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2. LA PERSONA COMO ÁMBITO ANTROPOLOGICO DE LA CALIDAD

2.7 PERSONA Y SOLIDARIDAD

El ser humano no es un ser aislado, vive en relación con otros. Y esta dimensión relacional no es algo accidental o yuxtapuesto. Ferdinand Ebner (1882-1931), que pasa por ser el primer filósofo del diálogo, llegó a afirmar: “La vida del hombre está conformada en su último fundamento de tal modo que sólo tiene sentido el estar en relación con los hombres, con lo espiritual de los hombres (…). ¿No es la carencia-de-tú en el yo del hombre la enfermedad espiritual por antonomasia que subyace en todas las formas de enfermedades del espíritu?”74.

73 Ibíd. P, 25-29. 74

Ibíd.. p, 87.

Esa apertura al otro se traduce necesariamente en un sentido de solidaridad, que se ha de desarrollar, no sólo en el plano de los sentimientos, sino también el ontológico. Quizá en este momento haya que advertir que la pérdida, más o menos generalizada, del interés por la filosofía más concretamente, por la Metafísica, ha hecho que los conceptos abstractos se arrinconen como si tratara de algo irreal. Por eso es necesario advertir que al decir aquí que la solidaridad radica en un plano ontológico no se quiere indicar que la solidaridad sea sólo un mero concepto, con poca o ninguna consecuencia práctica. Por el contrario, decir que la solidaridad radica en el plano ontológico significa que debe basarse en consideraciones sobre lo que el destinatario de la solidaridad es.

En consecuencia, la Bioética personalista debe incluir entre sus principios el de solidaridad. Por una parte, la solidaridad debe informar la conducta de las personas y, por otra, son personas a quienes se dirige la solidaridad. En este sentido, diversos autores han reflexionado sobre los términos en que la solidaridad debe influir en varias de las cuestiones relacionadas con la Bioética, como la actuación de los profesionales de la sanidad, la donación de órganos, etc.

Podemos partir de la definición de solidaridad como adhesión a la causa o a la empresa del otro. Y si, como se ha adelantado, la solidaridad radica en el plano ontológico, el objeto de esta definición, el otro, debe abarcar a todo el género humano. Una fundamentación basada en los sentimientos puede conducir a otros de primera categoría y otros de segunda, con consecuencias nefastas. Por el contrario, si nuestra relación con los demás se fundan en criterios ontológicos, hay que concluir que todas las personas son, igualmente merecedoras de nuestro sentimiento solidario. Es cierto que, en la práctica, sólo se puede ejercer la solidaridad con una fracción mínima de los otros, pero no por ello debe excluirse a nadie de una disposición solidaria.

Es imposible que una sola persona, o incluso una sola organización, sea capaz de llevar atención médica a colectivos necesitados de ella, de atender a la reinserción de marginados, de proporcionar cariño a niños abandonados, de paliar la soledad de los ancianos abandonados, de facilitar la acogida de los inmigrantes, etc. Ahora bien, admitiendo esta imposibilidad, es evidente que ninguno de esos grupos sociales, que ninguna persona debe ser excluida a priori de un ánimo solidario. El hecho de que el hombre sea un ser limitado, que no puede abarcar todo, justifica que sea lícito decir “yo no llego a ayudar a esa persona”, pero no que diga: “no me importan los problemas de esa persona “ y, por decirlo así, la excluya del grupo de los otros, como si tuviera menos entidad que las personas incluidas en el círculo de su solidaridad.

En la práctica, las exclusiones se dan, y aunque parezca paradójico, se realizan tanto por razones de proximidad como de lejanía. En ambos casos, la razón de fondo está precisamente en fundamentar la solidaridad en criterios basados en lo sensible y no en lo racional. Ejemplo, en extremo se situaría la actitud de concentrar la conducta solidaria en lo que podrían llamarse, las causas lejanas. La persona que dedica parte de su tiempo libre a ayudar en una organización de solidaridad y, al mismo tiempo, desatiende más o menos a su familia o sus compañeros de trabajo. Hemos oído hablar del que es amable con los extraños y un déspota en su casa.

Las consecuencias de la reflexión anterior para la Bioética son evidentes. Todos los dilemas que se plantean en la práctica-atención a los pacientes, experimentación humana, trato con enfermos terminales, aborto provocado, reproducción asistida, etc.,-admiten un tratamiento de apertura al otro y una solución a la vista de su dignidad.

