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@Novela Argentina-Drucaroff, Elsa-El Último Caso de Rodolfo Walsh. Una Novela

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Elsa Drucaroff

El último caso de Rodolfo Walsh. Una novela

Grupo Editorial Norma – La otra orilla

Buenos Aires – Argentina Primera edición: agosto de 2010 ISBN: 978—987—545—559—7

A la memoria de mi prima, Alejandra Lapaco Aguiar. A Carmen Chalita Aguiar, Madre de Plaza de Mayo (Línea Fundadora), que conserva la risa de Alejandra. A la memoria de Carlos Roffi, porque escribí al coronel Konig desde su voz, su estilo, su entrañable presencia, para que él lo interpretara. A mi hijo Iván Horowicz, porque quiere imaginarse cómo fue para pensarlo por su cuenta. Y a su papá, Alejandro, que me ama porque pienso por mi cuenta.

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A Ignacio Apolo, porque le debo esta novela, palabra por palabra. He tratado de entender esa risa.

R.W, "Carta a mis amigos"

Cuida bien al niño Cuida bien su mente Dale sol de enero Dale un vientre blanco Dale tibia leche de tu cuerpo Todas las hojas son del viento Porque ti las mueve hasta en la muerte Todas las hojas son del viento Menos la luz del sol

Luis Alberto Spinetta

Prólogo

Julio, 1972

Doble bautismo

I

Temprano en la mañana un camión de la empresa Molinos Río de la Plata circula por la ruta Panamericana bastante vacía, seguido por una camioneta y un Fiat 1500. El camionero tiene unos cincuenta años, lleva colgados del espejo retrovisor una imagen de la Virgen de Luján y un pequeño portarretratos de plástico con las fotos de Perón y Evita. El conductor del Fiat hace un gesto a la camioneta, que se adelanta. Con él viajan también Pablo y Mariana; observan la maniobra en tenso silencio.

De pronto suenan dos frenadas bruscas. La camioneta se cruzó frente al camión en el centro de la ruta. Del Fiat en

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movimiento saltan a toda velocidad Pablo y Mariana y corren al camión. Son muy jóvenes. Con movimientos precisos Pablo abre la portezuela, trepa revólver en mano y apunta al hombre a la cabeza. Mariana, que subió del otro lado, lo está apuntando también. Las manos les tiemblan y el camionero está inmóvil. Pablo empieza a recitar un parlamento que evidentemente trae preparado; primero la voz le sale ronca, casi quebrada por el miedo, después va ganando confianza:

—Somos de la Organización Montoneros. Esta es una expropiación revolucionaria. Si te quedás tranquilo, no te va a pasar nada, vos sos un trabajador. Bajate despacio y callado.

El hombre empieza a moverse y Pablo le deja espacio para permitirle salir, sin dejar de temblar y de apuntarlo. Entonces suena un tiro. Un agujero queda en el techo del camión y los tres lo miran, hipnotizados. Un segundo más tarde, Mariana busca los ojos de Pablo con espanto y alivio; él busca los del camionero, que se ha quedado petrificado en el gesto de descender. Ese chico de 20 años lo observa aterrado, como su hijo una vez que por jugar con fósforos quemó la alfombra del living.

—Tranquilo, pibe —masculla sin moverse—, que vas a bajar de un tiro a un laburante peronista.

II

Ahora Pablo maneja el camión y Mariana va a su lado. Dejaron al conductor en la banquina, que esperará un rato antes de hacer la denuncia, tal como le pidieron. Están pálidos y en silencio.

El camión se desvía de la Panamericana, custodiado por la camioneta. Entran con dificultad por la calle de barro de la villa miseria. La gente sale, curiosa, a la puerta de las casas; algunos chicos corren a los vehículos.

El camión se detiene, Pablo baja y se trepa al guardabarros.

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pero lo olvidó, está eufórico. Abre la caja del vehículo y salta adentro. Sonríe, porque llegó la parte linda del operativo. La carga es de botellas de aceite y paquetes de harina.

El conductor de la camioneta ha prendido el petardo de una bomba lanzavolantes que estalla y hace volar papeles por el aire, mientras Pablo, megáfono en mano, grita entusiasmado:

—¡Compañeros, Montoneros acaba de expropiar 1.000 litros de aceite y ·4.000 kilos de harina a la empresa Molinos Río de la Plata, que pertenece al grupo multinacional Bunge y Born! ¡Montoneros viene a devolver al pueblo lo que es del pueblo, después de haberle quitado al imperialismo lo que el pueblo produce con su trabajo y su sudor! ¡Compañeros, hacer justicia social es continuar con la tarea que iniciaron Perón y Evita, por la que desterraron al general de su pueblo! ¡Luchemos y vuelve! ¡Perón o muerte! ¡Venceremos!

Desde la caja del camión, Pablo y Mariana se pasan con rapidez botellas y paquetes que entregan a la gente agolpada alrededor. Los chicos festejan, unos adolescentes traen el bombo y empiezan a tocar y a bailar. Son sobre todo mujeres las que extienden las manos y reciben los alimentos; muchas sonríen, algunas miran con desconfianza, la mayoría con curiosidad. Se escucha "gracias" y hasta "gracias, compañeros", "para mí más, que somos muchos", "¿pero esto es robado?". Una mujer embazada toma una botella de aceite de manos de Mariana.

—¡Qué bien viene!

Mariana le sonríe y mira a Pablo, que se quedó mirándola con expresión luminosa y un paquete de harina suspendido en la mano.

Y así reparte el camión su carga mientras la fiesta transcurre y lo rodea. Suena la voz que predica en el megáfono y Pablo y Mariana descubren que quieren estar juntos, por primera vez.

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En una calle suburbana casi vacía, el camión está recién estacionado junto a un terreno baldío. Mariana y Pablo bajan de un salto y corren unos metros por una calle lateral. Es invierno, oscurece temprano. Ya está cayendo la luz.

IV

Comienza la noche. En el callejón del suburbio hay una casa modesta y prolija, rodeada por un terreno baldío. Tras el vidrio suavemente iluminado se mueven siluetas. Una familia se prepara para cenar: la madre organiza una bandeja, ayudada por la hija; el padre, que volvió hace un rato de la fábrica, mira el noticiero por televisión; el hijo está cerrando sus cuadernos para dejar que las mujeres pongan la mesa. Ninguno observa por la ventana el jardín que cuida el padre los fines de semana, la pequeña huerta de verduras, las dos hamacas que construyó para sus chicos, con neumáticos, el baldío poblado de yuyos altos, que sigue detrás del alambre de púa que delimita su jardín. Es entre los yuyos, un poco más lejos, donde suenan los gemidos ahogados, el breve grito de dolor, los suspiros y después las risitas. Es allá, sobre la tierra fría entre pastos espigados y arbustos, donde Pablo y Mariana ya descansan quietos. Pablo se va despacio de ella y la abriga con su campera.

—Primer operativo, primera vez. Doble bautismo —dice Mariana, radiante.

Ya es noche, y pese a las pocas estrellas, una luna brillante y anaranjada está subiendo entre las casitas bajas.

JUEVES 30 DE SEPTIEMBRE DE 1976

Padres y Madres

I

Sentado en uno de los sillones de su living, Rodolfo Walsh, responsable del Departamento de Informaciones e Inteligencia de Montoneros y fundador de ANCLA (Agencia de Noticias Clandestina), mira serio a través de sus anteojos. Ya no es el

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joven padre de una beba; tiene más de cincuenta años, aunque la luz de sus ojos celestes y miopes es la de su juventud. Ahora están clavados en Pablo y Mariana, la pareja que tiene enfrente, en el sofá. En el otro sillón se sienta Lila, la mujer de Rodolfo, treintañera y atractiva. También pasó el tiempo para Pablo y Mariana, andan más o menos por la mitad de la veintena y parecen ansiosos. La voz de Pablo se impone sobre la radio encendida:

—Tenemos algo para decirles —empieza, y Mariana no aguanta tanta introducción:

—Estoy embarazada.

—¡Uuuy, qué lindo! —Lila se levanta de un salto, para abrazarla.

Walsh también se incorpora, felicita. Entre los abrazos, repentinamente seria, Mariana dice:

—Mi vieja me gritó que estaba loca.

La frase cae en el silencio. Todos siguen parados, mirándose.

—Lo pensamos mucho, Mariana y yo —dice Pablo—. No queremos renunciar a esto.

—Si nos pasa algo está mi hermana —dice Mariana—. Ella va a cuidar al bebé. Y mi vieja no la va a dejar sola, yo lo sé, la conozco. Y están los viejos de Pablo ...

—No queremos renunciar a esto —repite Pablo. Le ha pasado a Mariana la mano por el hombro.

—La vida es una sola —asiente Lila.

