su medida en términos cuantitativos suele derivar de medir habilidades de forma independiente o mediante la resolución de problemas que combinan varias de ellas.1
2. EL COEFICIENTE INTELECTUAL (CI)
Con este nombre se entiende la capacidad analítica humana, ha sido durante décadas la única vara de medir la inteligencia. Eficiente a la hora de elaborar conceptos, organizar el mundo y solucionar problemas concretos, el CI era la única referencia académicamente aceptable de evaluar nuestra comprensión del mundo. Pero cuando en 1983 el doctor Howard Gardner, de la Universidad de Harvard, publica su influyente obra Frames of Mind 2, los científicos comienzan a admitir que no existe un solo tipo de
inteligencia, sino que hay distintas formas de conocer y relacionarse con uno mismo y con el entorno. Aquí trataremos de las tres que nos parecen más esenciales. La eclosión de la inteligencia emocional en la década de los años 90, de la mano de Daniel Goleman3,
revolucionó la forma de percibir la capacidad de las personas y vino a demostrar lo que ya era una convicción de toda una tradición de pensadores, desde Platón hasta Freud:
que la estructura de base del ser humano no es la razón (logos), sino la emoción (pathos). Somos, primariamente, seres de pasión, de empatía, de compasión, y sólo después, seres de razón. Sin embargo, ¿cuál sería la inteligencia encargada de gestionar ese plano más profundo en el que se sitúan los grandes problemas psicosociales contemporáneos, como la sensación de vacío, el sentido de la vida o los anhelos de autorrealización? Vayamos por pasos.
3. INTELIGENCIA MENTAL
Es la que se desempeña por medio de unos conocimientos determinados, por procesos mecanizados, analíticos, consecuentes y lógicos. Es la que esta directamente relacionada con el cociente intelectual. A lo largo de la historia es al IR a lo que se le ha dado mas importancia, sin embargo, el CI no logra garantizar el éxito de una persona aunque este sea alto, pues es necesario una clase de destrezas que aseguren su éxito y es en este momento cuando hablamos de la inteligencia experiencial. Se basa en la experiencia vivida. Es automática, preconsciente, rápida, fácil y está relacionada con las emociones y la personalidad. Se basa en aquellos pensamientos que aparecen en nuestra mente de manera automática ante cualquier acontecimiento de nuestra vida, y en modos más generales de ver el mundo, a nosotros mismos y a los demás, aprendidos en la infancia y a lo largo de nuestras vidas y experiencias y que forman parte de nuestra forma de ser. Por ejemplo: “Pienso que no se puede confiar en nadie” o “Pienso que en el fondo todo el mundo es bueno”. La inteligencia experiencial funciona por asociaciones en vez de por lógica, estableciendo relaciones entre acontecimientos que tienen una fuerte carga emocional.
4. ¿CÓMO MEDIR LA INTELIGENCIA RACIONAL?
Existen diversos tipos de tests para medir la inteligencia, pero todos ellos la miden de manera muy similar. Hasta la fecha, en los estudios realizados se ha podido observar que el rendimiento de la población general en los tests de inteligencia sigue una distribución normal; la mayor parte de las personas se sitúan alrededor del punto medio que está en un CI: 100. Pocos individuos destacan como muy brillantes o como muy poco brillantes. Los hombres con un elevado CI se caractericen por una amplia gama de intereses y habilidades intelectuales y suelen ser ambiciosos, productivos, predecibles, tenaces y poco dados a reparar en sus propias necesidades. Tienden a ser críticos, condescendientes, aprensivos, inhibidos, a sentirse incómodos con la sexualidad y las experiencias sensoriales en general y son poco expresivos, distantes y emocionalmente fríos y tranquilos. La mujer con un elevado CI manifiesta una previsible confianza intelectual, es capaz de expresar claramente sus pensamientos, valora las cuestiones teóricas y presenta un amplio abanico de intereses estéticos e intelectuales. También tiende a ser introspectiva, predispuesta a la ansiedad, a la preocupación y la culpabilidad, y se muestra poco dispuesta a expresar públicamente su enfado, aunque pueda expresarlo
de un modo indirecto.
En el cociente intelectual de una persona parece influir de forma importante tanto la genética como las variables ambientales. Se estima que la heredabilidad de la inteligencia se encuentra entre un 0,4 y un 0,8 en una escala del 0 al 1. Si todos los entornos fuesen iguales para todo el mundo, la heredabilidad sería de 1, o sea, del 100%, dado que todas las diferencias que se pudiesen observar tendrían necesariamente un origen genético. Pero en realidad, el ambiente y las experiencias personales contribuyen sustancialmente a las diferencias en el rendimiento de los tests de inteligencia. Variables sociales como la ocupación, la escolarización o el ambiente familiar y variables biológicas como la nutrición, el entorno ambiental son factores importantes a tener en cuenta antes de hacer un estudio con un resultado lo mas imparcial y objetivo posible.
1. Cf. Inteligencia, Enciclopedia Microsoft® Encarta® 99. © 1993-1998 Microsoft Corporation.
2. H. GARDNER, Estructuras de la mente, Fondo de Cultura Económica, Bogotá 1997 3. D. GOLEMAN, Emotional Intelligence, Bantam Books, New York 1995, traducido por la ed. Kairós, Inteligencia emocional.
