Me habrás oído decir muchas veces que a la vida le encuentro cuatro fases muy claras: la exploración, la fiesta, las conclusiones y el vivir según esas conclusiones. Ojalá estas pági- nas pudieran ayudarte a no perder demasiado tiempo en la ¨fiesta¨ y, respecto a las con- clusiones, que pudieras quizás partir de algunas de estas mías.
Durante gran parte de la historia, solo las religiones respondieron con mayor o menos for- tuna a las naturales preguntas existenciales de la humanidad. Durante siglos y siglos, la Ciencia no era apenas nada y, de hecho, ni siquiera podía refrendar o negar la veracidad histórica de las religiones, que por ello muchos tuvieron durante siglos como admirables leyendas sin confirmación.
La Biblia, por ejemplo, contaba con absoluto detalle la vida de Jesús, desplegando lugares geográficos exactos, protagonistas con nombres y acciones concretas, pero que no podían ser confirmados, y eso algunos lo utilizaban como fuerte argumento en contra. Solo el avanzar del conocimiento pudo comprobar la realidad de todo ello, punto por punto. Así, en el último siglo sobre todo, la Ciencia pudo ir por fin desarrollando sus capacidades y empezar a reconocer muchas otras cosas fundamentales, empezando sin duda por la Crea- ción, la chispa primigenia.
Es decir, para aquellos que llevan siglos exigiendo pruebas, ha de decirse, aceptarse de una vez, que hace ya mucho que no estamos en la oscuridad científica medieval, y que hace ya muchos decenios que la Ciencia ha confirmado, y nos ha informado, muchas hechos abso- lutamente básicos para nuestras vidas.
Sin embargo, estos reconocimientos no han producido su lógico efecto. La inercia del des- creimiento, unida a la ideología materialista crecientemente imperante y, por esencia, an- ti-religión, que detenta universidades, medios de comunicación, medios artísticos e inte- lectuales, por no citar los políticos y de control de dineros, han logrado prolongar intere- sadamente ese descreimiento, tratando de eliminar los valores espirituales que contiene y que superan los estrictamente sociales que, ahí sí, pueden controlar.
Sin embargo, para quien lo quiera ver, la realidad del mundo y de nuestras vidas está clara hace ya mucho tiempo. La Ciencia demostró hace ya más de un siglo, gracias a tantísimos talentos, y muy en especial a la Teoría de la Relatividad del gran Einstein, que no solo nada de cuanto vemos es real, sino que es de hecho un espejismo cuidadosamente preparado para que nuestras vidas transcurran lentas por causa de este bajísimo plano material, creado ex-profeso, perfecto terreno de oportunidad en el que, por esfuerzo propio, pode- mos desarrollarnos.
Además, la Ciencia también dijo claramente hace más de un siglo que ni el Universo ni nuestras vidas son ni pueden ser producto del azar; que lo Material no crea lo Inmaterial – entre otros, la Consciencia de Ser, la Inteligencia, la Conciencia del Bien y del Mal y, sobre
Fernando Espiñeira González - © 2020 Página 38 todo, el Alma– por lo que todo ello tuvo que ser forzosamente creado por manos igual- mente inmateriales. Superiores.
Es todo tan claro que incluso tú mismo compruebas todos los días que esas realidades in- materiales antes citadas se rigen por leyes morales que tampoco son caóticas o casuales, sino que tienden a la Felicidad; o más claramente expresado, la producen como su natural resultante.
Y no solo eso. Comprobamos también a todas horas que somos y estamos rodeados de realidades evidentes de nuestro ser, aun inexplicables para la Ciencia que, por ejemplo, nos permiten vivir cada noche los misterios de los sueños y sus múltiples rarezas.
¿Algunos ejemplos más de ese océano de inexplicables?: los presentimientos, las intuicio- nes, las irritantes y súbitas antipatías o simpatías, las experiencias cercanas a la muerte, y tantos etcéteras, algunos de ellos, aun tan evidentes y diarios, todavía nebulosas indesci- frables para la Ciencia. Pero, de nuevo, son fenómenos reales con los que vivimos día a día.
La incontestable realidad es que tu ser tiende hacia lo Alto, hacia esa Felicidad allí eviden- te: nada malo ni inferior te gusta; todo cuanto te llena es bueno y superior. Y es que preci- samente la dificultad de la vida consiste en… tener que vivir en ella, tan alejada de esa esencia tuya que tiende a lo Alto y que, mientras tanto, halla consuelo en esa su larga des- cripción, intenso remedo humano, que llamamos Arte.