En ese momento suena en la radio la música típica del informativo de Radio Colonia, desde Uruguay, donde el locutor Ariel Delgado pasa noticias que el gobierno militar argentino no permite difundir. Algunas de ellas llegan al informativo en misteriosos sobres blancos sin remitente, que contienen fotocopias encabezadas por el dibujo de una pequeña ancla y un título: "ANCLA, Agencia Clandestina de Noticias". Y precisamente los que están reunidos en ese living constituyen toda la agencia, junto con la vieja máquina de escribir Remington que descansa en el escritorio del rincón y una red de voluntarios

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que no integran la organización, en muchos casos ni siquiera son militantes y no se conocen entre sí, saben únicamente de quién reciben información y a quién deben transmitirla.

Ahora Walsh pide silencio y aprieta apresuradamente las teclas record y play del radiograbador. Son las 0.30. Se escucha la inconfundible voz de Ariel Delgado, cuyo tono tan particular ha marcado un estilo en la radiofonía rioplatense:

—Másss informacionesss: Buenos Aires. Un violento y prolongado enfrentamiento armado...

Pablo, Mariana, Lila y Rodolfo retornan rápido a sus lugares.

Mariana toma cuaderno y lapicera, lista para anotar los datos.

—... ocurrió en la mañana de ayer en una casa del barrio de Villa Luro, situada en la esquina de las calles Corro y Yerba!.

Pablo despliega un mapa de la Capital sobre el que se han dibujado marcas y busca Villa Luro. Lila mira expectante el radiograbador, Walsh apoya los codos en las rodillas y se sostiene la cabeza, profundamente concentrado en cada palabra de la radio.

—Alrededor de 150 hombres del Ejército Argentino rodearon una casa provistos de fusiles, una tanqueta y un helicóptero. Aunque no hubo información oficial sobre el operativo, testigos que no se identificaron afirmaron que dentro de ella un grupo de cinco personas, cuatro hombres y una mujer, presuntamente integrantes de la Organización Montoneros, respondieron el ataque.

Cuando Walsh escucha "cuatro hombres y una mujer" levanta un poco la cabeza. Sus ojos tienen miedo detrás de los anteojos.

—Luego de una prolongada y desigual batalla, las fuerzas de seguridad habrían abatido a los presuntos guerrilleros.

Lila se levanta y se sienta en el brazo del sillón donde Rodolfo está sentado. Le pasa la mano por el hombro. Pablo y Mariana siguen concentrados en la escucha, en el mapa y en el

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cuaderno.

—Sin embargo, un testigo albergó dudas sobre el destino de la mujer, sostuvo que ésta habría respondido al fuego hasta último momento y daría señales de vida cuando fue apresada; no obstante, se asegura que fueron cinco los cuerpos exánimes cargados en un camión del Ejército.

Walsh está mirando fijamente los parlantes; las manos están entrelazadas y apretadas. Sólo porque descansan en sus rodillas no se puede asegurar que está rezando.

—Aunque la identidad de los cinco activistas no fue dada a conocer por quienes dirigieron el operativo, trascendieron los posibles apellidos de los muertos: los hombres se llamarían Beltrán, Coronel, Molina y Salame; en cuanto a la mujer, se trataría de María Victoria Walsh ...

Lila se tapa la boca. Walsh cierra los ojos y se santigua una y otra vez.

—... hija del escritor y periodista argentino Rodolfo Walsh.

Hay más informacionesss para este boletín. —Vicki... —susurra Walsh.

Mariana le toma la mano a Pablo.

—Levantamos la reunión —dice Rodolfo. Y apaga la radio. Avanza por un pasillo largo hasta un gran living que se ilumina oscilante, a causa de las luces de un cartel de Coca—Cola que flamea en la calle. Las luces del cartel avanzan sin dificultad a través de los amplios ventanales de este piso alto, en un costoso edificio de la ciudad de Buenos Aires.

II

En el lujoso departamento del coronel de brigada retirado Carlos E. Konig hay un radiograbador de la misma marca que el que tiene Walsh en su casa, y la voz de Ariel Delgado escande allí las célebres palabras que señalan el final del informativo: "Hay más informacionesss para este boletín". El reloj marca las 0.33,

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pero es una mano más vieja, más grande y velluda la que apaga la radio.

Konig no cumplió todavía 60 años. Está acostado en el lecho de su habitación conyugal con juego de dormitorio de roble y un crucifijo en la pared. Perfumes de calidad, talqueras y polveras y dos alhajeros de cuero repujado junto al espejo de la cómoda señalan el territorio de la esposa, que ahora duerme profundamente a su lado. En la mesa de luz de ella hay una novela de Silvina Bullrich. En la del marido, tres libros apilados: uno de Hegel (Lecciones de filosofía de la historia), Tátuaje, de Manuel Vázquez Montalbán, y El espía que volvió del frío, de John Le Carre.

Konig no puede dormir, ha terminado de escuchar la radio y parece preocupado. Se calza sus pantuflas, se pone una robe,

sale de la habitación. Es un hombre corpulento, erguido, pero se mueve con cierta pesadez, como si algo apagara su energía.

III

Es de madrugada en esa calle de barrio. Rodolfo Walsh sale de su casa y camina hasta un bar cercano ubicado junto a la terminal de una línea de colectivo. A esa hora (se ve desde afuera) el público es de habitués: colectiveros, algún taxista.

Como el teléfono público está al fondo, antes de la escalera que da al subsuelo (donde están el depósito y los baños inmundos), se puede hablar con cierta privacidad. Walsh pone un cospel. Está alterado, pero hace esfuerzos muy grandes para que no se le note. Marca un número de memoria.

En el departamento de una zona céntrica de la ciudad suena el teléfono. Una mujer de unos 45 años, acostada, tanteando en la mesa de luz, manotea el tubo medio dormida.

—Hola.

También ella fue una mamá joven. También para ella transcurrió el tiempo; pero se le nota más que a él.

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—¡Qué pasó con Vicki!

No es una pregunta, es un grito de certeza y desesperación.

—Radio Colonia da su nombre como posible baja en un enfrentamiento.

Rodolfo susurra porque no quiere ser oído, aunque tal vez no tenga otra voz para decirlo.

—¿Qué pasó con Vicki? —Marta no entiende. —La radio da su nombre como posible baja en un... —¡Qué pasó con Vicki! ¡Por favor, Rodolfo, qué pasó! Él toma mucho aire, dice con voz ronca:

—¡La mataron, Marta! ¡Parece que la mataron! Elevó la voz, no gritó; no puede.

Marta se queda callada. Muy lentamente, lo que acaba de escuchar se le vuelve inteligible mientras del otro lado de la línea Walsh se desgarra sin mover un músculo. Como ella no dice nada, él se decide a hablar.

—Marta, escuchame: la información no es segura. Yo quiero que vayas a...

—Callate.

—Pero escuchá...

—¡La mataste vos, hijo de puta! —grita ella. Y cuelga.

IV

Mientras tanto, en su living, el hombre corpulento y en pijama está sentado en el bar, observando cómo la penumbra se modifica con el encendido y apagado del cartel de Coca—Cola de la calle. Extiende el brazo y prende una lámpara baja junto a una vitrina que exhibe valiosas antigüedades, se concentra en una pequeña pastora de porcelana del siglo XVIII, bellísima figurita que tiene un bracito roto.

Konig se acerca al bar y se sirve un whisky. Bebe pensativo, apaga la luz y todo queda en penumbras que vuelven a iluminarse con el titilar del cartel blanco y rojo y se apagan,

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dejando solamente el brillo del hielo. En un breve momento de luz se inclina hacia la vitrina y abre la puerta del mueble; toma la pastorcita con una delicadeza asombrosa en esas manos grandes; la observa, atento y serio, para dejarla nuevamente donde estaba. El hielo tintinea dirigiéndose a la boca del hombre grande, pero no viejo, con el ceño fruncido, que saborea la bebida concentrado en pensamientos evidentemente oscuros. Solo, rotundamente solo en su inmenso living vacío.

V

Borrosa, bella, rodeada de luz de sol, una silueta femenina. Es como si estuviera en una altura, aunque dentro del sueño no se puede determinar por qué: si está en un tejado, o subida a una colina, por ejemplo. Una melena corta, oscura, contrasta con la blancura de una túnica que le cubre el cuerpo. A través de la tela se vislumbran apenas sus pechos sueltos. Está descalza. La figura es neblinosa pero él adivina los grandes ojos jóvenes, negros, fijos en algún punto hacia adelante. Hay algo terrible, definitivo, en la mirada. Con un balanceo suave, como hamacándose sobre los pies, la muchacha levantará su brazo derecho extendido. En la punta de los dedos hay dos palomas oscuras que alzarán el vuelo con un ruido violento, salvaje, y en el mismo movimiento la mujer se arqueará hacia atrás bruscamente, riendo como una adolescente, mirando el cielo, entregando su cara a la luz, riendo. A la risa de la chica se superpone otra que la desplaza: también es joven, más suave, pero masculina. Se ríe él, soñando, el soldado muy joven, con la cabeza algo levantada, como si estuviera mirando a la muchacha que mira el cielo. Pero la risa del soldado no es sólo alegre: hay algo crispado y enternecido. A lo mejor se ríe llorando en esa hora de la madrugada, a punto de despertar de risa en la cucheta inferior rodeada de cuchetas, en un cuartel donde duermen, con él, los demás conscriptos.

