está dentro» del cliente.
6. NEUTRALIDAD Y PODER, SUGERENCIAS, TAREAS Y PERSUASIONES
Generalmente, las personas se convencen mejor con las razo nes que han descubierto por sí mismas que con las que les han lle gado de las mentes ajenas.
PASCAL Tenemos la muy ingenua creencia de que si uno no escoge influir, si la palabra estrategia se le queda pegada en la garganta cuand o intenta emitirla, o si cree que los seres humano s son capa ces de no influirse entre sí (con intención o sin ella), tiene que reti rarse de la sociedad humana.
BROOKS Y HEATH (1989, pág. 320)
Lo típico es que los terapeutas breves hagan uso frecuente de la sugerencia directa y el encargo de tareas. Por lo tanto, tienen que con vertirse en expertos en el arte de la persuasión. Puede sostenerse que el arte de la terapia, sea cual fuere el enfoque que se utilice, tiene mucho en común con el arte de la persuasión. Para muchos, éste es un hecho desagradab le. Pero, no s guste o no, nuestra profesión tiene que ver pri¬ mordialmente con alentar a las personas, de modo directo o indirecto, a modificar sus actitudes o sus conductas.
INFLUENCIA Y PERICIA
Son muchos los que, en nuestro campo, creen que es posible no influir y limitarse a escuchar la historia de un cliente o una familia, alentar un discurso en el que el terapeuta no realice ningún intento de «dirigir, manejar o cambiar el diálogo familiar para llevarlo en una dirección particular...» (Markowitz, 1992, pág. 12, citando a Harlene Anderson). Pensamos que ésta es una ilusión peligrosa. Desde cierto
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punto de vista, es imposible no revelar opiniones e influir en la inte racción, así sea inconscientemente, a través de toda la gama de los cana les verbales y no verbales que llevan y traen la información. Por ejem plo, sea cual fuere nuestro modelo terapéutico, respondemos a un cier to enunciado y no a otro, formulamos una cierta pregunta y no otra, sacudimos la cabeza o decimos «hum» en respuesta a alguna de las cosas que se nos han dicho, y no a otras. En todos estos casos influi mos sobre el proceso y la dirección de la interacción. También es mucho lo que comunicamos a través de los niveles sutiles de la expresión facial, los movimientos oculares, la dilatación de las pupilas, las pautas res piratorias, la postura, etcétera, que no podemos controlar y de lo cual somos totalmente inconscientes. Nos preocupa que esos niveles suti les de influencia puedan ser sumamente insidiosos, en cuanto actúan al margen de la percatación de todos los interesados. Nosotros esta mos inequívocamente de acuerdo con todo lo que aumente el sentido de autonomía, de autodetenriinación, de la propia capacidad en el clien te. Pero no creemos que el hecho de que el terapeuta haga sugerencias o persuada al cliente para que intente algo distinto represente una mani pulación o la imposición y explotación de una malsana diferencia de poder.
Al parecer, actualmente existe también una preocupación en nues tro campo (a veces nos atreveríamos a considerarla un tanto mojiga ta) que tiende a negar por completo la validez del rol de «experto», o incluso de la habilidad en sí. Se suele invocar la afirmación tautológi ca de Maturana acerca de la imposibilidad de la interacción instructi va; «la conversación» ha sido elevada a un nivel sacramental, y se habla de ella en un susurro reverente. La asunción del rol de experto se con sidera epistemológicamente errónea (sea lo que fuere lo que esto sig nifica), o bien presuntuosa, elitista, alentadora de la dependencia, un aferramiento al poder profesional, controladora del «poder del cono cimiento», etcétera, etcétera. Si bien estamos seguros de que esto podría ser así en los casos de algunos terapeutas, diríamos que el rol de «exper to» también puede asumirse de un modo tal que no quite poder (de hecho, dar poder no es posible; lo único que puede hacerse es evitar lo que quita poder).
No dejamos de advertir que la mayoría de quienes evitan la habi lidad y la técnica son terapeutas su mamente experimentados, con mu cha habilidad y una técnica muy asentada. Estamos de acuerdo con que se hagan a un lado la actitud de antagonismo, las técnicas encubierta-
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mente manipulativas y la idea de que la terapia es un proceso en el cual nosotros, con la suma del conocimiento, actuamos ben évolamente sobre quienes no lo tienen. Pero creemos que carece de sentido fingir una carencia de conocimientos o habilidades, negar que la experiencia y la sabiduría que llevamos a la terapia es el fruto del ejercicio prolonga do, y a veces penoso, de ese conocimiento y esas habilidades, y de la evolución de uno y otras. Ofrecer los frutos de muchos años de expe riencia de un modo sensible y respetuoso a un cliente o una familia perturbados no significa necesariamente quitarles poder o tratarlos como incompetentes (aunque sin duda ésta es una posibilidad).