Por ello, por esa tu mirada interna siempre ansiosa de lo Alto, de volver a casa, es por lo que la comunicación, conversación con lo superior, siempre será para ti un auténtico ali- mento interno, no solo en los habituales momentos de extrema necesidad.
Porque igual que te duchas, que lavas tu cuerpo todos los días, has de lavar también y so- bre todo el alma a través de la comunicación con lo Superior al que tu ser tiende.
La bonanza material no solo es buena e imprescindible sino que, como ya hemos visto, es- tá sabiamente forzada y alentada por la Naturaleza. Lo hemos analizado a lo largo de las páginas anteriores: el ser humano, el ser vivo todo, ha huido cuanto ha podido de la cruel- dad del plano físico en pos de desarrollo y la creación de posibilidades.
Pero si el bienestar material es el gran triunfo a valorar, tampoco basta por si sólo ni pue- de ser nunca objetivo final. Sin esa sonrisa, sin esa espontánea ayuda callejera, sin todo lo humano que somos, no somos nada en realidad sino infeliz bonanza, riqueza desdichada. Porque aunque todo parece escaparse, aunque nada parece ser real, la necesidad de hu- manidad aflora en nosotros por doquier y necesita ser atendida.
Es evidente: no es nada fácil vivir en un mundo donde casi todo es aparente más allá de al- gunos afectos familiares y, con suerte, algún otro afecto externo, procedente de la amistad o del amor. En nuestro mundo todo es volátil y el tiempo parece llevárselo todo.
Fernando Espiñeira González - © 2020 Página 39 Por ello, frente a este pasajero devenir de las cosas, el joven tiende a buscar como puede el más estable nido posible, intentando muchas veces vivir sin asirse apenas a nada puesto que, ya lo sabe, nada dura ni nada, a la postre, parece merecer mucho la pena.
Así, parecen pasadas las épocas de los idealismos desinteresados. La reciente ascensión de las masas a lo que tradicionalmente había sido la vida mejor de unos pocos, sumada a los avances mayúsculos de la tecnología, ha producido un general mercantilismo obsesivo. Las luchas y esfuerzos de antes, muchas veces gloriosos en su inutilidad personal, hoy son simples reivindicaciones o exigencias que benefician directamente a los que las hacen. Hasta las causas generales, sociales o naturistas, están bañadas de dineros públicos y pri- vados.
Todo se cobra y todo se paga. Todo, en fin, es utilitario; es decir, ha de ser útil, reportar un beneficio económico inmediato y lo más duradero posible. Y frente a esta obsesión y es- fuerzo general, lo generoso o gratuito, ya sea una espontánea ayuda callejera o una sonri- sa, parecen cada día más extemporáneos, más fuera de sitio y, a muchos, directamente molestos.
Por esencia, vivir no es fácil. Es necesario mucho idealismo, sentido del humor, capacidad práctica, tener que sortear a veces, sin violarlas, las leyes de los hombres y de lo Alto, te- niendo siempre a la conciencia como la fabulosa guía interior.
Pero no es posible vivir sin principios, pues esa traición a la esencia interna produce una grave infelicidad solo rentable a seres muy bajos o de medios extraordinariamente duros, ajenos al mundo civilizado de normal bonanza.
Por ello, no es posible vivir pisando al prójimo: entre otras cosas, porque la conciencia chi- llará sin descanso y nada material podrá soñar con comprarla, acallarla, cubrir su voz ni tampoco valer tanto sufrimiento.
Porque solo ya por los gritos de la conciencia, es mucho más rentable y conveniente inten- tar vivir en la bondad que en la maldad. Es otro de los recursos prácticos de nuestra esen- cia.
Sin embargo, es perfectamente posible vivir sin creencia definida en el más allá si, a cam- bio, se poseen principios morales claros y, en lo posible, se recibe el confort espiritual del Arte en cualquiera de sus formas. Sin embargo, este equilibrio existencial, si roto por des- gracias excesivas, necesitará de inmediato respuestas mayores a las preguntas existencia- les que, hasta ese momento, pudieron mantenerse en sordina. Es que, como es lógico, la desesperación, la aparente injusticia de la vida, exige de inmediato respuestas claras y contundentes.
Es importante que sepas que quizás en la vida, por supervivencia, harás cosas de las que no te sentirás orgulloso. Pero, recuérdalo: te digan lo que te digan, la línea del Bien y del Mal es clarísima y no puede ser soslayada. Por ello, ignora siempre a los que te la nieguen o te la intenten relativizar: no es que quieran ayudarte, es que quieren que peques, que
Fernando Espiñeira González - © 2020 Página 40 seas tu peor tú, para así poder vencerte o comprarte o, simplemente, pobres, sentirse me- nos solos.