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Konig cruza la calle y se dirige con seguridad a la escalera. Aunque el insomnio lo tuvo despierto hasta altas horas, se levantó temprano pero debió esperar para cumplir el plan que pergeñó en la madrugada. Mientras sube las escaleras hasta los billares que hay arriba del bar La Paz, en Corrientes y Montevideo, piensa que estarán casi vacíos y es estéril el intento. El reloj marca las once. Un muchacho le da la espalda: practica solo con un taco, inclinado sobre la mesa de billar. Cerca de él, dos jubilados juegan al ajedrez. Konig se dirige a ellos.

—Buenos días, y disculpen: ¿ustedes son habitués acá? Los hombres lo miran con cierta desconfianza. Uno de los dos para el reloj:

—Más o menos —responde ambiguamente—, ¿por qué? —Estoy buscando a un conocido que jugaba acá al ajedrez... Rodolfo Walsh... Quiero dejarle un mensaje. ¿Saben si viene?

Cuando escucha el nombre, el jugador de billar se da apenas vuelta con un movimiento controlado, prudente. Konig no lo nota porque está de espaldas. Los ajedrecistas, tampoco. Uno niega con la cabeza.

—Rodolfo... sí, el periodista —el otro hace memoria— No..., ¡pero hace mucho que no lo veo! Él venía hace como dos años, a la noche... No... No viene más por acá...

—Bueno, mala suerte. Gracias.

Konig se encamina a la escalera. El jugador de billar lo mira irse: es Pablo. De pronto Konig se da vuelta, como si lo percibiera. Pablo desvía inmediatamente la mirada y finge volver a concentrarse en lo suyo, pero Konig regresa hacia los ajedrecistas, saca una tarjeta, se apoya en la mesa para escribir algo en ella y dice con voz casi demasiado alta:

—Miren, por las dudas, por si llegan a verlo por acá, denle esta tarjeta de mi parte. Díganle que se la dejó un viejo amigo.

—Pero mire que no creo que venga. —Bueno, si no viene la tira y listo.

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retornan el juego. No están demasiado interesados en el asunto, pero Pablo sí. Pablo se ha dado vuelta y parece observar la partida, aunque si se sigue exactamente su mirada es claro que no es así: allí está la tarjetita de cartulina, quieta al borde del tablero.

VII

Unas horas después suena el teléfono en casa del coronel Konig:

—Dicen que me busca. Que se trata de una porcelana rota. Una pastora. Derby, doscientos años de antigüedad.

Hay un silencio.

—Lo ando buscando, sí —confirma después el coronel—. ¿Podría venir?

—¿Por qué?

—Puedo encontrar el bracito de la pastora... Bueno, creo ... —No me parece, coronel, que pueda ocuparme ahora... —Créame, hombre, no sea boludo. De verdad puedo ayudarlo. La pastora es preciosa, invaluable, sobre todo usted lo sabe.

Hay silencio del otro lado de la línea. Después, un rápido suspiro.

—Está bien. Ahora, entre las tres y las cuatro por Florida, entre Rivadavia y plaza San Martín. Usted camine, yo lo encuentro.

VIII

Por Florida camina una multitud. Es un día de trabajo y de actividad bancaria. Rodolfo Walsh alcanza a Konig y marchan juntos.

—Mire que es rebuscado. Ya me estaba cansando —dice Konig.

—Usted preguntó por mí.

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su hija. Le doy mi pésame, Walsh, de corazón.

El otro hace un gesto rápido, violento, breve, contraído, como si por un instante algo le hubiera entrado a los ojos y le hubiera ardido mucho, como si un insecto se hubiera abalanzado de golpe sobre su cara. Es sólo un segundo pero sacude la cabeza y el rostro se le pone como antes: seco, duro.

—Entonces está muerta —dice.

—Creo que sí. No entienda mal: espero que sí. Usted sabe por qué lo digo. Igual no sé. En estos tiempos, ni yo puedo jurarle algo...

Walsh no responde. Caminan sin hablar.

—Escuche, hombre —dice Konig de pronto—, ¿por qué no viene a casa? Es el lugar más seguro que se me ocurre. Tengo buen whisky. Le propongo una tregua: bandera blanca, tiene mi palabra de honor. Hablamos de esta cuestión, termina la cuestión y volvemos a ser enemigos.

Walsh vacila.

—Es mi palabra de honor, Walsh —dice Konig ingenuamente. Walsh se detiene y le clava los ojos. El coronel le sostiene la mirada y él sonríe con tristeza.

IX

Es de tarde pero todavía hay buena luz; por eso, desde el ventanal del décimo piso, la superficie del río es plateada y el horizonte, increíblemente límpido.

De pie, balanceándose, Walsh observa los libros de la antigua y solemne biblioteca que decora el living. Sonríe a su pesar cuando encuentra uno: primera edición de Los oficios terrestres; autor: Rodolfo Walsh. Lo hojea pensativo y se detiene en un cuento.

El coronel elogia mi puntualidad: —Es puntual como los alemanes —dice. —O como los ingleses.

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El coronel tiene apellido alemán.

Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada. —He leído sus cosas —propone—. Lo felicito.

Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado Filosofía y Letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.

Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.1

—¿Ya pasaron quince años? —pregunta Konig sonriendo, señalando el libro.

—No entiendo por qué no se enojó conmigo.

—¿Enojarme? Yo sé de literatura, Walsh, yo sé leer, no me gustan las cosas obvias. Usted me subestima, es igual que mi hija.

—Coronel... , ¿para qué me trajo acá? No me haga perder el tiempo.

El coronel termina de servir dos vasos de whisky.

—No sea tan desconfiado, hombre. Y tenga un poco de paciencia. Sobre la mesa ratona hay un portarretratos con la imagen de una muchacha muy bonita. Usa una camisola oriental y jeans gastados, tiene el cabello muy largo y despeinado, sonríe con desafío a los muebles pomposos, a las antigüedades y a los cuadros valiosos que adornan el living. Walsh levanta la foto.

—Mi hija. Idiota útil —informa Konig—. Estaba estudiando Antropología. Estuvo este año en las manifestaciones contra el examen de ingreso a la universidad. ¿Me quiere decir para qué, si ella ya está adentro?

Walsh no responde.

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—Hace años que me trata como si yo fuera un perro sarnoso; se fue de casa, la madre la ve. ¡Si supiera que usted está acá, conmigo, y yo me juego la vida...!

Otra vez Walsh sonríe pese a sí mismo. Está empezando a entender.

—Parece una persona interesante su hija. Yo no la vi nunca... Si me trajo para eso, le digo: no se preocupe, debe estar muy en la base, si es que milita. Una hija de militar siempre es un elemento valioso para nosotros. Yo lo sabría.

—Ojalá, ojalá sea así... ¿Qué edad tiene... tenía... su hija? —Cumplió veintiséis precisamente ayer.

—La mía tiene veintitrés. Es una mujer, dirá usted, por qué me preocupo... ¡Pero es boluda, Walsh, tiene el virus de la época, y las boludas como ella, que creen que descubrieron la injusticia y la van a poder...!

El coronel gesticula y a Walsh le recuerda la exaltación que tenía quince años antes, cuando él buscaba el cadáver de Evita y el coronel lo había guardado ahí, en ese living, antes de que el gobierno militar que había destituido a Perón lo enterrara con otro nombre, en un perdido cementerio de Italia. Pero no le importa descubrir que el hombre envejecido es capaz de la misma euforia convencida y ridícula de otros tiempos.

—Coronel —interrumpe—, yo necesito saber qué pasó con Vicki. ¿Usted lo sabe?

—No.

—Cuando dice que me puede ayudar, ¿qué quiere decir? —No lo sé. Creo que no mucho. Que puedo tratar de averiguar. Lo voy a hacer, pero no le aseguro nada.

—¿Por qué? —Walsh se acerca, lo mira a los ojos.

—Bueno, usted sabe... Yo me retiré... Bueno, me retiraron en el 56, usted lo sabe. Hace tiempo que no estoy adentro, aunque tengo muchísimos contactos y hasta ahora me mostraban bastante confianza, pero igual... Las cosas cambiaron, muchos grupos se cortan solos. Está la Marina...

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El ex coronel termina su whisky, llena los vasos otra vez, sonríe.

