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Observaciones sobre el sistema de Condillac

88. Condillac, ya lo hemos dicho, (11 y siguientes) reduce todo el sistema de las facultades del alma a la sensación, y en todas las que admite no descubre más que una sola, la de sentir. Hagamos nuevamen- te con él mismo este análisis, y examinemos con alguna detención, los pasajes más notables que en él se encuentran.

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89. «Si solo porque el alma siente, son sus palabras b /, cono- cemos los objetos exteriores; ¿conoceremos los que están dentro de nosotros mismos de otro modo que porque siente?» Recordemos cuál es el objeto de Condillac en este pasaje, y observaremos, que por las que

están dentro de nosotros mismos, ha designado las facultades del alma.

90. En este supuesto [que Condillac cree que todas las facul- tades del alma no son en su principio más que sensación] es inexacto, en primer lugar decir, que el alma sólo conoce los objetos exteriores porque siente, y lo es aún más, que no pueda conocer lo que pasa en sí misma, sino porque siente. Es verdad que necesita sentir para cono- cer, pero de aquí no puede inferirse, que conoce únicamente porque siente. La sensibilidad sola independiente de la actividad del alma no puede dar conocimientos algunos (35). No basta sentir para conocer. Condillac mismo confiesa esta verdad y nosotros volveremos sobre ella en adelante.

91. Pero convengamos, en que el alma no puede conocer sus facultades sino porque siente ¿se infiere acaso que ellas nacen de la sen- sación y que no son más que transformaciones de ésta, o ella misma? Un razonamiento tal nos conduciría a establecer que los objetos exte- riores derivan igualmente, y no son más que la sensación misma; consecuencia, que una sana razón no podrá menos que rechazar.

92. EL conocimiento de los objetos exteriores, del mismo modo que el de las facultades del alma, aun cuando tengan origen en la sensación, no es, ni puede ser éstas [ésta, la sensación], o [ni] aqué- llas [las facultades del alma]. Lo contrario sería confundir el conocimien- to de los objetos con la realidad de ellos mismos.

93. «La atención, prosigue Condillac, que damos a un objeto no es de parte de alma más que la sensación, que aquél hace sobre no- sotros[”]. Pero en los órganos se distinguen dos estados enteramente opuestos: o reciben la impresión del objeto, o dirigen y obran sobre él. Lo mismo sucede en nuestra alma: (33) unas veces recibe sensaciones; otras obra sobre ellas mismas: Esta reacción es propiamente lo que constituye la atención; la cual por lo mismo es enteramente distinta de la sensación.

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94. De aquí es fácil deducir que la comparación no es una do- ble sensación, o dos sensaciones experimentadas a la vez, y como exclusi- vamente, porque la atención no es sensación.

95. Tampoco es una sensación el juicio. Es verdad que pueden sentirse y se sienten en efecto relaciones; pero no se siente del mismo modo cuando se percibe una relación, que cuando se experimenta una sen- sación. Esta supone un objeto exterior que la causa, u ocasiona, y a quien corresponde; no así aquélla. Cuando experimentamos a la vez la sensación de un árbol, y la de una casa, a cada una de éstas corresponde su respec- tivo objeto; pero a la sensación de diferencia entre uno y otro no hay objeto exterior que corresponda.

96. La manera de sentir una sensación es distinta de la de sen- tir una relación; y el placer o dolor que acompañan siempre a la primera, y que jamás se experimenta en la segunda, es una nueva prueba de nues- tra aserción. El error consiste en que se ha adoptado una misma voz para explicar dos fenómenos de un orden distinto –las sensaciones y las relacio- nes–.

97. Lo que hemos dicho sobre el juicio, se aplica al razonamien- to, que no es otra cosa que una serie de juicios. En consiguiente las facultades que forman el entendimiento no nacen de la sensación: toda la parte que ésta ha tenido en ellas, ha sido ocasionar su ejercicio, ejercitar la actividad del alma.

98. Condillac coloca al frente de las facultades que pertenecen a la voluntad, el sufrimiento, que él llama necesidad. Si este sufrimiento es débil, le da el nombre de desazón; si nos priva de nuestro reposo, el de

inquietud. Mas aquí debe observarse que la desazón es un sentimiento

desagradable, y el alma se halla en un estado enteramente pasivo cuando lo experimenta. La inquietud por el contrario, es un principio de acción y de movimiento. No pueden pues confundirse estas dos operaciones, sin que se confunda un estado pasivo con la actividad, el movimiento con el reposo. 99. Aquí del mismo modo que en el tránsito de la sensación al juicio, y de aquélla a la atención, se nota cortada la serie de las ideas; el hilo del razonamiento se ve roto en tres distintas ocasiones; y el principio de que parte Condillac en el análisis de las facultades del alma, no es el que verdaderamente tienen ellas mismas.

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100. Por lo que respecta a las pasiones, que él comprende entre las operaciones de la voluntad, es indudable, que ellas no son impresiones elementales, no son facultades, sino más bien maneras de ser resultantes del buen o mal uso de aquéllas.

 Lección Sexta

Opiniones de los Filósofos