II
LA INTELIGENCIA EMOCIONAL (IE)
1. EL ASPECTO MÁS IMPULSIVO E INFLUYENTE DE NUESTRAMENTE
Al margen de que algunos pensadores consideren artificial la dualidad mental entre la razón y las emociones, el modelo de la IE afirma que tenemos por un lado una mente racional, que es la capacidad consciente de pensar, deliberar y reflexionar, y por otro lado una mente emocional que es más impulsiva e influyente que la mente racional. La certeza emocional configura una convicción distinta a la certeza de la mente racional, No obstante, hay una proporcionalidad entre el control emocional y el racional, y estas dos mentes operan en colaboración, entrelazando sus distintas formas de conocimiento. Cuanto más intensa es la mente emocional, menos eficaz es la mente racional, y viceversa. Lo más adecuado para la persona es que exista un equilibrio, en el cual, la emoción influye en las operaciones de la razón y ésta ajusta y filtra las operaciones procedente de las emociones, actuando como dos facultades relativamente independientes que reflejan el funcionamiento de circuitos cerebrales distintos, aunque interrelacionados. La IE destaca la perenne y fecunda tensión entre estas dos mentes, aunque a menudo están coordinadas. Pero cuando de forma desbordada irrumpen las pasiones, el equilibrio puede romperse y la mente emocional puede bloquear y paralizar a la mente racional. Es aquí donde, la escritora y psicóloga Remei Margarit fundamenta el origen “del mal” en nuestro comportamiento social, pues se da el caso de que hay personas que no reconocen a los demás como iguales, sino como objetos a los que hay que manipular según sus impulsos, debido a que algo ocurrió en sus vidas que les destruyó su humanidad, afirmando: “Todos los humanos llevamos en nuestro equipaje
distintos elementos, obsesivos, depresivos, histéricos y psicopáticos y así vamos tirando, manejando la complejidad el carácter de cada uno, pero cuando la psicopatía se hace con el resto de la persona, el individuo se vuelve un loco peligroso para todos los demás. Esa falta de empatía es la señal inequívoca de ello”1
.
2. ORIGEN DEL TÉRMINO INTELIGENCIA EMOCIONAL
El término inteligencia emocional fue utilizado por primera vez en 1990 por Peter Salovey de Harvard y John Mayer de la New Hampshire, para describir las cualidades emocionales que parecen tener importancia para el éxito: empatía, expresión y
comprensión de los sentimientos control de nuestro genio, independencia, capacidad de adaptación, simpatía, capacidad de resolver los problemas de forma interpersonal, persistencia, cordialidad, amabilidad, respeto. Pero fue Daniel Goleman quien, con su libro Inteligencia Emocional, popularizó el término afirmando que la IE es la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos, y la habilidad para manejarlos. Este autor estima que la inteligencia emocional se puede organizar en cinco capacidades: conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación, y gestionar las relaciones. Las emociones son importantes para el ejercicio de la razón. Entre el sentir y el pensar, la emoción guía nuestras decisiones, trabajando con la mente racional y capacitando o incapacitando al mismo pensamiento. Del mismo modo, el cerebro pensante desempeña un papel fundamental en nuestras emociones, exceptuando aquellos momentos en los que las emociones se desbordan y el cerebro emocional asume por completo el control de la situación. En cierto modo, tenemos dos cerebros y dos clases diferentes de inteligencia: la inteligencia racional y la inteligencia emocional y nuestro funcionamiento vital está determinado por ambos.
3. MEDICIÓN DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL Y EL COEFICIENTE INTELECTUAL
Según lo expuesto hasta ahora, las características de la llamada IE son: la capacidad de motivarnos a nosotros mismos, de perseverar en el empeño a pesar de las posibles frustraciones, de controlar los impulsos, de diferir las gratificaciones, de regular nuestros propios estados de ánimo, de evitar que la angustia interfiera con nuestras facultades racionales y la capacidad de empatizar y confiar en los demás. No existe un test capaz de determinar el “grado de inteligencia emocional”, a diferencia de lo que ocurre con los test que miden el CI. Jack Block, psicólogo de la universidad de Berkeley, ha utilizado una medida similar a la inteligencia emocional que él denomina “capacidad adaptativa del ego”, estableciendo dos tipos teóricamente puros, aunque los rasgos más sobresalientes difieren ligeramente entre mujeres y hombres2: a) Los hombres que poseen una elevada
inteligencia emocional suelen ser socialmente equilibrados, extrovertidos, alegres, poco predispuestos a la timidez y a rumiar sus preocupaciones. Demuestran estar dotados de una notable capacidad para comprometerse con las causas y las personas, suelen adoptar responsabilidades, mantienen una visión ética de la vida y son afables y cariñosos en sus relaciones. Su vida emocional es rica y apropiada; se sienten, en suma, a gusto consigo mismos, con sus semejantes y con el universo social en el que viven.; b) Las mujeres emocionalmente inteligentes tienden a ser enérgicas y a expresar sus sentimientos sin ambages, tienen una visión positiva de sí mismas y para ellas la vida siempre tiene un sentido. Al igual que ocurre con los hombres, suelen ser abiertas y sociables, expresan sus sentimientos adecuadamente, en lugar de entregarse a arranques emocionales de los que posteriormente tengan que lamentarse, y soportan bien la tensión. Su equilibrio social les permite hacer rápidamente nuevas amistades; se sienten lo bastante a gusto consigo mismas como para mostrarse alegres, espontáneas y abiertas a las experiencias sensuales.
