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2. LA PERSONA COMO ÁMBITO ANTROPOLOGICO DE LA CALIDAD

2.1 LA NOCIÓN DE PERSONA A TRAVÉS DE LA HISTORIA

2.1.1 Los orígenes: Grecia y Roma.

La palabra persona, desde un punto de vista etimológico, procede directamente del latín personare y, en un segundo término, del griego prósopon. Está influida por dos tradiciones culturales.

53 SARMIENTO M., Pedro José. El Personalismo y la Bioética Personalista. Revista Persona y

Bioética. Vol. III, No. 7. Universidad de la Sabana, Bogotá, Colombia. 1999. Agosto 28-2008, disponible en:

http://biblioteca.unisabana.edu.co/revistas/index.php/personaybioetica/article/view/1010/1929

La primera se remonta al teatro griego y romano. Prósopon, en griego, significa literalmente “lo que se pone delante de los ojos”54 y hacía referencia a la máscara que usaban los actores en el teatro antiguo. La palabra latina, personare, significa algo distinto: “sonara a través de, resonar”55 pero empezó a aplicarse también a las máscaras de los actores porque su voz resonaba a través de ella. Poco a poco, este último sentido se hizo común y se generalizó. Persona, por tanto, significó inicialmente la máscara con la que el actor se presentaba ante el público. Con el paso del tiempo, este sentido se hizo extensivo al papel que el actor representaba (rey, soldado, esclavo) y, por último, acabó por denominar al actor en cuanto tal, al hombre.

La segunda tradición se encuadra en el derecho romano y procede de otra posible acepción de la palabra “persona” entendida en este caso como per se sonans, es decir, como quien habla por sí mismo y tiene voz propia. Este significado inicial se amplió al de quien tiene derechos, estatus y reconocimiento social y esta es la noción que recogió el Derecho Romano. En Roma eran personas los detentores de derechos, los hombres libres y con voto porque procedían de familias nobles. Ser persona, por tanto, implicaba poseer derechos y dignidad social. Pero, como es conocido, en Roma no todos eran considerados personas. Los esclavos eran considerados como animales o cosas y ni los bárbaros (extranjeros), ni los hombres no nobles ni, por supuesto, las mujeres tenían derechos similares, sino limitados al igual que su reconocimiento social. En definitiva, la tradición griega y romana nos presenta a la persona como un entramado de hombre y dignidad.

54 BURGOS, Juan Manuel. ANTROPOLOGÍA: una guía para la existencia. Colección Albatros. Ed.

Palabra. 2005. P, 27.

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Ibíd.

Posteriormente, el cristianismo utilizó esta base para desarrollar su propio concepto de persona, que es el que finalmente fue asumido y hecho propio en Occidente. La influencia cristiana se ejercitó fundamentalmente en dos frentes: el principal fue de orden social y humano que consistió en el rechazo sistemático de cualquier posible discriminación, lo que suponía una revolución en el mundo antiguo cuyas consecuencias fueron incalculables e irían fructificando a lo largo de los siglos. La doctrina cristiana sobre este punto es clara y nítida y con esa fuerza se presentó en el mundo romano. “Ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús” (Gal. 13, 27-28; Col 3, 11)56. Esta idea fundamental, de origen religioso pero de indudable trascendencia social y antropológica, fue transformando con el tiempo de modo radical la sociedad antigua: eliminación de la esclavitud, igualdad entre el hombre y la mujer, etc.57.

La reflexión del cristianismo nos dejó tres nociones fundamentales: la noción de persona, muy original y dos tomadas de los griegos: sustancia y naturaleza. La persona es lo singular, propio y subsistente por sí mismo (la persona como sustancia) y la naturaleza es lo común.

Boecio (480-525) aplicó estas nociones al hombre y aplicó su famosísima definición de persona: “la persona es la sustancia individual de naturaleza racional”58. Esta definición, por su precisión y su valor, tendría una gran influencia a lo largo de la historia pero también puede ser valorada como la mayoría de edad para la noción de persona en el campo de la antropología. El hombre era persona y ser persona significaba poseer una naturaleza racional subsistente individualmente.

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La originalidad de esta postura se puede confirmar comparándola, por ejemplo, con las afirmaciones de Aristóteles-un filósofo muy humano en muchos aspectos- sobre la similitud de los esclavos con las bestias y la naturaleza inferior de las mujeres (Aristóteles, Política, I, 5 y 13).

57 Ibíd. P, 28. 58

Ibíd. P 30.

2.1.2 Los nombres de la modernidad: conciencia, sujeto, yo.

A partir de esta época, la filosofía moderna tomó el mundo de la evolución filosófica y el hombre comenzó a ser identificado con elementos que esa filosofía fue descubriendo. Con Descartes el hombre será conciencia, ser interior, consciente de sí mismo. Más adelante será también sujeto: ser que se pone ante el mundo externo con una interioridad, riqueza y capacidad de acción específica; después, yo entendido como autoconciencia de sí; sí mismo, etc.

Estos conceptos constituyen aportaciones inestimables a la filosofía del hombre pero tendrán un importante defecto desde su origen: la filosofía moderna los desarrolla desde una perspectiva fundamentalmente idealista. El sujeto, por ejemplo, aunque inicialmente procede de la noción realista subjectum, lo que yace bajo los accidentes y las determinaciones genéricas, se transformará en poco tiempo en el sujeto trascendental kantiano que se alejará cada vez más del hombre concreto para trasformarse en una entidad abstracta supraindividual.

En definitiva, el itinerario filosófico de la modernidad descubrió claves antropológicas esenciales pero al precio de la desaparición de la persona concreta, del hombre y mujer que viven su vida de manera autónoma y limitada pero real59. De este modo se separó cada vez más de la filosofía de tradición realista y planteó al inicio del siglo XX graves problemas tanto filosóficos como sociales.

59 Con la Ilustración, surge la arrogante exaltación de la autonomía de la razón que hace carrera en el

desarrollo de las ciencias duras por su capacidad de arrojar resultados cuantificables y determinables, susceptibles de regulación y de comunicación pragmática en acciones tecnológicas. Se les llamó “duras” por contraste con las “blandas” o del espíritu. En la Edad Moderna tuvo lugar la inconsistente eclosión de ciencias y de profesiones que radicalizaron el concepto de “artes serviles” y de “artes liberales” de los griegos, con la consecuente esquizofrenia antropológica. (CELY GALINDO, 1995. P, 24).