—Usted escribió un cuento. Lo leí cuando salió en un pasquín inmundo que usted dirigía. Había una sola cosa en ese pasquín, una piedra preciosa en medio de la bosta política: ese cuento. Lo leí. Después me compré el libro, ya lo vio.

—Era un cuento, coronel. No exagere.

—Yo estaba ahí. Yo. Y usted lo sabe. Y estaba esa mujer. Bah, no estaba. Escuche: yo le negué datos, esa vez. Ahora los datos ya no sirven, son de todos. Eran míos y yo se los negué. Pero le mostré algo que no es de todos, es de los que leyeron el cuento, de los que lo van a leer: le mostré que yo no era un hijo de puta. Le mostré que yo había hecho lo que creí correcto. Y usted me dejó hablar. En el cuento, digo, usted me reivindicó, Walsh, usted me entendió...

—Era un cuento, coronel. Es verdad que hablamos... Pero eso era un cuento y yo no lo reivindiqué. Y somos enemigos.

—Mire, póngalo así: yo estudié Letras. Bah, Filosofía. Pero hice materias en Letras. En realidad era lo que me gustaba, eso y la historia del arte. Bueno, se lo digo: yo soy militar pero me inscribí en Filosofía cuando terminé el Liceo. Era un oficial intelectual, digamos, un bicho raro.

El militar mira al guerrillero. Espera que le diga algo, que haga un gesto, pero el otro continúa mirando la pared.

—Hugo Ezequiel Anchorena lo admira a usted. Habla de sus cuentos policiales. ¿Lo sabía?

—¡Esos cuentos son una basura! ¡Por eso le gustan a Anchorena, que es otra basura!

El coronel se encoge de hombros.

—A mí me parecieron geniales. Perfectos. Obritas maestras de la inteligencia.

—Yo defeco, coronel—articula Walsh muy despacio—, sobre las obras maestras de la inteligencia, si son ciegas ante los desposeídos.

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discusión no tiene sentido. Le guste o no, el director del diario de la Marina admira sus cuentos policiales. Y le guste o no, usted escribió ese cuento conmigo. Lo de su hija ya está acordado y yo, si puedo, se lo vaya averiguar.

Las últimas palabras esfuman el enojo de Walsh. Termina el whisky. Se levanta, le da la mano al coronel y es consciente de que lo que le va a decir es un modo de dar gracias.

—Para su vocación literaria: otra vez nos junta una mujer que no sabemos dónde está...

—La vida imita al arte, Walsh.

—Usa a mi hija para hacerla... —replica Rodolfo con voz ronca—. Bueno, coronel, le agradezco su ayuda.

—No es nada. Tómelo como el pago de una deuda. Walsh sabe que tendría que irse pero algo le molesta.

—Mire, se lo tengo que decir, aunque por ahí se lo digo y usted ya no me quiere ayudar. Pero es la verdad... Sobre lo que me dijo antes...

—¿Sí...?

—Yo sí pienso que usted es un hijo de puta... Bueno, yo pienso que los de su bando son unos hijos de puta, y usted está en ese bando, y por lo tanto...

—Conozco el silogismo, hombre, se lo escuché a mi hija... Déjese de joder. Venga, lo acompaño a la puerta. Llámeme pasado mañana a ver si sé algo.

Cuando están saliendo, Walsh le pone la mano en el hombro. Es un gesto impulsivo que no puede evitar. El coronel se le acerca.

—Una sola cosa le pido a cambio —susurra—. Si de casualidad se entera... Se entera de que mi hija está en peligro...

—Se lo aviso, coronel, se lo prometo.

—Sí, por favor, avíseme. Y la agarro de los pelos, la meto en un avión, la saco a esta pendeja de mierda del país.

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X

En el auto, Pablo y Mariana. Él maneja, ella viaja recostada en el asiento de adelante, con los ojos cerrados y la cabeza al frente.

—Freno, agarrate. No te asustes —avisa Pablo. —¿Qué pasó?

—Nada. Un perrito boludo que se cruzó. —Ay, ¿lo mataste?

—No. Tranquila. ¿Cómo lo voy a matar?

—Perdoname, estoy mal. No puedo dejar de pensar en la hija de Rodolfo... ¿Falta mucho? No te pongas a dar vueltas para que yo no calcule el tiempo. Yo no tengo la menor noción del tiempo.

—Seguí con los ojos cerrados, falta poco.

—Bueno, para variar, vos sabés dónde es la reunión y yo soy la que va con los ojos cerrados. La clandestinidad es bastante machista, digamos...

—¡Pero no pensés pavadas...!

—Pavadas pequeñoburguesas, Pablito proletario…

...—¡Precisamente, piba, pavadas poco peronistas…! El juego es breve porque Mariana se pone seria de pronto: —Yo creía que la reunión era mañana...

—Es hoy. Pablo sonríe. —Llegamos —dice. —¿Bajo mirando al piso?

—No. Quedate aquí. Voy a ver si la cuadra está despejada y vengo a buscarte.

Recostada en el asiento, ella se acomoda mejor, como si estuviera durmiendo. Espera. El tiempo pasa y Pablo no regresa. Comienza a angustiarse. Está por decidirse a abrir los ojos cuando lo siente entrar.

—¿Qué pasa, Pablito? Decime qué pasa, por favor.

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susurra casi al oído:

—Ahora, sin hacer mucho circo, vas a bajar la cabeza y después vas a abrir los ojos.

Ella obedece. Pablo sostiene en su mano un estuche abierto con dos anillos de oro.

—¿Qué es esto? ¿Es para nosotros? —¿Ya vos qué te parece?

Mariana lo mira desconcertada. —Hice grabar nuestros nombres...

Ella se ríe encantada, Pablo está radiante. Se pone serio. —Dame la mano, Mariana.

Ritualmente toma un anillo y se lo pone en el anular. —Ahora yo —dice ella, y le pone el otro anillo. Se besan. —¿Esto es como que nos casamos?

—Esto es que elegimos casarnos con nuestra ley y nuestra ceremonia. Ante nosotros y ante el cosito de ahí adentro — explica él tocándole la panza.

—Tengo calor, vaya bajar la ventanilla. Che, ¡es precioso! ¿De dónde sacaste guita para esto?

—Fundí una joya de mi abuela... Es oro veinticuatro. —Me queda un poquito flojo.

—No, está bien.

—Sí, tenés razón. Oro veinticuatro... ¡Sos un chancho burgués ostentoso y prepotente! —grita Mariana y se le tira encima. Pablo empieza a hacerle cosquillas; se mueven de una ventanilla a otra del auto estacionado, jugando mientras ella va recitando, con voz de relator de catch televisivo.

—¡La burguesía ataca nuevamente al proletariado, esta vez en su punto más débil! La burguesía es implacable, señores, el proletariado solamente alcanza a responder con maniobras defensivas, evidentemente improvisadas, sin una vanguardia esclarecida que ...

En medio de risas y forcejeo, la mano izquierda de ella llega hasta la ventanilla abierta y en un movimiento brusco el anillo se está cayendo. Mariana da un grito y abre la portezuela

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justo para ver cómo rueda pocos centímetros hasta la alcantarilla y desaparece por ahí.

XI

La biblioteca está hecha de tablones paralelos montados con rieles, separados con ladrillos, armados como se puede, y va del piso hasta el techo. Es el living de Lila y Rodolfo, con sus dos sillones y el sofá, los ceniceros llenos, la alfombra no muy limpia. Sentado frente al escritorio del rincón, iluminado por una lámpara de pie que cubre con un cono de luz la máquina de escribir (una vieja Remington), la hoja en blanco y el relojito de arena, Walsh trata de redactar algo. Golpea las teclas con dos dedos y gran rapidez:

Buenos Aires, oct 1 (ANCLA) — En la madrugada del 29 de septiembre, fuerzas del Ejército tendieron una emboscada...

Contrayendo la cara, vuelve atrás el carro de la máquina y tacha con X mayúsculas "tendieron una emboscada"... habrían tendido...

Niega con la cabeza. Tacha.

... habrían irrumpido en una casa situada en la calle Corro en el barrio de Villa Luro...

Se recuesta en el sillón y lee toda la frase. Arranca la hoja con violencia, la hace un bollo y la tira al piso, se levanta, camina a grandes pasos por la alfombra. La angustia y la ansiedad le deshacen la cara. Se acerca al escritorio y mira la máquina de escribir. Un fuerte dolor en el cuello lo obliga a dejar caer la cabeza. Se toma el cuello con las manos e intenta masajearlo. Vuelve a caminar por la alfombra. Se apoya en un estante de la biblioteca, se cubre el rostro, vuelve a tocar su cuello. Son sólo unos segundos hasta que se aparta de la biblioteca y busca en un mueble la botella de ginebra y un vaso. Toma un buen trago y siente fuego ácido en el esófago, siente náuseas súbitas, urgentes. Corre al baño y vomita en el inodoro. Se humedece la cara, se seca con la toalla. Vuelve a caminar, avanza hacia el

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escritorio, se sienta. Vuelve a poner una hoja en blanco. Teclea.