Y, a diferencia de lo que ocurre con el tipo puro de mujer con un elevado CI, raramente se sienten ansiosas, culpables o se ahogan en sus preocupaciones.
Estos retratos son caricaturescos pues toda persona es el resultado de la combinación, en distintas proporciones, entre la IE y el CI, pero ofrecen una visión muy instructiva del tipo de aptitudes específicas que ambas dimensiones pueden aportar al conjunto de cualidades que constituye una persona.
4. LA INTELIGENCIA EMOCIONAL Y LA EDUCACIÓN
Desde 1950, un movimiento internacional de expertos en psicología y educación apuesta por introducir la educación de las emociones en las escuelas como una manera de formar personas solidarias, cooperadoras, responsables, autónomas y, especialmente, felices. La escuela, a lo largo de los siglos, e ha centrado en el desarrollo cognitivo. Ha enseñado a sumar y a restar; a leer y a escribir; ecuaciones, biología, literatura. Pero ha olvidado por completo los aspectos emocionales. No nos ha enseñado como debemos de comportarnos ni tampoco entender nuestras reacciones y las de los demás en el día a día, olvidando que el desarrollo integral de la persona no consiste solamente en adquirir conocimientos de matemáticas o de historia. La escuela debe darnos herramientas para nuestro desarrollo personal y social. La razón de sto es que las emociones están presentes en todas nuestras relaciones. Nos ayudan a saber cómo debemos interactuar con los demás e influyen en salud mental y física. Que podamos regularlas está estrechamente relacionado con la función del sistema inmunológico y con nuestro rendimiento académico y profesional. Incluso en algunas profesiones, como médicos y enfermeras, profesores o trabajadores sociales, las emociones tienen un papel crucial para que el profesional sepa como relacionarse con quienes están tratando.
1. R. MARGARIT, Del mal, La Vanguardia, Barcelona 15/08/2009. 2. Ibíd. 24.
III
LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL (IES)
1. LA CAPACIDAD DE TRASCENDENCIA DEL SER HUMANO
Muchos investigadores han empezado a preguntarse cómo se presenta la espiritualidad en términos psicológicos, o si existen diferentes formas y desarrollos de la espiritualidad asociados a diferentes rasgos de personalidad. Así, según el modelo de personalidad propuesto por el psiquiatra Robert Cloninger en 1994, la inteligencia espiritual abarcaría la capacidad de trascendencia del ser humano, el sentido de lo sagrado o los comportamientos virtuosos que son exclusivamente humanos, como el perdón, la gratitud, la humildad o la compasión.
La búsqueda de pruebas empíricas que demostrasen su existencia llevó a algunos científicos durante la última década a explorar si existía este otro tipo de inteligencia que más allá de captar hechos, ideas y emociones, explicase por qué somos sensibles a valores ligados a la idea de Dios y a la trascendencia. Siguiendo esta línea, algunos científicos verificaron que siempre que se abordan temas religiosos o valores que conciernen al sentido profundo de las cosas, no superficialmente, sino con una participación sincera, se producen oscilaciones neurales a 40 hercios procedentes de una zona localizada en los lóbulos temporales de nuestro cerebro Por esta razón, neurobiólogos como Persinger, Ramachandran y la física cuántica Danah Zohar han llamado a esa región de los lóbulos temporales como el “punto Dios”1
.
Así pues, la IES es una realidad propia del ser humano, que apunta al desarrollo de capacidades genuinamente humanas, como la capacidad de silencio, de asombro y admiración, de contemplar, de discernir y no solamente decidir, de ampliar los contextos en los que situamos nuestras vidas, en definitiva, al desarrollo de una cierta profundidad existencial y vital. Estas, y otras, capacidades humanas han sido elaboradas mediante símbolos y prácticas por las diversas tradiciones religiosas, aunque no sólo por ellas. Por esto, la riqueza de la sabiduría que han acumulado las religiones convierte en insensata la idea de que podemos desarrollar la IES al margen o contra ellas. Las tradiciones religiosas nos recuerdan que no hay calidad ni plenitud humanas sin una disponibilidad hacia los demás, denominada como justicia, compasión, misericordia o sensibilidad. Aunque también podríamos denominarla inteligencia espiritual, imprescindible para vivir humanamente.
2. PRIMEROS TANTEOS Y LA REALIDAD ACTUAL
Para el psiquiatra austriaco Victor Frankl lo que permite superar los condicionamientos biológicos, psíquicos y sociales es la Trascendencia. Percibe al espíritu como un eje que atraviesa el consciente, preconsciente e inconsciente. Entiende que el ser humano es existencial, dinámico y capaz de trascenderse a sí mismo. De esta manera la persona ya no es considerado como un manojo de instintos. Tampoco un compuesto de actos reflejos, no es un títere movido por alambres exteriores visibles o que corren por su interior. Es un ser libre y espiritual2.
