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LA NECESIDAD METAFÍSICA

In document Lecciones de Metafísica (R. Ávila) (página 161-164)

EL PROBLEMA DE LA NADA Y NO MÁS BIEN LA NADA?»)

2. LA NECESIDAD METAFÍSICA

E. Cassirer ha señalado a propósito de Schopenhauer que «la asociación de Kant y Goethe constituye uno de los motivos determinantes de su teoría del conocimiento, como de su concepción del mundo en general»4. Goethe, que frecuentaba el salón literario de la madre de Schopenhauer, influyó de modo especial en su vida: la reconciliación de todas las cosas en la necesidad, la intuición, el misterio, y la idea de que el ser de la metafísica acaso no es nada distinto del disfraz tras el que se oculta la nada... Todos ellos son temas comunes a Goethe y a Schopenhauer. En cuanto a Kant, a quien Schopenhauer conoció a través de Schulze, ejerció una influencia no menos importante. Schopenhauer adopta como punto de partida de su filosofía la oposición entre fenómeno y cosa en sí. Esa escisión marca profundamente el recorrido de su pensamiento: el cua- dro del mundo ofrece una línea divisoria que aísla fatalmente un mundo inesencial, en el que las raíces de las cosas permanecen ocultas, de un mundo esencial, que descansa en absoluto sobre sí mismo. Cierto es que Kant será malinterpretado muchas veces, o simplemente adaptado a las necesidades internas del sistema filosófico de Schopenhauer. Así, mien- tras que para Kant la cosa en sí es algo de lo que no podemos saber nada y el fenómeno es el único objeto de conocimiento, Schopenhauer mantiene que este mundo —el mundo del fenómeno, de lo individual y de la apa- riencia— es algo irreal y engañoso, que es preciso buscar la verdad más allá de él, y que se pueden traspasar los límites del mundo fenoménico. La necesidad de traspasar el umbral estricto de lo fenoménico es lo que Schopenhauer llama necesidad metafísica. El origen de esa ne- cesidad y las diversas formas de atenderla constituyen la trama de un importante capítulo, el 17, de los Complementosal libro I de El mundo como voluntad y representación. Allí se advierte que el hombre es el úni- co ser capaz de asombrarse de su propia existencia y que este asombro supone, por una parte, un mayor desarrollo de la inteligencia, y, por otra, una actitud reflexiva ante la muerte y la existencia del dolor. So- bre esas dos condiciones, que son universales, se levanta una necesidad, universal también, de trascender la simple apariencia, de ir más allá de los fenómenos: la necesidad metafísica.

Schopenhauer entiende por metafísica el conjunto de conocimien- tos que va más allá de las posibilidades de la experiencia, que trata de descubrir qué hay detrás de la naturaleza y qué es lo que la hace posible;

4. E. Cassirer, El problema del conocimiento en la filosofía y en la ciencia moder- nas, vol. III, FCE, México, 1953, cap. VI, «Schopenhauer», p. 493.

en suma, metafísica es el intento de responder a la pregunta «¿qué es el mundo?». Y hay dos formas de metafísica: una es la religión, otra, la filosofía. La primera, que Schopenhauer llama «metafísica para el pue- blo», es la doctrina de la fe y su compromiso con la verdad no va más allá de lo puramente alegórico. La religión es absolutamente necesaria para el pueblo, pero, puesto que las diversas religiones están acomoda- das al grado de comprensión de la mayoría, no pueden suministrar la verdad más que de una manera mediata, a través de metáforas. El valor de una religión depende, pues, del grado de claridad y de verdad que tengan las metáforas que utiliza. Y, según Schopenhauer, hay dos tipos de religiones, de acuerdo con su menor o mayor grado de compromiso con la verdad: por un lado, están las religiones optimistas, que justifican el mundo, consideran la existencia como algo intrínsecamente bueno, y hacen suya la sentencia «todo está bien»; por otro, las religiones pe- simistas, que no se engañan sobre la existencia del mal y del dolor: lo afirman, pero sostienen que el sufrimiento no es más que una consecuen- cia de nuestras faltas, aunque esto no significa ni mucho menos que sea justo.

La segunda forma de metafísica, la filosofía, es la metafísica para el hombre cultivado y exigente. Necesita reflexión, ilustración, tiempo y razonamiento, y su compromiso con la verdad va más allá de lo alegó- rico: la filosofía persigue la verdad en sentido estricto. A diferencia de la religión, que se basa en la fe y en el respeto a la autoridad, la filosofía solo hace uso de la reflexión y del razonamiento. Una y otra tienen en común el punto de partida indicado más arriba: la consideración del mundo como un enigma y su voluntad de desciframiento. Fuera de eso, no hay más denominadores comunes a las dos: es inútil el empeño de fundar una religión sobre la razón; eso sería exponerse a la artillería de gran calibre de la Crítica de la razón pura. Por eso, es conveniente para ambas que cada cual discurra por su camino sin interferencias mu- tuas: «Por lo demás, la filosofía es esencialmente sabiduría del mundo: su problema es el mundo: solo con él tiene que ver, y deja a los dioses en paz, esperando a cambio que también ellos la dejen en paz a ella»5.

