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DE OCTUBRE DE 1976 Del traidor y del héroe

DOMINGO, 3 DE OCTUBRE DE 1976 Cuando el barco se hunde

MARTES 5 DE OCTUBRE DE 1976 Del traidor y del héroe

I

Temprano a la mañana, en el estacionamiento de autos de la Décima Brigada de Infantería, Oddone y Manuel bajan del coche en joggings y zapatillas. Vienen de correr y se dirigen al edificio. Oddone camina adelante, Manuel lo sigue. En su rostro hay una expresión extraña, tremenda.

II

Ariel está arrodillado ante su cucheta, en el cuartel de Campo de Mayo. Prepara su bolsito. Además de ropa pone algo envuelto en papel de diario, antes lo toca un instante con respeto. Cierra el bolso y se dirige a la salida. En la puerta, el teniente habla con un suboficial.

—¿Te vas de franco, Strejilevich? Los judíos siempre se dan buena vida, ¿no? Fin de semana en casita, ahora franco...

—Sí, mi teniente. Hasta el jueves —dice Ariel cuadrándose.

III

La pequeña plaza Garay, en el sur de la ciudad, está casi vacía por la mañana. Hay un árbol en el centro, rodeado por un banco circular donde un muchacho hace como que lee una revista, pero en realidad la usa para mirar sin que se note. Y es por encima de las hojas que ve venir caminando a Esteban. Se incorpora cuando el otro llega y comienza a caminar con él.

—Ayer había concertado un primer encuentro —dice el recién llegado—. No vino nadie a la cita y no pude avisar.

—Ya sé que no fue nadie. Cayó Marcela. Walsh se estremece.

—Hay que concertar una nueva cita. Explicá que hubo problemas de organización, que no esperábamos el ritmo que ellos plantearon y que los problemas no se van a repetir.

—Parece que están apurados. ¿Qué hago si me dicen que la cita es hoy?

—Aceptá. La orden es que aceptes los ritmos más acelerados.

—La conducción maneja la hipótesis de las internas en el Ejército, ¿verdad?

—Sí. Por eso hay que negociar ya.

IV

Suenan cubitos de hielo contra los vasos de whisky. El living de Konig brilla con la hermosa luz de la mañana.

—Entonces —le dice el coronel a Rodolfo, girando suavemente su vaso—, resumamos. Queda acordada la misma cita: restaurante de Retiro, 19 horas; y las mismas modalidades: usted y tres representantes de la Conducción

Nacional, por un lado; el general Sánchez Parson, el general Oddone y su ayudante, el coronel Marini, por el otro. Ustedes envían antes una patrulla a inspeccionar el espacio, que va a estar completamente cerrado al público, la estación se clausura por el operativo. El encuentro es pacífico, sin despliegue militar y bajo bandera blanca, pero se mantiene en secreto y no se anuncia a la población.

—Esa es condición de ustedes, no nuestra...

—No diga "ustedes", Walsh, porque lo voy a putear. —¡Coronel, no me diga que en cuatro días descubrió la causa popular!

—No sea boludo, hombre —Rodolfo le está sonriendo, Konig está por decir algo, pero se reprime.

—Dele... —pide el otro amablemente—. Peléese con confianza.

—Yo creo que a todos ustedes hay que meterlos en cana y juzgarlos, y si yo fuera el juez, fusilaría al noventa por ciento contra un paredón (a usted no, porque es un gran escritor, y con los artistas no se jode). Y le digo por qué: porque están locos. ¿Entiende? Locos. Están locos de ideología. El problema es que en la locura ideológica ven disparates como el comunismo y apoyan a un monstruo como Perón, o matan a un hombre viejo como Aramburu, un hombre que estaba por hacer lo que ustedes son incapaces de hacer: reconocer algún error.

—Coronel, "algún error" son cantidades de muertos inocentes...

—Sí, pobres tipos como Graña, por ejemplo... —No me hable de Graña, por favor.

