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En su libro de memorias Confieso

que he vivido (1974), Neruda

recuerda el Liceo de Temuco como “un vasto caserón con salas destartaladas y subterráneos sombríos. Desde la altura del liceo, en primavera, se divisaba el ondulante y delicioso río Cautín, con sus márgenes pobladas por manzanos silvestres. Nos escapábamos de las clases para meter los pies en el agua fría que corría sobre las piedras blancas. Pero el liceo era un terreno de inmensas perspectivas para mis seis años de edad (en 1910). Todo tenía posibilidad de misterio. El laboratorio de Física, al que no me dejaban entrar; lleno de instrumentos deslumbrantes, de retortas y cubetas. La biblioteca, eternamente cerrada. Los hijos de los pioneros no gustaban de la sabiduría. Sin embargo, el sitio de mayor fascinación era el subterráneo. Había allí un silencio y una oscuridad muy grandes. Alumbrándonos con velas jugábamos a la guerra. Los vencedores amarraban a los prisioneros a las viejas columnas. Todavía conservo en la memoria el olor a humedad, a sitio escondido, a tumba, que emanaba del subterráneo del liceo de Temuco” (Neruda, 1974: 6). José Miguel Varas, Premio Nacional

de Literatura 2011, cuenta que cuando Neruda entró al Liceo entabló amistad con otro de los grandes poetas chilenos, Juvencio Valle (Gilberto Concha Riffo, 1900 – 1999), con quien fue compañero

de asiento. El primer día de clases Neruda “le mostró [a Juvencio] una hoja blanca en la que había una delgada raya. –Mira, hay un pelito en esta hoja-. Gilberto lo sopló. El pelito no se movió. Estiró la mano y trató de sacarlo. No lo consiguió. Empecinado, restregó con fuerza el papel, sin resultado. –Te ensartaste igual que yo. ¡No es un pelo, es una raya! –le dijo riendo Neftalí. El rió también. Ya eran amigos. Toda la vida lo serían, Gilberto Concha Riffo y Neftalí Reyes Basoalto, Juvencio Valle y Pablo Neruda” (Varas, 1999: 75). La amistad de ambos duró toda la vida. Ambos compartían no sólo la vocación poética sino también el amor al bosque, a la lluvia y el Sur. En Canto General, Neruda dedica a su amigo el poema “Juvencio Valle”. “Juvencio y María [Gálvez, esposa de Juvencio] pasaban con Pablo cada cumpleaños, participaban en sus fiestas de disfraces, en sus bromas infantiles, en sus ocurrencias siempre renovadas. María evoca aquella maravillosa cualidad de Neruda de recibir siempre a sus amigos con tal entusiasmo, emoción y ansiosa expectativa que hacía sentirse a cada uno como motivo de felicidad para el poeta y derribaba todas las reservas que pudieran tener” (Varas, 1999: 95). El liceo estaba en el límite de la ciudad, a media cuadra de la línea férrea. “Frente a la casona, una avenida de encinas proporcionaba duras bellotas para las batallas infantiles” (Varas, 1999: 76). Neruda recuerda las guerras escolares en que las municiones eran las bellotas de la avenida. “Combatíamos, a veces, en el

remove it. He failed. Determined, he rubbed the paper, to no avail. “You were taken in, just like I was. It’s not a hair, is a line!”, Neftalí said, laughing. He laughed too. They were friends now. And they would be life-long friends, Gilberto Concha Riffo and Neftalí Reyes Basoalto, Juvencio Valle and Pablo Neruda” (Varas, 1999: 75). Their friendship lasted a lifetime. They shared not only the poetic vocation but also a love for the forest, the rain and the south. In Canto General, Neruda dedicated to his friend the poem “Juvencio Valle”. “Juvencio and María (María Galvez, Juvencio´s wife) spent every birthday with Pablo, they participated in his costume parties, in his childish pranks, they enjoyed his ever- fresh witticisms. María recalls a wonderful quality of Neruda’s: he always received his friends with such enthusiasm, such excitement, that he made everyone feel as if they were a source of happiness for the poet. He made them feel completely at home” (Varas, 1999: 95). The High School was located near the city limits, half a block away from the railway line. “In front of the school, a row of oak trees provided a generous supply of acorns for the schoolboy battles” (Varas, 1999: 76). Neruda remembers these school battles, in which the acorns were used as ammunition: “At times, we would stage battles in the large shed, using acorns as projectiles. Unless one has personally received a direct hit, it’s hard to believe how painful that can be. On our way to school, we would fill our pockets with ammunition. I wasn’t a good artillery man: I lacked strength and skill, and I usually took the worst part of the battle. As I looked at the wonderful,

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Neruda and the Temuco

High School

In his memoirs, Confieso que he vivido (“I confess that I have lived”, 1974) Neruda remembers Temuco High School as “a vast mansion with ramshackle classrooms and somber basements. From the upper reaches of the school, in the spring, one could see the delicious, meandering Cautín River, with its banks full of wild apple trees. We would run away from classes to get our feet wet in the cold water running over the white stones. But school was a land of immense possibilities for my six years of age (in 1910). All was steeped in of mystery. The Physics Laboratory, which I was not allowed to enter, full of amazing instruments, of retorts and cuvettes. The library, which was always closed - the sons of the early settlers did not take pleasure in wisdom. However, the site of greatest fascination was the basement. It was a place of enormous silence and darkness. Carrying candles, we played war. The winners tied the prisoners to the old columns. I can still smell the damp of that hiding place, the tomb-like smell which emanated from the basement of Temuco High School” (Neruda, 1974: 6).