Pero no han faltado nunca gentes dedicadas a hacer de aquella nece- sidad metafísica un medio lucrativo que redundase en provecho pro- pio. A ese tipo pertenecen tanto los sacerdotes como los profesores de Filosofía. Los primeros pretenden monopolizar y administrar aquella necesidad y sostienen sus privilegios en el hecho de que los dogmas

religiosos son inculcados en los primeros años de la vida, antes de que el juicio haya alcanzado la madurez suficiente para reaccionar. Los se- gundos, los profesores de Filosofía, que no viven para ella, sino de ella, se rigen, más que por la verdad, por los propios intereses, y, en lugar de filosofía, se dedican a producir ideología conservadora y legitimadora del orden existente. Pero, independientemente de la existencia de ta- les gentes, Schopenhauer reconoce el papel fundamental de la filosofía como forma señalada de responder a la necesidad metafísica.

La filosofía debe ser considerada como base fundamental de todas las disciplinas científicas, es más elevada que ellas y posee rasgos comunes con la ciencia, pero de esta la separan algunas características peculiares6. En primer lugar, la filosofía no admite ningún supuesto, mientras que las ciencias admiten siempre algo como dado: la filosofía empieza justa- mente allí donde las ciencias acaban. En segundo lugar, el método de la filosofía no puede ser demostrativo: no consiste en deducir de proposi- ciones conocidas otras que no lo eran. Todas son para la filosofía igual- mente extrañas y no hay ninguna de la que se deduzca el mundo y sus fenómenos. Finalmente, la filosofía es un saber general: a la filosofía le es extraño el problema de dónde procede el mundo y hacia dónde se dirige. Tales problemas tienen que ser aclarados haciendo uso del principio de razón (Nihil est sine ratione cur potius sit, quam non sit); pero este último solo explica las relaciones entre fenómenos y no los fenómenos mismos. La filosofía investiga qué es el mundo y debe hacerlo mediante juicios generalísimos y abstractos cuyo conjunto sea algo así como un espejo del mundo. Su punto de partida no puede ser otro que la experiencia, por eso dice Schopenhauer que la filosofía es un saber inspirado en el estu- dio del mundo. El conjunto de la experiencia no es más que un mensaje cifrado que hay que desvelar, y la filosofía, en cuanto metafísica, es el desciframiento del enigma del mundo, y tiene como prueba de su verdad el acuerdo con el mundo7.

Schopenhauer reconoce que el punto de partida de su planteamien- to es kantiano, pero advierte también que las diferencias entre su filo- sofía y la de Kant son muy notables. Kant había distinguido entre fenó- meno y cosa en sí; ahora bien, como solo podemos conocer fenómenos, no existe según esto una metafísica (no es posible la metafísica como ciencia), sino solo un conocimiento de fenómenos (física) y, junto a ello, una crítica de la razón que aspira a la metafísica (en el sentido de la tradición). Según Schopenhauer, el punto de enlace que liga su posición

6. MVR I, lib. I, § 15, pp. 120-135 (Werke I, 108-125). 7. MVR I, lib. II, § 17, pp. 147-151 (Werke I, 137-142).

con la de Kant estriba en que una misma cosa puede ser explicada al mismo tiempo como necesaria y como libre: «una vez como fenómeno y otra como noúmeno». Pero aquello que Kant había limitado al or- den y a la conducta moral lo extiende Schopenhauer a toda la natura- leza sin excepción, pues el hombre no es fundamentalmente diferente del resto de los fenómenos que constituyen el conjunto de la naturaleza. Ahora bien, solo el hombre —por el mayor desarrollo de su inteligencia y por su especial vivencia del dolor y de la muerte— siente la necesidad de traspasar los límites estrictos de la experiencia: solo él hace metafí- sica, solo él lleva a cabo la reflexión filosófica. Y en él también —y aquí estriba otra importante diferencia con el planteamiento kantiano— se abre la posibilidad de ir más allá de los límites estrictos de lo fenomé- nico y de lo físico. Pero no solo en el campo de la moral: si la fuente de la filosofía es la experiencia, esta tiene dos formas, externa e interna, y será justamente esta última, la experiencia interna, la que permitirá el tránsito del fenómeno al noúmeno, de la apariencia a la cosa en sí.

3. EL MUNDO COMO REPRESENTACIÓN

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