El tono quiso ser autoritario. Quiso prohibir todo debate pero no lo consiguió. Al contrario. Es más bien rabia y dolor lo que se lee en el rostro de Walsh, y así lo entiende

Konig.

—Ah, ya veo... A usted también le parece una canallada...

—…

—¿Le parece una canallada?

—Antes que nada, me parece una estupidez...

—Estupidez también, pero canalla... ¿O me lo va a negar?

—Vea, coronel. Las discusiones de adentro no se dan con alguien de afuera, sobre todo si el de afuera nos quiere fusilar a todos ... menos a mí, que soy un artista...

—A usted le damos treinta años, nada más...

—Le agradezco. Yo soy más generoso: si tomamos el poder, lo dejo salir del país. ¿Le gusta?

Konig se ríe.

—Si el regalo es para cuando tomen el poder, prométame un millón de dólares, aproveche, oportunidades para quedar bien gratis no sobran ...

Walsh menea la cabeza con una sonrisa triste.

—Acuérdese de lo que le digo... no ahora, pero podría pasar... —toma un largo trago, el whisky es excelente y lo saborea en la boca—. Vea, coronel, yo sostengo que hay que replegar fuerzas antes de que las terminen de aniquilar.

—Sentido común... ¿Lo van a hacer?

Walsh menea la cabeza en silencio. Piensa que ese hombre lo escucha más que sus propios compañeros. Sabe que no, que no van a hacerlo, sabe que nadie aceptó los documentos que entregó, donde critica la política de la organización ante el golpe militar, hace un análisis detallado de la situación y propone un camino posible cuya descripción tiene fragmentos parecidos a estos:

Después, organizar la Resistencia como en el 55.

Grupos de cinco, seis personas, organizadas en barrios, alrededor de fábricas o lugares de trabajo, de facultades o colegios. Los grupos tienen autonomía, son chiquitos y aspiran a poco pero mantienen vivo el espíritu de rebelión y denuncian los atropellos a los derechos humanos. Un caño en la puerta de la fábrica, media hora antes de que se comience a trabajar; unos panfletos que denuncian secuestros y torturas, justo el día en que Videla recibe a algún funcionario del exterior.

El pueblo no es guerrillero, pero sigue siendo peronista, y para este tipo de resistencia, va a apoyar.

Se trata de no hacer ninguna acción violenta indiscriminada que nos quite la bandera fundamental de los derechos humanos, esa bandera nos permite hacer política en el seno del enemigo.

Acciones chicas, limitadas, autónomas, grupos fáciles de ocultar y de desarticular; nadie más los conoce, no hay una organización grande y centralizada que los dirige. Son acciones espontáneas y con la mínima pretensión de señalar que se resiste, que se espera, que no se bajaron los brazos. Rodolfo cree que, al menos en la experiencia argentina, no se dio el camino que plantea Lenin: las vanguardias políticas surgieron de los movimientos reales y eso ha ocurrido con el peronismo, movimiento del que nació Montoneros. Cree que ahora Montoneros ya no expresa el movimiento masivo, contradictorio y popular que lo dio a luz, pero que un repliegue militar de esta guerrilla —luego de admitir públicamente la derrota y de ofrecer la paz al enemigo (una paz que, Rodolfo está seguro, la dictadura militar rechazará de plano, colocándose así, indiscutiblemente, ante la opinión pública internacional, en

el sangriento y bochornoso lugar del agresor) podría rehacer los lazos entre el movimiento y su vanguardia. Cree que esa nueva política convocaría a los trabajadores y a jóvenes como la hija del coronel Konig. Cree que incluso sería mirada con simpatía por oficiales asqueados por el desprecio ante cualquier derecho humano que exhiben sus bárbaros colegas; oficiales como el mismo coronel Konig y algunos generales de la llamada ala moderada de las Fuerzas Armadas, incluso algunos altos mandos de la policía.

