“frontera sur”?
Pedro Andrés García fue un militar español que desde joven vivió en el Río de la Plata
y que se desempeñó en la “frontera sur”, lo que lo hizo poseedor de un conocimiento integral sobre los pueblos originarios. Cercano a Manuel Belgrano, fundamentalmente en lo referido a fomentar un proyecto agrario, fue comisionado para realizar una expedi- ción que, además de abastecer de sal a la ciudad (se hacían expediciones anuales para
tal fin), brindara un panorama de las relaciones con los caciques y ofreciera un tentativo plan a seguir. Su experiencia como funcionario colonial le permitía afirmar que impulsar
un programa hostil y de guerra permanente, como el aplicado hasta 1790, era inviable y sólo traería el fracaso (Navarro Floria, 1999).
En el mismo año de la Revolución, precisamente entre octubre y diciembre, García llevó a cabo la conocida expedición a Salinas Grandes. En dicha ocasión elaboró un diario –aunque este no fue su único legado a la Revolución, dado que entre 1810 y 1823
escribió casi una decena de informes–. En ellos afirmaba que de acuerdo a su experien-
cia fronteriza lo mejor sería incentivar el comercio justo con los caciques pero vigilarlo de tal modo que no se produjera robo de ganado por parte de los indígenas. En dicha premisa, García criticaba, al mismo tiempo, el trato injusto recibido por las parcialidades y el supuesto robo que estas hacían del ganado.
Como es de suponer, García no mantuvo una opinión lineal a lo largo de trece años de informes pero sí sostuvo ciertos tópicos. Uno de ellos fue el referido a lo nocivo de la introducción del alcohol y los vicios entre los indígenas y la visualización de ciertos rasgos de barbarie y salvajismo en algunos caciques, en contraposición a una conducta
más pacífica en otros. Dicha distinción la realizaba desde una interpretación basada en la diferencia étnica que era común en aquel entonces y que lo fue a lo largo de todo el
siglo XIX.
Con todo, y más allá de que en varios pasajes de sus informes apela a definirlos
como bárbaros y salvajes, en otros –producto del contacto directo con algunos caci- ques– propone su incorporación a la “vida civilizada” como “miembros útiles del estado, que tendrán un mismo idioma, costumbres y religión que nosotros” (García, 1836). Así, en el plan de 1816, además de mencionar la vitalidad de proveer de seguridad a la fron- tera, a partir de fomentar el trabajo de la tierra y crear poblaciones de frontera:
Se destinarán tres o más cuadras, para repartir a los indios que quieran venir a socie- dad, y lo mismo terreno para chacras, que estoy cierto se poblarán presto, porque es
petición que me han hecho algunos para cuando llegase este caso […] y protegiéndolos
con esmero en sus propiedades, y auxiliándolos en sus labranzas, harán esos mismos
más conversiones que los misioneros de Propaganda. (García, 1837: 144)
La idea de García se originaba sin duda en su experiencia e intercambios con cier- tas parcialidades lo cual lo dotaba, por un lado, de una menor animosidad respecto
de otros funcionarios que no conocían el tema y, por otro, se inscribía en una postura revolucionaria que buscaba desmarcarse del orden colonial y al mismo tiempo sugería interpretaciones y planes de acción al calor de los acontecimientos.
Años más tarde, en la década de 1820, sus informes se inscribirían en un debate que tomó dominio público en los diarios de la época. Si, por un lado, existía una visión bélica
que incentivaba la guerra contra los indígenas y el avance de la frontera sin ningún tipo
de fomento de las relaciones interétnicas, propuesta que encarnaban militares profesio-
nales como Martín Rodríguez; por otro, sobrevivía la postura de quienes con experiencia en la frontera (como García) apoyaban la moción de avances parciales, pero mantenien-
do un trato pacífico, con relaciones comerciales y la utilización de mano de obra indíge-
na en las estancias. En dicha etapa, ambas propuestas serían aplicadas, con matices, tal cual veremos en las siguientes preguntas.
En comparación con lo visto en la pregunta anterior, la mirada de los revolucionarios
no era homogénea en relación con los pueblos originarios. Por un lado, se evidenciaba
una condena a la explotación y a las condiciones de servidumbre en el noroeste del Virreinato basada en un profundo conocimiento de la situación, y por otro, un desco- nocimiento sobre la “frontera sur” que buscaba subsanarse con las expediciones enco- mendadas a Pedro García.
Con todo, una de las prioridades era visitar todos los fuertes de la frontera y analizar
la situación de las tierras y los ganados con el fin de tomar medidas para la seguridad y su aprovechamiento, tal como lo manifiesta el oficio de gobierno elaborado por la Junta de Gobierno, con la firma de Saavedra y Moreno, en junio de 1810.
Las expediciones de Pedro García contribuyeron a la continuidad de las relaciones
pacíficas con los pueblos originarios. El paso de los años confirmaría la necesidad de
ocupar los territorios y esa fue una premisa compartida tanto por las propuestas más extremas (Martín Rodríguez) como por las más conocedoras de la realidad fronteriza, tal como se expone en los informes de Pedro García. Aun en las posiciones más con- ciliadoras, la expansión del territorio se convirtió en una política de estado que terminó convalidando el despojo y naturalizando que ciertos espacios fueran de pertenencia hispanocriolla.