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DE OCTUBRE DE 1976 Mala época para el amor

I

Borrosa, bella, rodeada de luz de sol, una silueta femenina. Es como si estuviera en una altura, aunque dentro del sueño no se puede determinar por qué: si está en un tejado o subida a una colina, por ejemplo. Una melena corta, oscura, contrasta con la blancura de una túnica que le cubre el cuerpo. A través de la tela se vislumbran apenas sus pechos sueltos. Está descalza. La figura es neblinosa pero él adivina los grandes ojos jóvenes, negros, fijos en algún punto hacia adelante. Hay algo terrible, definitivo, en la mirada. Con un balanceo suave, como hamacándose sobre los pies, la muchacha levantará su brazo derecho extendido. En la punta de los dedos hay dos palomas oscuras que alzarán el vuelo con un ruido violento, salvaje, y en el mismo movimiento la mujer se arqueará hacia atrás bruscamente, riendo como una adolescente, mirando el cielo, entregando su cara a la luz, riendo. A la risa de la chica se superpone otra que la desplaza: también es joven, más suave, pero masculina. Se ríe él, soñando, el soldado muy joven, con la cabeza algo levantada, como si estuviera mirando a la muchacha que mira el cielo. Pero la risa del soldado no es sólo alegre: hay algo crispado y enternecido. A lo mejor se ríe llorando en esa hora de la madrugada, a punto de despertar de risa en la cucheta inferior rodeada de cuchetas, en un cuartel donde duermen, con él, los demás conscriptos.

Y el joven soldado despierta, y se da cuenta, y ya no ríe. Abre los ojos desesperado, gime, se pone boca abajo y hunde la cara en la almohada.

Termina de amanecer. El auto del general está estacionado en la puerta de un lujoso edificio de la zona de Retiro. La portezuela de atrás está abierta y Manuel, vestido con un jogging y zapatillas, espera de pie. El portero está limpiando y saluda con un "Buenos días, general" a Oddone, que baja con buzo y pantalón de gimnasia él también.

—Buenos días, Mendizábal. Linda mañana para correr. —Buenos días, señor —contesta el chico, y cierra la puerta del coche.

III

En el patio del cuartel de Campo de Mayo está formado el pelotón recién despertado, frente a un teniente primero.

—¡Soldados: imaginarias de hoy! ¡Fernández, Strejilevich! Ariel y otro muchacho dan un paso al frente.

—¡Fernández, a la puerta del baño! ¡Usted, Strejilevich: custodie la carga junto al helicóptero!

El helicóptero está posado en el centro de otro patio más amplio. Un oficial y un suboficial esperan sentados algo que al soldado Strejilevich no le debe interesar ni está autorizado a preguntar. Se trata, simplemente, de que custodie tres bolsas de arpillera. Así que Ariel está parado al lado, haciendo guardia atento y serio mientras los del helicóptero, evidentemente, esperan para cargar y levantar vuelo. Uno se muerde los pellejos de los dedos con planificación, empieza por el costado derecho, avanza hacia la cutícula, sigue por ella hasta el costado izquierdo. El otro tiene las manos juntas por los pulgares, las abre y cierra, golpeteando los cuatro dedos con velocidad y cierto nerviosismo.

La carga está encimada, una bolsa de arpillera sobre la otra extendidas en toda su longitud sobre el piso. Ariel mueve apenas la cabeza y las observa. Después vuelve a mirar a los del helicóptero, que cada tanto levantan los ojos de sus manos y parecen fijarse si de una vez llega el que esperan.

Las bolsas siguen encimadas, Ariel se aburre junto a ellas. De repente una se mueve con un gemido. Ariel se sacude y grita, la mira espantado y mira a los milicos. La bolsa se está moviendo apenas sobre la otra, de ella viene un quejido sin fuerzas. Desencajado por el horror, el muchachito dirige su mirada al oficial. La encuentra, gélida, y comprende que no tiene que hacer preguntas. El otro sigue comiéndose el pellejo con concentración, los ojos fijos en la mano. Su dedo ya está sangrando mientras los dientes arrancan la piel.

IV

Los bosques de Palermo están desiertos en esa mañana de primavera. Oddone y Manuel vienen corriendo por un camino de asfalto. Hace ya mucho que corren pero su estado físico es notable y, aunque sudan, sus caras están relajadas. Pese a su edad, el general parece muy interesado en demostrar una resistencia similar a la de Manuel. Cuando decide parar lo hace como si fuera parte del ejercicio: pasa de correr a caminar, levantando los brazos e inhalando oxígeno, y ordena al chico que haga lo mismo:

—Al paso, Mendizábal. Inhalar. Espirar. Inhalar. Espirar. Manuel obedece y Oddone farfulla, tal vez para demostrar que tiene aliento:

—Oxigénese, soldado, aproveche estos árboles y este aire seco de la mañana. Rinda homenaje a Dios.

Caminan en silencio. Un caballo se acerca, ellos se corren para que el jinete los pase al trote por el camino. Manuel siente cierta nostalgia y lo sigue con la mirada. El general lo percibe.

