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NOMINACIÓN Y AFECTO

In document Laclau Ernesto - La Razon Populista (página 99-121)

Nos hemos referido al nombre como tornándose el fundamento de la cosa. ¿Qué significa exactamente esta afirmación? Vamos a explorar la cuestión desde dos ángulos sucesivos: el primero tiene que ver con las operaciones significantes que se requieren para que un nombre desempeñe tal rol; el segundo, con la fuerza que, por detrás de esas operaciones, las hace posibles. Este último problema podría ser reformulado en términos que ya nos son familiares: ¿qué significa la «investidura» cuando hablamos de «investidura radical»? Estas cuestiones van a ser enfocadas a partir de dos desarrollos contemporáneos en la teoría lacaniana: la obra de Slavoj Žižek y la de Joan Copjec.

El punto de partida de Žižek es la discusión, en la filosofía analítica contemporánea, en torno al modo como los nombres se relacionan con las cosas[29].

Aquí encontramos un enfoque clásico (descriptivista), representado originariamente por la obra de Bertrand Russell, pero que fue luego adoptado por la mayoría de los filósofos analíticos, según el cual todo nombre tiene un contenido dado por un conjunto de rasgos descriptivos. La palabra «espejo», por ejemplo, tiene un contenido intensional (la capacidad para reflejar imágenes, etcétera), y por lo tanto utilizo esa palabra siempre que hallo un objeto existente que exhiba tal contenido. John Stuart Mill había distinguido entre nombres comunes, que tienen un contenido definible, y nombres propios, que no lo poseen. Esta distinción fue cuestionada por Russell, quien sostuvo que los nombres propios «corrientes» — diferentes de los «lógicos» (las categorías deícticas)— son descripciones abreviadas. Por ejemplo, «George W. Bush» sería una descripción abreviada de «el presidente de los Estados Unidos que invadió Iraq». (Más tarde, los lógicos y filósofos descriptivistas comenzaron a preguntarse si un contenido descriptivo no podría atribuirse incluso a nombres propios lógicos). Dentro de este enfoque surgieron dificultades en relación con la pluralidad de descripciones que pueden atribuirse al mismo objeto. Por ejemplo, Bush podría describirse igualmente como «el hombre que se volvió abstemio después de haber sido un alcohólico». John Searle sostuvo que toda descripción es solo una dentro de una variedad de opciones alternativas, mientras que para Michael Dummett debería existir una descripción «fundamental» a la cual deberían subordinarse todas las otras. Sin embargo, esta discusión no constituye el foco de nuestro interés. Lo que es

importante para nuestro tema es diferenciar el enfoque descriptivista del antidescriptivista, cuyo principal exponente es Saul Kripke[30]. Según Kripke, las

palabras no se refieren a las cosas a través de compartir con ellas rasgos descriptivos, sino a través de un «bautismo original» que elimina completamente la descripción. En este sentido, los nombres serían designadores rígidos. Supongamos que Bush nunca hubiera tenido actividad política: el nombre «Bush» aún se le aplicaría incluso en la ausencia de todos los rasgos descriptivos que actualmente asociamos con él y, a la inversa, si surge un nuevo individuo que de hecho posee la totalidad de esos rasgos, afirmaríamos, no obstante, que no es Bush. Lo mismo se aplica a los nombres comunes: el oro —para usar uno de los ejemplos de Kripke— seguiría siendo oro aun si se probara que todas las propiedades que tradicionalmente se le atribuyen son una ilusión. En ese caso diríamos que el oro es diferente de lo que pensábamos que era, no que esa sustancia no es oro. Si traducimos estos argumentos a la terminología saussureana, lo que los descriptivistas están haciendo es establecer una correlación fija entre significante y significado, mientras que el enfoque antidescriptivista supone la emancipación del significante de cualquier dependencia del significado. A esta altura, es evidente que la oposición con la cual cerramos la última sección, aquella entre una «determinación conceptual» y el «nombrar», resurge aquí en términos de la oposición descriptivismo/antidescriptivismo. Y está igualmente claro que las premisas de nuestro argumento se ubican firmemente dentro del campo antidescriptivista.

