Pacto de Olivos, que dio lugar a la reforma constitucional en 1994. Ese acuerdo po- lítico inédito entre los dos grandes parti- dos políticos argentinos prohijó un núcleo de coincidencias básicas que incluyó: la reelección presidencial con el acorta- miento del mandato de seis a cuatro años, la incorporación del tercer senador por la minoría, la valoración de una serie de tratados internacionales con rango cons- titucional que favorecen el respeto de principios progresistas en materia de de- rechos humanos. Al mismo tiempo, ga- rantizó el acatamiento de tribunales su- periores en casos de litigio económico con el gran capital, lo cual reforzaba la incur- sión menemista en la globalización eco- nómica. Sobre esta base, para 1995 Me- nem encontró allanado el camino a la re- novación de su mandato, tras la “opera- ción de cirugía mayor” que, en su boca, habían implicado los seis años de su pri- mer mandato, pletórico de transforma- ciones estructurales. “El hito más impor- tante del menemismo –señala Silvia Schwarzböck en su ensayo Los espantos– es la reelección de Menem tras los indul- tos y las privatizaciones: el Pueblo se hace responsable, con el resultado de las urnas, de las medidas en su contra”.
En la segunda parte de los noventa se ini- cia, por un lado, una cuenta regresiva en varios planos. Nos referimos a las apues- tas políticas en simultáneo que comienzan a trazarse sobre la continuidad política del país ante el próximo final del segundo mandato de Menem. En este sentido, la cuenta regresiva adquiere diferentes ras- gos y caracterizaciones del proceso: Du- halde, De la Rúa, Cavallo, Álvarez, el propio Alfonsín y el conjunto de las izquierdas. Todo estos movimientos políticos prota- gonizarán senderos paralelos, superpues- tos, incluso más allá del final del gobierno, dado que cuatro de las principales figuras políticas ocuparán cargos preeminentes desde allí y hasta 2003, sea como presi- dente y vice, sea como presidente interino, sea como nuevamente ministro de Eco- nomía y jefe de Gabinete. Y, por otro, llega la hora del balance. Es decir, ¿qué ha que- dado de todo lo anterior? ¿Qué ha sido de la sociedad transformada, racionalizada, que venía de la dictadura y los años ochenta, y que Menem heredó y trans-
formó? En la segunda mitad de los no- venta surge una paradoja como resultado de las políticas de reformas del Estado. Es decir, la transferencia a las provincias de roles y funciones, la racionalización del gasto público y la flexibilidad laboral implican todo un conjunto de recursos, de saber experto, de discursos pragmáti- cos y activos, cuya finalidad técnica y po- lítica era la edificación de una sociedad neoliberal. Ese saber, ahora público, que había fomentado el desmantelamiento de la matriz Estado-céntrica y la apertura económica al mercado global comenzaba ahora a arrojar resultados sociales y eco- nómicos negativos. Todo lo que había sido impulsado de un modo consagrado y ci- vilizatorio, avalado por los centros de po- der, por los organismos internacionales, por las academias, al calor de los discursos sobre el “fin de la historia”, sosteniendo que las reformas neoliberales eran ni más ni menos que el pensamiento único, co- menzó a mostrar signos de agotamiento y crisis. La paradoja es que las estadísticas, herramienta racional del Estado, mostra- ban números adversos. La complejidad del momento tecnológico que acompaña de un modo indisoluble la globalización de la economía supone una moderniza- ción desigual de la mayor parte de los re- sortes y aspectos de la vida social: bancos, educación, creatividad cultural, transmi- sión de medios, salud. Todo aparece, de un modo culminante, atravesado por la innovación tecnológica de los procedi- mientos, las formas, los contenidos. Se vir- tualizan afectos, relaciones, prácticas, ex- periencias.
