El secuestro marca un “antes” y un “después”, como lo expresa una madre:
Esto lo vemos también en el relato de Julián:
Cambió totalmente un cien por cien la familia [...] la familia se vino abajo.
Una de las transformaciones que hace a la representación de la familia es el aislamiento que presenté con anterioridad: las reuniones con los fa- miliares se acabaron, no les “dieron más bolilla” porque tenían “un familiar desaparecido”. Es llamativo el uso de la categoría “familiar”, que parece- ría aplicarse en este contexto solo a la familia nuclear, como si la familia extensa no tuviera también un familiar desaparecido. El aislamiento hace que se demarque un otros y un ellos, la familia y la no-familia: “ya no fue el vínculo de antes”. Las “amistades ya no te conversaban”, la gente “se fue retirando”, “quería estar más alejada”, como si ellos tuvieran “lepra”, “sarna”. Esto da la pauta del lugar que pasan, según Julián, a tener los miembros de la familia dentro de su comunidad como consecuencia de la desaparición. La relación de la madre con sus hijos también es percibida como diferente “después de que desapareció” su hermana.
Uno de los motivos narrativos recurrentes de estos relatos es el de las enfermedades, interpretadas como la consecuencia directa de la des- aparición. Elena nos cuenta que algunos de los miembros de la familia pudieron escapar a caer “enfermos de depresión” mediante la música y el humor (“se salvaron”). No obstante, no sucedió lo mismo con otros miembros de la familia:
De hecho, mi papá no se la bancó, se enfermó y se murió por esto.
Elena habla de su padre, oriundo del noroeste del país, de la “repre- sión”, de “guardarse”, de “no sacar nada para fuera” y lo conecta a la vez con el dolor “ancestral” del “coya”, “un personaje tan sufrido”, heredado a través de las generaciones por su padre. Los ancestros indígenas del padre le permiten vinculaciones con lo político, en particular, con el colo- nialismo español. La mediación entre la desaparición y la enfermedad es el secreto: “tirar tierrita”, “tapar”, “tragarse”, eso hizo que se “pudriera”.
Y expresa algo similar en relación con su hermana:
Se tragó tanta cosa que, al final, se la llevó un cáncer.
La religión es otra de las cosas que “salva” y permitió a Amalia “supe- rar” de alguna manera la desaparición de sus hijos. En cambio, la “espiri- tualidad” tardía de su padre no llegó a tiempo, siempre fue “ateo”. Justo después de los secuestros empiezan las “enfermedades” de su padre, la decadencia comienza con la desaparición: una persona “fuerte”, “sana”, que “nunca en la vida había tenido nada”, a quien la desaparición “lo
afectó tanto”, que “sufrió horrores”, “más que nada influyó eso”, “empe- zó su agonía”, “se enfermó de todo”, por su “estado nervioso”, “no pudo salir”, “fueron 20 años tremendos”, o sea, toda la etapa que va desde el secuestro hasta su propia muerte. Nuevamente, vemos la imagen de “la procesión va por dentro”, de la falta de manifestación del dolor, la apa- rente “resignación”.
En el caso de los padres de Alicia, un padre “lleno de vida” murió “de- masiado joven”, “absorbido” por la madre, quien “nunca superó lo de su hija desaparecida”, “siempre ha estado enferma” y luego de un tiempo de búsqueda “empezó a venirse abajo”. El uso de las categorías “superar” y “depresión”34 es frecuente. “Represión”, “depresión” y “soledad” están
directamente conectadas con el exilio interno y el secreto, como dos ca- ras de una misma moneda. Según Roberto, quedarse “solo con su pena” tiene un efecto negativo análogo al del silencio.
Yo creo que él murió de depresión, nunca superó eso [...]. La muerte de sus hijas le causó una honda depresión que no supo encarar, no supo pedir auxilio, pedir ayuda.
Las problemáticas preexistentes se “agudizaban”, como en este caso se profundiza o escapa de control el alcoholismo del padre de Julián, especialmente porque no estaba su hija para manejarlo. Pero no solo la generación de los padres aparece como víctima indirecta de la desapa- rición, los narradores de la misma generación del desaparecido suelen hacer alusión a sí mismos como objeto de enfermedades atribuidas a la desaparición de sus hermanos. Dicen Elena y Rafael, respectivamente:
Y bueno, pasó el tiempo y se ve que eso explotó, mi cuerpo se quejó.
Cuando he tenido algún problema físico, a veces lo he... aducido a veces, por ahí a eso, a ese problema, de ella.
Los hermanos se ven transformados de una manera particular. Julián habla de otro de sus hermanos:
Él sufrió más con el tema de su hermana [...] se le rompió mucho [...] le sacaron un pedazo más grande que a mí [...] porque eran los “más unidos”, él era “la co- lita”, “los secretos”. Cuando “desapareció” Mariela, “él no bailó más el rock”.
Todos sufrieron la desaparición de un modo distinto, “la sobrellevaron”, “la lucharon”, “tiraron” distinto. Julián nos transmite la transformación de su madre:
Vivía cantando [...] pero... la apagó muchísimo el tema de mi hermana [...] cuan- do mu... murió mi vieja también, porque ella ya no fue la misma.
La narración insinúa la idea de una extensión de la desaparición de distintas maneras al resto de la familia.
Antes que, se iba para allá, cantaba, andaba alegre, todo eso, el tema de mi hermana, a ella la arruinó, la arruinó totalmente.
La transformación en el caso de la familia de Mariela, que se “apagó mucho cuando desapareció” se da de una manera más directa también, porque ella misma generaba “alegría”.35