CUBA: LABORATORIO DE MODERNIDADES Cuba posee el privilegio de haber vivido casi todas las variantes políticas
3.2 Entre la nación criolla y la nación mambí (1898 1959)
Las opciones que prosperaron en Cuba en el siglo XX reconocieron estas majestades: “el pueblo pobre” y el “pueblo trabajador”.
Julio César Guanche21.
Uno tiene en las manos un pequeño país, horribles flechas, muertos como cuchillos exigentes.
Roque Dalton22.
Desde su matriz, el proyecto de la nación cubana fue fruto de una tensión sistémica entre dos polos socioeconómicos, políticos y culturales divergentes: la Cuba de la
sacarocracia criolla y la Cuba de los mambises23. La Cuba criolla era una Cuba empujada a la
independencia como condición necesaria para la integración plena en el sistema-mundo capitalista, integración que por su desventajosa situación de partida, basada en la mano de obra esclava, solo podía terminar redundando en un estrechamiento de los ya fuertes lazos de dependencia de Cuba con otras potencias industriales. En otras palabras, conseguir la independencia respecto a una España atrasada y así poder orbitar alrededor del sol estadounidense. En cambio, la Cuba de los mambises era una Cuba reapropiada desde abajo y movilizada hacia la independencia como reacción de supervivencia de las capas populares ante un modelo de explotación económica de tinte genocida. Su propósito: la independencia nacional contra la alianza entre los explotadores de dentro y los explotadores de fuera. En tanto que el azúcar futuro necesitaba para prosperar alimentarse de trabajo humano asalariado, ambos proyectos confluían en el horizonte de una independencia sin esclavitud; pero en tanto que la sacarocracia extraía sus plusvalías de un negocio concebido para posicionarse en las franjas más bajas de las cadenas internacionales de agregación de valor, y que por tanto iba ligado a un muy bajo coste de la fuerza de trabajo, diferían en todo lo demás.
Durante la primera Guerra de la Independencia, las élites criollas descubrieron que no podían ganar sin ceder el protagonismo y la dirección de la guerra a sectores populares que después sería muy difícil volver a someter. La paz de Zanjón fue un gesto de claudicación de la sacarocracia ante los requerimientos de una victoria que se antojaba demasiado peligrosa en el plano social24. La virulencia posterior de la ofensiva
española forzó al criollismo cubano a atreverse a jugar la delicada carta popular. Las capas más desfavorecidas de la estructura socioclasista de la Cuba colonial (esclavos, libertos, pequeños campesinos) se implicaron en la Guerra de Independencia, dándole un contenido revolucionario que desbordaba con mucho el proyecto sacarocrático. Como el doloroso parto del Estado cubano se dio en este contexto de gran protagonismo popular, para una buena parte de la población cubana, nación y justicia social
21 Julio César Guanche (2009b): La verdad no se ensaya, p.10.
22 Roque Dalton (1995): Antología, p. 19.
23 Se denomina mambises, o tropas mambisas, a los grupos guerrilleros cubanos y filipinos que lucharon por
la independencia de ambos territorios el último tercio del siglo XIX. Aunque era un ejército interclasista tenía un fuerte componente popular, pues incorporó a la lucha a miles de esclavos.
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quedaron unificadas como una misma demanda. Desde entonces, el Estado quedó impregnado
de un halo justiciero y una mística social que terminaría construyendo un mito colectivo: a pesar de los muchos desengaños y traiciones de sus representantes, empezando por los mismos mambises, el Estado fue mayoritariamente sentido como un producto de las luchas de los cubanos pobres. Por tanto pertenece al pueblo de Cuba y debe servir a sus intereses mediante una fuerte presencia en la vida pública. Existe, en definitiva, una inclinación estatista larvada en el mismo sustrato de surgimiento del Estado cubano, que aflorará en coyunturas históricas críticas (como las décadas revolucionarias de los treinta y los cincuenta) tomando además un cariz protosocialista.
