deL desierto y Los “científicos coLeccionistas”)
La expedición que partió en ferrocarril el 16 de abril de 1879 desde la estación cen- tral de Buenos Aires hasta el pueblo de Azul, no estaba compuesta exclusivamente por militares. La comitiva, además de Roca y su Estado mayor, incluía una comisión cientí-
fica creada ad hoc en respuesta al interés expresado por el presidente de la Academia
Nacional de Ciencias, Adolfo Döering, zoólogo y luego profesor de la universidad de Córdoba:
Teniendo conocimiento de la gran expedición proyectada para asegurar las fronteras, me dirijo a V.E. a nombre de la Academia, con el propósito de hacer presente a V.E. cuán interesante sería para la ciencia y provechoso para el país, si fuese posible formar colecciones zoológicas, botánicas y mineralógicas de los objetos nuevos que induda- blemente deben encontrarse en esas regiones que por primera vez van a explorar las
columnas expedicionarias. (Cit. en Grippo, 2014)
Así se configuró la idea de incluir una comisión científica que acompañara a las tropas
y se le encargó al propio Doering conformar el grupo. Los seleccionados fueron el botá- nico Pablo Günther Lorentz, el ayudante de botánica, Gustavo Niederlein, y el prepara- dor de zoología, Federico Schulz, todos nacidos en Alemania y emigrados a la Argentina por invitación de Karl Burmeister, discípulo de Humboldt.
En compañía del Ejército, y durante tres meses de 1879, estos científicos recogieron, identificaron y categorizaron plantas, animales y minerales.
Sus resultados fueron luego publicados, incluyendo el Diario de los miembros de la
Comisión Científica de la expedición de 1879, que recién vio la luz en 1916. También
fueron de la partida el periodista Remigio Lupo, por el diario La Pampa, el fotógrafo An-
tonio Pozzo, el ingeniero francés Alfred Ebelot, a quien anteriormente se le había encar- gado el trazado de la zanja de Alsina, y un grupo de religiosos de la orden salesiana: el vicario general Antonio Espinosa y los padres Santiago Costamagna y Luis Botta. Todos ellos registraron las campañas con distintas miradas y opiniones.
No sólo se trataba de conquistar un territorio sino también de conocerlo, medirlo,
clasificarlo, hacerlo cuantificable, en el contexto de una era signada por el positivismo científico. A partir de la década de 1870, distintas personalidades científicas –y desde
bastante antes también, en especial, viajeros– incursionaron en el territorio indígena y tomaron registros de distintos aspectos.
Así, por ejemplo, se originó el Plano General de la Nueva Línea de Fronteras sobre La Pampa presentado en 1877 por el ingeniero polaco y miembro del Ejército, Jordan
Wysocki, que vimos en la pregunta 2, y sobre todo emerge la figura de Francisco Pas-
casio Moreno, quien llevara adelante varias expediciones y oficiara de perito o experto en el tema del límite con Chile a fines del siglo XIX.
Glorificado por su participación en dicha tarea, es más polémica su ambición de ob-
que Casimiro Biguá, se negaba a que Moreno le midiera la cabeza o su correspondencia en las que daba cuenta de las cantidades de cuerpos y cráneos obtenidos:
Al volver a encontrarlo en Patagones no me permitió acercarme a él mientras perma- necía borracho, y un año después, cuando llegué a ese punto para emprender viaje a Nahuel Huapi, le propuse que me acompañara y rehusó diciendo que yo quería su cabeza. Su destino era ese. Días después fue muerto por otros indios… averigüé el paraje en que había sido inhumado y en una noche de luna exhumé su cadáver, cuyo esqueleto se conserva en el Museo Antropológico de Buenos Aires; un sacrilegio come- tido en provecho del estudio osteológico de los tehuelches. (Moreno, 1969)
Hice abundante cosecha de esqueletos y cráneos en los cementerios de los indígenas sometidos que vivían en las inmediaciones de Azul y Olavarría…Ya sabrás que tengo una buena cantidad de cráneos y que el de Catriel está en mi poder… estoy seguro que obtendré un total de 70 cráneos […] (Moreno, 1979)
No es extraño que muchos de los indígenas asesinados terminaran exhibidos en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, donde Moreno era director, e incluso que el
cacique Inacayal y una decena de sus familiares fueran confinados y obligados a traba-
jar allí.
Otro intelectual orgánico de la generación del ’80 fue Estanislao Zeballos, funcionario Roquista, quien reconocía haber recibido el cráneo de Cafulcurá como regalo por parte
del comandante Levalle, y quien escribiera La Conquista de las quince mil leguas para
convencer a los legisladores de la aprobación del presupuesto para financiar la Con-
quista del Desierto.
Zeballos afirmaba haber visitado tolderías, excavado enterratorios, medido infinidad
de cráneos aborígenes y no tenía pudor para admitir el huaqueo que realizó personal- mente, o que instigó a sus ayudantes a que realizaran, en las tumbas indígenas.
Como describe el antropólogo Hugo Ratier (1988: 8): “viola tumbas ante los ojos ató-
nitos de los vencidos [y] degüella los cadáveres que yacen en el campo de batalla para
llevar sus cráneos al laboratorio”. Ante el estupor y los escrúpulos de un teniente del
Mi querido teniente... si la civilización ha exigido que ustedes ganen entorchados persi- guiendo la raza y conquistando sus tierras, la ciencia exige que yo la sirva llevando los cráneos de los indios a los museos y laboratorios. La barbarie está maldita y no queda- rán en el desierto ni los despojos de sus muertos. (Zeballos, 1960)
Es evidente que los científicos positivistas entendían que los derrotados pertenecían
a la prehistoria, a una especie o raza en extinción y por tanto, plausibles de ser exhibi- dos en vitrinas y que consideraran que fuera válido profanar sus tumbas. Como señala la antropóloga Diana Lenton, dicha visión propiciaba que los indígenas pasaran de ser
un colectivo relativamente autónomo a “restos” de entidades inviables para el mundo civilizado (Lenton, 2005: 73).
En esa línea, Schavelzon (1991: 59) propone una coincidencia cronológica y causal entre el nacimiento de la antropología y la arqueología argentinas y la culminación de
las campañas militares, “con hombres preocupados por la cultura material del indígena pero no tan preocupados por el aniquilamiento de los portadores de esa cultura”. Más aún, Ratier (1988: 8) afirma que la actitud “coleccionística” de estos científicos necesita-
ba la muerte del patrimonio cultural “vivo” indígena para poder manipularlo a voluntad.
Pozzo y sus fotografías
Antonio Pozzo fue un fotógrafo italiano quien junto a su ayudante, Alfredo Bracco, se sumó a la columna de Roca y dejó una importante cantidad de imágenes acerca de la expedi- ción. Convencido de la importancia de la Conquista del Desierto se solventó sus gastos y marchó con un carruaje, que hizo las veces de laboratorio, donde trasladó el equipo necesa- rio además de servirle de lugar para dormir.
Roca y su estado Mayor.
Campamento en Puan. Sombra de Pozzo y su equipo.