• No se han encontrado resultados

Nieves del Kilimanjaro

In document 361. Delivering Happiness (página 85-88)

Llovía el día en el que Jenn y yo empezamos a caminar hasta el Kilimanjaro. Después de volar de aeropuerto a aeropuerto durante veinticuatro horas, finalmente llegamos a Tanzania. Con un día de descanso, nos llevaron al punto de partida con todo nuestro equipo de senderismo y nos presentaron a nuestro guía y al resto del equipo que nos conduciría por la montaña.

A pesar de que estaba al otro lado del mundo, no pude sacarme Zappos de la cabeza. Yo sabía que allí en casa la sensación era como si los buitres estuvieran dando vueltas alrededor de Zappos. Habíamos conseguido llegar tan lejos, y teníamos tantas oportunidades por delante... Sin embargo, el flujo efectivo de la empresa se sentía como una infección que eclipsaba todo lo demás que iba bien. Lo pudimos haber evitado si hubiésemos descubierto las cosas antes, o si no hubiera comprado el

apartamento de fiestas en primer lugar. Pero ahora, el destino de la empresa se basaba en la posibilidad de encontrar a tiempo un comprador para el apartamento.

Yo ya me había imaginado el escenario de lo que sucedería si no había comprador, si las cosas no funcionaban. Me dije a mí mismo que estaría en paz con ello porque había sido un reto, y me había divertido mucho, mientras duró. Ya estaba cansado mental y emocionalmente.

Pensé en todas las personas en los últimos años que habían sido parte de la aventura.

Nuestro primer día de ascenso a la montaña Kilimanjaro fue a través de la densa selva tropical. Aunque hacía calor al principio, la temperatura se había enfriado al final del día, y yo estaba temblando por estar empapado por la lluvia.

Estaba agotado físicamente, pero no podía dormir, así que empecé a imaginar las cosas en un estado de ensueño. Me sorprendí al escuchar mi teléfono móvil sonar en mitad de la noche. Pensaba que no habría cobertura a aquella altura de la montaña.

Era mi agente inmobiliario, que me llamaba con la buena noticia:

Había habido una oferta por el apartamento de fiestas por más de lo que se había pedido. Yo acepté de inmediato y luego colgué. Una sensación de alivio me invadió. Habíamos logrado superar el bache. Zappos se había salvado.

De repente, la caminata que tenía que hacer en los próximos cinco días ya no parecía ser gran cosa. En lugar de ir de excursión, me sentí como si me fuera a subir a un avión de rescate a la mañana siguiente, que volaría sobre la cima de la montaña coronada de nieve y me dejaría a salvo al otro lado.

Dormí tranquilamente durante unas horas.

Entonces, de repente, me sacudí al despertar. Pensé que había escuchado a un animal afuera hacer un ruido extraño, pero resultó ser solo un producto de mi imaginación.

Y luego una sensación depresiva se apoderó de mí cuando me di cuenta de la verdad. No hubo ninguna llamada telefónica. No hubo oferta.

Toda la conversación había sido un sueño.

Cima

Los siguientes cuatros días de excursión escalando el Kilimanjaro pusieron a prueba mi fuerza física, mental y emocional. Caminamos doce horas diarias, haciendo nuestro camino a través de cinco zonas climáticas: diferentes de bosque pluvial, alpina, sahariana, desértica, y de nieve.

Terminé con un resfriado, tos y mucosidad. La sequedad en las elevaciones más altas me causó una hemorragia nasal. La mitad del tiempo que caminé lo pasé con un pedazo de papel metido en mi nariz, lo que hacía que la respiración fuera más difícil. Y aunque había tomado un medicamento para la altitud, no me libró del dolor de cabeza, del vómito y de la diarrea. Solo llevaba una mochila, pero aun así los hombros y la espalda me comenzaron a molestar. Físicamente, era la cosa más dura que jamás había hecho. Mental y emocionalmente seguía pensando en Zappos. Me preguntaba si sería capaz de vender el apartamento de fiestas a tiempo y qué iba a hacer si eso no pasaba. No había baños ni donde ducharse. Me sentía muy sucio y hubo algunos momentos en que pensé en renunciar y

dar marcha atrás.