Pero nada de esto responde Walsh al coronel, que le sonríe con un afecto ya no disimulado, sentado frente a él. Más bien, deja de lado pensamientos que lo conectan una vez más con la impotencia y el dolor y permite que el whisky acaricie su lengua y baje por su cuerpo, sonriendo a su amigo, a su vez, con tristeza. Entonces se reclina en el sillón tan cómodo, toma otro trago y suspira.

—Esto sí es una tregua ... —dice.

—¡Ya lo creo que es una tregua! Mi mujer salió y no vuelve hasta la una.

V

Sentado al volante del auto, Manuel está perdido en un pensamiento muy grave, mientras mira hacia el bar de la zona de Retiro donde Konig y Oddone se observan frente a frente, sin ninguna simpatía.

—¿Tenés algo más para informar? Si no, terminamos acá.

—No —dice Konig, contento de irse rápido—. Creo que está todo claro. La cita queda confirmada para hoy a las 19 horas. Faltaría decir...

—Tranquilo..., quiero ser exacto en mi formulación y necesito tiempo.

—Lamentablemente, ya te di demasiado.

Konig deja pasar varios segundos, sólo para irritar al otro.

—Quedaría decir... que con esto concluyo la misión que me encomendó mi Ejército, y me considero exento de cualquier obligación en esto que vos llamás guerra.

—¿Por qué, vos qué nombre le pondrías?

—No sé... No nos enseñaron que la guerra fuera desvalijar casas y obligar a huir a inocentes para salvarse de la violación y la tortura.

Oddone le sostiene la mirada. —Estás con ellos...

—¡Ni vos me vas a hacer estar con ellos!

Konig gritó en el bar, algunos se dan vuelta para mirarlos pero eso no le importa a ninguno de los dos. Oddone responde con la voz contenida:

—Mirá, vaya ser breve: ayer todo salió mal, no me importa por qué fue; hoy todo tiene que salir bien, pero si no es así, me va a quedar muy claro por qué sale mal. En una guerra hay dos bandos, y se mata o se muere; los que vos llamás "inocentes" son ayudantes vacilantes o cobardes de uno o del otro. Y cuidado, Carlos, porque sabemos muy bien qué hacer con ellos. Acá no se trata sólo de aniquilar al enemigo, se trata de terminar con la otra subversión, la subversión ideológica, la de los pusilánimes y los tolerantes, la de los irresponsables y los que se las dan de almas sensibles y cultas, la subversión más peligrosa, la que alentó al demonio a manifestarse entre los argentinos.

Konig suspira y Oddone entiende mal:

—Creo en el demonio más que nunca, Rafael... —niega Konig muy serio, clavándole los ojos—. Y se está manifestando entre los argentinos, es verdad.

VI

Muy poco después, el general viaja en su auto hacia la Décima Brigada de Infantería. Su chofer maneja en silencio y, aunque su mirada intenta ser inexpresiva, ojos más sensibles detectarían signos de la batalla que se está librando en su alma. Pero Oddone, ensimismado, no tiene cómo darse cuenta de eso, y tampoco de que finalmente algo se decide adentro del conscripto Manuel Mendizábal.

—General ...

—¿Qué pasa, Manuel? —dice su jefe afablemente, como despertando.

—General, estuve pensando en lo que hablamos ayer... sobre mí, sobre mi futuro ...

—¿Sí...?

—General Oddone —dice el soldado después de una brevísima vacilación—, creo que usted tiene razón. Quiero ser un oficial del Ejército Argentino.

—Bienvenido, hijo —saluda el general, conmovido—. Me das una buena noticia.

—General… —Decime…

—Eso de lo que usted me habló ayer... —Manuel habla lentamente, si no tuviera las manos en el volante no podría disimular el temblor—. Eso tan importante...

—…

—Yo no quiero que usted me cuente lo que no me puede contar. Lo que quiero es... si se puede, si hay

momentos de peligro... acompañarlo... Estoy cumpliendo el servicio militar cuando mi patria está en guerra y... bueno, puedo hacerlo como un chico bien, el recomendado de mi papá... o... puedo servir en serio a la Patria... Aprender de usted... Por eso quiero combatir... si es preciso...