Sin embargo, fue la invasión norteamericana, seguida de una ocupación militar de cuatro años, la que finalmente inclinó la balanza de la guerra. La intervención estadounidense decantó el futuro de la joven nación: Cuba sería criolla y sacarocrática, diseñada por la confluencia de las pretensiones expansivas de los EUA y los intereses de un mundo oligárquico empresarial cubano ligado al azúcar25. Y su modelo económico,
un patrón de economía abierta e inserción internacional altamente especializada y dependiente26. Aunque el nacimiento oficial del Estado cubano, en 1902, conserva algún
resto de su génesis popular (como la concesión del derecho de sufragio a todo cubano mayor de 21 años independientemente de su adscripción racial), disposiciones jurídicas vergonzosamente coloniales, como la Enmienda Platt27, ensombrecieron hasta anular el
legado mambí y ofrecen razones objetivas para considerar a la nueva República, al menos hasta la crisis de los años treinta, una neocolonia28. El complemento económico de
la Enmienda Platt era el Tratado de Reciprocidad Comercial29. Legitimados jurídicamente por
la Enmienda Platt, durante las décadas siguientes los Estados Unidos no dudaron en recurrir a la intervención militar directa, o a la injerencia política, con el fin de apuntalar su penetración económica en Cuba.
El primer tercio del siglo XX fue el tiempo de las grandes inversiones norteamericanas especialmente significativas en el azúcar, que conoció una expansión sin precedentes30: si la zafra de 1894 reportó poco más de un millón de toneladas, en
25 En menor medida, también al comercio importador de mercancías made in USA.
26 Esta confluencia venía también de antiguo. En 1880 EUA ya efectúa en Cuba las primeras inversiones
“de tipo imperialista”, dirigidas por la industria del refinado con la mira puesta en la obtención de azúcar crudo. Hacia 1985 el monto total invertido en la isla supera los 50 millones de dólares (Le Riverend, op.cit.: 189).
27A través de la Enmienda Platt la naciente República de Cuba reconoció a los EUA el derecho de
intervención en los asuntos internos de la isla si estos afectaban a los intereses norteamericanos.
28 Otro rasgo de subordinación necolonial: La República de Cuba nació atada al sistema monetario
estadounidense. Hasta 1950 Cuba no contó con su propio banco central, y por tanto careció de soberanía para ejercer una política monetaria propia. En la práctica, esta era dictada por la Reserva Federal Norteamericana (Miranda Parrondo 2008: 454).
29 El 11 de diciembre de 1902 se firmó el tratado de reciprocidad comercial entre EUA y Cuba. En él se
contemplaba una rebaja de un 20% en los aranceles de los productos cubanos en EUA (azúcar, tabaco y algunas materias primas semielaboradas) mientras que EUA se beneficiaría de una rebaja de aranceles en sus productos de entre un 25 y un 40%. Las importaciones de productos norteamericanos pasaron de ser un 45% en 1906 a un 74% en 1917 (Magela Pérez 2007: 8).
30 Aunque no solo el azúcar. El domino económico norteamericano se expandía por otras ramas de la
economía cubana, dominando el 90% de los servicios telefónicos y eléctricos, más de la mitad de los servicios de ferrocarriles, una cuarta parte de los depósitos bancarios y la mitad de las explotaciones mineras. (Mesa-Lago, 1994a: 13). No obstante, como señalan Alier y Stolke (1972), en los años cincuenta
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1925 los resultados sobrepasaron con mucho los cinco millones de toneladas. Esta operación coaligó a los inversores estadounidenses en el azúcar cubano con la industria de procesado azucarero de la costa este de EUA Lo que quería esta coalición de Cuba era materia prima. Este también fue el momento del gran salto tecnológico del sector, del ingenio al central, comenzado por los hacendados más poderosos de la sacarocracia cubana a finales del XIX y consolidado por la apertura de los grandes colosos norteamericanos, especialmente en el Oriente de la isla31. La última fase de la guerra
entre el bosque y el cañaveral, la más cruenta, en la que la deforestación avanzó más veloz, corrió paralela al desembarco del capital yankee en las tierras vacías del Este de la isla.