Buenos Aires, oct 1 (ANCLA) — No hay todavía información precisa sobre el enfrentamiento que habría ocurrido en la madrugada del 29 de septiembre entre fuerzas del Ejército y fuerzas guerrilleras.

Otra vez se detiene, lee, arruga la cara, niega algo con la cabeza. Pero no tacha. Frente a la acostumbrada falta de información por parte de las fuerzas represivas, se vuelve urgente averiguar qué pasó averiguar qué pasó averiguar qué...

Golpea con los dos puños, con todas sus fuerzas, las teclas de hierro, y hunde la cara en ellas. Se levanta. Otra vez va y viene sobre la alfombra, describiendo con su movimiento de ida un recorrido cada vez más amplio, hasta que llega al hall de entrada.

Se interna en él, siempre ida y vuelta, masajeándose el cuello; intenta recostarse en el sofá para descansarlo y cierra los ojos, pero tampoco le sirve: está rígido en el sofá. Se incorpora con desesperación y en ese momento se escucha una llave en la cerradura. Vivamente, mira hacia el hall. Entra Lila, se precipitan uno hacia el otro. Walsh la abraza con desesperación, la aprieta, se hunde en su cuello y empieza a besarlo. Ella lo deja hacer, lo acompaña como puede, sin entusiasmo. Él le toma la cara y la besa profundamente, la trae hacia el living, la empuja contra un sillón. La muerde, se apoya con todo su peso, le baja el cierre del jean y la toca con brusquedad, ella no puede evitar un gemido de dolor, entonces deja de tocarla, se abre el pantalón, se aprieta, se restriega contra ella sin mucho resultado, la sigue besando con desesperación, se agita, se cansa. Lila lo acaricia con generosidad hasta que Rodolfo se detiene y con decepción se recuesta en la alfombra, contra las piernas de ella, en posición fetal, con los puños contraídos. Lila se desliza del sillón y le toma la cabeza, la apoya en su regazo, lo mira y le acaricia la frente. Walsh tiene los ojos cerrados y ella llora silenciosa, sus lágrimas caen sobre él, que abre los ojos y suplica:

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VIERNES 1 DE OCTUBRE DE 1976

Motivos personales

I

Una mano de varón desenrosca una tulipa, ubicada en el techo del closet de un baño de bar. Queda al descubierto la lamparita apagada. Dentro de la tulipa, la mano coloca un papel doblado, pequeño. Rápidamente, vuelve a enroscarla.

II

En el living de clase media acomodada, un reloj de pared señala las 9.30 de la mañana. Marta abre la puerta a Lila, se miran: se están conociendo en ese momento. Marta es notablemente mayor y está vestida con cierta elegancia, aunque eso no suaviza el efecto que produce el dolor en su rostro. Su aspecto contrasta con el de Lila, que usa jeans, zapatos bajos, camisa, cara lavada.

—Sentate ... ¿Querés un café? —No, gracias, me voy enseguida.

Marta se deja caer en el sillón de enfrente. —Tenías un mensaje de Rodolfo.

—Él no quiere venir. Es peligroso para vos. Dice que tenés que ir al Primer Cuerpo de Ejército y pedir que te entreguen el cuerpo. Decí que la dan por fallecida en un enfrentamiento en el noticiero de Radio Colonia, el del 30 de septiembre. Dice que si no te lo entregan, tenés que pedir información. No te la van a dar, pero entonces podemos suponer que la secuestraron y puede estar viva. En ese caso tenés que conectarte con esta señora... — Lila escribe en un papel y sigue—: Es madre de una compañera que se llevaron. Está organizándose con otras madres de gente que cayó, para buscar. Rodolfo dice que él está moviendo sus contactos, haciendo sus...

—¿Alguna otra orden? —interrumpe Marta.

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eso.

Marta aprovecha:

—Veo que el detective Walsh se puso en acción. El sabueso experto e infalible inicia una vez más su tarea. Disculpá la indiscreción, pero vos estás tan cerca de él... y los lectores ansiamos saberlo: ¿habrá un nuevo libro? ¿El caso María Victoria? ¿Operación Filicidio?

La última palabra queda retumbando en el living. Lila se pone el papel en el bolsillo y se levanta para irse, pero antes de abrir la puerta se da vuelta, furiosa.

—¿Solamente podés pensar en tu odio? No digo ya que te importen los demás, el país, los obreros. ¿Tampoco te importa tu hija?

—No dije que no iba a hacer lo que él dice, ni te dije que te fueras —dice Marta con voz sorda.

Lila vuelve sobre sus pasos. Llorando sin ruido, con los ojos abiertos llenos de odio, Marta sostiene su mirada.

III

A treinta metros de una bocacalle de Rivadavia, un hombre con gorra calada de visera, pantalones de algodón de corte antiguo, camisa celeste de manga corta y breve bigote blanco baja de un colectivo y busca la esquina. Cuando llega mira el cartel de la calle: Canónigo Miguel C. del Corro. Usa anteojos y tiene la mirada intensa y azul que conocemos. Dobla por la calle Corro y comienza el recorrido.

IV

—No tengas nunca un hijo con él.

—Ahora no tenemos tiempo de tener hijos.

—Después. Si hay después. No tengas nunca un hijo con él. Lila desvía la mirada.

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Seguro en su disfraz, Walsh camina despacio, mira las casas con ansiedad y temor. Se trata de un barrio tranquilo, de modesta clase media. Es de mañana en un día de semana y hay algunas mujeres que van o vienen de hacer las compras, algún vendedor ambulante. Es una calle poco arbolada, casi suburbana.

VI

—Marta, no se puede ser pareja de Rodolfo si no hacés política. Vos no compartías con él cosas fundamentales: un proyecto para todos, no sólo para vos; algo que vaya más allá de tu ombligo.

—Mi hija, precisamente, va más allá de mi ombligo. Y ya ves: quien no puede cuidar su futuro, su propia hija, ¿qué futuro puede ofrecer al mundo?

—¡No es verdad! Lo personal, a veces... Es duro, pero es así: a veces hay que sacrificarlo... por causas más grandes...

—¿Sacrificar...? —pregunta Marta con amargura—. Él no hacía el menor sacrificio cuando se pasaba el día afuera, corriendo atrás de un gremialista que por ahí le daba un dato, enamorado de la última pendeja militante que había conocido, seguro de que cuando no tuviera camisas limpias, volvía y acá lo esperaba esta pelotuda con la cama tendida. Él gozaba, Lila, gozaba, ¿entendés? Cuando no gozaba era cuando estaba con nosotras y Vicki quería jugar con él, quería que dejara de escribir o de leer, que se alejara del escritorio y hablara con ella. Ahí se aburría, enseguida. Era clarito qué rápido se aburría... ¡Sacrificio...! ¡Sacrificio era vivir con nosotras! La militancia siempre le encantó. Y Vicki... Vicki se hizo adolescente y empezó a hablarle de política. Así él no se aburría...

—Te digo, Lila: no tengas un hijo con él.

—¡A mí también me ocupa la política! ¡Yo no sería como vos! Marta la mira con irónico interés.

—¡Ajá! ¡Así que vos soñás un hijo con él! Mirá vos, una militante... y también querés un hijo, como cualquier mujer.

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—¿Por qué hacés opciones excluyentes donde no hay? —¿No hay? —grita Marta enfurecida—. ¿Así que vos creés que no hay? ¿Podés ser tan idiota, tan ciega, para no ver esto que está pasando? Decime: vos tenés una hija y un marido. Los amás. Pero él no importa, olvidate de él. Ella, tu hija: vos tenés una hija, ¿entendés? La hiciste, la pariste, la alimentaste y la cuidaste y la aguantaste, horas y horas y horas y horas, tu vida entera haciéndola crecer, preparándole comida, bañándola, vistiéndola, mientras el pelotudo de tu marido juega al ajedrez y lee a Chesterton, ¿sí? O juega al detective por la calle; o salva a la humanidad y adoctrina pendejas por vía vaginal, o lo que quieras: ¡es Dios! ¡Viva Él! Todos lo aclaman, pero vos no, y tu hija, no, porque aquí, con nosotras, no está. ¡Aquí se labura, no con todas las vidas, no con la Patria y el Futuro, no...! ¡Con una vida que recién empieza y depende completamente de vos, una insignificante vida que requiere de horas y horas interminables de dedicación! ¿Sí? ¿Lo entendés? Bueno, ahora imaginate que viene él y te dice: "Tu tarea, Lila, es una tarea menor. La mía atañe a millones de vidas. Voy a ponerte en peligro, a vos y a la nena, porque estamos en guerra y yo estoy en un bando. Es el bando noble, el correcto. Yo estoy de ese lado y vos me tenés que acompañar y me tenés que aguantar todo". ¿Qué le tengo que decir?: "¿Aquí estoy, heroico compañero, levanto mis dedos en V, levanto mi puño y mis cuernos, madre de Esparta? ¡A la guerra, hijita, a morir como un hombre!". ¿Eso le tengo que decir? ¿Y a mí quién me preguntó, Lila, en cuál bando quería estar? ¿Y quién me preguntó si quería si quería guerra? ¿Y a Vicki…?

