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NUEVO SIGLO, NUEVOS PARADIGMAS PARA EL DESARROLLO

HIPÓTESIS

B. PARADIGMAS EN EL CONTEXTO DEL DESARROLLO

12. NUEVO SIGLO, NUEVOS PARADIGMAS PARA EL DESARROLLO

Aunque hayan pasado ya más de siete años desde el comienzo del nuevo milenio, podemos afirmar que aún nos encontramos en el linde de la puerta de entrada del siglo XXI. El siglo recién terminado vio nacer y morir (en algunos casos de una manera más clara que en otros) ideologías en torno al desarrollo claramente opuestas. La obsolescencia de estos modelos nos deja ante una gran incertidumbre pero al mismo tiempo, con un mayor savoir faire acerca de las patologías que trajeron consigo cada una de estas ideologías y la promesa de no volver a cometer los mismos errores.

Por un lado el comunismo, que otorgaba un papel director al Estado en la economía, vio como la propia decadencia del sector público -aquejada de grandes dosis de clientelismo, corrupción y falta de visión- arrastraba consigo a millones de personas hacia la miseria. En el otro lado del espectro ideológico, la derecha, que otorgaba un papel "fundamentalista" a los mercados -que por cierto, consideraban perfectos- salió tremendamente fortalecida de este colapso (a día de hoy sólo resisten Cuba y Corea del norte), y se convirtió en la panacea de toda "buena economía que se precie".

Sin embargo, y mirando hacia atrás podemos comprobar como este excesivo celo por los mercados tampoco parece haber dado los frutos esperados. Si realizamos un ranking de países en función de su crecimiento del PIB per cápita para el periodo comprendido entre 1965 y 2001, podemos observar

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como entre las 15 primeras economías, con un crecimiento medio anual superior al 6,9%, ocho de ellos lo forman las economías del Este Asiático, que siguieron una estrategia desarrollista claramente distinta a la promulgada por las tesis neoliberales.

Otro ejemplo paradigmático que contribuye a reforzar esta tesis lo constituyen las economías de América Latina. Bajo el persistente (y persuasivo) influjo del denominado "Consenso de Washington", decálogo que recogía el pensamiento y las líneas de actuación de los principios neoliberales, estas economías emprendieron, durante finales de la década de los 80 y principios de los 90, un frenético y desorbitado tratamiento de choque para revitalizar sus economías, en primer término, y mejorar las condiciones sociales de sus habitantes, en segundo término.

Aún cuando pueda parecer cobarde el hecho de analizar hoy de manera crítica los efectos de este movimiento liberalizador que se produjo como reacción a las deficientes condiciones imperantes en aquella época, sí que nos sentimos lo suficientemente valientes para asegurar que la receta resultó excesiva y precipitada, tanto en sus objetivos como en sus planteamientos. Así lo muestran los principales indicadores económicos y sociales de la región.

Actualmente, sobre la economía latinoamericana vuelve a planear el fantasma de la volatilidad, y la informalidad parece avanzar de manera constante. La región cuenta con más de un 40% de su población (más de 220 millones de personas, aproximadamente) sin poder acceder a los recursos económicos necesarios para satisfacer sus necesidades básicas, y el acceso a servicios básicos, como la educación y la sanidad, es tremendamente desigual y caracterizado por un deficiente nivel en términos de calidad.

Del mismo modo, otro dato desalentador lo constituye el bajo nivel de satisfacción con la democracia presente en los habitantes de la región. No es descabellado pensar que el bajo desempeño económico, y en especial, su más que leve impacto sobre el bienestar de la población, hayan tenido un claro

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efecto erosionador sobre los avances, que en términos de libertades políticas y derechos civiles, ha alcanzado la región.

Entonces, ¿cuáles son las enseñanzas que nos deja el histórico pasado? Aún estando lejos de conocer el auténtico remedio para los males que aquejan a las sociedades en desarrollo; y teniendo siempre en mente la idea de que no existe un modelo único aplicable a todas ellas, sino que se deben considerar los condicionamientos institucionales, políticos y sociales de cada país en que se insertan estas medidas, la experiencia parece revelar ciertas cuestiones que necesariamente se han de considerar a la hora de formular una estrategia de desarrollo (Macías-Aymar, 2007).

La primera de ellas hace referencia a la necesaria condición de complementariedad entre Estado y mercado. El mercado, por si solo, presenta

demasiadas deficiencias (información imperfecta, segmentación,

externalidades) como para servir de única herramienta capaz de generar crecimiento y hacer un uso efectivo de éste en pro del desarrollo. Del mismo modo, el Estado, por su parte, necesita ser lo suficientemente fuerte como para poder desarrollar en consenso el entramado institucional -derechos de propiedad, regulación, efectividad en el cumplimiento de los contratos, seguro y protección social- capaz de dotar de legitimidad y eficacia al mercado. Entonces, podemos afirmar que las políticas deben focalizarse, no hacia más Estado o más mercado, sino a "mejor Estado y mejor mercado".

La segunda enseñanza concierne al objetivo de las políticas. Efectivamente, la experiencia ha demostrado que focalizar en exclusiva los esfuerzos de política económica hacia el crecimiento no es condición suficiente para incrementar el nivel de bienestar de la población. La pobreza, no sólo monetaria, sino en términos de oportunidades y capacidades, debe ser atacada de manera frontal; sin rodeos. La estabilidad a nivel macroeconómico resulta necesaria, pero no suficiente. Ésta requiere ser complementada con otras medidas de carácter sectorial dirigidas a capacitar y dotar a la población de oportunidades (el mercado de trabajo, así como la educación y la sanidad se antojan como elementos esenciales).

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De este modo, aspectos como la desigualdad, no sólo económica sino también, en términos de oportunidades, deben ser incluidos como entidad propia en la agenda del desarrollo. Situaciones de alta inequidad, como es el caso latinoamericano, obstaculizan no sólo la aportación del desempeño económico en la reducción de la pobreza, sino que la inestabilidad política y la desigualdad de acceso al poder e influencia política que llevan asociadas, dificultan enormemente este crecimiento.

13. HACIA UN NUEVO PARADIGMA DE DESARROLLO: ESTRATEGIAS,