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NIHILISMO Y PESIMISMO EN SCHOPENHAUER

In document Lecciones de Metafísica (R. Ávila) (página 158-161)

EL PROBLEMA DE LA NADA Y NO MÁS BIEN LA NADA?»)

1. NIHILISMO Y PESIMISMO EN SCHOPENHAUER

«Por lo demás, no quiero abstenerme aquí de declarar que el optimismo, cuando no es acaso el atolondrado dis- curso de aquellos bajo cuyas aplastadas frentes no se hos- pedan más que palabras, no me parece simplemente una forma de pensar absurda, sino verdaderamente perversa, ya que constituye un amargo sarcasmo sobre los indeci- bles sufrimientos de la humanidad.»

(El mundo como voluntad y representación, § 59)1

Podría decirse que en Schopenhauer el nihilismo tiene la doble valencia que tiene un «fármaco»: es enfermedad y remedio, veneno y medicina. Y tiene también un doble sentido, negativo y positivo. En un primer sen- tido, es nihilista la sentencia final y condenatoria de la vida: «la vida no vale nada». En un segundo sentido, el nihilismo apunta al fin último de la vida, al sentido final de la existencia: la negación de la voluntad de vivir2.

Si, como se ha dicho, el tipo de filosofía que se hace depende del tipo de hombre que se es, la filosofía de Schopenhauer, su pesimismo, está en muy estrecha conexión con el conjunto de rasgos que constitu-

1. El mundo como voluntad y representación (en lo sucesivo, MVR), trad., introd. y notas de P. López de Santa María, Trotta, Madrid,32009, lib. IV, § 59, p. 385 (Werke in

zehn Bänden [en lo sucesivo, Werke], Diogenes, Zúrich, 1977).

2. Véase para lo que sigue mi trabajo «El protagonismo de la voluntad», en A. Segura (dir.), Historia universal del pensamiento filosófico, vol. IV, SigloXIX, Liber, Bilbao, 2007, pp. 469 ss.

yen su temperamento. Schopenhauer no desconocía eso, y de la impor- tancia que él asignaba al temperamento queda constancia en el volumen I de los Parerga, aunque precisamente el que allí describe no tenga de- masiado que ver con el suyo. Dice allí:

[...] lo que nos hace felices de forma más inmediata es la alegría de ánimo; pues esa buena cualidad se recompensa a sí misma al instante. El que está contento tiene siempre causa para estarlo: precisamente esa, que lo está. Nada como esa cualidad puede reemplazar tan plenamente cualquier otro bien, mientras que ella misma no puede ser sustituida por nada. Por mucho que uno sea joven, bello, rico y respetado, cuando se quiere juzgar sobre su felicidad se plantea la pregunta de si está contento de serlo; en cambio, si está contento, da igual que sea joven o viejo, erguido o jorobado, pobre o rico; es feliz3.

Y, sin embargo, el suyo no era precisamente un temperamento jo- vial. Su madre, que lo conocía bien, le reprochaba frecuentemente su tendencia a ver las cosas por el lado menos amable, su proclividad a tener presentes siempre los aspectos menos gratos de la existencia. En todo caso uno de los rasgos más sobresalientes de la filosofía de Scho- penhauer es justamente su pesimismo. En ese sentido podría decirse que la suya es el reverso de la filosofía leibniziana, y que si esta proclama la perfección del mundo o, al menos, lo sesgado de una visión que solo ve defectos en el mundo creado por una divinidad a quien asiste siempre el principio de lo mejor, la de Schopenhauer es una filosofía que sostiene, en cambio, que un mundo como este apenas podría ser peor de lo que ya es; que, en el caso de ser obra divina, lo sería de un dios malévolo y cruel, y que todo optimismo, vital o filosófico, es consecuencia de la ignorancia o del cinismo.

Y la actitud pesimista de Schopenhauer es tanto una actitud vital (propensión a ver y a juzgar las cosas por el lado menos favorable), como filosófica (consideración del mundo como algo irremisiblemente malo). Pero interesa sobre todo subrayar esta última, pues precisamen- te la convicción de que el mundo y la naturaleza humana son incapaces de una reforma profunda le conduce a otra de orden práctico-moral: todo esfuerzo es inútil, salvo aquel que se encamina a redimir la existen- cia mediante la autonegación de la voluntad. Y en este punto reside el núcleo fundamental o la idea filosófica clave de su filosofía: el concepto de voluntad.

3. A. Schopenhauer, Parerga y Paralipómena, vol. I, trad., introducción y notas de P. López de Santa María, Trotta, Madrid, 2006, p. 342 (Werke, VIII 354)

Toda la obra de Schopenhauer es como un conjunto de variaciones en torno a un tema fundamental, a una intuición primera que fue la que alumbró su obra capital, compuesta entre los veintiséis y los trein- ta años. Y así ocurre con las diversas reediciones de El mundo como voluntad y representación, y, en general, con toda su filosofía: es un mero desarrollo de una intuición juvenil y fundamental, que obedecía a la elaboración de su experiencia del dolor y de la muerte. Detrás del dolor infinito y del final de cada existencia hay una especie de Saturno devorador de sus propios vástagos, un gigante cruel y devastador, que no muere jamás: la voluntad.

En sí mismo el concepto de voluntad no puede decirse que sea no- vedoso en el campo filosófico; lo característico, sin embargo, de ese concepto en Schopenhauer radica en haberlo dotado de una fuerza tal que lo convierte en la respuesta al enigma del mundo, en la clave capaz de descifrar su misterio y de ofrecer una salida a aquello que en la filosofía kantiana aparecía como el non plus ultra. En este sen- tido consideraba su máxima aspiración el que alguna vez se dijera de él que resolvió el enigma planteado por Kant. Un enigma que no es otro que la determinación de la cosa en sí como voluntad: «Toda mi filosofía puede resumirse en esta única frase: el mundo es el autocono- cimiento de la voluntad».

Ahora bien, esta voluntad, que es el punto de partida y el centro en torno al cual se construye todo el edificio de la filosofía de Schopen- hauer, no tiene mucho que ver con lo que tradicionalmente la filosofía había entendido como voluntad ni con lo que Kant entendía por ella: la razón práctica. La voluntad es, para Schopenhauer, una fuerza ciega que puede ir acompañada de conciencia, pero que ni necesariamente ni en la mayoría de los casos la tiene por compañera. Es un instinto ciego, oscuro y fundamental que se adueña de todo y que todo lo instru- mentaliza. En esa concepción de la voluntad radica también una razón más del pesimismo filosófico del pensador de Danzig: independiente del intelecto, la voluntad está también más allá de la moral, de lo bueno y de lo malo. Por eso es inaccesible tanto a los argumentos como a la educación. Por eso, sobre todo, es inmodificable. El mundo ha sido, es y será voluntad ciega, deseo sin término, oscuro instinto indomable e insatisfecho. Y la voluntad es la respuesta que Schopenhauer ofrece a la pregunta «¿qué es el mundo?», una pregunta que todo hombre, inde- pendientemente de su origen y de su formación, alguna vez a lo largo de su vida se formula. Una pregunta que hace de él un «animal metafísico», pues la necesidad de trascender los límites estrictos de la experiencia es una necesidad metafísica y, al mismo tiempo, una necesidad universal.

In document Lecciones de Metafísica (R. Ávila) (página 158-161)