101. En los fenómenos que presenta el espíritu humano, he- mos distinguido, y ha sido siempre necesario distinguir, las sensaciones de las facultades, y de las ideas. Las primeras no son más que la mate- ria sobre las que versan las segundas: y las ultimas son los productos de aquéllas mismas. Ha sido también preciso conocer la naturaleza, el ob- jeto, el número y el desenvolvimiento sucesivo de las facultades, a fin de poder obtener un sistema sobre ellas.
102. Este sistema nació con la Filosofía, mas apenas se dejó ver en medio de la confusión que reinaba entre las partes que lo com- ponían: –las impresiones, sensaciones, imágenes, recuerdos, juicios, y pensamientos–. Se procuró ordenar de algún modo este inmenso caos, y los primeros ensayos condujeron a otros y otros sucesivamente, mas no tardó en advertirse, que la multiplicidad de subdivisiones hacían des- aparecer el orden que se había empezado a introducir; y que las investigaciones demasiado prolijas y numerosas degeneraban en sutile- zas inútiles: Fue pues preciso compendiar lo que se había extendido demasiado, y reducir lo que el espíritu no podía comprender de una sola mirada.
103. Descartes hizo desaparecer las tinieblas, y aniquiló para siempre las almas vegetativas y sensitivas tan queridas de los Escolás- ticos: almas o formas sustanciales cuyas operaciones demostró incom- binables con las del alma racional; y colocó la sensibilidad y el pensamiento en un solo y mismo ser. Simplificado de este modo el problema, su solución fue fácil a los que debían sucederle.
104. Entre éstos debemos distinguir al célebre Locke que in- trodujo en el análisis del entendimiento humano una claridad y precisión desconocidas antes de él, pero perfeccionadas después por
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Condillac, cuyo análisis dejaría poco que desear, si hubiese partido de un principio fundado en la naturaleza.
105. Nosotros nos hemos ocupado hasta aquí de este análi- sis, y hemos procurado establecerlo sobre su verdadera base. Vamos ahora a recorrer brevemente las opiniones de los Filósofos; y este exa- men nos suministrará nuevos convencimientos en apoyo del que hemos adoptado.
106. Debemos desde luego hacer una observación que se apli- ca igualmente a los Filósofos antiguos y modernos. Unos y otros han reducido todas las facultades del alma, al entendimiento y a la volun- tad. Malebranche, para dar ideas claras y distintas de estas dos facultades, las compara a dos propiedades del cuerpo. El entendimien-
to o como él se expresa la capacidad de recibir ideas, con la que tienen
los cuerpos de recibir diversas configuraciones; y la voluntad, o la ca-
pacidad de recibir diversas inclinaciones, con la que en aquellos se
encuentra para distintos movimientos. De suerte que según este autor el entendimiento y la voluntad son facultades puramente pasivas, o sim- ples capacidades. La actividad sólo pertenece a la libertad, que según él «es el poder de separar la voluntad, de la dirección natural, que le lleva hacia el bien general, que es Dios».
107. Algunos atribuyen la actividad del alma a cada una de las facultades dichas, y otros a sólo la voluntad, desconociendo en el enten- dimiento la de producir ideas. En todos no puede menos que extrañarse cómo han podido satisfacerse con un conocimiento tan vago y superfi- cial. Podría decirse de ellas lo que de aquellos que se diesen por satisfechos con saber que en Aritmética todo se reduce a componer y descomponer los números, y creyesen que estas dos son sus únicas operaciones, y que es imposible imaginar otras.
108. Todas las operaciones del alma, todas sus facultades se reducen sin duda al entendimiento, y a la voluntad. Mas ¿por qué se reducen? ¿Es acaso, porque de tenemos [porque tenemos] idea alguna de ellas? ¿No es evidente por el contrario que para reducirlas es nece- sario conocerlas? Este es el modo de proceder para adquirir verdaderas luces y conocimientos útiles. Explicar en detalle todos los diversos pro- blemas de la composición y descomposición de los números, y las operaciones particulares del entendimiento y de la voluntad; y entonces
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podrá hablarse de uno y otro; porque estas expresiones abreviadas com- prenden en efecto alguna cosa; a saber, operaciones que han sido bien conocidas y demostradas.
109. Es pues imposible satisfacerse con el análisis de las facultades del alma hecho por los Filósofos: y habría sido bien extraordinario no haber sentido la necesidad de detenerse sobre las facultades particulares que a cada instante nos advierten su existencia. De aquí es que han ensayado otros en diversas épocas, añadir al entendimiento y a la voluntad, operaciones subordinadas que vamos a examinar.
