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LA NATURALEZA, POR SU PARTE:

In document Conclusiones de vida INTRODUCCIÓN (página 33-35)

 Demuestra como hecho evidente que los seres humanos poseemos al menos dos fa-

cultades inexplicables para la Ciencia:

La Conciencia del Bien y del Mal, noción moral superior por completo independien- te del interés y enseñanzas personales o comunitarias.

La Inteligencia o ¨facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad¨.

Ambas dotaciones suponen facultades superiores que, al igual que el Big Bang (la Creación) y la creación de energía, son exclusivamente posibles en manos superiores.

 Demuestra que la esencia humana tiende hacia la felicidad, lo cual implica forzosa-

mente su tendencia natural hacia el Bien, el Orden y el Desarrollo.

 Demuestra la existencia de la Ley natural de Progreso, por la cual el adelanto moral o

espiritual es continuo y no retrocede jamás: a pesar de las caídas y errores siempre se conserva y nunca se pierde. Su demostración, prueba y acicate constante es la Con- ciencia.

Fernando Espiñeira González - © 2020 Página 34

 Demuestra la existencia de experiencias cercanas a la muerte (ECM). De hecho, la exis-

tencia de estas es casi tan antigua como la humanidad. En todas las sociedades, cultu- ras, continentes y épocas se conservan testimonios que dan recuento de experiencias asombrosamente similares.

Las Experiencias Cercanas a la Muerte son ya un hecho indiscutible que, en estos tiempos nuestros de ordenadores, se organiza de muchas maneras, siendo una de las más curiosas el portal https://www. nderf.org/Spanish/index.htm que, a octubre del 2020, almacena más de 5.000 testimonios que crecen día a día, en decenas de idiomas distintos, de experiencias cercanas a la muerte remitidas de todos los puntos del pla- neta.

Aunque supongo que no esté incluido en esa enciclopedia, he elegido, por su interés mayor, la experiencia del neurocirujano Eben Alexander III, doctorado en 1980 por la Facultad de Medicina de la Universidad de Duke y profesor, entre otras, de la Escuela de Medicina de Harvard, lo cual es solo pequeña parte de su amplísimo curriculum profesional.

El neurocirujano Eben Alexander III, que es nieto, hijo y padre a su vez de neurociruja- nos, operó durante casi 30 años en varios de los más importantes hospitales de Esta- dos Unidos, siendo tanto investigador como ponente en decenas y decenas de congre- sos de neurocirugía, tanto en su país así como internacionales. Lo que le sucedió es un demostrativo caso único, y por ello lo he seleccionado.

Es mejor que le leamos a él mismo:

¨Sé perfectamente cómo les suenan a los escépticos los testimonios como este mío; lo sé pues yo quizás fui el más escéptico de todos ellos. Por otra parte, soy por completo consciente del daño que este testimonio le causa a mi prestigio profesional, a mi carre- ra de neurocirujano y, por lo tanto, a mi economía.

En el 2008, con 55 años de edad, sufrí una infección cerebral de meningitis que me su- mió durante siete días en un coma profundo. Según los médicos del Lynchburg General Hospital de Virginia, donde yo mismo trabajaba como neurocirujano, cuando entré esa mañana en la sala de emergencias, eran muy bajas mis posibilidades de sobrevivir más allá de un estado vegetativo. Y en pocas horas se hicieron casi inexistentes: el E.coli había penetrado en mi líquido cefalorraquídeo y estaba comiendo mi cerebro, que de inmediato se inactivó por completo.

Pero mientras las neuronas de mi corteza cerebral estaban en inactividad total, certifi- cada durante tantos días por profesionales, aparatos y análisis, mi conciencia viajó a otro universo que nunca soñé que existiera, y al que mi yo anterior, de no haberlo vivi- do, le hubiera negado por supuesto toda realidad¨.

Durante toda mi vida me había considerado un cristiano, pero más de nombre que de verdad. Simpatizaba, claro, con los que creían en un Dios amoroso, pero como científi- co me parecía que era mejor no creerlo demasiado yo mismo.

Pero mi semana en coma profundo, lo muchísimo que viví y aprendí en él, lo cambió todo. Esa dimensión —en líneas generales, la misma que describen hace ya muchos si- glos innumerables personas de todos los continentes, culturas, religiones y socieda-

Fernando Espiñeira González - © 2020 Página 35

des— es real, está ahí, existe, y me ha dado literalmente un mundo nuevo en el que somos mucho más que nuestro cerebro y cuerpo, y donde la muerte es una entrada o regreso a un vasto mundo superior.

No soy la primera persona que ha descubierto evidencia de que existe la conciencia más allá del cuerpo pero, hasta donde yo sé, nadie antes había viajado a esta dimen- sión mientras su cerebro estaba completamente apagado, lo cual es una demostración única. Y lo digo como el neurocirujano con treinta años de experiencia que soy.

De acuerdo con la comprensión médica actual, mi cerebro estuvo por completo apa- gado durante toda esa semana, incapaz de actividad ninguna y, mucho menos, de esa larguísima odisea hipervívida, completamente coherente, por la que pasé e, incluso, de las acciones de mis colegas en el quirófano, y de mis familiares en los pasillos del hospital, que pude presenciar y que todos ellos confirmaron.

De hecho, donde estuve, cuanto vi y aprendí, fue tan o más real que los eventos más importantes de mi vida, incluidos el día de mi boda y el nacimiento de mis dos hijos. Hace ya décadas que la física moderna nos dice que el Universo no es lo que parece, un mundo de separación y diferencia, sino una unidad en la que todo está entrelazado. Antes de mi experiencia, estas ideas eran abstracciones, hoy son realidades.

Y ahora también sé que el Universo no sólo está definido por la unidad, sino también por el amor. El Universo tal como lo experimenté durante la semana que pasé en coma profundo es el mismo del que hablaron, en sus muy diferentes formas, tanto Einstein como Jesús.

He pasado décadas como neurocirujano en algunas de las instituciones médicas más prestigiosas de Estados Unidos. Sé que muchos de mis compañeros quieren creer, co- mo yo mismo hice, que el cerebro genera conciencia. Pero esa teoría ya está rota. Lo que me sucedió, cuanto viví y aprendí mientras mi cerebro estaba clínicamente desco- nectado, la anuló científicamente, pues yo seguí siendo y viví las experiencias más in- tensas, reales y permanentes de mi vida.

La idea materialista de que el cuerpo y el cerebro son productores de la conciencia humana está condenada al fracaso: ambos no son sino simples vehículos. En su lugar, ya está surgiendo una nueva visión, científica y espiritual a partes iguales, que pone como prioridad aquello que los mayores científicos de la historia valoraron siempre por encima de todo: la verdad¨.

In document Conclusiones de vida INTRODUCCIÓN (página 33-35)

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