Los grandes problemas psicosociales contemporáneos como el “vacío”, la falta de “sentido de la vida”, la “pérdida de valores”, los anhelos de “autorrealización” y la necesidad de espiritualidad confesada por miles de personas ha intensificado en los últimos años el abordaje científico de la espiritualidad del ser humano, el pilar “olvidado”, cuando no despreciado, de la persona. Ahora se está diciendo lo que los místicos de todas las religiones y de todos los tiempos han dicho: que el ser humano tiene una capacidad innata de captar las cuestiones espirituales. Esa capacidad a la que ahora se llama inteligencia espiritual, hace que nuestro cerebro produzca cierta clase de ondas cuando está ante lo que se reconoce como “manifestación espiritual”. La prueba empírica de lo que aquí estamos diciendo, la existencia de una Inteligencia Espiritual, reside en la biología de las neuronas y se deriva de investigaciones muy recientes, de los últimos diez años, realizadas por neurólogos, neuropsicólogos, neurolingüístas y otros expertos que estudian los campos magnéticos y eléctricos del cerebro. Según estos científicos, hay en nosotros otro tipo de inteligencia, científicamente verificable, por la cual no captamos datos, ideas o emociones, sino que percibimos los contextos mayores de nuestra vida, totalidades significativas, que nos hacen sentir nuestra vinculación al Todo. Nos hace sensibles a los valores, a cuestiones relacionadas con Dios, y a la trascendencia. Es la llamada inteligencia espiritual, porque es propio de la espiritualidad captar totalidades y orientarse por visiones transcendentales.
3. LA EXPERIENCIA RELIGIOSA SE REFLEJA EN LA ACTIVIDAD CEREBRAL Según Leonardo Boff: “El universo ha evolucionado, durante miles de millones de
años, hasta producir en el cerebro el instrumento que capacita al ser humano para percibir la Presencia de Dios, que siempre estaba allí, aunque de un modo no perceptible conscientemente. La existencia de este “punto Dios” representa una ventaja evolutiva de nuestra especie. Es una referencia de sentido para nuestra vida. La espiritualidad pertenece a lo humano y no es monopolio de las religiones. Antes bien, las religiones son una de las expresiones de ese “punto Dios”3. Lo difícil es que
no hay manera de determinar si los cambios neurológicos asociados con la experiencia espiritual significan que el cerebro está causando esas experiencias o si responde a la realidad espiritual que está percibiendo.
Psiquiatras, científicos y psicólogos han empezado a preguntarse cómo se presenta la espiritualidad en términos psicológicos, o si existen diferentes formas y desarrollos de la espiritualidad asociados a diversos ámbitos y rasgos de la personalidad. Así, el modelo de personalidad propuesto por el psiquiatra Robert Cloninger en 1994, contaba ya con una dimensión específica a la que llama espiritualidad o autotranscendencia. Esta dimensión se compone de tres áreas fundamentales: en primer lugar, el “autoabandono”, dimensión en la que se sitúa la abstracción y fascinación desde los sentimientos sobre nuestro papel en la vida, la imaginación y sensibilidad ante la belleza y el arte y la pérdida de límites y fronteras en el espacio y el tiempo. La segunda dimensión es la de la “identificación transpersonal” o de unión espiritual y emocional con los otros, la naturaleza y el mundo: poder identificarse con un Todo en armonía y luchar por un mundo mejor. Por último, está la “aceptación espiritual”
o aprehensión de relaciones intuitivas de “sexto
sentido”: experiencias religiosas, comprensión del sentido real de la vida, de la
inmortalidad, etc.
4. LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL COMO LA CAPACIDAD DE HACER PREGUNTAS FUNDAMENTALES
Según Richard Colman la IES es la capacidad de seguir las propias ideas yendo contra las establecidas o convencionales. Así, “la inteligencia espirituales la capacidad del ser
humano para hacerse preguntas fundamentales sobre el significado de la vida y para experimentar al mismo tiempo, la perfecta conexión entre cada uno de nosotros y el mundo que nos rodea”4 . Así, pues, la inteligencia espiritual es capacidad de
trascendencia, capacidad de hacer las cosas cotidianas con un “sentido de lo sagrado”, usar recursos espirituales en problemas prácticos, capacidad de actuar con conducta virtuosa basada en la gratitud, paciencia, humildad, compasión, sabiduría y amor universal. La inteligencia espiritual es conciencia de lo universal, conciencia de la humanidad y fraternidad entre todos los seres, capacidad de maravillarse del cosmos, sentido de lo místico, disponibilidad para escuchar y comprender a los demás. Es también la que nos permite ser felices, independientemente de las circunstancias, de si estas son favorables o desfavorables, porque la fuente de la felicidad viene de adentro. Es la capacidad para conducir bien la propia vida, tomando el control y la responsabilidad de los pensamientos, sentimientos, acciones y valores, decidiendo la manera de responder a los eventos de la vida. La inteligencia espiritual ve la compasión como el valor fundamental de la vida, como el interés genuino y profundo en el bienestar de todos los seres.