Sin embargo, no sin un cambio crucial de terreno. Es aquí donde entra en escena Žižek. Aunque coincide totalmente con el enfoque antidescriptivista, plantea, siguiendo su postura lacaniana, un interrogante a Kripke y sus seguidores: suponiendo que el objeto permanece igual bajo todos sus cambios descriptivos, ¿qué es lo que permanece exactamente igual, cual es la X que recibe las sucesivas atribuciones descriptivas? La respuesta de Žižek, siguiendo a Lacan, es la siguiente: X constituye un efecto retroactivo del acto de nombrar. En sus palabras:

El problema básico del antidescriptivismo es determinar qué constituye la identidad del objeto designado bajo el conjunto siempre cambiante de rasgos descriptivos —qué es lo que hace al objeto idéntico a sí mismo, aun cuando todas sus propiedades hayan cambiado; en otras palabras, cómo concebir el correlato objetivo del «designador rígido» del nombre en tanto denota el mismo objeto en todos los mundos posibles, en todas las situaciones contrafactuales. Lo que se pasa por alto, al menos en la versión estándar del antidescriptivismo, es que el hecho de garantizar la identidad de un objeto en todas las situaciones contrafactuales —a

través de un cambio de todos sus rasgos descriptivos— es el efecto retroactivo del nombrar: es el nombre mismo, el significante, el que sostiene la identidad del objeto[31].

Ahora bien, debe reconocerse que, cualesquiera que sean los méritos de la solución de Žižek, no sería aceptada dentro de una perspectiva kripkeana, ya que supone la introducción de premisas ontológicas que son incompatibles con ella. Kripke no solo no aceptaría la solución de Žižek, sino que ni siquiera reconocería el problema como válido. La suya no es —como la de Lacan— una teoría de la productividad del nombrar, sino de una designación pura en la que el referente — la X de Žižek— es simplemente dado por sentado. Pero si la noción de nombrar como producción retroactiva del objeto no tiene ningún sentido para Kripke, tiene mucho sentido para nosotros, dado que nuestra aproximación a la cuestión de las identidades populares se fundamenta, precisamente, en la dimensión performativa del nombrar. Por lo tanto, abandonemos a Kripke y vayamos al argumento de Žižek.

Según Žižek, el punto nodal (point de capiton) cuyo nombre genera la unidad de una formación discursiva —el objeto a de Lacan— no tiene ninguna identidad positiva propia: «lo buscamos en vano en la realidad positiva porque no tiene ninguna consistencia positiva, porque es solo una objetivación de un vacío, de una discontinuidad abierta en la realidad por la emergencia del significante»[32]. No es a

través de una abundancia de significados sino, por el contrario, a través de la presencia de un significante puro que se satisface esta función de fijación nodal.

Si sostenemos que el point de capiton constituye un «punto nodal», una especie de nudo de sentidos, esto no implica que es simplemente la palabra más «rica», la palabra en la cual se condensa toda la riqueza de sentido del campo que «fija nodalmente»: el point de capiton es más bien la palabra que, como palabra, en el nivel del significante mismo, unifica un determinado campo, constituye su identidad: es, para decirlo de alguna manera, la palabra a la cual las «cosas» mismas se refieren para reconocerse a sí mismas en su unidad[33].

Entre los ejemplos que nos da Žižek, hay dos que son altamente reveladores, ya que muestran la inversión que es distintiva de la función de fijación nodal. En el primero, refiriéndose a los avisos publicitarios de Marlboro, todas las alusiones a los Estados Unidos —«una tierra de personas fuertes, honestas, de horizontes ilimitados»— son fijadas nodalmente a través de la inversión de su relación con Marlboro: no es que Marlboro exprese la identidad estadounidense, sino que esta

se construye a través del reconocimiento de sí mismo como un país Marlboro. Los mismos mecanismos pueden percibirse en los avisos publicitarios de Coca-Cola: «Coke, this is America» no puede ser invertido en «America, this is Coke», porque es solo en el rol de Coca-Cola como significante puro que se cristaliza la identidad estadounidense.

Si observamos la secuencia intelectual que hemos descripto, desde el descriptivismo clásico hasta Lacan, podemos ver un movimiento del pensamiento en una dirección clara: la creciente emancipación del orden del significante. Esta transición también puede ser presentada como la autonomía progresiva de la nominación. Las operaciones que la nominación puede llevar a cabo están, para el descriptivismo, estrictamente limitadas por la camisa de fuerza dentro de la cual tienen lugar: los rasgos descriptivos que habitan en cualquier nombre, reducen el orden del significante al medio transparente a través del cual una superposición puramente conceptual entre el nombre y la cosa (en tanto el concepto es su naturaleza común) se expresa a sí misma. Con el antidescriptivismo tenemos el comienzo de una autonomización del significante (del nombre). Esta separación de caminos entre nominación y descripción, sin embargo, no conduce a un incremento en la complejidad de las operaciones que la «nominación» puede llevar a cabo, ya que, aunque la designación ya no es ancillar respecto de la descripción, la identidad de lo que es designado estará asegurada antes y con entera independencia del proceso de su nominación. Es solo a partir del enfoque lacaniano que nos enfrentamos a una verdadera innovación: la identidad y unidad del objeto son resultado de la propia operación de nominación. Sin embargo, esto solo es posible si la nominación no está subordinada ni a una descripción ni a una designación precedente. Con el fin de desempeñar este rol, el significante debe volverse no solo contingente, sino también vacío.