Si llegas a esa situación que no pudiste evitar, no te indignes demasiado contigo mismo: a veces la realidad se impone con toda su dureza, y tú estás forzado a sobrevivir ya que no te ha sido dado renunciar a la oportunidad, obligación de vida. Además, en esa necesaria su- pervivencia, no todos tenemos las mismas oportunidades y herramientas, no somos nunca el otro, no podemos ponernos en su lugar ni, por lo tanto, juzgarlo.
Por ello, márcate tú también estas frases fundamentales: ¨No juzgues y no serás juzgado¨, ¨Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra¨. Tú obligación y, de hecho, única posibilidad es aprender, perdonar y tener piedad del prójimo, inferior y doliente como tú. Así, si te llegaras a ver obligado a engañar al mundo, jamás, jamás, te engañes a ti mismo ni, absurdo, intentes engañar a lo Superior, tal como decidas llamarlo ahora que sabes que todo adentro y afuera de ti indica Su Presencia.
Si alguna vez te parece no captar Su Voz, no entenderla bien o incluso haberla perdido, re- cuerda que en este campo de pruebas que es la Tierra todo es tan perfecto, aunque tam- bién tan duro, que te han puesto Su Voz donde jamás la perderás, en tu propio interior: en tu Conciencia.
Recuérdalo, pues es fundamental para tu adelanto espiritual, -el único objetivo de esta oportunidad que es tu vida-: si cruzaste de algún modo la línea que separa al Bien del Mal, primero, no te lo niegues a ti mismo y, segundo, si es posible, pide, obtén perdón y repara el daño cometido, pues así, solo así, estarás resolviéndolo en la Gran Contabilidad de la Vida.
Pero si por las razones que fuera, nada de eso fuera posible, al menos arrepiéntete en tu interior, pide perdón, y reconócelo frente a ti y el Superior.
Porque, te repito, igual que lavamos nuestro cuerpo todos los días, hemos de lavar sobre todo el alma, y los modos perfecto son el perdón y la conversación con lo Superior.
Afuera de eso, sé todo lo bueno que puedas. La frase perfecta es ¨Haz bien y no mires a
quien¨; tal cual: haz el Bien como norma, lo cual implica hacerlo incluso a desconocidos de
los que no es posible esperar nada a cambio, pues así es y así has de grabártelo: nunca es- peres nada a cambio. Quizás, solo en contadas ocasiones, reciprocidad a la misma altura moral. Pero, prepárate para no verla muy a menudo.
Ahora te digo algo que considero sagrado: protege siempre al débil, ya sea un niño, un animalito o cualquiera diezmado por alguna razón o circunstancia. Y esto porque, con los desvalidos, recuerda siempre lo siguiente: tú estás en prueba, y ellos son la prueba.
Fernando Espiñeira González - © 2020 Página 41 ¨Te pido por los desvalidos: los animalitos, los niños, los enfermos, los ancianos y los venci-
dos por la Vida. También por los que sufren y, sobre todo, por los desesperados: Dales fuerzas para soportar sus pruebas¨.
Para mí, es simple oración fundamental ya que creo que ahí reside una de las quintaesen- cias, pilares de la vida: reconocer y honrar el Bien, ese que es el Índice superior de la vida humana.
Este índice tiene, a su vez, un ¨hermano mayor¨, pero lamentablemente, es solo por curio- sidad que te lo reseño, pues es solo accesible a lo Supremo y a pocos seres superiores que pisan nuestro inferior planeta: es el Amor universal.
Volviendo a la vida diaria, para sobrellevar lo mejor posible sus tantas dificultades, apela todo lo posible a las alturas del Arte, pues en ese mundo de armonías tu alma no solo sen- tirá algo parecido a volver a Casa, sino que también se sentirá expresada, con lo cual so- brellevará mucho mejor las inferioridades de esta baja tierra material.
Y si de práctico se trata, algo fundamental: rodéate de personas buenas y aléjate todo lo posible de las malas, pues te evitarás muchísimos problemas y, a veces, incluso una mala vida llena de sufrimientos. A cambio, con las personas buenas tendrá siempre apoyos y fuerzas que tirarán de ti hacia arriba, hacia lo mejor de ti mismo.
Por ello, atesora a los seres superiores que la vida te pueda regalar, aquellos que a veces incluso sentirás que son más alma que cuerpo pues lograron ir dejando atrás las premuras de la carne.