—Vicki eligió, Marta. Vicki sí es una compañera. Y la tenés que respetar.

Conteniendo la voz, el temblor, Marta pregunta:

—¿Qué eligió Vicki? ¿Tu revolución nacional y popular, o estar, de una vez por todas, al lado de su papá?

Lila se fastidia. Está harta de escuchar argumentos patéticos, mezquinos.

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a lo personal. No entendés ningún argumento que contradiga tu cabecita egoísta de pequeñoburguesa. ¿Sabés? La historia tiene leyes crueles. No las inventamos nosotros, ni nos gustan. Pero son las que son. Se ve que a vos nunca te faltó pan para darle a tu hija, en esas horas y horas y horas en las que la estuviste alimentando. Hay madres que no pueden elegir entre los hijos y la causa porque las dos cosas son lo mismo, ¿entendés?

VII

Walsh está llegando a la esquina de Yerbal. De pronto aparece lo que ansía y teme. Se estremece, se detiene abruptamente. La casa de Corro tiene dos plantas y terraza, está en la ochava y tiene el frente completamente destruido. En lugar de puertas o ventanas, un inmenso boquete deja ver escombros y pedazos de living o piezas en el interior. No parece una casa donde hubo un tiroteo sino una casa dinamitada.

Un camión del Ejército está parado en la esquina. Rodolfo intenta reponerse rápido y entra con tranquilidad al almacén de enfrente.

VIII

—Pero yo sí puedo elegir. Y cada madre cuida a su hija lo mejor que puede. ¿O querés que no la alimente porque hay chicos desnutridos?

—Si todos hubieran pensado como vos, todavía habría esclavos. Y si alguna vez todos empiezan a pensar como vos ... el mundo va a ser una pesadilla. Un desierto habitado. Cada cual en la suya, idiotizado, cultivando su quintita miserable... si tiene quintita, claro. Porque si no va a ser simplemente un resentido descompuesto, viendo cómo roba y mata para conseguir una migaja. No, Marta, no tenés razón. A Rodolfo le gusta la militancia, es verdad, pero le gusta porque así se siente parte de muchos. Cuando se entiende lo que nosotros entendemos, Marta, lo personal no existe.

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—Sin embargo vos lo amás. ¿No es por eso que estás acá? ¿O ésta es una misión como cualquier otra para ustedes dos?

—No. También es por eso que estoy acá. Pero no está en primer plano. Ni para él ni para mí.

—"No está en primer plano"... No te creo. Y aunque fuera así, vos lo amás, lo seguís. "No se puede ser pareja de Rodolfo si no hacés política." Militás para él.

—No milito para él, milito con él.

Marta se ha repuesto. Se seca las lágrimas y la mira a los ojos.

—¿Estás segura?

IX

Mientras se finge interesado en un paquete de pan lactal, Rodolfo observa de reojo el ventanal del almacén: dos suboficiales, dirigidos por un tercero, están cargando un sofá que sacaron de la casa "dinamitada". Desvalijan la casa, es evidente.

X

Lila se está yendo. Con la mano en el picaporte, Marta pregunta:

—¿Qué te dijo él? ¿Que venías a ver a un ama de casa pelotuda? ¿A una pequeñoburguesa frívola que ahora gana algo de plata?

—Me dijo que eras muy reaccionaria. Y que te fascinaba la literatura.

Aprovechando el asombro de la ex esposa, agrega:

—Marta, él quedó muy mal. No puede bajar los brazos, muchos dependen de él. Pero está desgarrado, y tiene la esperanza de encontrarla. Yo lo sé.

—Pero quiere investigar. Y ahí se siente Sherlock Holmes y pese a todo disfruta. Yo lo sé.

—…

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Decíselo. Y decime otra vez qué tengo que hacer, ahora siento que no entendí nada.

—Primer Cuerpo de Ejército: pedís que te entreguen los restos; anunciaron su posible muerte por Radio Colonia el 30 de septiembre. Si no te los dan, podemos suponer que está secuestrada. Entonces la ves a Mary Ponce de Bianco.

Saca el papel doblado que se había guardado en el bolsillo y se lo extiende.

—Bueno. Decile a Rodolfo... Decile que yo sé que no era para él... Decile... que no soy quién para juzgarlo... para juzgarte...

Lila se está yendo. La mira. —Yo tampoco.

XI

En la caja, el almacenero le está cobrando el paquete de pan. Es un hombre bastante gordo, de unos cincuenta y cinco años, fornido, aspecto de comerciante próspero con sus lentes de marco de oro. Distraídamente, Rodolfo pregunta:

—¿Qué pasó?

—¡Uh! —resopla el otro agitando la mano, dándose importancia—. Fue anteayer. ¡Toda la mañana de baile! Tiraron desde acá mismo, ¿ve? —señala la vereda—. Trajeron un tanque. Incluso subieron a mi terraza. Es que eran duros los subversivos... ¡duros, duros... ! ¡Los hicieron bolsa!

—¿Quedó alguno vivo?

—No creo que haya quedado ni uno —niega el otro, semisonriente—, y mire que eran muchísimos, como treinta. Una guarida de subversivos, ¿qué me dice? ¿Mire si entraban a robarme? Porque hacen esos operativos, como dicen ellos. ¡Enfrente de mi almacén! Anteayer, no se imagina. ¡Un ruido! Menos mal que se terminó todo. ¿Usted sabe cómo les dieron? Yo cerré al público y bajé las persianas. Un día sin ventas... Bueno, no importa, porque ahora que tenemos mano dura, estos se van a dejar de joder y nos van a dejar vivir en paz, que es lo único que

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queremos los argentinos.

Walsh camina por Corro. Ahora los suboficiales están car-gando una heladera en el camión del Ejército.

XII

Pablo avanza hacia el baño de caballeros, entra a uno de los closets y cierra la puerta. Subido al inodoro, empieza a desenroscar la tulipa. Escucha que alguien entra al baño y se queda inmóvil. Cuando termina el ruido del pis, espera muchos segundos y retoma la tulipa. Alguien intenta abrir la puerta trabada. Pablo se acuclilla en silencio sobre el inodoro y grita.

—¡Ocupado!

Cuando le parece que otra vez no hay nadie termina de desenroscar, toma el papel doblado y reubica la tulipa.

XIII

La Plata, Décima Brigada de Infantería. En su despacho, el general de brigada Rafael Oddone observa interesado la doble página de un libro abierto. Se trata de La República, de Platón, y está subrayado con énfasis. Es el comienzo del capítulo VII, la parte de la alegoría de las cavernas. Oddone tiene cincuenta y cinco años, un aspecto corpulento y tosco, astucia en la cara. Su despacho es amplio y solemne. Un reloj de pared marca las 10.23 de la mañana entre los previsibles adornos: cuadros del general San Martín y el general Roca, un gran crucifijo de madera tallada. El escritorio, los sillones y las sillas son de estilo inglés: cuero verde musgo, tachas de bronce. Todo reluce, es el despacho de un funcionario de alto rango.

Sobre el escritorio, una foto enmarcada muestra al general con su mujer y sus seis hijas (entre diez y diecinueve años) en la fiesta de quince de la mayor. Él, ceñudo con su uniforme de gala, y ellas, sonrientes, vestidas de largo. El uniforme de gala del general contrasta vivamente con la gasa y el lamé. El libro de Platón está abierto cerca de la foto y el general

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lo inspecciona con sus anteojos para ver de cerca, con absoluta concentración. Da vuelta la hoja en el momento en que suena su teléfono.

—Diga... Pásemelo... Sí, Carlos, ¡cómo te va! Bien, estamos todos bien. María Luján lamentó no ver a tu hija en... Sí, entiendo. Mejor que estudie y no que... Claro. Decime a qué debo tu llamado... Sí... Sí... Correcto... Sí... ¿Cómo se llama, dijiste? Esperá que busco para anotar. Esperá en línea.

El general se incorpora y sale de su despacho, cerrando cuidadosamente la puerta.

Un oficial teclea con dos dedos en una máquina eléctrica. El coronel Marini, sentado en su escritorio, está leyendo una carpeta. Frente a él está Manuel Mendizábal, un conscripto, sentado en actitud estática, en silencio. Se trata de un soldado de dieciocho años y grandes ojos claros, cuerpo atlético. Es joven, fuerte, sano, y no parece albergar la menor duda sobre todo esto. Oddone no lo mira:

—Coronel, necesito la ficha de Aurora Konig.