1. Cf. M. DÍAZ PRIETO, El punto Dios. Científicos y pensadores especulan sobre la
existencia de la inteligencia espiritual, La Vanguardia- 28/05/2006.
2. Cf. V. FRANKL, La voluntad de sentido, Herder, Barcelona 1991; El hombre doliente, Herder, Barcelona 1990; La presencia ignorada de Dios. Herder, Barcelona 1979.
3. Cf. L. BOFF, El punto Dios en el cerebro, Koinonia, 11-05-2003.
SEGUNDA PARTE
LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL COMO RESPUESTA INTEGRAL A LA
CRISIS DE SENTIDO
El lugar natural de la religión, de la Inteligencia espiritual, no está en la razón, sino en la emoción profunda, en el sentimiento oceánico, en esa esfera donde emergen los valores y las utopías. Creer en Dios no es pensar a Dios sino sentir a Dios a partir de la totalidad del ser. La intención de la religión no es explicar el mundo. Nace como protesta contra este mundo descrito y explicado por la ciencia. La religión es la voz de una conciencia que no puede encontrar descanso en el mundo tal cual es, y que tiene como proyecto transcenderlo. Lo que transciende este mundo en dirección a otro mayor y mejor es la utopía, la fantasía y el deseo. Por eso, donde hay religión hay siempre esperanza, proyección de futuro, promesa de salvación y de vida eterna. Ellas son inalcanzables por la simple razón científico-técnica, que es una razón exigua, porque se reduce a los datos, siempre limitados.
El ser humano muestra tres aperturas fundamentales: al mundo, transformándolo; al otro, comunicándose; al Todo, captando su carácter infinito, es decir, sin límites. Su condición humana le hace sentirse portador de un deseo infinito y de utopías últimas. Su drama reside en el hecho de que no encuentra en el mundo real ningún objeto que le sea adecuado. Quiere el infinito y sólo encuentra finitos. Surge entonces una angustia que ningún psicoanalista puede curar. De aquí emerge el tema de Dios. Dios es el nombre, entre tantos otros, que damos al que está más allá de cualquier horizonte. La razón que acoge a Dios se hace inteligencia que intuye más allá de los datos y se transforma en sabiduría que impregna la vida de sentido y de sabor1
.
I
LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL EN BUSCA DEL SENTIDO
1. LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL COMO SEMILLA DE LA ACCIÓN
La IES no es acumulación de conocimientos, no es primariamente una ciencia, sino un asunto personal; no es catálogo de proposiciones, sino realidad acontecida; no es espectáculo, sino mirada atenta; no es seguridad, sino asombro y vértigo1. La prueba de
lo dicho es que casi todas las escuelas de pensamiento a lo largo de los siglos se organizaron como modos de vida. Hoy, en palabras de Juan Pablo II, “El aspecto
sectorial del saber, en la medida en que comporta un acercamiento parcial a la verdad con la consiguiente fragmentación del sentido, impide la unidad interior del hombre contemporáneo”2.
El pensamiento es la semilla para la acción3. En un primer momento necesitamos
pensar para vivir. No hay ética sin pensamiento, ni pensamiento sin ética. Desde Sócrates el cometido de la filosofía es fundamentar la moral de la política, cometido del que se ocupaba anteriormente la religión. Sócrates pretende formar a la juventud para que estos puedan gobernar la polis, haciendo que la filosofía dejase de ocuparse de la naturaleza física para pasar a ocuparse de la sociedad de los seres humanos libres. Filosofar es el intento de hacer el mundo habitable, depurando las apariencias y desarmando las supersticiones. La religión ha sido la depositaria de las esperanzas humanas. Lo ideal sería mantener una íntima conexión entre filosofía y religión, que nace, en el fondo de la pregunta por el sentido de la vida humana, que va íntimamente unida a la pregunta por el mundo y por el último fundamento de lo real existente, lo que aquí llamamos IES.
2. SÍNTESIS ENTRE CULTURA Y FE
La vida de la Iglesia, y por lo tanto el itinerario de fe de los creyentes, no puede vivirse fuera o al margen, o tal vez en paralelo, respecto a la vida cotidiana y de la cultura de un pueblo, de una nación porque el dinamismo de la Encarnación nos pide vivir y expresar nuestra fe permaneciendo plenamente insertos en la cultura y en la realidad que nos rodea para anunciar el Evangelio de la vida, del amor, de la esperanza. Existe una dimensión fundamental, capaz de consolidar o de sacudir desde sus fundamentos los sistemas que estructuran el conjunto de la humanidad, y de liberar la existencia humana, individual y colectiva, de las amenazas que pesan sobre ella. Esta dimensión fundamental es el ser humano, en su integridad. Ahora, el hombre vive una vida plenamente humana
gracias a la cultura, que es aquello por lo que el hombre, en cuanto hombre, se hace más hombre, “es” más, accede más al ser4. La síntesis entre cultura y fe no es sólo una
exigencia de la cultura sino también de la fe.
Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida. Existe un vínculo constitutivo entre el cristianismo y la cultura, pero en las sociedades occidentales, caracterizadas cada vez más por la sobreabundancia de bienes de consumo y por el subjetivismo, el hombre afronta una crisis de sentido. En un cierto número de países surgen legislaciones nuevas que ponen en causa el respeto de la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural, con el riesgo de utilizarla como un objeto de investigación y de experimentación, atentando así gravemente contra la dignidad fundamental del ser humano. Los inmensos progresos de la técnica han alterado muchas prácticas en el campo de las ciencias médicas, mientras que la liberalización de las costumbres ha relativizado considerablemente las normas que parecían intangibles. De ahí brota como consecuencia necesaria, una acción pastoral atenta y amplia de la Iglesia respecto a la cultura, en particular respecto a la que es denominada “cultura viva”, esto es, el conjunto de principios y de valores que constituyen el ethos de un pueblo.
3. CRISIS FUNDAMENTAL DE SENTIDO
T. Radcliffe se expresa así al señalar la crisis fundamental de sentido: “La vida
humana, ¿qué sentido tiene hoy? Toda cultura tiene necesidad de historia para encarnarse y comprensión de lo que significa ser un humano y de un modelo de vida. Tenemos necesidad de historia que nos dice quienes somos y a donde vamos. Cuando una sociedad vive una crisis de sentido, uno de sus síntomas es que lo narrado por esa sociedad deja de otorgar sentido a nuestra experiencia y queda inadaptada. Cuando una sociedad atraviesa un cambio profundo necesita un nuevo tipo de historia. Yo diría que la crisis fundamental de sentido es que la historia subyacecente a la cultura europea, desde hace varios siglos, ya no tiene sentido: es una historia de progreso, de supervivencia de los más aptos, de triunfo del más fuerte. El héroe de esa historia está implícito en nuestras novelas, nuestras películas, nuestra filosofía, nuestra economía y nuestra política”5.
Ante el darwinismo socioeconómico, la cultura se sumerge en una crisis profunda. Los valores monetarios del mercado se sobreponen a los valores morales de la ética. Se silencian los grandes relatos, se desacelera la historia como proceso, agonizan las ideologías críticas. El futuro retrocede ante el imperativo de perennización del presente. Todo se congela en esa idea absurda de que la vida es “aquí y ahora”. La vejez es vista como enfermedad y la muerte como abominación. La felicidad queda reducida a la suma de placeres, y los bienes finitos son más codiciados que los infinitos. En su ansia por eternizar el presente se buscan artificios que prolonguen la vida: ejercicios, dietas, vitaminas, cirugías estéticas… Urge mantenerse eternamente joven. Vejez, arrugas,
obesidad, canas, músculos flácidos, pérdida del vigor juvenil y de belleza física: he ahí los fantasmas que asustan al alma lúdica, lujuriosa, de quien no sabe qué rumbo imprimir a la existencia. Se privatiza el existir, se encierra en un individualismo que se jacta de su indiferencia ante los dramas ajenos, y predomina la insensibilidad ante las cuestiones colectivas. La ética cede el lugar a la estética. La política es mirada con disgusto, y la vida como un videoclip anabolizado por el dinero, la fama y la belleza6.
4. GRAN VACÍO DE DIOS
Hoy en día vivimos una cultura pagana, donde sólo interesa el bienestar, el dinero, la satisfacción, el hedonismo; pero esto no puede de ninguna manera durar mucho tiempo, pues se llega al vacío existencial, que lleva al suicidio, ya que si nada tiene sentido ¿para qué vivir? El paganismo emergente debe ser considerado como una nueva religión en la que muchos contemporáneos celebran y ritualizan el ritmo y las experiencias de su vida. La crisis de la religión ha llegado a tal extremo que algunos comienzan a afirmar que está apareciendo el homo areligioso, que se caracteriza por no mostrar la más pequeña necesidad de Dios o de los valores religiosos
Frente al futuro debe haber una especie de cambio en el modo de ser y de sentir del ser humano en la sociedad futura. En la Iglesia católica la religión es eminentemente doctrina, dogmas, teorías, teología, y si verdaderamente no hay experiencia de Dios, no habrá nada: la religión sería palabras vacías que no tienen sentido alguno. Hoy se experimenta un gran vacío de Dios y va suscitándose un hambre de Dios, un deseo de Dios pero confusa y oscuramente, sin saber exactamente qué es. Entonces se está buscando algo que se asemeje a eso; de ahí vienen los movimientos como la New Age, las religiones orientales y todas esas cosas que van viniendo como una especie de sustituto de esta hambre de Dios que realmente la sociedad, sin darse cuenta, siente y piensa. La cultura moderna está sintiendo un gran vacío y no sabe de qué, pero en el fondo es de Dios mismo7.
Hay que vigilar en lo que Juan Martín Velasco llama “misticismo postmoderno”, centrado principalmente en la experiencia, una experiencia en la que se privilegian los niveles psíquicos y, especialmente, el sentimiento y el desprecio de las mediaciones racionales, como dogmas, teologías, doctrinas, etc. Esta insistencia en la experiencia lleva a privilegiar la libertad del individuo y a hacer de él su protagonista y beneficiario. Este nuevo misticismo no se refiere al Dios único y trascendente al ser humano, sino que se refiere al ser humano como valor supremo, que no se orienta a la salvación en el más allá, sino a la autorealización. De un Dios trascendente que manifiesta al ser humano su voluntad, se pasa a un Dios materno que envuelve en la intimidad y profundidad del sujeto, identificándose con el todo8.