Los dilemas bioéticos más conflictivos, son los que hacen referencia al inicio y al fin de la vida humana. En cuanto al inicio de la vida, los principales

temas susceptibles de debate bioético son la licitud del aborto, las técnicas de reproducción asistida, manipulación y experimentación con embriones humanos. Por lo que respecta al otro extremo, a las etapas terminales de la vida, es claro que el debate sobre la licitud de la eutanasia constituye el tema álgido. Evidentemente, si se niega el estatuto ontológico al otro, en todos los casos desaparecen los conflictos éticos. Si el embrión o el feto no fueran personas, no serían dignos y, por tanto, su vida no tendría valor o, a lo sumo, tendría un valor meramente instrumental, en la medida en que pudiera servir para algún otro fin. Si la vida del anciano o del enfermo terminal no tuviera valor en sí, provocar su muerte no tendría más trascendencia ética que la de extirpar un órgano dañado o de suprimir la vida de un animal enfermo. No tendría sentido de hablar de solidaridad con el feto, y sólo cabría hablar de solidaridad con la madre. No tendría sentido hablar de solidaridad con el enfermo Terminal. Por eso, la negación del estatuto ontológico supone un paso trascendental que no puede darse a la ligera.

Hay que reconocer que muchas veces se obra con ligereza, utilizando argumentos apoyados en el sentimiento más que en la razón. Un ejemplo se puede encontrar en el siguiente texto:

Está claro que existe una continuidad entre el momento de la concepción y la vida adulta, por lo que -en abstracto- matar al óvulo fecundado equivale a matar al individuo 30 o 40 años más tarde. Pero también es importante la percepción que nosotros tenemos de la persona humana: un óvulo fecundado y el embrión en que se desarrolla, durante un cierto tiempo, no pueden ser reconocidos como personas desde ningún punto de vista. ¿A partir de qué momento podemos empezar a considerarlo humano?.Y, ¿en qué momento deja de ser un embrión para convertirse en un niño? Es una discusión que no tiene final. A falta de parámetros objetivos y de pruebas científicas irrefutables, la definición de estas frontera queda confiada a las creencias individuales, a las supersticiones, a la moral vigente en una determinada época histórica, los dogmas de la religión o, también, al arbitrio del legislador de cada país (Renato Dulbecco)75.

75 Investigador de origen italiano, obtuvo el Premio Nóbel de Medicina de en 1975 por sus

descubrimientos sobre la interacción entre virus tumorales y el material genético de las células.

Dulbecco no podía negar que en el momento de la fecundación comienza la vida de un individuo de la especie Homo Sapiens , distinto de sus padres: se trata de una realidad evidente dentro de su propio campo de investigación. Tampoco se puede negar que existe una continuidad genética desde el zigoto al adulto, pasando por el embrión, el feto, el niño, el adolescente… pero a la hora de decidir se ese otro individuo, distinto de la madre aunque depende de ella, es o no una persona, es decir, a la hora de analizar su estatuto ontológico, Dulbecco se inclina por una vía basada en el sentimiento76.

El que el embrión sea una persona o no lo sea no es cuestión de superstición, ni de apreciaciones más o menos sentimentales, ni siquiera de fe religiosa. El ser no depende de las percepciones de los demás, que, efectivamente, pueden variar en función del tiempo, del entorno cultural, de las conveniencias, etc. En un triángulo rectángulo, la suma de los cuadrados de los catetos es el cuadrado de la hipotenusa. Y lo era antes de Pitágoras, aunque los hombres no lo habían advertido. Y lo es ahora, con independencia de que este o aquel hombre lo sepa o sea capaz de demostrarlo.

Quienes pretenden separa los conceptos de “hombre” y “persona” no han considerado a fondo las consecuencias que derivan de ello. Según la concepción tradicional, bien fundada filosóficamente, es persona todo individuo de un especie cuyos miembros normales tiene la posibilidad de adquirir conciencia del propio yo y racionalidad (…). Reducir la persona a ciertos estados actuales-conciencia del yo y racionalidad-termina disolviéndola completamente: ya no existe la persona, sino sólo “estados personales de los organismos”. Quizá podrían resumirse brevemente todos esos argumentos en forma de la siguiente pregunta, ¿es posible que exista un ser humano que no sea persona?77.

76 Hay que advertir que en un momento el autor pasa, sin justificar, de hablar de persona a hablar de

ser humano. El concepto de persona es, evidentemente, un concepto metafísico y, como tal, no es susceptible de ser tratado con los métodos de las ciencias experimentales. Pero sí que existen pruebas científicas irrefutables y el autor menciona la más clara, la de la continuidad genética, de que el óvulo fecundado (zigoto) ya es un individuo de la especie Homo sapiens.

77

Ibíd. P, 92

Con todo, es evidente que reconocer que todo ser humano es persona es comprometido y eso puede explicar que algunos autores hayan optado por ignorar el problema o, eludirlo con planteamientos sentimentales. Admitir el teorema de Pitágoras no compromete existencialmente; admitir que el otro es un ser personal, sí. Desde el momento en que uno reconoce que el embrión o el feto son seres humanos, queda obligado en lo más íntimo de su conciencia, respetar su dignidad.