Para dar un ejemplo, Brian a menudo les explica a los individuos, parejas o familias que, a lo largo de los últimos veinticinco años, él ha adquirido una habilidad considerable con los enfoques que, por lo común, no dan resultado en las relaciones, sobre todo cuando se han convertido en un rasgo de ellas. Por lo general, a continuación dice que, con respecto a lo que sí dé resultado, él es mucho men os capaz de hacer una declaración tan definitiva. Sin embargo, admite que a menudo tie ne ideas sobre lo que podría funcionar, muchas de ellas tomadas de clientes anteriores, y algunas propias; añade que le gustaría mucho compartirlas con ellos (Cade, 1992b).
LA NEUTRALIDAD
En los últimos años, la cuestión de la neutralidad ha recibido una aten ción considerable y ha originado algunas controversias. A nuestro juicio, la neutralidad del terapeuta es un requerimiento pragmático para ser tera péutico cuand o se trabaja en el punto de encuentro de las relaciones. La pérdida de neutralidad, por lo general, empuja al terapeuta a una posi ción estéril. La posición neutral asumida por razones terapéuticas no expresa necesariamente la opinión o la actitud personales del terapeuta con respecto a una persona, una conducta, un conjunto de valores, una disposición o un hecho. Desarrollamos el empleo de esta posición en vir tud del aprendizaje realizado en los casos en que no pudimos ser útiles por haber tomado partido, creyendo a veces que era import ante proteger a una de las partes, otras veces inconscientemente, en ocasiones con el autoengaño de que intentábamos una provocación terapéutica para «dese quilibrar» el sistema, y a veces por motivos personales nuestros.
Hay en nuestro campo quienes parecen equiparar la neutralidad en
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la terapia a la adopción de una postura de desapego, no comprometi da, no emocional. Hemos visto a algunos terapeutas que entrevistan familias empleando una expresividad emocional del estilo de Buster Keaton. Nos parece posible mantener la posición neutral respecto de las dos partes, adoptando enfoques intermedios en el continuo que va entre la postura remota, no comprometida, en un extremo y, en el otro extremo, una posición cálida, interesada, afirmativa, compro metida, incluso amistosa, con amb as partes. Lo importante es que, a lo largo del tiempo, ninguna de ellas sea tratada de un modo distinto y que, implícita o explícitamente, se consti tuya una alianza de una con tra la otra. La neutralidad terapéutica puede significar no tomar par tido por ninguno de los lados, o tom ar partido por los dos.
La neutralidad con respecto al resultado es tambi én, a nuestro jui cio, una posición pragmática que resulta importante asumir en algu nas situaciones, y no necesariamente una expresión de la falta de inte rés del terapeuta en la resolución de los problemas, o de su insensibi lidad a cuestiones sociopolíticas globales. Cuando un terapeuta se iden tifica con demasiada claridad con los argumentos en favor de un cam bio, sea que comuni que su posición explícita o implícitamente, a menu do puede convertirse, por así decirlo, en el principal «comprador» del modo en que debería ser una familia o un miembro de ella. En ese caso, es como si el terapeuta hubiera colonizado esos argumentos, dejando para el miembro o los miembros de la familia sólo los argumentos con trarios, junto con el efecto que producen esos contraargumentos. Las ventajas y desventajas de la idea que tiene el terapeuta acerca de cómo deben ser las cosas carecen de importancia si la persecución de esos fines, por positiva que sea la motivación, les quita poder a las perso nas, aumenta su «resistencia» o las atrinchera aún más en sus actitu des. Al considerar la terapia de familias en las que hubo abuso, Kearney, Byrne y McCarthy se han referi do al «pot encial colonizador» de las redes profesionales que trata n a las familias perturba das o perturba doras de las comunidades pobres y marginalizadas. Estos autores seña lan que «tales familias están singularmente expuestas a cruzadas rei teradas de inversión y retirada, bajo las banderas caritativas del con trol y el tratamiento (...) los colonizados, sostenidos por las sanciones de los colonizadores, mantienen su asociación ambivalente en oscila ciones entre la rebelión y la obediencia» (Kearney y otros, 1989, pág. 17). En el examen de las técnicas paradójicas, volveremos a conside rar este proceso de colonización.