Sobre el final de los años noventa es cuando se difunde el correo electrónico, paso simultáneo, previo y necesario para la popularización de los sitios web, los blogs, los medios sociales, las redes, el co- mercio y la información en línea. Neoli- beralismo y nuevas tecnologías son veci- nos, hermanos, son los dos rostros de Jano. Porque el mundo postindustrial re- quiere nuevas especializaciones, y una mano de obra acotada y diferente.
Dos. Con el desempleo estacionado en
más del 18% dando muestras de una in- amovilidad estructural, sumada al conge- lamiento de salarios, la destrucción del
sistema público y solidario de jubilaciones y pensiones, el costo social de los cambios neoliberales empieza a resultar alar- mante. Ese punto de llegada de la década menemista muestra los agujeros de la pro- mesa que, como el canto de las sirenas, había sobrevolado el inicio de los noventa. En este sentido, el abismo al cual se asoma el modelo menemista no escapa a las constataciones que comienzan a experi- mentarse en América Latina, aunque las marcas todavía requerirán señalamientos de políticos, movimientos sociales y cul- turales que las expresen. Como respuesta al Foro Económico Mundial de Davos, que reúne a los principales empresarios y fi- nancistas, surge en Porto Alegre el Foro Social Mundial, pivotado por el ascen- dente Partido de los Trabajadores y su lí- der Lula Da Silva. Las experiencias polí- ticas alternativas al neoliberalismo, en América Latina, en los años noventa, son contadas. Al partido de Lula, que gobierna unas pocas ciudades, se incorpora el Frente Amplio uruguayo y la concertación chilena, con un perfil centrista. En la Ar- gentina asoma la propuesta socialista de Santa Fe, los ediles del Frepaso, el Grupo Calafate, que busca llevar al peronismo nuevamente hacia sus aspectos contesta- tarios, y una suerte de alfonsinismo crítico que, con la primera parte del proceso de- mocrático concluida, todavía reivindica el filón socialdemócrata del último líder de masas radical. No es mucho, pero es todo lo que encuentran los sectores pro- gresistas para oponerse al neoliberalismo. Por fuera de esos espacios políticos, pero poniendo sobre la mesa una experiencia política y sindical que marcará una opo- sición concreta y esforzada a todo el me- nemismo, surge la CTA (Central de los Tra- bajadores Argentinos). Compuesta a par- tir de dos grandes gremios estatales como ATE y CTERA, la CTA alberga creciente- mente a los movimientos sociales que co- mienzan a desplegarse en sectores no tra- dicionales como los grupos en defensa de los derechos de la mujer, la diversidad se- xual y, de un modo impactante, a los tra- bajadores desocupados. A partir de este último sector social comenzarán a ges- tarse, de manera extraordinaria, los prin- cipales focos de resistencia social al neo- liberalismo. En la doble vertiente de la Ar-
gentina desindustrial, como señalaron Maristella Svampa y Sebastián Pereyra en su obra Entre la ruta y el barrio, los pri- meros piquetes, levantamientos popula- res con cortes de ruta, se producen tanto en los enclaves de YPF de Salta y Neuquén, como en la centralidad de La Matanza y la Ruta 3. Una amplia gama de sectores conforman decenas de grupos piqueteros a lo largo y a lo ancho del país, que van desde los que apuntan a una concepción de izquierda, los que abrevan en las co- rrientes nacional-populares y los que aso- man al autonomismo alterglobalización. En su diversidad, el proceso que abre la formación del piqueterismo marcará a fuego la política del fin de siglo, y será clave en las articulaciones tanto en la opo- sición al gobierno de la Alianza encabe- zado por De la Rúa, como frente al inte- rinato de Duhalde. De hecho, Eduardo Du- halde se verá obligado a fijar fecha defi- nitiva al llamado a elecciones generales presidenciales después de dos años de crisis política, el 26 de junio de 2002, tras el asesinato en el Puente Pueyrredón de los jóvenes líderes piqueteros Maximi- liano Kosteki y Darío Santillán. La CTA, por su parte, también fomenta la creación, durante el gobierno de la Alianza, del Frente Nacional contra la Pobreza, que entre otras propuestas impulsará la apli- cación de una Asignación Universal por Hijo, proyecto recogido años después por el Estado. Los debates sobre la legitimidad del piquete o corte de ruta o calle para la protesta social será, aún a más de quince años de distancia, motivo de controversia. En Carta Abierta sobre la intolerancia, pieza notable del constitucionalismo so- cial, Roberto Gargarella repasa las argu- mentaciones jurídicas que se han dado durante esos años frente al uso del corte de calle o ruta, y cómo se expresan en el espacio público la colisión de dos dere- chos: la libertad de expresión y protesta por una vida digna frente a la libertad de circulación, todos derechos consagrados en la Constitución Nacional.