1. Cf. E. TRIAS, Ciudad sobre ciudad, Destino, Barcelona 2001. 2. JUAN PABLO II, Fides et ratio, nº 85, 14/9/1998.
3. Cf. P. ORTEGA CAMPOS, Educar preguntando, PPC, Madrid 2005.
4. Cf. P. POUPARD, Síntesis entre cultura y fe, Consejo Pontificio para la Cultura, Roma 13 /6/2007.
5. T. RADCLIFFE, Je vous apelle amis, Cerf, París 2002, 248. 6. Cf. F. BETTO, Generación postmoderna, Acompaz, 14/6/2007.
7. Cf. I. LARRAÑAGA, Muestranos tu rostro, Ediciones Paulinas, Madrid 2007. 8. J. MARTÍN VELASCO, Mística i humanisme, Editorial Cruïlla, Barcelona 2006.
II
LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL Y LOS SIGNOS DEL LOS TIEMPOS
1. LA FE CRISTIANA DEFENSORA DEL HUMANISMO
Nuestra cultura moderna corre el peligro de confundir al ser humano auténtico con el ser humano unidimensional: Un sujeto cerrado a la trascendencia y replegado en una inmanencia impregnada de técnica y consumo1. Ciertamente hay que desmitificar la
evasión hacia un futuro totalmente utópico de la historia. Pero tampoco podemos caer en el pesimismo de la ciencia y la técnica en la sociedad de consumo, pues no dan razones suficientes para vivir y morir, para poder amar y comprometerse dignamente. Ante el peligro de la disolución de la persona y la supresión del sentido de la vida, la entraña humanista de la fe cristiana debe presentarse como defensora del humanismo y del ser humano concreto, ante las amenazas que tratan de engullirlo. Tendrá que combatir el vacío existencial de nuestra cultura y ser fuerza liberadora y fuente de compromiso solidario. Como dice J. Gomez Caffarena, “esperar que pueda creer en Dios una
persona que no sabe cómo vivir es pedir demasiado. Esperar que pueda ser cristiano una persona que no es capaz de ser humana, es una presunción inútil. Lo ordinario no es que el ser humano rechace a Dios, sino que se rechace a sí mismo. No podemos esperar de alguien que no ha reconocido su propia humanidad viva en la filiación divina, ya que se basa en la profundidad humana”2.
Ante la nueva situación intercultural que nos ha tocado vivir de crisis y salida hacia lo nuevo, no debemos de distanciarnos de la modernidad para regresar a la premodernidad, o de coger una actitud anti-moderna, ni de optar por una espiritualidad patrística y de la Edad Media sin más. Pero tampoco dejarlas de un lado como algo pasado y antiguo. Se trata, para engendrar algo nuevo hoy, tener en cuenta las intuiciones auténticas de ayer, lo que implica una actitud humilde de reconocimiento de lo auténtico de la Tradición y el no pensar que con nosotros comienza el mundo. Es por eso que aquí traemos el pensamiento de autores de antaño, no para aplicar tal cual lo que dijeron ellos en sus coordinadas existenciales, sino para recoger sus intuiciones y ser capaces nosotros hoy de reelaborarlas de una forma nueva. Así. vuelve a plena actualidad el testimonio y el mensaje de Ramón Llull (1232-1315) que se podría resumir con una sola frase: la pasión por el diálogo.
R. Llull nació en Palma de Mallorca, donde no tardó en convertirse en paje del rey Jaime I, a quien siguió en todos sus viajes. Preceptor y más adelante mayordomo del Infante, el futuro Jaime II, se casó pronto con una noble y rica heredera, de la que tuvo
dos hijos. Entregado al placer e incluso a la lujuria, sin dejar de escribir poemas en catalán, llevó una vida mundana y suntuosa. Pero, en 1262, la visión repetida de Cristo crucificado, junto con el encuentro, quizá legendario, de la bella Ambrosia roída por un cáncer, en la catedral de la Ciudad Condal, cambió de la noche a la mañana su vida.
Súbitamente arrepentido, Llull se convirtió a una vida consagrada por completo al Evangelio y, en particular, al apostolado de árabes o judíos. Abandonando a su familia y toda su fortuna, para hacerse después terciario franciscano, peregrinó a Montserrat, Compostela y Rocamadour, realizando posteriormente, durante nueve años, serios estudios superiores en la misma Mallorca, encrucijada de las culturas orientales y occidentales.
En 1272, Llull se retiró al monte Randa, no lejos de Palma, donde recibió la iluminación divina y su vocación evangelizadora. En el Monasterio de la Real, pronto escribiría su Ars Magna. Después, en Montpellier, obtuvo de Jaime I subsidios para construir y dirigir en Miramar de Mallorca, un colegio franciscano dedicado a la enseñanza del árabe.