Evidentemente, se trata de una cuestión delicada, pero se precisa la máxima honradez para descubrir con sinceridad en la propia conducta si de alguna manera hacemos del otro un fin para mí. Un ejemplo nos ayuda a entender esto. En 1984 se realizó en Estados Unidos el primer trasplante de corazón de un mono a un niño lactante. Aunque la intervención finalmente no tuvo el éxito esperado, la opinión pública la aprobó incondicionalmente, puesto que parecía se la única posibilidad de supervivencia del niño enfermo. Pero más tarde se supo que el cirujano había optado por esa operación aun contando con la posibilidad de haber utilizado un corazón humano. Por otro lado, los padres vendieron los derechos de la información a una revista ilustrada por una suma millonaria e hicieron al médico partícipe de ella. Es evidente que unos y otros habían considerado al niño enfermo como un fin para ellos. De una forma no tan llamativa, pueden darse motivaciones de este tipo como trasfondo de muchas conductas.

Ejercitarse en vivir de modo solidario siempre es posible. Nadie esta tan aislado que no tenga otro que pueda ser destinatario de su solidaridad. Descubrir al otro en el compañero, en la persona que nos presta un servicio con su trabajo, en el que sabemos pasa por una situación difícil, etc, sirve de adecuado entrenamiento para cuando se haga preciso conjugar ese binomio solidaridad-bioética.

Jan Vanier, Oficial de la Marina de Guerra y luego profesor de filosofía en la Universidad de Toronto, decidió en 1955 dejar todas sus actividades para

fundar “El Arca” que era un hogar para disminuidos psíquicos. Y como resultado de su experiencia, escribía en 1990: “Viviendo con estos hombres y mujeres más o menos desfigurados, quería ofrecerles la posibilidad de tener una existencia humana. Poco a poco descubrí, sin embargo, que eran ellos los que me proporcionaban a mí un rostro humano. Ellos me hicieron descubrir mi condición de hombre”78. Nos se nos pide a todos dejar nuestras actividades ordinarias para dedicarnos a tiempo completo a una labor de solidaridad. Pero todos podemos descubrir que hay otros a nuestro alrededor, estar junto a ellos y aprender así a ser auténticamente humanos. Lo importante aquí, es saber en qué consiste lo específicamente humano, o lo que es lo mismo, qué es lo que hace que el hombre sea humano.

Martín Buber responde a este problema afirmando que cuando el hombre toca al hombre se hace verdaderamente humano. Es decir que no es posible encontrar la esencia humana del hombre en individuos aislados, pues la humanidad o ser del hombre consiste esencialmente en un ser en entidades humanas, en instituciones humanas, vinculado tanto genética como socialmente; por tanto tenemos que llegar a conocer la naturaleza de esta vinculación. Por esto el peor fracaso de la época moderna ha sido la soledad a la que se ha condenado al hombre.

¿Qué tipo de relación establece el hombre consigo mismo, con los demás y con el mundo? ¿Esta relación establecida es sólo desde una perspectiva mercantilista o utilitarista? Entonces, ¿no radicará aquí el problema de lo que el otro significa para mí?. Si es un paciente lo reduzco a número, si es un cliente lo reduzco al signo pesos. Buber parte de la relación sujeto-objeto; y afirma que cuando objetivamos al otro, entonces lo volvemos tema de reflexión. Lo que hay que cuestionar entonces, dice el autor, es ese punto de partida. Tratándose del hombre, del ser humano, el punto de partida ya no es sujeto-objeto sino, yo-tu. Es necesario, por tanto, que el ser humano

78

Ibid. P, 95.

germine con la auténtica dimensión del nosotros. Según este autor, el problema radica en que hemos atrofiado en el ser humano esa dimensión comunitaria. De acuerdo con todo esto, se podría decir, que la Bioética hoy tiene un reto y es la germinación del ser humano en una auténtica dimensión del nosotros.

Una cosa es conocer al hombre en su Biología y saber leer su mapa genético y otra muy distinta es experimentar y sentir al otro como otro. Como un tú con el cual me puedo relacionar en términos de respeto, de solidaridad y de responsabilidad.

Se podría afirmar con M. Buber que para salir de la crisis en la que nos encontramos se necesita recrear la esfera de la solidaridad; en esta esfera es verdadero lo que es nuestro y no es verdadero lo que es mío; que la esfera de la solidaridad se necesitan personas y no representantes que eximen de responsabilidad sus representados. Necesitamos representados que al menos en lo concerniente a su responsabilidad no se dejen representar por ningún otro. La respuesta a la crisis es radical: hemos olvidado vivir en comunidad79.

79

Op. Cit. GIL, M. p,13-15.