Gran recomendación: atesora aunque sea en esa distancia cercana que es el agradecimien- to (que el otro a veces ni siquiera llega a conocer), a aquellos seres de bondad cegadora que sabes te perdonaron, incluso siguieron queriendo, en silencio. Atesóralos, valóralos, adóralos. Podría repetir este párrafo mil veces y, estate seguro: jamás sería suficiente. Y es que, escúchalo bien, una persona, para quererte y mostrarte afecto, ha de vencer primero a su propio ego, a su competencia inevitable contigo. ¿Puede existir mayor gran- deza humana?
Por ello, a los escasísimos amigos de tu vida los conocerás porque te tendrán afecto y en ellos verás transformada la envidia de otros en generosa admiración.
Atesora igualmente los actos de bondad, cualquier Bien que te hayan hecho, porque más allá de que todos estemos obligados a hacer el Bien, el darlo es el primordial acto superior del alma que tú, a tu vez, habrás de darlo después. Por ello, mucho más allá del ¨gracias´ de la educación, agradece siempre lo recibido.
Intenta no envidiar nada pero admirarlo todo, destierra de tu interior la Envidia, que es grave enfermedad del alma y, a través de la Bondad, transformarla en sana admiración. No valores tanto el físico, la carne, ni la propia ni la ajena, recuerda que es transitoria, que en si misma no vale nada; es solo reflejo pasajero de la grandeza de lo Superior.
Fernando Espiñeira González - © 2020 Página 42 Por esto mismo, intenta en lo posible dejar atrás cuanto antes tu parte sexual, que corres- ponde a tu plano más bajo y finito. Siempre recuerda que nada pasajero, como el cuerpo y sus cosas, puede merecer mucha atención ni esfuerzo.
Dejarlo atrás no es tan difícil; como es lógico, consiste en centrarte en cosas más certeras y útiles. Sobre esto, aprovecha que como ser humano que eres tienes seguramente a la ob- sesión, que todo lo que haces querrá en general ser repetido. Piénsalo, compruébalo en tu vida diarias, y verás que es cierto. Lo único que has de hacer es poner esa obsesión de las cosas, los actos, por ser, a trabajar a tu favor, no en tu contra.
Si te es posible, ponte como norma principal de comportamiento el intentar esparcir siem- pre a tu alrededor cosas buenas: alegría, bondad, sentido del humor, inteligencia. En pri- mer lugar, porque es el modelo ideal a seguir; en segundo lugar, porque haciéndolo algo bueno dejarás siempre.
Porque ese comportamiento proviene, nace, se infiere, de una realidad básica de la vida que jamás deberás olvidar: tú sólo, por ti solo, eres nada, absolutamente nada; pero su- mándote al Todo, lo eres y lo serás Todo.
Y es que debes saberlo y siempre recordarlo: nada de lo que puedas hacer humanamente tendrá jamás otro valor que ese fundamental que está esperando ansioso tu esfuerzo: al- zarte a tu esencia mayor. Ningún otro valor tendrá más allá de, añadido, la satisfacción que pueda procurar a otras personas. Porque todo lo bueno que hagas, por muy público o privado que sea, solo tiene ese valor inmenso de alimentar tu desarrollo, alzarte en el ca- mino y, quizás con suerte, ayudar al desarrollo y caminos de otros. El resto, lo humano to- do, no es nada, ni siquiera dibujos en el mar que al menos alguna vez fueron.
Por ello, por lo humano, recuerda siempre que una sonrisa no se paga con dinero, solo con otra sonrisa. Porque lo que no se hizo por dinero, con dinero jamás se podrá pagar. Son bienes espirituales de sentido y valor superiores, inmateriales.
Y siempre, siempre, constantemente, por lo menos una vez al día, pública o secretamente, pide perdón y perdona con tu mejor interior presente, mirando a lo Alto.
No puedo dejar de recomendarte la doctrina espírita, cristianismo puro. No es una religión ni un culto: es una suma fabulosa de conocimientos que te iluminarán y explicaran ente- ramente el mundo.
Por último, te pido que me perdones en cuanto pude haberte fallado. Por desgracia, soy poquísima cosa y encima lamento todo muchísimo. Lamento también todo el Bien que pu- de haberte hecho y no te hice, el Mal que por inferioridad, no por maldad, espero, pude haberte infringido. Solo te pido que reces por mí para que la vida me permita resarcírtelo todo, pues lo humano es también voluntad desesperada frente a los duros vientos que la baten.
Fernando Espiñeira González - © 2020 Página 43