La mentira29 y el secreto son dos prácticas muy comunes luego de la des-
aparición, según refieren hoy sus familiares.30 Los hijos y sobrinos de los
desaparecidos son destinatarios privilegiados de estas prácticas. La idea del “viaje” y del “abandono” se tornan en eufemismos para hablar de la desaparición, que se oculta al menos hasta la adolescencia. La de “aban- dono” es muy dolorosa. Tal es el caso de Natalia, que sostiene que su hermana sufrió más por enterarse más tarde que ella de que no era cierto que su madre las hubiera abandonado. Fue cuando su padre les contó “la verdad”, “cómo habían sido las cosas”. Como el secreto a veces se cuela por canales externos a la familia, ella lo había sabido antes a través de una amiga. Sin embargo, lo había mantenido ante el resto de la familia, conformando un eslabón más de la cadena de “mentiras”. Cuando le pro- pusimos que nos hablara de su padre, sonrió, se emocionó e hizo gestos con las manos negando con la cabeza, rechazando la propuesta: “Nunca hubo mucha comunicación”, “nunca más volvimos a hablar demasiado”, “no tenemos nada para decirnos”, fueron “años sin hablar de qué era lo que había pasado con mi mamá”. En su relato, la mentira y el secreto sobre la desaparición han dejado sus marcas y están en la base de una relación dificultosa. “La mentira” fue mantenida también por los abuelos maternos, para no generar conflictos con un yerno que en otro momento ya les había impedido ver a sus nietas. En una conversación de Natalia con su abuelo, “la desaparición” irrumpió espontáneamente, con natura-
29 Es necesario aclarar que hablo de “mentira” porque es una categoría nativa, pero ello no supone una evaluación ética de mi parte.
30 Incluso fenómenos aparentemente tan privados como los secretos (que también son en sí mismos una categoría culturalmente definida) una vez revelados, resultan ser públicamente interpretables e incluso ba- nales: exactamente igual de estructurados que cuestiones admitidas abiertamente. Existen aun procedimien- tos normalizados para presentar excusas por nuestra excepcionalidad (Bruner, 1998: 29).
lidad, como si no fuera un secreto. El abuelo le contó “bien cómo habían sido las cosas” ya que ella solo sabía que se habían “llevado” a su mamá. Sin embargo, también habían secuestrado a sus tíos, estando la tía em- barazada. Natalia habla de “olvido”, “negación” y “miedo a preguntar” y reflexiona sobre su lugar en este “no saber”.
En la entrevista que mantuve con Sebastián este tipo de situación se hizo evidente, ya que no sabía demasiado sobre la historia de sus padres. Él nunca preguntó, ni le contaron mucho:
Yo sabía que era hermana de mis tíos [...] me contaban cosas de ellos, pero no mucho, porque por ahí no, no era el momento el primer día, ni yo era de preguntar muchas cosas.
Sebastián también hace uso de la categoría “verdad” para referirse a la desaparición negada. La mentira habría sido producto del “miedo”, del “terror”. Había que “mentir forzosamente” a los niños “por temor a que hablaran “afuera”, a los otros, pues era peligroso. Eran muy pequeños y “no lo iban a entender” (Elena), por eso había que construir una versión más familiar para ellos. Hablar, “opinar muy fuerte” (Rafael) era suficiente para desaparecer, de ahí el peligro, el miedo y el consiguiente silencio de los familiares. “Hay cosas que no tenían que saber”.
Una entrevistada indica que una de sus hermanas no les contaba a sus hijos porque lo “desparramaban”, “no eran capaces de guardar un secreto”, “lo iban a contar como una aventura”. Daniela nos describe una situación que da la pauta de por qué a los niños no se les podía contar la verdad. En su relato el hecho de que repetían lo que oían a los cuatro vientos justifica un ocultamiento de la verdad que se prolongaría hasta la adolescencia, ya en un contexto democrático. El uso del calificativo “po- bres” parece aludir a la mentira con que se ha falseado la historia de los desaparecidos, que no pueden dar cuenta de la verdad:
Los chicos andaban, con un palito, jugando viste, esas cosas que ellos oían, y decían: “mon-to-neros carajo”. [...] Cuando el Carlos desapareció se había ido a Salta [...]. Los hicimos a todos desaparecer, de esa manera, pobres…, porque era la única forma.
A los pequeños era preciso mentirles también por su bienestar. Elena se pregunta: “¿qué les quedó de aquella escena de llanto desesperado ante la noticia de la desaparición de Magdalena?”, o de “las caras” de su madre cotidianamente. Los niños “se fueron alimentando” de “todo eso” y eso no era bueno.
Del mismo modo, había que mentirles a los demás: “inventar” ante los vecinos o “callarse”. El dolor no podía exteriorizarse, no se podía llorar
salvo de noche, había que mentir en todos los ámbitos, “disfrazando”, “ocultando”, “tapando”; “nadie se tiene que dar cuenta”, “que nadie te vie- ra llorar”. Elena resume estas prácticas en la categoría “represión”. Así, por ejemplo, Hilda nos cuenta que cuando se enteró de la desaparición de su sobrino, no pudo contar nada a sus compañeros de trabajo, ni compartir con ellos su dolor, lo cual lo multiplicaba: “todos muy compañeros ellos, pobres, no sabían nada y ahí fue un vía crucis terrible”. Luego, cuando desapareció la mujer de su sobrino, ni siquiera podía “hablar” con aquellos con quienes compartía el secreto, por miedo a que alguien escuchara.
Se les llenaban a todos los ojos de lágrimas, porque no podíamos hablar una palabra. Llorábamos casi sin llorar.
