en su cerebro. Para comprobarlo, Angela Friederici, del Instituto Max Planck de Neurociencias y Ciencias del Conoci- miento de Leipzig, ha sometido a huma- nos a tomografías de resonancia magnéti- ca nuclear mientras les representaba “las gramáticas” de Hauser y Fitch. ¿Con qué resultados? Los sujetos del experimento procesan las secuencias distintas en áreas cerebrales diferentes. Estructuras senci- llas, como MWMW, las procesan en el opérculo frontal, en la porción triangu- lar de la circunvolución frontal inferior. Desde un punto de vista evolutivo, esta zona es antigua: la tienen también los monos. Su función, ante tareas percibi- das, consiste en hacer pronósticos útiles, verbigracia, cuál será el siguiente ele- mento. En opinión de Friederici, eso po- dría ser tan importante para comprender los ritmos musicales como para acciones complejas.
No se ha abordado todavía la forma de operar del opérculo. Sin embargo, no parece que se ocupe de las estructuras lingüísticas. Cuando los probandos en el tomógrafo de resonancia magnética nuclear oyen las series MMMWWW, no reacciona el opérculo, sino el área de Bro- ca, zona exclusiva de los humanos y res- ponsable de la comprensión lingüística. Parece que es también el lugar donde se analizan los encadenamientos y las frases subordinadas.
Si Friederici, Hauser y Fitch tienen razón, existe entonces un salto cualita- tivo entre la comunicación humana y la animal. Al fi n y al cabo, todos los hu- manos utilizan estructuras recursivas; la única excepción por ahora parece ser un diminuto pueblo del Amazonas. Las competencias de los animales en asun- tos de lengua (como aprender palabras y minifrases) serían, según el lingüista James R. Hurford, de la Universidad de Edimburgo, preadopciones de la capa- cidad lingüística: dotaciones necesarias para aprender la lengua. Pero sólo los humanos han aprovechado plenamente ese potencial.
ANNETTE LESSMÖLLMANN es doctora en lingüística.
sistema de reglas abstractas que, según Chomsky, es innato. ¿Cómo se explica que, al adquirir el lenguaje, los niños empiezan por dar este rodeo no-gramatical? No partiendo de reglas innatas —dice Tomasello— sino considerando directamente el sentido cultural del lenguaje, es decir, la comunicación.
¿Quién tiene razón? Nadie discute hoy, resuelve Daniel Büring, de la Universidad de California en Los Angeles, que, en el lenguaje, nos las habemos con capacidades innatas. Pero sigue siendo objeto de enconado debate qué pasa, además, en la adquisición del lenguaje, y si fue un gen o el entorno el que condujo a nuestra especie a hablar.
NOAM CHOMSKY APUESTA por la capacidad innata del lenguaje. A sus críticos no les satisface.
REFLEXIONENÜBERDIE SPRACHE. N. Chomsky. Suhrkamp. Frankfurt del Main, 1998. CONSTRUCTING A LANGUAGE: A USAGE-BASED THEORY OF LANGUAGE ACQUISITION. M. Tomasello. Harvard University Press. Harvard, 2003.
Bibliografía complementaria
COMPUTATIONAL CONSTRAINTS ON SYN- TACTIC PROCESSING INA NONHUMAN PRI- MATE. W. T. Fitch, M. D. Hauser en Science, vol. 303, págs. 377-380; 2004.
WORD LEARNING IN A DOMESTIC DOG: EVIDENCEFOR FAST MAPPING. J. Kaminski, J. Call, J. Fischer en Science, vol. 304, págs. 1682-1683; 2004.
Bibliografía complementaria
Patrick Verstichel
a chapata en el fi sú, los... los musletes que sadoman... ¡Ay! ¡Qué daño! ¡Como... eeh... el taburico del emo- for... yo medé... yo me da... yo lo intomé en la pielusa... ¿no? ¿cómo, ya?”
Minerva se halla desconcertada. ¿Está su marido, Ricardo, recitando un texto aleatorio? ¿Habrá perdido la razón? Desde buena mañana, este profesor ju- bilado de lengua no para de emitir un discurso tan extraño cuan incompren- sible. No responde a las preguntas de su mujer y da la impresión de que no comprende nada de lo que se le dice. No parece que se trate de una broma: el pro- pio sujeto se muestra bastante perplejo. El día anterior no ocurrió nada anormal,
y aunque nuestro hombre, al levantarse, parecía malhumorado y en el desayuno refunfuñó que sólo quería una tostada, nada hacía presagiar el trastorno poste- rior de sus facultades mentales. Minerva llama a una ambulancia para trasladar a su marido al hospital.
“Se trata, sin duda, de una afasia de Wernicke”, dictamina el neurólogo de guardia tras haber practicado varios exá- menes neurológicos y haber interrogado a su paciente sin lograr entablar una con- versación coherente. Sospechando que encuentra difi cultades para comprender el lenguaje hablado, el médico le tiende una hoja en la que ha escrito: “Dígame nombres de animales”. “Muy bien”, in- terviene Ricardo, que ha comprendido la petición escrita. Vamos a ver... ani- males... Se lanza: “El león, el linde, la
sebre, el leyé, el rotelán, el panda, la pantear, la sandente, el ratón, el culal, el conemel, el confi gal”. El antiguo profe- sor parece bastante satisfecho: va a sacar buena nota.
Tras un detenido examen del cerebro mediante resonancia magnética, el neu- rólogo confi rma su diagnóstico. A conse- cuencia de un accidente vascular cerebral, el paciente sufre una lesión en el lóbulo temporal izquierdo, en una zona esencial para el habla.
¿Qué le ha ocurrido a Ricardo? Enuncia palabras desconocidas y sin signifi cado; mezcla sílabas reales con otras inventa- das. No parece darse cuenta de que su discurso es incoherente, pues se muestra incluso complacido con lo que dice.
Para comprender la causa de su tras- torno, remontémonos a la segunda mitad