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En el examen de estas cuestiones preferimos utilizar el marco del «visitante», el «quejicoso» y el «comprador» , al que nos he mos referi- do en un capítulo anterior, en lugar de la noción más genérica de «neu- tralidad». En nuestra opinión, teniendo presente la cuestión de «quién es realmente el comprador de qué», por lo general evitamos las alian zas estériles, no nos mostramos demasiado entusiastas o dogmáticos acerca de cómo deberían ser los otros y, lo que quizá es más serio, nos salvamos de nuestros móviles personales. Cuando las per sonas est án claramente motivadas para cambiar ciertos aspectos de su vida, lo que nos produce mayor alegría es actuar como cheerleaders que animan a sus los equipos deportivos (aunque por lo general no nos prestamos a ponernos faldas cortas y agitar pompones).
En la práctica privada, muy pocas veces debemos asumir una pos tura de control social directo. Pero tenemos claro que, en tal caso, no actuaría mos como terapeutas con respecto a la persona o personas de las que se tr atara (au nque la acción en sí podría ser terapéutica, e inclu so vital a corto plazo, por ejemplo para un niño o una muj er en ri esgo, o para alguien que sintiera el impulso de no mezclar las cosas). Cua ndo se adopta una posición de control social, está claro que el comprador de algo que se desea que suceda es el terapeuta o alguna parte o poder que el terapeuta representa. Según nuestra experiencia, lo que cambia no son las personas sino el modo en que éstas quieren comprar. Cuando nos vemos obligados a asumir el rol de compradores, en particular si podemos imponer sanciones, lo esencial es que estamos buscando obe diencia (en ciertas circunstancias, ésta podría ser la opción única y correcta, pero no debemos confundirla con una determinada terapia). Sin embargo, esto no significa que no se pueda tratar de cumplir con la función de control social del modo más «terapéutico» posible (Weakland y Jordan, 1990).
SUGERENCIAS, TAREAS Y PERSUASIONES
En la terapia breve, a menudo pedimos que los clientes experimenten con nuevas conductas o cultiven nuevos modos de cuestionar sus situa ciones, lo cual a veces represent a una desviación radical respecto de su conducta acostumbrada, o de lo que durante mucho tiempo han con siderado «sentido común» o verdades evidentes de por sí. La fuerza de las acti tudes, creencia s y valores de una persona es una variable impor -
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tante, en cu anto la prepar an para intent ar algo nuevo. Rokeach ha ela borado una jerarquía de creencias de tres niveles: el más primitivo, pro fundo y básico (nivel 1), el de las creencias vinculadas con las diversas autoridades que rigen a quienes escuchamos y respetamos (nivel 2), y el de las creencias relativamente periféricas (nivel 3). Cuanto más esté anclada una conducta en creencias del nivel 1, cuanto mayor sea la fuerza e intensidad con que se la sostiene, más difícil será, probable mente, influir sobre ellas (Rokeach, 1968). En el resto de este capítu lo vamos a presentar algunas ideas, tomadas de la investigación sobre el arte de la persuasión, que consideramos pertinentes para nuestro trabajo como terapeutas.
Sin duda alguna, es más probable que las personas cooperen e inten ten algo nuevo cuando son validadas y sienten que sus creencias y sen timientos son comprendidos y respetados. En cambio, quienes se sien ten incomprendidos, particularmente si experimentan niveles altos de aflicción y angustia, tienden a ser mucho menos capaces de concen trarse en los mensajes persuasivos, por pertinente s que le parezcan al emisor, y con independencia del modo de transmisión (Nunnally y Bobren, 1959).
Un grupo de asistentes le aconsejó a una mujer muy acongojada, a la que su esposo acababa de abandonar, que se pusiera en contacto con su aboga do y también con el depar tamen to de Seguridad Social. Ella se sentó sollozando en la sala de recepción del organismo, aparente mente incapaz de actuar. Sólo atinó a pedir, casi de inmediato, el núme ro telefónico del departamento de Seguridad Social, y una guía para buscar el teléfono de su abogado, después de que uno de los asistentes reconociera y validara los sentimientos de temor, cólera y desespera ción que ella experimentaba, invitándola, a pesar de todo, a hacer lo necesario. De modo que, aun a riesgo de repetirnos, subrayamos que es importante, no sólo escuchar lo que nos dice el cliente, sino tam bién, explícita e implícitamente, indicar que hemos escucha do, y demos trar nuestra comprensión del relato y el reconocimiento de los senti mientos concomitantes.