Con los grandes centrales industriales se consolidó en Cuba el latifundio como forma de propiedad predominante. Este arrojará sobre el mundo rural una sombra de miseria, tanto entre un proletariado agrícola creciente como en un mundo campesino menguante, este último atrapado entre la marginalidad (socioeconómica y edafológica, pues el latifundio iba las mejores tierras) y la progresiva absorción por el universo del azúcar32.
Para 1940 las agroexportaciones suponían el 94,1% del total de las exportaciones, de las cuales un 79, 2% eran azúcar y productos derivados (Pérez Pérez, 2007: 6). El cerrojo económico que las élites cubano-estadounidenses provocaron, con su defensa a ultranza de un metabolismo de monoproducción exportadora orientada - y además a un solo mercado -, pronto comenzó a comprometer el conjunto del sistema social exponiéndolo a un desequilibrio que era foco permanente de inestabilidad. Como escribió Le Riverend:
Toda la economía cubana quedó en una dependencia absoluta de cualquier cambio, por mínimo que fuese, que ocurriera en la estructura económica, en el comercio y en el consumo de la población norteamericana. Era por consiguiente, una economía sometida a un grado tal que le impedía totalmente ir compensando los defectos de su propia estructura y por consiguiente, no se lograría a lo largo de los años sino una acentuación de los desajustes con el agravamiento de sus efectos políticos y sociales (Le Riverend, op.cit.: 211-212).
Hasta la irrupción de la Revolución de 1959 se sucedieron en Cuba una sístole- diástole de “danzas de los millones” seguidas de bancarrotas que dan buena cuenta de las graves consecuencias de su falta de independencia metabólica. Así, por ejemplo, la
el dominio del capital norteamericano se hallaba en una tendencia de repliegue respecto al propio capital nacional cubano.
31 Energéticamente, el salto en la capacidad de trabajo fue titánico. Si los ingenios de principios del siglo
XIX poseían una fuerza aproximada de 12 caballos, la maquinaria del Central de Jaronú, en Camagüey, levantado durante la I Guerra Mundial, reunía una potencia equivalente a 14.124 caballos (Funes, R., 2005: 51).
32 Durante los años cincuenta solo el 22% de la tierra agrícola de Cuba se hallaba cultivada. Mientras que a
finales de la década el 9,4% de los propietarios poseía más de un 73,4% de las tierras, el otro 91% se repartía el 26,6% de superficie restante, de los cuales un 85% trabajaba la tierra en condiciones de arrendamiento y posesión precaria (Machín Sosa et al., 2010). Entre este grupo eran abundantes los “microfundios” de entre 0,2 y 1 ha. El 82% de las tierras se explotaban en régimen de monocultivo y el 65,6% de ellas estaban destinadas al azúcar, que suponía el 80% de los ingresos del país. Trece corporaciones azucareras norteamericanas acaparaban 2.200.000 ha (Figueroa, 2005: 14).
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171 bonanza provocada por la Gran Guerra (que sopló a favor de Cuba al desorganizar la industria azucarera europea) fue seguida de la terrible crisis de 1920, en la que el mercado mundial de azúcar experimentó una caída brutal de sus precios (de 0,20 dólares por libra a 0,03 dólares por libra) y que llegó a desatar un pánico bancario. En 1925 el país sufrió una grave crisis de sobreproducción al toparse con su techo histórico de absorción por el mercado norteamericano (ocupando un 50% del mismo). Desde entonces, la sacarocracia tuvo que perder terreno ante el auge de la industria remolachera estadounidense. La hipertrofia azucarera arrojó a Cuba a la gran depresión con una década de adelanto.