Manuel Mendizábal cambia imperceptiblemente su actitud: está observando.

—Ya se la llevo, mi general.

Con una carpeta abierta sobre su escritorio y la puerta nuevamente cerrada, el general reanuda la conversación. La va hojeando mientras habla y subraya, casi como un juego, palabras aisladas con un lápiz negro.

—Sí, hola. Deletreame el apellido, por favor.

En la carátula hay una foto. La cara de la muchacha es producto de una ampliación y recorte de otra foto. Es el rostro, la camisola, el pelo emulado y alborotado que están en el retrato del living de Konig, aunque ésta no es una fotografía posada.

—Waldo... Alberto... Lola... Saúl... Horacio... Walsh. María Victoria Walsh.

Al pie de la foto, dos líneas:

NOMBRE: Aurora Konig.

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y de la Sra. Carmen Vives de Konig.

—Bien. Comprendido. Tu relación con esta persona, Carlos, ¿cuál es? Ajá... Y sí, las chancletas en la peluquería se dicen todo. Y al padre, ¿también lo conoce tu mujer?

En la carátula, el general subraya: hija.

—Ah, no lo conoce ...

El general mira la primera hoja:

EDAD: 23.

OCUPACIÓN CONOCIDA: estudiante de la carrera de Antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de La Plata.

DESCRIPCIÓN FÍSICA: cabello enrulado, castaño claro, tez mate, ojos color marrón claro, estatura: 1,65, peso: 60 kg. Señas particulares: lunar visible en el dorso de la mano derecha.

DOMICILIO CONOCIDO: Calle 58, número 756, entre 10 y 11, 4° piso, departamento 3. La Plata.

TELÉFONO: No tiene.

PARTICIPACIÓN COMPROBADA: activista simpatizante de la organización subversiva autodenominada Montoneros.

—Bien... Entendido...

Subraya: "domicilio conocido" "simpatizante" "Montoneros".

—No ... Prefiero que no hablemos por teléfono.

Da vuelta la hoja. Hay una foto de una asamblea estudiantil y un círculo resalta la figura de Aurora, sentada entre los asistentes, en actitud interesada pero pasiva. Al pie, se lee:

3—4—76: La Plata. Facultad de Humanidades. "Asamblea" para organizar la protesta contra el examen de ingreso. La simpatizante subversiva está sentada junto a dos integrantes confirmados de la Organización Montoneros.

—Almorcemos mañana, de paso nos vemos.

En la página siguiente hay otra foto, esta vez de una movilización estudiantil. Entre los rostros bajo las pancartas, un círculo resalta el de Aurora.

4—4—76. La Plata. Portón de la Facultad de Humanidades. Concentración contra el examen de ingreso.

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—Pasame a buscar por acá a las 12.30... Entendido... En la última hoja lee:

Evaluación provisoria: "independiente" simpatizante de la organización subversiva Montoneros, en contacto con activistas de base. No se oculta, no parece tener responsabilidades asignadas; activista inorgánica, no reclutada aún por la organización.

—Hasta luego, saludos a tu señora.

Mientras cuelga con la izquierda, el general subraya:

activista inorgánica no reclutada

Y se queda pensativo. Después se levanta y abre la puerta del despacho.

—Búsqueme las fichas de los Walsh —pide a Marini, extendiéndole la carpeta para que la guarde.

—Enseguida, mi general. ¿Tiene un minuto? —Sí. ¿Qué pasa?

—Acaban de entregamos este dossier de documentos. Es sobre la campaña antiargentina que se está armando en París.

—Bien. Alcáncemelo al escritorio en veinte minutos. —Pero hay un problema, general... Están en francés. Desde la silla donde está sentado, Manuel Mendizábal levanta las cejas vivamente.

—¿Cuál es el problema, coronel? ¡Consiga un traductor! Como Marini lo mira, Oddone pregunta, enojándose a medida que habla:

—¿Tengo que entender, carajo, que nadie traduce del francés en la Décima Brigada de Infantería?

Otra larga mirada de Marini. Manuel Mendizábal se pone de pie:

—Con su permiso, mi general: yo leo, escribo y hablo francés correctamente.

El general lo mira atónito primero, después con interés: —¿Ud. habla francés, soldado?

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—¿Puede traducir estos documentos, entonces? —Si usted lo desea, sí, mi general.

—Coronel Marini —ordena con decisión Oddone, después de vacilar un segundo—, dele a mi chofer una máquina de escribir y siéntelo a trabajar. Cuando termine, hágamelo saber... Tiene que venir un conscripto para que alguien hable francés acá, parece mentira. Y le pedí las carpetas de los Walsh, ¿dónde están?

Marini se dirige al fichero, presuroso, y le alcanza dos carpetas de tapas de grueso cartón, forradas con papel araña plastificado color rojo. Oddone las recibe mientras observa con curiosidad a Manuel Mendizábal, que lo mira a los ojos, franco, frontal, afable. Como si no fuera un soldado y, mucho menos, su chofer.

XIV

Una mujer joven, de espaldas, camina por la vereda. Rodolfo la ve de lejos y se acerca a ella. La mujer se da vuelta sin prisa; Walsh pregunta:

—Disculpame, ¿cuál es Nicasio Oroño? —No sé, soy de Balvanera.

Se miran: ella respondió lo que debía responder. —Soy Esteban.

—Marcela. Vamos.

XV

En su despacho, otra vez el general habla por teléfono. Una de las carpetas rojas está cerrada; la otra, abierta.

—¿Cómo estás, Virginia? ¿Las nenas? Decile que no se preocupe, esta noche vuelvo a casa temprano y buscamos juntos en la enciclopedia, que me espere despierta. Mirá, necesito que llames a... la esposa de Konig...: eso es, Carmen. Llamala a Carmen para saber cómo anda y preguntale alguna tontería... Bien... Los zapatos..., dónde los compró. Buen pretexto. Después, como si te

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acordaras, decile que Marta manda muchos saludos... Si te pregunta eso, "qué Marta", decile "la de tu peluquería"... "la de tu peluquería", exacto. Si sigue sin saber, no insistas, ¿entendés? No te muestres alarmada, divertite... ¡Escuchame, vos no sabés qué peluquería! Vos estuviste charlando con una tal Marta y te contó que la conocía. ¡No importa dónde, che! Qué cabecita de mujer tenés, ¡improvisá, chancleta! Pero no insistas, decile rápido que todo fue un malentendido, que tenés otra amiga que se llama Carmen, y restale importancia... Sí... Si sí conoce a Marta, decile que tu marido va a tratar de ocuparse de lo de Vicki... Sí, así. "De lo de Vicki." Es una subversiva que no se sabe dónde está. Escuchá, no preguntes...

Así vos también servís al país… Y callate la boca, ¿eh? A ver, repetime todo lo que vas a decir… Sí... Sí...

XVI

Marcela estaciona el auto en una calle tranquila de Mataderos. Baja primero, después abre la otra portezuela y desciende Rodolfo, con la vista clavada en el piso. Ella lo toma del brazo y lo guía hacia uno de los edificios de la cuadra.

El departamento operativo montonero tiene una mesa redonda de fórmica opaca, sobre su centro exacto pende una pantalla de opalina. Alrededor se sientan los cinco integrantes de la reunión:

Rodolfo Walsh, nombre de guerra: Esteban. Mirtha Rothemberg, nombre de guerra: Mariana. Leandro Lavaqué, nombre de guerra: Pablo. Raúl Quintino, nombre de guerra: Nacho. Eva Dopay, nombre de guerra: Marcela.

Walsh es veinte o más años mayor que todos ellos, Raúl está en la treintena, Eva tiene veintitrés. Serios, los montoneros se estudian en silencio. Rodolfo es el más observado pero él no observa a nadie, los ojos algo bajos detrás de sus anteojos como si su mente estuviera en otro lugar. Segundos después Nacho—

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Raúl rompe el silencio:

—Bueno. Empezamos, compañeros. Con esta reunión, la conducción Nacional responde a un pedido de ustedes. Yo solicitaría, en principio, que hablara el responsable del Departamento. Eventualmente podemos abrir una lista de oradores...

Walsh hace una señal con la mano. —Correcto. Adelante.

—Nuestra intención es discutir personalmente, con el compañero de la conducción, algunos aspectos del documento que el consejo difundió entre los oficiales, hace diez días. Para empezar sería bueno remitirnos al material que venimos enviando, como Departamento de Información e Inteligencia, desde agosto. No recibimos ninguna devolución de los aportes que hicimos, y creo que siguieron ocurriendo cosas muy terribles y que estamos en una situación demasiado urgente como para esquivarle el bulto a una discusión profunda ...

