11. ESTADO SOCIAL Y SISTEMA ECONOMICO
11.1. OBJETIVOS Y REQUISITOS DEL SISTEMA NEOCAPITALISTA
54 Vid. un intento en G. Bergeron, Fonctionnement de l'Etat, París, 1965. Además, E. Lang, Staat und
Kybernetik. Prolegomena zu einer Lehre vom Staat als Regelkreis, Munich, 1966, para una idea general. Desde un punto de vista marxista, G. Klaus, Kybernetik and Gesellschaft, Berlín, 1973.
Por objetivos del sistema entendemos aquí un estado o situación de las cosas cuya consecución es requisito para que el sistema pueda mantenerse o reproducirse. Entre los objetivos del sistema neocapitalista tienen especial importancia para nuestro objeto los siguientes:
a) El crecimiento del consumo y del bienestar social.
El capitalismo clásico se sustentaba sobre la acumulación del capital necesario para el aumento de la producción a costa de sacrificios rigurosos en el consumo de la mayoría de la población, es decir, a costa de la exigüidad de salarios, lo que socialmente se transformaba en la explotación de los trabajadores en beneficio de una minoría de capitalistas. El neocapitalismo, en cambio, se basa en el supuesto keynesiano de que para acrecer la producción no es necesario disminuir el consumo de las masas trabajadoras, sino, por el contrario, acrecerlo, pues la producción está determinada por la demanda efectiva y ésta, a su vez, por la cuantía de las personas empleadas, por el nivel de los salarios y por la expansión de las prestaciones sociales. En resumen, supuesto de la existencia del neocapitalismo es el crecimiento del consumo. Ya no se trata tanto de explotar a la masa de los asalariados cuanto a la masa de consumidores por y en el consumo, incitándoles, a través de los medios de propaganda, a que consuman más a fin de que sea absorbida la mayor producción posible 56. Así pues, el neocapitalismo exige bienestar creciente, y, en este sentido, es correlativo con los fines del Estado social, a la vez que éste, mediante su función distribuidora y prestadora de servicios, contribuye al aumento del consumo.
b) El pleno empleo
El paro obrero, el «ejército industrial de reserva», era uno de los rasgos del capitalismo clásico y, según Marx, uno de sus supuestos fundamentales, ya que permitía la disminución de salarios al nivel mínimo y generar el proceso de acumulación del capital, supuesto de la expansión y reproducción del sistema. En cambio, el crecimiento del consumo, típico del neocapitalismo, tiene como supuesto el pleno empleo. Hasta 1975, los países desarrollados no sólo absorbieron prácticamente el paro, sino que, agotadas sus fuerzas de trabajo, hubieron de acudir a mano de obra extranjera para las tareas más penosas y que exigen menor instrucción, salvo en los Estados Unidos, donde se emplean para tales menesteres sectores de la población negra, puertorriqueña y chicana, y del Japón, donde está en marcha la construcción de unos adecuados robots capaces de programación según las tareas. En resumen, no se conocía prácticamente más que el paro llamado friccional resultado de la falta de adecuación perfecta e inmediata entre los empleos ofrecidos y, los demandados, es decir, más a circunstancias coyunturales que estructurales. Es claro que la eliminación o, en todo caso, la reducción del paro constituye un punto de incidencia entre los objetivos del neocapitalismo y los del Estado social, y que la extensión del paro aumenta los costos de la política social estatal, al tiempo que contribuye a la recesión de la demanda.
c) El crecimiento constante
Otra característica del neocapitalismo -correlativa al aumento permanente del consumo- es el crecimiento constante de la producción (medida en términos de Producto Interior Bruto
o de Producto Nacional Bruto) 57. Las economías capitalistas, en efecto, lograron a partir de
1950 unas tasas de crecimiento anual desconocidas en otros períodos históricos, si bien desde 1974 han sufrido una cierta recesión. Durante un tiempo se ha tendido a identificar los índices de producción con los de bienestar; pero, sin embargo, la realidad dista de ser tan sencilla. Es cierto que el crecimiento económico es un supuesto para el progreso social, que para distribuir o proporcionar algo hay que producir este algo, y que para distribuir más hay que producir más, a lo que se añade que las observaciones estadísticas muestran una correlación entre el crecimiento de los índices de producción y fenómenos socialmente positivos como la mejora de la atención sanitaria, la apertura de la educación a amplios sectores, el desarrollo de la política de viviendas, la creación de puestos de trabajo y la mayor participación electoral. Pero no es menos cierto que ello no autoriza a identificar indiscriminadamente el aumento de producción con el aumento automático y generalizado del bienestar individual y social, pues, a partir de un cierto nivel, «tener más» no significa necesariamente «estar mejor». En efecto, así como el crecimiento del alto capitalismo tuvo los tremendos costos sociales y políticos de la explotación de los trabajadores y de la radicalización y polarización de la lucha de clases, así el crecimiento neocapitalista tiene también altos costos existenciales al dar lugar a fenómenos como el desarraigo generado por el frecuente cambio de lugar de trabajo; la obsolescencia de los conocimientos profesionales que, a partir de cierta edad, produce una sensación de frustración; la agravación del conflicto entre generaciones que han vivido en contextos económicos y culturales diferentes; la creciente dependencia del individuo de sistemas sobre los que no tiene el menor control; la erosión de las ciudades; soportar mano de obra extranjera en conflicto cultural con los patrones dominantes en el país anfitrión, que genera fenómenos correlativos de discriminación, racismo, etc.; los fenómenos de protesta anómica, la polución del ambiente, el decrecimiento de los recursos naturales no renovables, etcétera.
Se comprende, pues, que se hayan puesto en cuestión tanto la identificación del bienestar general con el aumento del producto nacional como el valor de los índices utilizados para medir este crecimiento, a no ser que pudieran incluirse otros factores como los ecológicos y sociales. Por otra parte, la duda en la posibilidad de un crecimiento ilimitado, unida a la crítica de un índice unilateral de bienestar basado en datos económicos inmediatos, ha conducido a la formulación de distintas alternativas de crecimiento e incluso a la postulación de su supresión (crecimiento cero). No es nuestra tarea examinar tales posibilidades, ni estamos en condiciones para ello. Pero sí interesa para nuestro objeto destacar que, en la situación actual, el Estado ha de tener como una de sus capitales funciones no sólo impulsar, sino también controlar y orientar el crecimiento, de manera que tenga los menores costos existenciales, sociales y económicos posibles, y que, muy particularmente, el Estado social ha de regular el crecimiento teniendo en cuenta no sólo los criterios y valores económicos, sino también los sociales y, en términos generales, los de la procura existencial. Otra cosa es si el Estado, a pesar de los recursos que le ofrece la tecnología intelectual de nuestro tiempo para la planificación, programación, etcétera, está en condiciones de hacerlo dada la complejidad de la cuestión, o si, aun en el supuesto de que técnicamente pueda hacerlo, el ambiente internacional y el influjo de los intereses sectoriales impongan un tipo de crecimiento orientado por objetivos inmediatos y unilaterales.
57 El PIB mide en términos monetarios al valor añadido por el conjunto de las unidades de producción de una
economía nacional. El PNB es igual al PIB más los ingresos de trabajo y de capital provenientes del exterior y menos los ingresos de trabajo y de capital enviados al exterior.