Además, como es estructural en el capitalismo, la sacarocracia cargó el peso de la crisis sobre las clases trabajadoras y campesinas, que sufrieron un fuerte deterioro de sus ya difíciles condiciones de vida. El empobrecimiento se intensificó por el rápido aumento poblacional de un país en pleno comienzo de su transición demográfica. De esta depauperización surgió un intenso ciclo de luchas sociales, liderado por figuras como Mella, ciclo en el que se integran los primeros grandes hitos del movimiento obrero cubano y que supone la resurrección de la mística del proyecto mambí del Estado social. Con el objetivo de contener la oleada de protestas, EUA y la sacarocracia promovieron la presidencia de Gerardo Machado, que se convertiría en dictadura para gestionar las tensiones de la reducción azucarera a partir de 1929. Y es que ante el crack bursátil el gobierno de Hoover decidió adoptar políticas proteccionistas que redujeron severamente la presencia del azúcar cubano en el mercado estadounidense. Para 1933 la cuota de mercado no superaba el 25,4%: exactamente el mismo patrón de intervención yankee (violencia política para resignar a Cuba a la reducción de sus ventas de azúcar) se reproduciría con Batista 20 años más tarde.
Por el alto nivel de subsunción de su economía, el crack de 1929 se dejó sentir en Cuba de un modo cruel. A una década convulsa le siguió otra, la de los treinta, aún más conflictiva, en la que el capitalismo cubano trató de experimentar con mecanismos de regulación política del mercado, tal y como fue común en la época33, aunque con las
limitaciones impuestas por su dependencia externa. El ciclo reformista no lo tuvo fácil, y políticamente debió abrirse paso mediante un acontecimiento revolucionario como el derrocamiento de la dictadura de Machado de 1933, que fue seguido de una violenta contraofensiva que aplicó el terror político para destruir a los elementos más subversivos de la revolución que, como Antonio Guiteras, proclamaban el Estado socialista como la formulación más coherente del espíritu de independencia nacional34.
De nuevo, el mito del carácter genuinamente popular del Estado cubano emergió en un contexto de crisis y de nuevo el anhelo de la nación mambí fue masacrado, aunque no sin antes influir de alguna manera en el diseño de la estructura general del sistema
33 Ese movimiento a escala de la Gran Historia que Polanyi (1944) denominó protección de la sociedad ante el
mercado autorregulado y que adoptó muchas formas diferentes, desde el fascismo a la New Deal roosveltiana
pasando por la colectivización estalinista.
34 Un socialismo que no tenía tanto que ver con el modelo soviético sino con una idiosincrasia
latinoamericana propia, que tenía en Sandino o la Revolución Mexicana sus principales referentes, y que posteriormente, ya en la etapa revolucionaria, serían reciclados al marxismo gracias a la labor intelectual de la revista Pensamiento Crítico.
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sociometabólico, con un paquete de reformas que encumbraron al Estado como un agente económico primordial. De entre todas ellas destaca la Ley de Coordinación
Azucarera, que reguló la producción de azúcar del país a través de un sistema de cuotas
que repartía una zafra prefijada de antemano.
En 1940, domesticada la revolución en sangre, y abortado por tanto el peligro de impugnación del régimen de propiedad, el sistema cubano lanzó otro guiño al proyecto nacional mambí al dotarse de una constitución tan ejemplar en lo jurídico como estéril en su aplicación práctica, salvo en materia de derecho laboral, donde los avances sí fueron significativos35. La Constitución de 1940 fue la guinda legislativa de un sistema
social que se configuró en la década de los cuarenta caracterizado por una creciente centralidad del Estado en materia económica, un sistema de partidos que se montó sobre la mística del Estado popular (Partido Ortodoxo, Partido Auténtico…), un contexto internacional económicamente favorable gracias, de nuevo, a la Guerra Mundial, una incipiente burguesía nacional que hacía progresos en paralelo al proceso de modernización y un fuerte movimiento obrero que lograba, en clave reformista, redistribuir una parte significativa de la nueva prosperidad entre la clase trabajadora.