110. No nos detendremos sobre las opiniones de los Filósofos antiguos, porque no es fácil formarse ideas precisas de su modo de pensar, no sólo sobre las facultades del alma, sino sobre el alma misma. Esta parece que era para ellos el principio de la vida a los vegetales, a los animales, y aun al hombre. En éste tenía facultades [había faculta- des] que le eran comunes con las de las bestias, y otras que le eran peculiares. En las primeras contaban la sensibilidad, el apetito, la fuer-
za de moverse: en la segunda el entendimiento agente, el entendimiento
especulativo, y el entendimiento práctico. No es difícil advertir cuánto distan todos estos entendimientos, todas estas facultades, de un siste- ma regular, y bien ordenado. Abandonémoslas por lo mismo, y pasemos a dar una ligera ojeada sobre las opiniones de los Filósofos modernos.
111. Bacon distingue dos almas, racional y sensitiva. Las facul- tades de la primera, son: el entendimiento, la razón, la imaginación, la
memoria, el apetito, y la voluntad. Las de la segunda, el movimiento voluntario, y la sensibilidad.
112. En este análisis que sin duda es superior [que no parece superior] al de los antiguos, es digno de observarse, entre otras cosas; primero: que niega la sensibilidad del alma racional, sin advertir, que un ser destituido de todo sentimiento no tendría interés alguno en obrar, y que cuando quisiese hacer uso de sus facultades, ni tendría en qué ejer- citarlas, ni es posible concebir de dónde le vendrían sus ideas. Segundo: la memoria no puede enumerarse entre las facultades; porque sea que se considere como una simple disposición a la renovación de las sensacio- nes o de las ideas; sea que se confunda con unas y otras, siempre es el producto de la atención, y para hablar en todos los sistemas la memoria
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es una sensación continuada, pero debilitada; es lo que queda de una sensación, es una sensación, una idea renovada; un fenómeno en fin, cuyas causas nos son desconocidas, porque ni es causa, ni facultad.
113. Descartes reconoce cuatro facultades primitivas [princi- pales]: –la voluntad, el entendimiento, la imaginación , y la sensibilidad:
– si se invirtiese el orden de éstas quedarían mejor ordenadas sin duda.
Por lo demás basta observar, que esta división de las facultades del alma, es muy superior a la que de ellas hizo Bacon (111).
114. Hobbes sólo admite dos facultades: conocer y moverse. A la primera se hallan subordinadas la sensibilidad, la imaginación, la memoria, y el razonamiento; a la segunda, el placer, el dolor, el amor, el odio, la aversión, y otras varias que enumera largamente, y que con- sidera como otros tantos actos de la facultad de moverse. Mas ni la sensibilidad, ni la memoria, ni los vicios o las virtudes pueden enume- rarse entre las facultades.
115. [“]Hay dos grandes y principales acciones en nuestra alma, dice Locke, de que se habla con frecuencia: –la percepción o potencias de pensar, y la voluntad, o facultad de querer; o como se les llama generalmente, el entendimiento y la voluntad. Estas poten- cias o disposiciones, se designan con el nombre de facultades. En adelante tendré ocasión de hablar de algunos de los modos de estas
ideas simples».
116. La idea del entendimiento y de la voluntad incluye en cada una otras tres ideas subalternas, (63) y el mismo Locke propone hablar de los diferentes modos de estas ideas. En consiguiente ellas no pueden ser simples. Por otra parte acordarse, discernir, juzgar, no son facultades, sino el resultado de la acción de estas mismas.
117. Podrá tal vez decirse que la idea de una potencia es una idea simple: mas el entendimiento y la voluntad no son solamente po- tencias, sino potencias que obran, o pueden al menos obrar de tres modos diferentes.
118. Bonnet en su ensayo analítico sobre las facultades del alma, reconoce las siguientes: entendimiento o pensamiento, voluntad,
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voluntad, ésta a la facultad de sentir, la facultad de sentir a la acción de los órganos; y esta acción a la de los objetos».
119. En este sistema no puede menos que notarse el error que resulta del diverso sentido en que se toma la palabra subordinación. Es la que hay entre la voluntad y la libertad, entre estas y las demás facul- tades de que hablamos antes, nada hay de común con su naturaleza.
120. La libertad está en efecto subordinada a la voluntad, porque no es otra que esta misma después de haber deliberado. No así la voluntad y la sensibilidad; aquélla no nace de ésta, ni es ella misma modificada. La primera es una facultad; la segunda, una pura capacidad. La única relación que existe entre ambas consiste en que la voluntad no se manifiesta sino a consecuencia de haber sentido; y sólo bajo este res- pecto puede considerarse subordinada.