—Disculpá la interrupción, Esteban —dice Raúl—; sin duda ocurrieron cosas terribles. Por eso, además del abrazo personal que ya te di, quisiera decirte algo: en nombre de la Conducción Nacional, te diría incluso en nombre de los compañeros laburantes, de los laburantes argentinos (esto no es un exceso, porque vos sos un punto de referencia para los laburantes argentinos), queremos decirte que te acompañamos en tu dolor, que estamos con vos, que estamos orgullosos de Vicki y de los compañeros que estaban con ella y...

—Perdón, yo te agradezco, pero hay dos cosas que no puedo pasar por alto: una es que no sabemos todavía qué pasó...

—Yo no dije que se sepa, Esteban, yo dije que...

—Falta la otra: digamos que yo no estaría tan seguro de que la clase obrera esté dispuesta a firmar con su nombre alguna cosa que vos digas... No es por vos..., que diga nuestra organización... Y eso nos devuelve a los planteos que queríamos hacer hoy.

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contenida. Los demás son espectadores interesados: Pablo se pregunta si cuando planearon la reunión habían acordado empezar con un tono de crítica tan directa a la conducción, Rodolfo sabe ser más sutil. Mariana se dice que Rodolfo está mal y está furioso pero que tiene razones y razón. En cuanto a Marcela— Eva, la impacienta tanto circunloquio, ansía que le toque el turno de decir lo suyo, que es lo que realmente importa.

—Mirá —sigue Rodolfo, mirando a Raúl—, acá hay una situación gravísima que nuestra Orga no está queriendo ver: nosotros ya informamos los planes enemigos, es evidente que ellos están cumpliendo con éxito los objetivos militares que se propusieron para este año: están destruyendo nuestras conducciones y secretarías zonales. Ahora están en el aspecto territorial de la guerra, el año próximo esperan pasar a la fase siguiente y encararse con nuestra Conducción Nacional, y la de nuestros aparatos federales de finanzas, documentación, información y logística. Te estoy repitiendo cosas que dijimos como Departamento de Inteligencia, y pusimos por escrito. Y me pregunto, Nacho, nos preguntamos, qué pasa, por qué no se puede prever nada, si inteligencia informa, si inteligencia avisa, si inteligencia anuncia.

—Se ha previsto, compañero, se ha previsto. Desmantelamos conducciones zonales, precisamente porque estaban penetradas por el enemigo y había que proteger...

—¿Proteger como protegieron a Paco —grita Walsh—, cuando lo trasladaron al área más jodida, más penetrada, más sangrienta que había en ese momento en el país? Y digo "en ese momento" porque ahora no es más así, no es más sangrienta, ahora está desangrada, ya derramaron toda la sangre, ya nos hicieron mierda, nos rompieron el culo, y está la nena de Paco, que lo vio morder el cianuro, que la recuperaron de pedo..., la hijita...

En medio del silencio de todos, la voz se le quiebra. No puede seguir hablando. Tiene las cuerdas vocales paralizadas. Nunca se quedó completamente mudo, se asusta, no comprende

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qué le ocurre; el otro aprovecha:

—Nuestro compañero está mal, y es comprensible, pero es evidente que está mezclando motivos personales con evaluaciones políticas, es evidente que así no se puede pensar con objetividad. Yo les propongo que tratemos de separar las cosas.

—Yo quisiera decir algo... —empieza Mariana y se calla, asustada por lo que hizo. Mira a Walsh y a Nacho, en ese orden, pidiendo permiso. Walsh la mira pero no hace nada, sigue mudo.

—¿La compañera propone que se abra la lista de oradores? —pregunta Raúl irritado.

—Sí...

—Se anota Mariana ... ¿Alguien más?

Nadie contesta. Molesto, consciente de lo ridículo de la situación, Raúl—Nacho anuncia:

—Tiene la palabra la compañera Mariana.

—Sabemos que Esteban tiene motivos para estar muy triste, pero eso no quiere decir que esté hablando por su dolor. Nosotros venimos discutiendo esto todos juntos, desde el golpe. Yo quiero volver al punto donde él empezó: los informes escritos que nuestro Departamento hizo llegar a la conducción...

Walsh la interrumpe, súbitamente recuperado y dispuesto a retomar el protagonismo:

—Exacto. Nosotros decimos: nuestra derrota militar es un hecho que no se puede negar. Falta que la completen, nomás. Entonces, la pregunta tiene que ser política: ¿cómo garantizamos que la derrota militar no se vuelva derrota política? Ustedes argumentaron varias veces que no era así, producen documentos donde se la pasan acumulando pruebas de que al gobierno le va muy mal, que está aislado por los partidos políticos, que está aislado internacionalmente... Nosotros respondimos a estos argumentos, no quiero empezar ahora a enumerar nuestras respuestas que, por otra parte, son más bien un problema de sentido común: al gobierno no le va muy mal, ni siquiera le va mal..., al gobierno no le va nada mal. El gobierno tiene el apoyo de los partidos políticos, el gobierno tiene el apoyo internacional de

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la Unión Soviética; más allá de que esté perjudicando su imagen ante el imperialismo yanqui, ahora que a los yanquis se les dio por imponer democracias y derechos humanos, el gobierno no está aislado. ¡Subestimamos al enemigo, y esto es grave para nosotros, para nuestro futuro como organización, pero es más grave todavía para el destino del país, para los trabajadores del país!

—Son los trabajadores del país los que nos exigen soluciones militares ante los avances del gobierno —interrumpe Marcela.

Rodolfo se digna a mirada un instante. Le contesta:

—No son "los trabajadores del país", son los dirigentes gremiales de base, que están solos como nosotros y están desesperados, y se escapan hacia delante, lo peor que se puede hacer. No confundamos a dirigentes sin representación con una clase social.

—Esteban me critica porque me permito hablar en nombre de los trabajadores —dice burlonamente Raúl—, y ahora cree conocer todo lo que piensan los trabajadores y encima ata los destinos de la organización a los destinos del país. No es que yo no esté de acuerdo con eso último, yo sé que son un mismo destino. Pero señalo la contradicción, que en un compañero tan brillante como el oficial Esteban, me parece, no puede tomarse de otro modo que como prueba de que él está mal (perdonen, compañeros, pero tengo que insistir), muy mal, y sus razonamientos están atravesados por causas personales. El mío es un papel muy odioso, compañeros, pero todos sabemos que cuando pensamos política tenemos que desterrar toda consideración de nuestra intimidad. Si fuera otro el compañero alterado, Esteban no vacilaría en hacer lo que yo estoy haciendo ahora acá ...

Walsh golpea la mesa con todas sus fuerzas.

—¡Vos sos un hijo de puta! —grita, y se abalanza sobre Raúl—. ¡Vas a retirar lo que dijiste o te rompo la cara a patadas!

Por suerte la mesa está entre ellos y no hay que separarlos.

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—Esteban, pará, calmate —pide Pablo y lo toma del brazo, consigue volver a sentarlo.

—Pero —dice Raúl—, ¿qué está pasando, Esteban? Soy yo, viejo... Somos amigos… Yo te respeto mucho, vos lo sabés... Vos… tenés una trayectoria… Estamos discutiendo y yo estoy señalando algo, no veo por qué tenemos que plantear las cosas en esos términos, yo creo que...

—Bueno —dice Mariana—, por qué no nos calmamos todos. Esteban está alterado...

Pero Walsh grita:

—¡Sos un hijo de puta y un hipócrita! ¡Vos violás normas de seguridad por motivos personales, vos ponés de verdad a la organización en peligro! ¡Aunque sabés que está prohibido, que es un disparate y una irresponsabilidad! ¡Vos ves a tus hijos todos los fines de semana!

Silencio horrorizado. Todos miran a Nacho. Hasta Eva, que había demostrado hasta ahora bastante indiferencia, vuelve sus ojos asombrada, con reproche, al dirigente de la conducción. Raúl no sabe qué decir. El tiempo se detiene.

—Preparo café —dice Mariana.

Nadie le contesta pero ella ya está en la cocina. Marcela hace ademán de incorporarse para ir a ayudarla pero opta por imitar a los varones y se queda rígida en la silla. Llegan ruidos de tazas y cucharitas.

—Eh... —dice Pablo—, me gustaría... Aprovecho para... eh… comunicarles algo... Eh... Algo bueno, gracioso… Un éxito... Es sobre ANCLA... Los milicos están despistados… Creen que es una agencia de noticias de la Marina... De un grupo "blando"... Es el ancla que Esteban puso en el sello lo que los confunde y...

La risita se le apaga. El silencio sigue hasta que llega Mariana con la bandeja humeante.

—Esteban —dice Raúl—, te pido disculpas. Yo no concuerdo con la posición de ustedes; vengo a traer una información que precisamente ustedes no tienen, y me excedí en la discusión. Vos tenés razón: no pensás así porque estás

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