Pero el pecado original de la nación sacarocrática (azúcar y dependencia externa) volvió a colocar al país en una grave crisis en la década de 1950. Como en un círculo vicioso infernal, la historia de los años veinte volvió a repetirse. El desencadenante fue de nuevo la sobreoferta azucarera mundial, influida por la recuperación de la industria del azúcar en Europa tras la guerra. En cuanto resultó evidente que la zafra era invendible, la dictadura de Fulgencio Batista tomó el poder: su misión, igual que la de Machado dos décadas antes, fue defender los intereses estadounidenses ayudando a la nación cubana, terror mediante, a resignarse al deterioro económico y material que traería la contracción azucarera (Winocur 1978: 146-148).
Los años cincuenta son años de descomposición sistémica en los que fuerzas sociopolíticas muy diferentes terminan confluyendo en un objetivo rupturista común: acabar con la dictadura batistiana. Como el régimen era una línea defensiva de los intereses norteamericanos en la isla, la oposición a la dictadura terminó conformándose como otro asalto del proyecto nacional mambí, en ese duelo pendular constitutivo de la historia de Cuba entre paradigmas nacionales divergentes. Pero esta vez la base social mambí se ampliaba. Es importante aquí no simplificar la creciente diversidad de la estructura socioclasista cubana forjada en la década de los cuarenta si queremos llegar a comprender la Revolución Cubana de 1959. Especialmente no restar importancia al papel de una burguesía nacional36 que comenzaba a obtener éxitos económicos
importantes, entre otros una paulatina reconquista del mundo del azúcar: “los cubanos nacionalizaron, pagando por ellas, tantas inversiones norteamericanas en Cuba antes de
35 El texto constitucional de 1940 fue uno de los más progresistas de su tiempo, pero careció de
desarrollos legales específicos que acompañasen sus declaraciones altisonantes, como la condena del monopolio latifundista o del racismo institucional.
36 Burguesía nacional es una categoría muy abstracta que abarca realidades muy diversas, desde esa
misteriosa y poco estudiada clase media rural cubana que fue el colonato, hasta los cuadros técnicos, las profesiones liberales y también una nueva generación de industriales cubanos ligados al retorno del control nacional sobre la industria del azúcar.
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173 la revolución como después; tal vez más. Por supuesto que la confiscación tras las revolución resultó muy barata, y tuvo una significación política muy distinta”. (Alier y Stolke 1972: 64)37.
El rol revolucionario de las capas medias urbanas (especialmente intelectuales radicalizados), la clase obrera y el mundo rural, tanto el campesinado como el proletariado, está muy bien documentado y no tiene sentido transcribirlo. Los primeros jugaron el papel de grupo catalizador de la Revolución, lo que es evidente en el foco guerrillero de Sierra Maestra, pero también en la lucha urbana, que fue fundamental en la erosión de la hegemonía vigente. El resto cargaba con el peso de la pobreza, especialmente los habitantes más desfavorecidos del mundo rural, y su movilización estuvo motivada por su estado de necesidad. Cada uno tenía su programa específico: independencia nacional con justicia social era el de los jóvenes intelectuales de la “generación del nacimiento del Apóstol” inflamados por las ideas martianas38; mejoras
salariales el de los obreros industriales; los campesinos pedían tierra, el proletariado rural del azúcar, sobre todo trabajo. Es relativamente más desconocida la importancia de la propia burguesía azucarera: aunque relegada a un papel secundario, y viéndose atrapada entre dos fuegos (por un lado el proletariado cubano y sus demandas laborales y por otro los remolacheros estadounidenses bloqueando el acceso a su mercado preferencial), hacia mediados-finales de 195839 decidió apostar por el proyecto de liberación nacional,
haciendo causa común con la clase obrera cubana y dejando caer una dictadura moribunda. Al final, la elección le saldría cara. Como cualquier revolución, la cubana fue un torbellino histórico muy complejo donde una multiplicidad de grupos sociales, provisionalmente coaligados en un programa de mínimos, lanzaron órdagos incompatibles al futuro del país esperando ser la facción elegida por la historia.