El general se ve radiante en el espejo retrovisor. —Manuel, tu valor me confirma en mi camino. Vamos a iniciar tu educación. Hoy mismo... Y vas a aprender mucho.

VII

Konig regresa apurado de su reunión con Oddone y va directamente al teléfono. Parado junto a él, se queda unos segundos mirando su reloj hasta que suena:

—... Sí. Queda todo confirmado... Listo... Oiga, acá me desentiendo, ¿sí? ¿Escuchan? Me desentiendo. No me llame más. Suerte. Y gracias... ¡Espere! ¡Escuche! No se fíe. Sea prudente... Y si escribe esta historia... póngale un final feliz. Cuelga el teléfono y se queda un segundo pensativo. Después se encamina rápidamente a la cocina.

Carmen está terminando de almorzar y lo mira sin saludar.

Konig le hace una sonrisa triste, no quiere pelear con ella. Se queda parado al lado, mirándola.

—Agarrá dos mudas de ropa para cada uno —dice después—, poneme las píldoras para la presión, agarrá los pasaportes y vení conmigo.

Ella se incorpora y lo mira con cansancio.

—Tonto. Está todo listo. Y también puse las píldoras para mi presión.

Konig no encuentra respuesta que logre ocultar la admiración que siente, así que opta por el silencio.

—Nos vamos de paseo a Washington, atrás de Aurora. Vamos a pedirle otro favor al amigo Anthony. Esperá que lavo este plato, no quiero que cuando vengan piensen que soy una roñosa.

Carlos la mira pasar el detergente y por primera vez en más de treinta años se da cuenta de la eficiencia y rapidez con que su mujer mueve las manos. Después salen juntos de la cocina.

—Van a venir y van a vaciar toda la casa, estos hijos de puta —dice ella.

Y mientras la ve encaminarse al dormitorio, el coronel se pregunta qué pasa que su mujer, antes tan decorosa, está diciendo en esos días tantas malas palabras.

Abre la vitrina. Carmen vuelve menos de un minuto después, justo para observar cómo saca con mucho cuidado la bella pastorcita rota, la envuelve en el inmaculado pañuelo de mano que extrae de su bolsillo y la guarda ahí.

Los dos recorren con tristeza el living, la biblioteca, los ventanales, los muebles de estilo, las fotos. Carmen guarda el portarretratos con la foto de Aurora en su cartera, sonríe a su marido con gratitud.

—Van a hacerse un buen botín, pero nuestro tesoro está a salvo. Aunque estaba decidida a no llorar, las lágrimas se le caen sin aspavientos.

Konig se le acerca para tomar la valija, ella huele con fruición la colonia para después de afeitarse que le compró el último Día del Padre.

—Qué tipo sos —dice meneando la cabeza—. Si no están por cagarte a tiros, no vas a visitar a tu hija.

VIII

Rodolfo se pasea por la alfombra, mientras dicta:

—Y Alejandra, sacada con vida de su casa ... en agosto... ¿o en julio?

—En... Se me superpone con el secuestro de Quique... —Esperá... — Walsh revisa unos papeles de su escritorio—. Fue a principios de agosto, poné agosto. Quique también en agosto. Después está Abel... también en agosto... ¿Quién más?

Lila suspira:

—Arturo, en septiembre... En agosto también fue Azucena.

—Arturo, en septiembre, Azucena en agosto..., y no pusimos a los delegados de Mestrina, el mismo 24 de marzo, y a Martín... Pero a Martín se lo llevó la Marina, ellos no van a saber nada.

—Teresita, este domingo... Cuando ya querían negociar.

—Pero a Teresita se la debe haber llevado la Marina, Lila.

Lila levanta las cejas, dudosa. Tacha a Teresita de la lista, pero después le dibuja al lado un signo de interrogación.