Jose Miguel Varas, winner of the 2011 National Literature Prize, says that when he entered the Temuco High School, Neruda befriended another of the great Chilean poets: Juvencio Valle (Gilberto Concha Riffo, 1900 - 1999), with whom he shared a school bench. The first day of school Neruda “showed Juvencio a white sheet on which was drawn a thin line. Look, there’s a hair on this sheet. Gilberto blew. The hair did not move. He reached out and tried to

Neruda y

el Liceo de Temuco

En su libro de memorias Confieso

que he vivido (1974), Neruda

recuerda el Liceo de Temuco como “un vasto caserón con salas destartaladas y subterráneos sombríos. Desde la altura del liceo, en primavera, se divisaba el ondulante y delicioso río Cautín, con sus márgenes pobladas por manzanos silvestres. Nos escapábamos de las clases para meter los pies en el agua fría que corría sobre las piedras blancas. Pero el liceo era un terreno de inmensas perspectivas para mis seis años de edad (en 1910). Todo tenía posibilidad de misterio. El laboratorio de Física, al que no me dejaban entrar; lleno de instrumentos deslumbrantes, de retortas y cubetas. La biblioteca, eternamente cerrada. Los hijos de los pioneros no gustaban de la sabiduría. Sin embargo, el sitio de mayor fascinación era el subterráneo. Había allí un silencio y una oscuridad muy grandes. Alumbrándonos con velas jugábamos a la guerra. Los vencedores amarraban a los prisioneros a las viejas columnas. Todavía conservo en la memoria el olor a humedad, a sitio escondido, a tumba, que emanaba del subterráneo del liceo de Temuco” (Neruda, 1974: 6). José Miguel Varas, Premio Nacional

de Literatura 2011, cuenta que cuando Neruda entró al Liceo entabló amistad con otro de los grandes poetas chilenos, Juvencio Valle (Gilberto Concha Riffo, 1900 – 1999), con quien fue compañero

de asiento. El primer día de clases Neruda “le mostró [a Juvencio] una hoja blanca en la que había una delgada raya. –Mira, hay un pelito en esta hoja-. Gilberto lo sopló. El pelito no se movió. Estiró la mano y trató de sacarlo. No lo consiguió. Empecinado, restregó con fuerza el papel, sin resultado. –Te ensartaste igual que yo. ¡No es un pelo, es una raya! –le dijo riendo Neftalí. El rió también. Ya eran amigos. Toda la vida lo serían, Gilberto Concha Riffo y Neftalí Reyes Basoalto, Juvencio Valle y Pablo Neruda” (Varas, 1999: 75). La amistad de ambos duró toda la vida. Ambos compartían no sólo la vocación poética sino también el amor al bosque, a la lluvia y el Sur. En Canto General, Neruda dedica a su amigo el poema “Juvencio Valle”. “Juvencio y María [Gálvez, esposa de Juvencio] pasaban con Pablo cada cumpleaños, participaban en sus fiestas de disfraces, en sus bromas infantiles, en sus ocurrencias siempre renovadas. María evoca aquella maravillosa cualidad de Neruda de recibir siempre a sus amigos con tal entusiasmo, emoción y ansiosa expectativa que hacía sentirse a cada uno como motivo de felicidad para el poeta y derribaba todas las reservas que pudieran tener” (Varas, 1999: 95). El liceo estaba en el límite de la ciudad, a media cuadra de la línea férrea. “Frente a la casona, una avenida de encinas proporcionaba duras bellotas para las batallas infantiles” (Varas, 1999: 76). Neruda recuerda las guerras escolares en que las municiones eran las bellotas de la avenida. “Combatíamos, a veces, en el

remove it. He failed. Determined, he rubbed the paper, to no avail. “You were taken in, just like I was. It’s not a hair, is a line!”, Neftalí said, laughing. He laughed too. They were friends now. And they would be life-long friends, Gilberto Concha Riffo and Neftalí Reyes Basoalto, Juvencio Valle and Pablo Neruda” (Varas, 1999: 75). Their friendship lasted a lifetime. They shared not only the poetic vocation but also a love for the forest, the rain and the south. In Canto General, Neruda dedicated to his friend the poem “Juvencio Valle”. “Juvencio and María (María Galvez, Juvencio´s wife) spent every birthday with Pablo, they participated in his costume parties, in his childish pranks, they enjoyed his ever- fresh witticisms. María recalls a wonderful quality of Neruda’s: he always received his friends with such enthusiasm, such excitement, that he made everyone feel as if they were a source of happiness for the poet. He made them feel completely at home” (Varas, 1999: 95). The High School was located near the city limits, half a block away from the railway line. “In front of the school, a row of oak trees provided a generous supply of acorns for the schoolboy battles” (Varas, 1999: 76). Neruda remembers these school battles, in which the acorns were used as ammunition: “At times, we would stage battles in the large shed, using acorns as projectiles. Unless one has personally received a direct hit, it’s hard to believe how painful that can be. On our way to school, we would fill our pockets with ammunition. I wasn’t a good artillery man: I lacked strength and skill, and I usually took the worst part of the battle. As I looked at the wonderful,

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