Con estas observaciones debería haber quedado totalmente claro por qué el nombre se convierte en el fundamento de la cosa. Ahora podemos volver a la cuestión de las identidades populares y vincularla con algunas de las conclusiones teóricas que se siguen de nuestro análisis previo. Hay cuatro puntos que debemos destacar aquí. El primero tiene que ver con la relación entre el point de capiton lacaniano (el punto nodal) y los otros elementos de una configuración discursiva. Está claro que sin puntos nodales, no existiría configuración alguna. Sin Marlboro, lo estadounidense —en el ejemplo de Žižek— sería un conjunto de temas difusos que no se articularían en una totalidad significativa. Esto es exactamente lo que hemos visto en el caso de las identidades populares: sin el punto nodal de una identificación equivalencial, las equivalencias democráticas quedarían en lo

meramente virtual. En segundo lugar, está la cuestión de la relación entre la universalidad y el particularismo que determina la identidad del punto nodal. A esto debemos agregar otra cuestión relacionada: si la función de fijación nodal está asociada a la universalidad, esta universalidad ¿expresa plenitud o vacuidad? Žižek se inclina a optar por la segunda alternativa. Afirma: «La realidad histórica está, por supuesto, siempre simbolizada; el modo como la experimentamos está siempre mediado por diferentes modos de simbolización; todo lo que agrega Lacan a este saber fenomenológico general es el hecho de que la unidad de una determinada “experiencia de sentido”, siendo esta el horizonte de un campo ideológico de sentido, debería ser cierto “significante” sin “significado”, “puro”, sin sentido»[34]. Mi respuesta a esta cuestión es diferente. La noción de un

«significante sin significado» es, para comenzar, inadecuada: solo podría significar «ruido», y como tal, estaría fuera del sistema de significación. Sin embargo, cuando hablamos de «significantes vacíos» queremos decir algo enteramente diferente: que existe un punto, dentro del sistema de significación, que es constitutivamente irrepresentable; que, en ese sentido, permanece vacío, pero es un vacío que puede ser significado porque es un vacío dentro de la significación. (Es como en el caso del análisis que hace Paul de Man del cero de Pascal[35]: el «cero» es la ausencia de

número, pero al otorgar un nombre a esa ausencia estoy transformando el «cero» en un «uno»). Además, nuestro análisis previo de las identidades populares como significantes vacíos nos permite mostrar que la alternativa exclusiva plenitud/vacuidad es espuria: como hemos visto, la identidad popular expresa/constituye —a través de la equivalencia de una pluralidad de demandas insatisfechas— la plenitud de la comunidad que es negada y, como tal, permanece inalcanzable; una plenitud vacía, si se quiere. Si no estuviéramos tratando con el significante de la vacuidad como localización particular, sino con uno no ligado a ningún significado pero que estuviera, sin embargo, dentro de la significación, eso solo podría significar que es el nombre de una totalidad completamente lograda que, como tal, no tendría fallas estructurales.

Por lo tanto, ¿qué forma toma la representación del «vacío»? Hemos sostenido que la totalización del campo popular —la cristalización discursiva del momento de plenitud/vacío— solo puede tener lugar si un contenido parcial adopta la representación de una universalidad que es inconmensurable con él. Esto es central. Incluso en los ejemplos que da Žižek podemos ver esta articulación entre el contenido particular y la función universal: Marlboro y Coca-Cola pueden funcionar como puntos de fijación nodal dentro de las imágenes de la publicidad y, así, ser los significantes de una cierta totalización, pero aún son las entidades particulares, Marlboro y Coca-Cola, las que desempeñan este rol. Es porque no

pueden ser reducidas a su mera identidad particularista, ni eliminar totalmente a esta última apelando a su rol de fijación nodal (si esa eliminación total fuera posible tendríamos, sí, un significante sin significado), que algo como una operación hegemónica pasa a ser posible[36]. Esto nos conduce al tercer punto que