La nueva sociedad forjada durante el ne- oliberalismo menemista estaba caracte- rizada por la fragmentación social: nuevos pobres, clases medias altas que se mudan a countries y barrios con seguridad pri- vada, trabajadores desocupados. La des-
Gabriel Lerman. Escritor y ensayista. Docente en UBA y UNPAZ.
integración social generó, a su vez, la te- rritorialización de las relaciones sociales y la reubicación de los fragmentos, con barrios para pobres y barrios para ricos. Privatizaciones de empresas públicas y áreas estratégicas del Estado: petróleo, energía, agua, medios de comunicación. Crecimiento de la educación de gestión privada con tendencia excluyente en la matrícula, transferencia de la educación estatal a las provincias, aumento de la oferta de posgrados arancelados en uni- versidades públicas y privadas, deterioro del sistema público de salud en beneficio del sistema de medicina prepaga y del mo- delo sindical concentrado, concentración del sistema de medios.
Como en otros países de América Latina, incluso en aquellos en los que años des- pués se forjaron fuertes transformaciones sociales de signo inverso al neoliberal, también en la Argentina hubo que convi- vir largamente con las consecuencias so- ciales, económicas y culturales del neoli- beralismo. Las consecuencias estructura- les y profundas de aquellos cambios que- daron en evidencia cada vez que la política intentó revertir el carácter inexorable de la inclusión, al mostrar hasta dónde se ju- gaban los límites de un mercado interno atenazado por una burguesía local cuyos capitales se guardan en el exterior. En la cultura, además de una estructura pro- pietaria de medios, telefonía, cines, edi- toriales y música de pocas manos y trans- nacional, los años noventa dejaron como herencia el carácter omnímodo del indi- vidualismo. Se fomentó así un sistema de valores –una paideia según Cornelius Cas- toriadis– que endiosaba la salvación per- sonal, el egoísmo, la insolidaridad y la mercantilización de las relaciones socia- les. Aquel saber experto que había bajado de los organismos internacionales y había sido incubado en el Estado y en las em- presas por técnicos y profesionales hipe- respecializados, se combinaba ahora con una nueva individuación de los sujetos. Los expertos podían hacer bien su trabajo sin contaminarlo de política, y los indivi- duos podían acceder así, de alguna ma- nera, a una nueva edad tecnológica y de progreso personal, separados de los sec- tores sociales que volvían a quedar frente al abismo. Los movimientos de derechos
humanos, que habían sido protagonistas excluyentes de los primeros años de la de- mocracia, vivieron los noventa con las di- ficultades que las leyes de impunidad les producían, pero al mismo tiempo fueron la cantera y el modelo para el surgimiento de nuevos movimientos sociales. Eran la huella cultural de la reivindicación y los reclamos, un modo de organizarse e in- tervenir en el espacio público. Y lo fueron no sólo con los piqueteros sino también con las víctimas de trata u otras violencias sexistas, como ocurrió en Catamarca, con el asesinato de María Soledad Morales. Algo iba a quedando atrás en el mundo. Los noventa fueron la confirmación de que tras las derrotas de los movimientos revolucionarios en los setenta y el de- rrumbe del mundo soviético en esa bisa- gra crucial que fue el trienio 1989-1991, surgía triunfal un nuevo orden interna- cional cuyo poderío encabezaban los Es- tados Unidos y Europa Occidental. La re- volución como pasado, como señalara Ni- colás Casullo, la idea de revolución fraca- sada como anclaje crítico, como premisa, fue un tabique desde el cual pensar el mundo a partir de los años noventa. Todo lo que vino después fue algo nuevo, in- cluso los éxitos de la resistencia. Algunos aspectos de esta sociedad fragmentada, modernizada y pauperizada a la vez, in- tegrada parcialmente al mercado global, se vieron en tela de juicio cuando el mo- delo quedó desnudo y expuesto, en la tarde y noche del 19 y 20 de diciembre de 2001.