IX

Ariel está refugiado en su lugar en el mundo, su dormitorio en la casa donde vive con sus padres. En la pared hay un inmenso póster de Luis Alberto Spinetta, músico del movimiento que entonces se llama "música progresiva nacional" y que seis años más tarde, durante una guerra contra Gran Bretaña que Ariel o cualquiera sería completamente incapaz de imaginar en este momento,

pasará a llamarse rock nacional.

En tamaño e importancia, es el póster de Spinetta el que gana la pared, pero hay otro más pequeño del comandante Che Guevara con el habano en la boca. La juventud contestataria del momento se reparte sobre todo entre militantes y rockeros, dos grupos con poco contacto entre sí y que se desconfían mutuamente. Ariel es rockero. Una foto de Antonin Artaud, otra de Julio Cortázar, un afiche con la estrella de David que convoca a un acto en rememoración del levantamiento del Gueto de Varsovia y la conocida imagen de Albert Einstein sacando la lengua completan el decorado de las paredes.

La biblioteca tiene una foto de Judith y el pequeño tocadiscos Wincofón está en una mesita ad hoc, junto al balcón ventana. En cada esquina del cuarto hay un waffle; sobre el de la derecha Ariel ha ido colocando los pequeños regalitos que recibe de Judith: muñequitos de peluche que él siente un tanto melosos, una cajita de madera y plata que en cambio le gusta muchísimo y una pequeña pipeta de arcilla que, como su novia le reprocha, nunca usó para fumar marihuana porque prefiere armar cigarrillos de papel y chuparlos hasta que se le quemen los dedos, para después insertar el pequeñísimo resto en la cobertura de una cajita de fósforos agujereada, que permite fumarlo íntegramente.

Ariel fuma marihuana apenas ocasionalmente. En cambio, está fumando muchísimo tabaco en esos seis últimos días, y eso piensa ahora preocupado, mientras da una profunda pitada a su cigarrillo, muy nervioso pero recostado en su cama. Todavía tiene el uniforme puesto. El bolso está tirado en el suelo.

Suenan dos golpes suaves en la puerta. —Arielito, ¿estás despierto?

—¿Qué pasa, ma?

— Tenés teléfono... Judith.

—Bueno, cortá que atiendo de acá.

Sin incorporarse, manotea el aparato que está en la mesa de luz:

—Hola. ¿Cómo estás?... Sí, vuelvo el jueves a la mañana... No, Judith, hoy no... Hoy no, nena, no empieces... Estoy muy cansado, ayer nos bailaron, anoche dormí mal otra vez... No, prefiero que no vengas ...

—Ariel, ¿no tenés ganas de verme? —escucha la voz preocupada. Resopla con fastidio.

—Vos sabés que no estoy bien. No hinches. Hay un breve silencio en la línea.

—¿Seguís pensando en ir ahí?

—No quiero hablar por teléfono de esto, Judith. —…

—…

—Ari... por favor, tené cuidado... Es muy peligroso... Cuando corta la comunicación, se queda todavía quieto un rato largo. Después se incorpora, levanta el bolso del piso y lo abre. Saca del fondo el paquete de papel de diario y lo desenvuelve, saca una sandalia de mujer, usada y polvorienta. Se levanta, la coloca en un hueco del estante de la biblioteca y se pone a observarla.

La sandalia quedó en un estante donde también está ubicado, imperceptible entre muchos otros, un libro que Ariel leyó:

Operación Masacre. También vio la película que se filmó pocos años antes. Narra el fusilamiento de doce o catorce (el número no es seguro) civiles desarmados, en basurales de una localidad del Gran Buenos Aires. Se trata de un crimen que se cometió durante la dictadura militar

que derrocó al peronismo veinte años antes, en 1956. Aunque el libro se lee como una especie de novela policial, tremenda y electrizante, está basado en una investigación completamente real que, a partir de testimonios, hizo un autor que se llama Rodolfo Walsh.

X

El autor ahora está escribiendo en el living de su departamento clandestino, pero lo que está tecleando en la vieja Remington no es parte de ningún libro publicable en estos tiempos: se trata de la lista de los militantes que

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