queríamos subrayar. Esta articulación entre universalidad y particularidad que es constitutivamente inherente a la construcción de un «pueblo», no es algo que solo tiene lugar en el nivel de las palabras y las imágenes: también se sedimenta en prácticas e instituciones. Como mencionamos antes, nuestra noción de «discurso» —cercana a los «juegos del lenguaje» de Wittgenstein— implica la articulación de las palabras y las acciones, de manera que la función de fijación nodal nunca es una mera operación verbal, sino que está inserta en prácticas materiales que pueden adquirir fijeza institucional. Esto es lo mismo que afirmar que cualquier desplazamiento hegemónico debería ser concebido como un cambio en la configuración del Estado, siempre que este no sea concebido, en un sentido jurídico restringido, como la esfera pública, sino en un sentido amplio gramsciano, como el momento ético-político de la comunidad. Cualquier Estado va a mostrar esa combinación de particularismo y universalidad que es inherente a la operación hegemónica. Esto muestra claramente cómo las concepciones tanto hegeliana como marxista del Estado intentan romper esta articulación necesaria entre lo universal y lo particular. Para Hegel, la esfera del Estado es la forma más elevada de universalidad que se puede alcanzar en el terreno de la ética social: la burocracia es la clase universal, mientras que la sociedad civil —el sistema de necesidades— constituye la esfera de la particularidad pura. Para Marx, la situación es inversa: el Estado constituye el instrumento de la clase dominante, y una «clase universal» solo puede surgir de una sociedad civil reconciliada consigo misma, en la cual el Estado (la instancia política) debe necesariamente extinguirse. En ambos casos, la particularidad y la universalidad se excluyen mutuamente. Solo en Gramsci la articulación de ambas instancias se vuelve posible: existe para él una particularidad —una plebs— que reivindica el constituir hegemónicamente un populus, mientras que el populus (la universalidad abstracta) solo puede existir encarnado en una plebs. Al llegar a este punto nos acercamos al «pueblo» del populismo.

Hay un cuarto y último punto que debemos considerar, que tiene que ver con particularidad/universalidad/nominación en relación con la constitución de las identidades populares. Regresemos por un momento a nuestro argumento sobre la singularidad. La singularidad, en nuestro enfoque, está estrictamente vinculada con la cuestión de la heterogeneidad. En el próximo capítulo vamos a tratar las principales dimensiones y efectos de la lógica de la heterogeneidad, pero podemos anticipar aquí algunos de ellos en tanto son requeridos para aclarar la

centralidad de la nominación en el populismo. La homogeneidad social es lo que constituye el marco simbólico de la sociedad —lo que hemos denominado la lógica de la diferencia. Podemos movernos de una institución a otra, de una categoría social a otra, no porque existe una conexión lógica entre ellas —aunque varias racionalizaciones podrían luego intentar reconstruir las interconexiones institucionales en términos de vínculos lógicos— sino porque todas las diferenciaciones se requieren y refieren unas a otras dentro de un conjunto sistemático. El lenguaje como sistema de diferencias es la expresión arquetípica de esta interconexión simbólica. Una primera forma de heterogeneidad surge cuando, como hemos visto, una demanda social particular no puede ser satisfecha dentro de ese sistema: la demanda excede lo que es diferencialmente representable dentro de él. Lo heterogéneo es aquello que carece de ubicación diferencial dentro del orden simbólico (es equivalente al real lacaniano). Pero existe otro tipo de heterogeneidad que es igualmente importante: la derivada de las relaciones mutuas entre demandas insatisfechas. Ya no están unidas/separadas entre sí mediante el sistema simbólico, porque es precisamente la dislocación de ese sistema lo que las ha generado en primer lugar. Pero tampoco tienden a unirse espontáneamente entre sí porque, en lo que a su especificidad se refiere, pueden ser de naturaleza totalmente heterogénea. Lo que les otorga un vínculo equivalencial inicial y débil es tan solo el hecho de que todas ellas reflejan un fracaso parcial del sistema institucional. Ya hemos tratado este asunto in extenso y no vamos a volver sobre él. Sin embargo, lo que podemos agregar ahora es que la unidad del conjunto equivalencial, de la voluntad colectiva irreductiblemente nueva en la cual cristalizan las equivalencias particulares, depende enteramente de la productividad social del nombre. Esa productividad deriva, exclusivamente, de la operación del nombre como significante puro, es decir, no expresando ninguna unidad conceptual que la precede (como sería el caso si hubiéramos adoptado una perspectiva descriptivista). Aquí podemos seguir estrictamente la visión lacaniana como fue presentada por Žižek: la unidad del objeto es un efecto retroactivo del hecho de nombrarlo. De esto se derivan dos consecuencias: la primera, que el nombre, una vez que se ha convertido en significante de lo que es heterogéneo y excesivo en una sociedad particular, va a ejercer una atracción irresistible sobre cualquier demanda vivida como insatisfecha y, como tal, como excesiva y heterogénea con respecto al marco simbólico existente; la segunda, que como el nombre —para desempeñar ese rol constitutivo— debe ser un significante vacío, es finalmente incapaz de determinar qué tipo de demandas entran en la cadena equivalencial. En otras palabras: si los nombres del pueblo constituyen su propio objeto —es decir, dan unidad a un conjunto heterogéneo—, el movimiento inverso también opera: nunca pueden controlar completamente cuáles son las demandas que encarnan y

representan. Las identidades populares son siempre los sitios de tensión entre estos dos movimientos opuestos y del precario equilibrio que logran establecer

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