Pablo Hernán Casariego Tato fue apropiado por un médico mayor del ejército, Norberto Bianco. Su mamá, Norma Tato, había estado secuestrada dentro de Campo de Mayo, donde funcionaba una maternidad ilegal. Desde 1984 las Abuelas tenían información que les permitía sospechar que los hijos del matrimonio de Bianco y su mujer Susana Wehrli podían ser niños secuestrados, ya que Bianco había sido identificado como uno de los responsables de llevar hasta Campo de Mayo a las mujeres secuestradas y, luego del parto, sustraerles el bebé.
Citado por la Justicia, el matrimonio huyó hacia Paraguay, donde aún se man- tenía en el poder la dictadura de Alfredo Stroessner. En 1987 los niños fueron localizados en Asunción, donde concurrían a la escuela con el apellido Polimeni. Si bien la Justicia intentó avanzar con la causa, hasta la caída del dictador en 1989 no se logró que la justicia de Paraguay hiciera lugar al pedido de extradición. En marzo de 1997, finalmente, el matrimonio fue extraditado a la Argentina. Juzgado y condenado, Bianco se fugó luego de cumplir dos años de condena y regresó al Paraguay. Pablo permaneció en aquel país, donde la justicia paraguaya no cumplió con el acuerdo que se había llegado entre ambos países para que se realizaran los estudios biológicos.
“Yo supe desde que era muy chico, desde los 9 años, primero que no era hijo biológico y en segundo lugar que era hijo de desaparecidos. Pero estas cosas son fuertes y uno no las quiere aceptar. Uno prefiere quedarse con lo que ya tiene y no hacer más cambios, y menos a esa edad, es muy difícil”, cuenta Pablo Casariego Tato en un video realizado por Abuelas de Plaza de Mayo.1El matri-
monio Bianco estaba condenado y Pablo sabía que era hijo de desaparecidos. Sin embargo, no podía asumir por sí mismo esa verdad como tal y tampoco acep- tar hacerse el análisis genético que podía determinar quién era realmente.
Además del matrimonio Bianco, hacia Paraguay habían huido el subcomisario Samuel Miara y su mujer Beatriz Castillo, y el matrimonio formado por el co- merciante Omar Alonso y María Luján Di Mattia, ambos con fuertes vínculos con las Fuerzas Armadas. Miara y Castillo eran apropiadores de los mellizos Reggiardo Tolosa, y Alonso y Di Mattia de Natalia Suárez Nelson Corvalán.
En el caso de los mellizos Gonzalo y Matías, el matrimonio Miara huyó al Pa- raguay en 1985 luego de que un juez de La Plata dispuso que se realizara a los menores los estudios biológicos para determinar su verdadera identidad. Extra- ditados en mayo de 1989, ese mismo año se realizaron las pericias inmunoge- néticas. La comparación inicial se hizo contra la familia Rosetti-Ross, pues Adal- berto Rosetti había denunciado que podían ser sus hijos. Los estudios dieron ne- gativos en ese caso, y el juez que en ese momento tenía la causa no esperó hasta que se hiciera la comparación con todos los grupos familiares disponibles entonces en el Banco, como marcaba la ley. Apurado, el juez Pons otorgó la guarda de los mellizos al matrimonio apropiador.