II. La reordenaciÓn de La Vida en un escenario de incertezas
3. Occidente como un espacio cristiano de tradición latina
La temprana conversión de la mayoría de los pueblos bárbaros al cristianismo y su convivencia con una población romana, ya ampliamente cristianizada hacia el siglo V, fueron dos de las bases sobre las que acabaría consolidándose una so- ciedad cristiana en el antiguo suelo imperial. A ellas se unió también la existencia de diversas misiones dirigidas a extender el Evangelio entre una serie de pueblos que permanecían fuera del universo cristiano, como la del monje Agustín, enviado a fines del siglo VI por el papa Gregorio al rey de Kent, o la actividad misionera de Patricio en Irlanda y la posterior de las iglesias anglosajonas entre los pueblos que se hallaban más allá del Rin a partir del siglo VII. Fue decisiva, igualmente, la gran fuerza que mostró la vida monástica en occidente, manifestada especial- mente a través de la difusión de la Regla de san Benito, de manera que, junto a los clérigos que desarrollaban su acción en medio de los laicos, es decir, en el mundo
(saeculum-“seculares”), proliferaron otros que vivían en comunidad, sujetos a una cierta disciplina contenida en su Regla (“regulares”), y que se multiplicaron en los ámbitos rurales como centros de estudio y oración, pero, a la vez, de pose- sión y cultivo de tierras, constituyéndose así en unas novedosas unidades cultu- rales y de producción económica, en las que, muchas veces, sus abades actuaban como señores temporales.
En un ambiente de creciente cristianización cultural de la sociedad en occiden- te, continuó la iglesia, a lo largo de las centurias que siguieron al siglo V, en la pesada tarea de la definición de sus dogmas, que si en un primer momento se ha- bía centrado en la naturaleza de Cristo, prontamente dio paso a que se discutiera, también, la potestad del obispo de Roma, alzándose estas dos cuestiones como las que más decisivamente determinaron un progresivo distanciamiento entre las iglesias de tradición latina en occidente y las de tradición oriental en el espacio bizantino. La originaria autonomía de los obispos en el gobierno de sus sedes y en la definición de la fe de los cristianos que les estaban sujetos, generó diversas interpretaciones contradictorias o disímiles respecto del mensaje evangélico, in- crementadas muchas veces por la diferencia lingüística que, consolidada durante el siglo VI, hacía que los padres de la iglesia en occidente se expresaran en latín y los bizantinos en griego, y a las que se intentó dar solución a través de la reunión de diversos sínodos y concilios, pero estas reuniones eclesiásticas, las más de las veces, sólo consiguieron el efecto de profundizar las diferencias o de generar otras nuevas.
El concilio de Constantinopla, que reunió a los obispos bizantinos en el año 692, incrementó el distanciamiento con la iglesia romana de occidente, pues, por una parte, fijó en sus actas por primera vez la tradición oriental que permitía, en ciertos casos, el matrimonio de los clérigos, posibilidad no admitida y combatida por la tradición latina y, por otra, reconoció la primacía de la sede de Constan- tinopla sobre las más antiguas de Jerusalén, Antioquía y Alejandría y, con ello, discutía el eventual primado de potestad del obispo de Roma, cuestión ésta que ya desde antiguo se mostraba como un punto cada vez más conflictivo entre las iglesias de occidente y oriente, por lo que el papa Sergio I (687-701) se negó a firmar las actas de dicho concilio. En tiempos de su sucesor Gregorio II (715-732) la condena de la doctrina iconoclasta abrió unas nuevas distancias, que continua- ron profundizándose hasta que la elección de Focio como patriarca de Constan- tinopla en el año 858 y su desconocimiento por el papa Nicolás I, condujo a un primer cisma, cuando el papa excomulgara al patriarca en 867 y en ese mismo año el patriarca excomulgara al papa en un concilio reunido en Bizancio. Aunque este cisma fue breve, pues fue superado en el concilio de Constantinopla reunido en el 869, las diferencias no desaparecieron y acabaron en el año 1054 con las excomuniones recíprocas que se fulminaron el papa León IX y el patriarca cons- tantinopolitano Miguel Cerulario, a quien los legados del pontífice habían negado
su carácter de patriarca ecuménico, formalizándose así una distancia que se había gestado durante siglos y que cerró el círculo de un occidente cristiano de tradición latina que confinaba al oriente con Bizancio.
Si en oriente la iglesia del obispo de Roma no logró que se reconociera su pri- macía de potestad, tampoco le fue fácil avanzar en ella en occidente, donde los obispos desde tiempos apostólicos se habían desenvuelto en unas amplias esferas de autonomía y muchos de ellos, en la medida en que las estructuras imperiales desaparecieron, se alzaron como los rectores, no sólo espirituales sino también temporales, de sus comunidades y, ya al interior de los diversos reinos germanos, mantuvieron y consolidaron sus posiciones de influencia, en cuanto que solían ser miembros de las antiguas aristocracias provinciales o de las nuevas que se ges- taban en sus reinos y que encontraban en la dignidad episcopal un espacio para controlar tierras y personas y para afirmar las posiciones de poder de sus familias. Los obispos, eran, en principio, elegidos por sus propias comunidades de laicos y ello generó, desde temprano, el frecuente recurso a la simonía, combatida incluso por emperadores como Justiniano en una de sus novellae (VIII), pero hubo, igual- mente, una activa intervención de los reyes en las elecciones episcopales, frente a lo cual la posición central del obispo de Roma, al que sólo desde el siglo VIII comenzó a dársele en exclusiva el dictado de “papa”, antes también utilizado para los obispos, se vio favorecida porque algunos concilios occidentales, como el de Sárdica en el 343, le habían reconocido su carácter de juez último en los casos de deposición de obispos y porque otros, como los de Constantinopla en el 381 y de Calcedonia en el 451, le asignaron una precedencia honorífica.
Con todo, la progresiva, si bien no plena, afirmación del obispo de Roma en occidente estuvo ligada a tres factores principales: a) el uno, la personalidad y prestigio de algunos de sus obispos, que como Gelasio a fines del siglo V había declarado que la sede romana podía juzgar todos los casos, pero ella no podía ser juzgada, o Martín I en el siglo siguiente en sus enfrentamientos con el emperador bizantino; b) otro fue la posición cardinal de su sede en la antigua cabeza del im- perio que los convirtió en depositarios de unas largas tradiciones litúrgicas y de gobierno, las más de ellas registradas en el Liber Pontificalis y, junto a ello, la sede romana se volvió también en custodia de la propia memoria de la iglesia y comen- zó a difundirla. Así, a principios del siglo VI se formaba en Roma una colección de cánones conciliares y de cartas de sus obispos que, conocida con el nombre de
Colección Dionisiana, circuló ampliamente en occidente como muestra del cuida-
do y preocupación romana por el destino de todas sus iglesias. Un no menor papel jugó la difundidísima colección Hispana, formada durante el siglo VII en tiempos de Isidoro de Sevilla en el reino godo de Toledo, en la que se reunían cerca de cien epístolas decretales de los obispos de Roma, a quienes daba el dictado de “papas” y a su silla el de sedes apostolicae; y c) el otro factor fue la centralidad que cobró la figura del obispo de Roma en la secular disputa mantenida con las iglesias de
oriente, hecho que lo situó en una posición, en la práctica, de rector de las iglesias occidentales.