Según Hertz (1990), la muerte no es un hecho único sino un estado más al cual se llega a través de un pasaje como otros. En todos los ritos de paso se produce una operación de cambio, de extracción de un grupo e introducción en otro, integración de un grupo a otro real o imaginario, siendo la muerte un tránsito entre la sociedad visible y la invisible. El pa- saje a la desaparición reviste la máxima importancia porque marca las tramas narrativas de los familiares, quedando inconcluso junto a otros pasajes asociados a la juventud. Los militantes desaparecidos son, pues, sujetos de varios pasajes, pasajes truncos que, traspasado el umbral de la desaparición, se expresan en los contextos narrativos que aluden al secuestro.
Hertz marca analogías de la muerte con el pasaje de los niños a la socie- dad de los hombres jóvenes y de las mujeres a la sociedad de la adultez.41
Y con el pasaje del novio y su familia de origen al estado de hombre ca- sado, entre otros ritos, como por ejemplo, la circuncisión y el matrimonio, a los que considera comparables en este sentido con los funerales. En el caso de los nacimientos también se daría una transformación y pasaje (en este caso, en sentido inverso a la muerte) que se extiende a los padres del recién nacido imponiendo un tipo de vida separado análogo al del duelo. Como vimos en el caso de los “exilios simbólicos” de los familiares, es en realidad la familia toda la que se ve ahora transformada, pasando de un estado a otro: en tanto familiares de desaparecidos tienen que llevar a cabo prácticas diferenciales con respecto al resto de su comunidad. De este modo, la nueva figura es liminal porque está construida sobre el secreto, la mentira, el silencio, y extiende sus propiedades sobre la familia al transformar su identidad familiar y social, generando una construcción difusa, no del todo definida, que espera resolverse.
Siempre según Hertz, en la sociedad occidental los individuos se de- sarrollan desde el nacimiento hasta la muerte pasando por etapas es-
41 Se da una fuerte similitud, dado que la muerte y el renacimiento en una vida superior son figuradas en el aspirante. Hertz habla de la muerte como una nueva integración que implica un cambio profundo de la persona, una profunda renovación de su cuerpo y su alma, la transición de un grupo a otro, real o imaginaria, análoga a otras como el pasaje de la niñez a la adultez, la cual se marca con ritos que incluyen la imposición de un nombre nuevo, cambio de vestidos o género de vida. Esta operación está revestida de riesgos, es peligrosa tal como lo es el pasaje a la militancia (Hertz, 1990: 92).
casamente marcadas en la trama continua de la vida. En esto se dife- rencian de las sociedades no occidentales que tendrían una estructura interna compacta y rígida, y concebirían la vida como una sucesión de fases heterogéneas con contornos definidos. El análisis narrativo de las representaciones del desaparecido luego del secuestro nos permite pro- blematizar esta concepción, válida para casos en los que los pasajes se marcan con claridad, aunque los ritos concretos en tanto ceremonias que expresan dichos cambios no sean importantes. La condición impura del desaparecido descansa precisamente en su estatus de sujeto de múl- tiples tránsitos irresueltos. Que los muertos estén entre los vivos antes de hallar sepultura definitiva tiene algo de ilegítimo, de clandestino, y lo mismo ocurre con otros pasajes análogos al de la muerte: en los ritos de iniciación el joven queda en un estado transitorio que lo sujeta a tabúes; el matrimonio reviste un carácter perturbador y especial que a veces no termina hasta el nacimiento del primer niño; el nacimiento físico no basta para que el niño ingrese en la sociedad de los vivos, tornando al recién nacido en objeto de representaciones análogas a las que tienen lugar a propósito del muerto.
Podría afirmarse que se da una continuidad simbólica entre el desapa- recido y su condición impura, no solo por su muerte, sino por su matrimo- nio sin hijos o por sus hijos recién nacidos. Los ritos de purificación son necesarios en los tres momentos, para protegerse de los peligros místi- cos asociados a estos cambios, impregnados de una impureza contagio- sa. ¿Qué sucede cuando el proceso de purificación queda inconcluso? La desaparición implica cambio e integración a una condición estable que tiene que ver más con una suspensión simbólica particular que con una reagregación. Aun cuando los familiares buscan “reagregar” esta figura a partir de la búsqueda del cuerpo y/o de los hijos apropiados, nunca lo logran del todo. En términos narrativos ello se expresa en una suspensión simbólica (correlato de la empírica) que refiere a un nuevo estado indefi- nido, irresuelto, fragmentario, ambiguo e impuro del desaparecido y de la familia. En el caso del primero se expresa en los silencios, los secretos, la información incierta sobre el secuestro y los proyectos inconclusos. En el de la familia, a través de la persecución, los exilios y cambios de identidad individual y colectiva que han debido afrontar, equivalentes a una especie de desaparición familiar, a la impureza. El pasaje trunco del desaparecido a la muerte hace que la reagregación no se asocie sino a una liminalidad cristalizada como condición permanente en todo el relato. La búsqueda y la lucha por la justicia, sea efectiva o simbólica, que se generalizó espe- cialmente en el marco de la democracia, ha permitido, no obstante, que los familiares iniciaran el camino real y simbólico de su reincorporación a la vida política y social.
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