Tampoco podía decir por qué renunciaba a su cargo, ya que si “los de arriba” se llegaban a enterar, podrían ir por ella. La idea de que la sociedad civil estaba plagada de “civiles igual o peores que los militares” es el fun- damento que suelen esgrimir los narradores para explicar sus prácticas de silencio. Hilda huye de un ámbito laboral donde “se llevaban” al personal que “no estaba con ellos”. Esto hacía que a “uno le costara salir de la casa y decirle al vecino lo que había pasado”. Al mismo tiempo la idea de que “no había demasiado que contar” y que “tampoco se sabía exactamen- te qué pasaba” se presenta en la explicación de por qué no se hablaba. Había que “tragarse todo lo que pasaba alrededor” en otro sentido: había que continuar con la vida, sacar fuerzas extraordinarias para abstraerse, dentro de lo posible, de la situación de desaparición. Esto se suma a la dimensión del terror, tal como se constata en las siguientes citas:
El miedo podía más que el salir a decir lo que estaba pasando. El vecino es un potencial enemigo.
No sabías con quién te encontrabas en esa época [...] quién era [...] y así en el barrio nadie supo [...] jamás le dije a nadie.
La hermana de Elena huyó a otra ciudad con su pareja y sus hijos porque la estaban persiguiendo. Como su presencia era “sospechosa”, ya que se trataba de una “parejita joven” que “aterrizaba” allí, los invadía el terror de que la fueran “a buscar”. El miedo hizo entonces que les ocultara a sus hijos que tenía tres hermanos, no solo que estaban desaparecidos. De su existencia se enteraron muchos años después del advenimiento de la de- mocracia. De la misma manera, Azucena habla de una actitud general:
Mis suegros eran todos más de tapar, ellos tapan todo, si hay algún problema. Sí, bueno, lo tapamos.
La “autorrepresión” puede disfrazarse de un acto de rebeldía:
Me había impuesto [...] no van a lograr que yo llore [...] no me van a lastimar.
Tapar, ocultar, mentir, inventar, disfrazar, etc. son todas categorías nati- vas que llevan a la difuminación de la figura del desaparecido dentro del ho- gar. Así también otras prácticas, como por ejemplo la quema doméstica de libros, parece corresponder al mismo campo semántico. El secreto a veces va más allá de los niños. Tal es el caso de la madre de Silvia, que no habla- ba del tema ni se reunía con la familia de Lucía, la pareja de su hijo, también desaparecida, frente a su hija adolescente. Tampoco le había contado a sus familiares –ni siquiera a su hermano abogado–, ni a los de su marido, sobre la desaparición de su hijo. Estos se enteran a través de compañeros de militancia del hijo, con quienes, por otro lado, no querían tener ningún contacto. De este modo, “el tema se podía hablar” solo con la familia de Lucía y, eventualmente, con el tío abogado, una vez que “se enteró”.
También se narran otros tipos de secretos. El embarazo de Claudia era algo que Trinidad no se animaba a contar, ya que así como la desapari- ción para otras audiencias, para sus familiares era algo censurable y con- denado. Al mismo nivel estaba la militancia propia en un partido ilegal:
Era tan grave que estuviera embarazada sin haberse casado como que noso- tros militáramos en un partido que estuviera ilegal. Era todo secreto, era todo ocultar para poder vivir.
La última frase corresponde al campo de la clandestinidad y el conjunto de elementos combinado nos da la pauta de una analogía simbólica: mili- tancia ilegal = clandestinidad = desaparición = embarazo fuera del matri- monio. Muchos elementos de la militancia remiten al campo de la impureza en el sentido de Douglas (1973) que la conecta con aspectos tales como el desorden en la pieza, la mujer que fuma o es demasiado llamativa al ves- tirse, la liberalidad sexual, los abortos, etc. Estas cosas “fuera del orden” son las que deben ser mantenidas en secreto y a la vez son reprimidas por el sujeto, “olvidadas”, lo que no quiere decir que en algún momento no puedan “destaparse como una convulsión” después de haber estado “tan guardadas en la memoria”. El desorden es una categoría relacional que co- bra sentido a partir de una idea de orden. En este sentido, trabajar sobre el “desorden” permite vincular estos relatos con valores de moralidad social general. El partido ilegal es “innombrable” porque si se dijera que Hernán pertenecía a esa organización, se estaría “justificando” su desaparición:
Porque yo tenía que demostrar, ante… eh, los milicos, y ante todos, absoluta- mente ante todos que, que a los chicos se los habían llevado injustamente. [...] Al mismo nivel estaba el embarazo.
Trinidad no quería que los “dejaran solos”, que los “criticaran” o “de- jaran afuera”.31
Se trataba de “cuidarlos a ellos de la propia familia y cuidar a mis viejos de que se les agregara un dolor”. Por eso, poco a poco fue rompiendo el si- lencio, el secreto, diciendo “quizás estaba embarazada” hasta que se hizo “normal”. Desde la perspectiva de Trinidad podríamos categorizar al emba- razo fuera del matrimonio como “anormal”, al menos para sus padres.
Una enorme cantidad de aspectos asociados al secreto y la mentira refuerzan la desaparición simbólica del desaparecido. Resulta útil en este momento el concepto de realización simbólica del genocidio, no solo a escala social, como sostiene Feierstein (2001), sino también a nivel de la familia de los desaparecidos. En particular, vemos cómo la realización simbólica de la desaparición que a nivel empírico realizara el terrorismo de Estado, se extendió a lo largo de los años y las generaciones, aunque no para siempre, entre los familiares de los desaparecidos.32