Por la noche, antes de la cumbre, montamos el campamento a las 5:00 p. m. y tratamos de dormirnos a las 8:00 p. m. porque teníamos que comenzar nuestro ascenso final a medianoche. Ni Jenn ni yo pudimos dormir porque estábamos a gran altura, así que terminamos dando vueltas y vueltas hasta las 11:30 p. m., cuando tuvimos que levantarnos de nuestras tiendas para vestirnos y prepararnos para la caminata.

Comenzamos la caminata a medianoche para que pudiéramos llegar a la cima a tiempo para contemplar el amanecer. Habíamos estado de excursión durante casi una semana, pero esta cumbre final era más difícil que las cumbres de día que habíamos hecho antes. Estaba muy oscuro y nuestras lámparas alumbraban lo suficiente para que pudiéramos ver cinco metros por delante de nosotros. No había manera de ver atrás y saber cuánto habíamos avanzado. No había sentido de progreso ya que que poníamos un pie enfrente del otro. Pensé que así debía de sentirse uno en un confinamiento solitario.

Estábamos envueltos en ocho capas de ropa por el frío, lo que hizo que nos detuviéramos a tomar un pequeño biodescanso en una embarazosa e incómoda prueba de diez minutos.

Debido a la gran altitud, la ascensión final a la cumbre fue mucho más difícil que cualquier otra cosa que hubiera hecho antes. Después de cada paso hacia delante, tenía que hacer una pausa para inhalar y exhalar tres veces para recobrar el aliento antes de que pudiera poner mi otro pie delante. Si hubiera habido luz, hubiera parecido un progreso muy lento. En la oscuridad, simplemente parecía que no avanzábamos. Todos caminábamos en silencio ya que hacía falta demasiado esfuerzo físico para hablar.

Intenté ocupar mi mente con juegos mentales. Yo sabía que toda la escalada nos llevaría alrededor de seis horas, pero no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado. Me imaginaba que iba conduciendo desde mi casa en San Francisco hacia la casa de mi amigo, en Palo Alto, que estaba a cuarenta y cinco minutos, lo cual había hecho muchas veces. Me imaginaba los lugares turísticos y salidas de las autopistas a lo largo del camino, y empecé a contar mis pasos. Me imaginaba que cada cien pasos sería el equivalente a conducir cinco minutos más, y visualizaba en mi cabeza el progreso que estaba haciendo hacia Palo Alto. Una vez que finalmente llegara a Palo Alto daría la vuelta y retrocedería hasta San Francisco, todo ello en mi cabeza.

Después de dos viajes de ida y vuelta necesitaba algo más para mantenerme mentalmente ocupado. A pesar de que había llegado muy lejos y sabía que estaba cerca de la cumbre, todavía me planteaba dar marcha atrás. Si hubiera estado solo, estoy seguro de que no lo hubiera logrado.

No me había dado una ducha o había tenido una comida decente o una buena noche de sueño en cinco días. Empecé a pensar en todas las cosas que daba por seguras en mi vida, y cuánto más debería apreciar las cosas que tenía. Me imaginaba una buena ducha caliente y cómo me sentaría. Pensé en lo que me comería en Mel’s Diner. Me imaginaba un delicioso turkey melt, bañado en sopa de pollo con fideos. Hice una nota mental y me prometí a mí mismo que esa iba a ser mi primera comida cuando llegara a casa.

Recuerdo haber pensado que aquella experiencia había sido lo más difícil que había hecho en toda mi vida. Fue poner a prueba hasta la última gota de fuerza de voluntad que tenía.

Tras lo que pareció una eternidad, por fin llegamos a la cumbre cuando el sol estaba saliendo. No podía creer que realmente lo habíamos logrado.

el Sol directamente enfrente de nosotros, sus rayos dándonos la bienvenida en el comienzo de un nuevo día. No parecía que esto fuera algo que los humanos estaban destinados a experimentar, sin embargo, allí estábamos.

En ese momento, me dije a mí mismo que todo es posible. Las lágrimas brotaron de mis ojos.

Me quedé sin habla. Jenn me dio un abrazo.

Nos hicimos una foto y taché de mi lista de cosas por hacer, el escalar el Kilimanjaro.

In document 361. Delivering Happiness (página 85-88)