121. No hay pues en este sistema el orden que es indispen- sable entre las ideas; de aquí nace que se confunde la subordinación de la sensibilidad, que es una propiedad del alma con acción de los órga- nos propios del cuerpo. ¿Qué relación hay en efecto entre la naturaleza de aquélla y la del movimiento?
122. Algunos han supuesto tres sentidos interiores; –voluntad, inteligencia y memoria–. Pero fuera de que la palabra sentidos interio-
res aplicada a las facultades del alma es impropia; la memoria, hemos
dicho repetidas veces, no es una facultad.
123. Otros han reducido todas las facultades a las de imagi-
nar, reflexionar y acordarse. En esto hacen consistir toda la facultad de
pensar, que precede, y es el fundamento de todos los dones de la natu- raleza humana. Pero la imaginación, y la reflexión, lejos de ser el fundamento de las demás facultades, ellas mismas nacen y se derivan de otras anteriores, sin las cuales nunca se manifestarían.
124. Diderot resuelve el problema del modo siguiente: «Des- pués de haber reflexionado con detención sobre este objeto, se deducirá sin duda que todas las operaciones del entendimiento se reducen o a la memoria de los signos, o sonidos, o a la imaginación o memoria de las formas o figuras».
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125. Mas si las operaciones del entendimiento se reducen to- das a la memoria, será o en sus principios, o en sus resultados. No hay quien ignore que no se empieza por acordarse; y en consiguiente no puede ser éste el principio de las operaciones. Tampoco puede ser el resultado o producto de ellas, porque éste no puede llamarse operación. 126. Destutt de Tracy siguiendo el sistema de Condillac, no descubre otra cosa en el pensamiento, que sensaciones. Pensar, dice, es sentir sensaciones, recuerdos, relaciones, y deseos. Estas son todas las operaciones que reconoce, las que con propiedad no son más la prime- ra. No nos detendremos sobre este sistema; las observaciones que hicimos en la lección 5ª. sobre el de Condillac se aplican igualmente a éste. Sólo añadiremos con respecto al juicio, que él [es] lo mismo que la memoria[:] no son facultades, ni operaciones, sino resultado de ellas. La percepción o sentimiento de relación es un consiguiente de la acción del alma sobre dos sensaciones; obtenida ésta cesa todo el trabajo del espíritu.
127. A esto puede reducirse cuanto han imaginado los Filóso- fos para hacernos conocer la facultad de pensar. El análisis que acabamos de hacer de sus opiniones nos pone en estado de compara- ción con el sistema que hemos adoptado; y no dudamos que este examen nos suministre nuevos aprovechamientos en su apoyo.
128. Aquí terminamos la primera parte de nuestras lecciones. En ella hemos procurado dar a conocer la naturaleza de las facultades de nuestra alma, separándolas de las sensaciones y de las ideas. Mas no bastaba haber notado los caracteres que las distinguen de todo lo que no es ella; necesitábamos además, conocer los que las separan unas de otras, aunque en su naturaleza no son más que una sola y misma cosa. Uno y otro se ha conseguido viéndolas nacer todas y derivarse de un mismo principio, no a la vez, sino en un orden sucesivo y necesario; de suerte que las compuestas no habrían podido manifestarse, si no se hubiesen conocido antes las simples.
129. Desde entonces el sistema de las facultades del alma se ha dejado ver en toda su simplicidad. El se compone de dos ramas; [:] por una parte la atención, o se concentra en una sola idea, o se dirige hacia dos, o finalmente abraza cuatro o más ideas: [;] por la otra el deseo tiende hacia uno solo y único objeto, o modérase para elegir en-
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tre varios, o suspende la elección, para hacerla mejor después de exa- minar y pesar detenidamente los bienes y los males. Estamos pues dotados de un entendimiento que obra por medio de la atención, de la comparación, y del razonamiento. Somos por lo tanto capaces de cono- cer la verdad, así como de amar el bien; pues que se nos ha concedido una voluntad que obra por medio del deseo, la preferencia y la libertad, lo cual nos hace en cierto modo árbitros de nuestro destino. Estos dos sistemas particulares no son independientes uno de otro; las facultades morales están subordinadas a las intelectuales, y de este modo se con- serva la unidad entre ambas. El principio común es la atención; a esta facultad primera deben su existencia y origen todas las demás: si ella faltase ninguna otra existiría. Queda de este modo resuelto el problema que hasta aquí nos ha ocupado, y demostrado el sistema de las faculta- des de nuestra alma.
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