Es más prob able que una persona obedez ca a los requerimientos o sugerencias más congruentes con sus propios deseos, experiencias y actitudes. «En la persuasión, cuanto mayor sea la congruencia entre la creencia o la acción propugnada y la necesidad sentida del persuadi do, más alta es la probabilidad de que la persuasión se produzca» (Brooks y Heath, 1989, pág. 333). Una joven inició la terapia por pro-
NEUTRALIDAD Y PODER
pia voluntad porque estaba enfermando a causa de su excesiva inquie tud y las much as horas de estudio par a sus exámenes finales. Poco tiem po antes había tenido que abandonar un examen, al sufrir un ataque violento de angustia y agotamiento. Ella sabía que tenía una prepar a ción más que suficiente para aprobar con honores, pero no podía rela jar se. Se le su gi ri ó qu e ca da dí a ti ra ra una mo ne da . Si ca ía ca ra , ese día no podría trabajar en absoluto. Por difícil que le resultara, tenía que irse a la playa o a algún lugar análogo, sin llevar consigo ningún libro. Si caía cruz, podía estudiar con todo el empeño que ella consi derara apropiado.
De este modo pudo frenar su ritmo de trabajo. Sobrevivió a los exá menes y obtuvo las notas más altas de su curso. Nos parece que esta sugerencia dio resultado porque era totalmente congruente con el pro pio deseo de la joven de aflojar el paso. Si ella hubiera querido abor dar su pánico de un modo tal que le permitiera trabajar aún con más empeño, la sugerencia no habría dado resultado, por más que nosotros creyéramos que era lo mejor para ella.
Un individuo con ideas rígidas, dogmáticas, tiende a rechazar las que no concuerdan con las fuentes de autoridad de sus propias creen cias y actitudes.
Si hay que convencer a una persona muy dogmática... hay que tener presente que el receptor no necesariamente será persuadido por la lógi ca o las pruebas, ni por ideas nuevas. Más bien, sobre este tipo de per sonas se puede influir apelando a sus figuras de autoridad y a los valo res tradicionales, y teniendo presente que ella o él tiene un sistema de creencias rígido que no tolera mucha incongruencia (Bettinghaus y Cody, 1987, pág. 48).
Un ex soldado manifestó que era una persona extremadamente tra dicional, que ni siquiera creía que las mujeres se hubieran ganado el derecho al voto. A su juicio, la familia debía ser gobernada con disci plina, y las actitudes de su mujer estaban socavando su autoridad, por lo cual los hijos se portaban com o salvajes. Era evidente que habí a acep tado asistir al consultorio para demostrarle a la mujer que los tera peutas son inútiles. Se le preguntó al hombre si él se consideraba un general de la prime ra guerra mundial o un general de la segunda gue rra mundial. Pidió que se le especificara la pregunta. Entonces se le explicó que los primeros habían apre ndido muy poco en los primero s cuatro años de lucha, y parecían tener poco interés en la moral de subido por chofisnay para scribd
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sus tropas o en salvar vidas. Al final de la guerra seguían haciendo las mismas cosas que desde el principio habían demostrado ser totalmente ineficaces. Pero los últimos aprendían de sus experiencias, prestaban una considerable atención a la moral y a la limitación de las vícti mas, y sabían adaptarse a las circunstancias cambiantes. Después de considerar la cuestión por unos momentos, el hombre admitió pen sativamente: «Supongo que me he vuelto un poco como un general de la primera guerra mundial».
Enfrentar a este hombre con el error de su pensamiento difícilmente habría sido útil. Pero una vez trazada la distinción entre los diferentes estilos de generalato, pudieron alentarle a explorar, desde el interior de sus propios constructos, las consecuencias de volverse más pareci do a un general de la segunda guerra mundial. Como señala Miller, «desde un punto de vista pragmático, los mensajes que procuran dar forma y condicionar las respuestas tienen una mayor probabilidad de éxito que las comunicaciones que apuntan a convertir las pautas esta blecidas de conducta» (1980, pág. 19).
Una pareja recurrió al terapeuta para que les ayudara a impedir que su hijo de 26 años se relacionara con una mujer divorciada. El marido tenía fuertes creencias cristianas, y se sentía moralmente ultrajado por la conduc ta del joven. El terap euta se manifestó de acuerdo en que Dios les había p edido que llevaran una carga pesada , y discutió con ellos la pará bola del hijo pródigo. Señaló cuánta fe había necesitado el padre de la parábo la para permitir que el hijo dilapidara su herencia y aprendiera de sus errores, a pesar de lo cual le perdonó y acogió con calidez en su retor no. No se realizó ningún inten to de vincular el significado de la parábo la con cualquier sugerencia de que el hombre cambiara de actitud. En la sesión siguiente, el padre demostró que se había sentido profundamente conmovido por el encuentro anterior; había vuelto a leer la parábola, y llevado a la esposa a conocer a la pareja del hijo; los dos encontraron que, básicamente, ella era «una buena mujer» (Cade, 1980b, pág. 97). En este ejemplo, mediante el empleo de una parábola de la Biblia, ayud aron al hombr e a «descubrir» es pontán eamente actitudes nuevas