De ahí en adelante, el trovador de Cristo recorrerá incansablemente el vasto mundo para combatir en favor de su ideal de unidad y de reforma moral de la cristiandad, así como de conversión de los musulmanes, e incluso del universo pagano; se le encuentra sucesivamente en Roma, París, Abisinia, Bolonia, Armenia, Nápoles, Pisa, Génova, Egipto, Siria, Malta, Palestina, Sicilia, Túnez y hasta con los tártaros. Discute sin cesar con los musulmanes, en ocasiones tolerado, en otras encarcelado, lapidado o expulsado. En París, se alzó sobre el averroísmo latino que enseñaba la doctrina de la doble verdad: la de la razón y la de la fe; según el filósofo catalán, por el contrario, la razón es capaz de probar la verdad de los dogmas. Recibido por Felipe el Hermoso y reclutando discípulos, obtuvo el apoyo de los diversos reyes de Cataluña-Aragón y de los reyes de Sicilia. El Concilio de Viena accedió a algunas de sus demandas al decidir la fundación de cátedras de lenguas orientales y la organización de nuevas misiones. Pero el fracaso de “Barbaflorida” como el mismo se denominaba, fue casi total al dirigirse a los papas Nicolás IV, Celestino V, Bonifacio VIII, y Clemente V. Desalentado momentáneamente, el infatigable luchador expresó su decepción en los bellos poemas del Desconhort (1295). Pero pronto se recuperaría y volvió con renovado ardor a la obra de evangelización, predicando y polemizando tenazmente. Fue también esta la época de sus grandes obras, desde el Arbre de filosofía d’amor hasta Blanquerna, etc. Intentando convencer, una vez más, a los musulmanes de Bugia, en 1315, fue cruelmente lapidado por la multitud, muriendo en el barco que lo llevaba a Mallorca. Enterrado en su ciudad natal, muy pronto fue objeto de culto. Su beatificación se produjo en el siglo XIX y hoy se está en el proceso de canonización. El beato Ramon Llull puede ayudar, en la actualidad, a conjuntar fe y ciencia, teología y razón, puede ofrecer sabiduría teológica, pues es un hombre de ciencia que tiene como ideal la conversión de los infieles y extender el cristianismo, y al que la ciencia le ayuda a extender el reino de Dios. Llull, casado y con
hijos, en el contexto medieval en el que vivía, realizó largas peregrinaciones con el objetivo de evangelizar.
Sus intuiciones básicas se podrían traducir en tres propuestas: la comprensión razonada y la práctica sincera de las propias creencias; un interés positivo por conocer la manera de ser y de pensar del otro; y el establecimiento de un clima de concordia, potenciador del diálogo entre las sociedades, creando, incluso, instituciones adecuadas. Surgido de un ambiente cultural muy heterogéneo donde las tres religiones del Libro se codeaban y mezclaban cotidianamente, a la vez que se oponían ferozmente, Llull asignó como meta de su pensamiento la apología del cristianismo por medio de una razón sabiamente conducida. Su hiperracionalismo estaba sostenido por un misticismo ardiente, una filosofía del amor que da la clave de toda su doctrina y de su conducta. El lulismo quiere, al mismo tiempo, que la filosofía sea sierva de la teología, pero también que estas dos ciencias se identifiquen en un último análisis. Reconoce los límites del conocimiento humano, pues sólo la contemplación podrá revelarnos sin velos los secretos últimos de la trascendencia. Y, para prepararnos para la iluminación suprema desde aquí abajo, el filósofo mallorquín propuso la búsqueda de la perfección espiritual y social, mediante la rectificación radical del modo de vida de la cristiandad.
La idea central de la teología de Ramón LLull es el ejemplarismo metafísico. Para Llull los Principios como Bondad, Grandeza, Eternidad etc. son el fundamento trascendental de su sistema. Son atributos de Dios por su origen y éstos se aplican a todo ser creado o increado. En la creación del mundo, cada uno de estos principios imprimió su semejanza. Son los instrumentos de la acción creadora de Dios y constituyen la estructura fundamental del universo3. Para Ramón Llull los principios son como el origen
de su sistema lógico-metafísico, con el que pretende mostrar las verdades fundamentales del cristianismo. Convierte a la filosofía en un instrumento popular al servicio de la fe católica.
Podríamos describir su sistema de la siguiente manera, tal como lo presenta en su Arte
Magna: 1) Dios y sus principios o dignidades son la causa y el arquetipo de las
perfecciones creadas. Lo creado no es más que una imagen de los principios divinos; 2) Mediante la subida del entendimiento, éste descubre en las criaturas diversos grados de semejanzas divinas. Como término y coronación de esta ascensión, el entendimiento humano comprende que Dios es una naturaleza infinita y eternamente preeminente en toda clase de perfecciones.; 3) En el descenso del entendimiento, la idea, en cuanto a eterna, es Dios, y en cuanto nueva, es la criatura. El universo es, por tanto, un sistema de signos que “muestran” la realidad inefable de Dios, que se esconde detrás de la realidad aparente de las cosas creadas; 4) La función específica del teólogo ha de ser estudiar el simbolismo universal y saber leer el significado de las cosas creadas.
La teología luliana es un ejemplo típico de una grandiosa metafísica descendente. Pero el punto de partida, en cuanto al conocimiento, no es Dios o el conjunto de sus