—Hermoso caballo —dice.

—Cuando voy al campo, me levanto muy temprano y salgo a cabalgar. Galopo hasta que no veo nada en el horizonte. Nada de nada. Entonces paro y me quedo quieto —dice Manuel.

—Un hombre fuerte, soldado, es un hombre que puede estar completamente solo. Un samurái es como un tigre solo en la

selva.

Y Oddone se preocupa, porque a lo mejor se le nota mucho la admiración.

Siguen caminando en silencio.

—El deporte forja el carácter —exclama Oddone de pronto—. Pero los varones tienen que educarse con deportes fuertes. Usted jugó al rugby...

—En el club hacía boxeo cuando era chico. —¡En guardia, Mendizábal!

Oddone se da media vuelta, empieza a saltar y le tira un derechazo.

Y ahora el general propuso un violento cambio de programa y están los dos en el ring de un gimnasio, con los torsos descubiertos, los mismos pantalones y guantes. Se están divirtiendo mucho, intercambian algunos golpes con nivel bastante parejo. Por supuesto, no se trata de golpes fuertes, pero tampoco de una finta de combate. Manuel es lo suficientemente audaz como para tomar en serio el desafío del general, y es obvio que Oddone no espera otra cosa del soldado. De pronto, el general acierta una trompada en el estómago, bastante fuerte. El chico se dobla. Preocupado, el general abre la guardia y se inclina a ver qué tiene. Pero el soldado saca un gancho desde abajo y le pega en la mandíbula. Es un segundo: Oddone está sentado de traste, pulcramente. Ni siquiera parece que hubiera habido violencia.

Manuel mira al general, horrorizado por lo que hizo. Con la boca abierta, está a punto de pedir disculpas, sólo tiene que salir la voz, pero el general no le da tiempo: ya está levantándose y arreglándose la ropa. Lo mira con admiración, sacude la cabeza:

—Muy bien, carajo. Un buen contrincante ataca cuando uno menos lo espera.

Manuel sonríe orgulloso, los ojos brillantes. Hay un instante de gratitud en su expresión (su padre nunca estuvo así de orgulloso de él) pero enseguida atraviesa su rostro una

sombra, baja los ojos. El general no percibe el cambio porque ya no lo observa. Entusiasmado, casi eufórico, ha comenzado a correr alrededor del ring y lo está llamando.

—¡Vamos, maricón, que se acabó la joda! Riendo, Manuel empieza a correr.

V

En el closet que conocemos Pablo está desenroscando la tulipa del techo. Toma el papel doblado, lo guarda, enrosca la tulipa otra vez. Sale del baño y cruza el bar con naturalidad.

En la casa donde vive con Mariana en la clandestinidad, calienta el papel blanco con un encendedor. Se dibuja un mensaje en letra de imprenta:

QUIERO CITA PARA ENTREGAR FOTOS (DOCUMENTOS SOBRE CAMPO A CARGO DE ODDONE, 10ª BRIG. INF.)

VI

A treinta metros de una bocacalle de Rivadavia al 9200, en cruce con la calle Corro, Rodolfo Walsh baja de un colectivo con el mismo disfraz (gorra calada de visera, pantalones de algodón de corte antiguo, camisa celeste de manga corta y breve bigote blanco) que usó la mañana anterior. Dobla por Corro y comienza el recorrido.

Parado de espaldas, en la esquina de Yerbal, observa la casa en ruinas de la vereda de enfrente. Hay sangre seca en algunos lados, un perro vagabundo anda, curioso, por los escombros. El Ejército ya no está. Walsh sigue parado inmóvil, sobrecogido. Mira hacia arriba: el parapeto de la terraza tiene muchas partes destruidas. También se hizo fuego hacia allí, tanto desde Yerbal como desde Corro. Antes de entrar observa alrededor. Calculó bien, todos duermen la siesta en ese barrio, no hay gente por la calle, el almacén está cerrado y puede entrar rápida y silenciosamente sin que alguien lo vea.

Adentro lo abruman los escombros. La pared que separaba el living de la cocina está en pie y manchada de sangre. Walsh entra a lo que fue cocina: reconstruye con los restos cinco tazas sucias de café y cinco platitos. Hay puchos apagados y vidrios. Eso es lo único que queda. Las alacenas y los armarios fueron vaciados y arrancados de la pared, están sus marcas. El enchufe reforzado, sin tapa (se la llevaron), la marca en la pintura y restos de un hilo de cobre que debe haber sido cable a tierra denuncian que hubo una heladera. Busca ahí alguna pista más pero salvo la que indica que los militares desvalijaron y se llevaron como botín de guerra hasta los cables eléctricos y la madera de los zócalos, no consigue encontrar nada. Sube por la escalera a la planta alta, donde estaban las habitaciones.

El detective Rodolfo Walsh entra ahora a uno de los cuartos: paredes, techo y porquerías tiradas, papeles sin importancia, algún pedazo de ropa o de silla demasiado roto como

para vender. En el otro cuarto, el paisaje es similar. Sin embargo observa detallada y sistemáticamente hasta ver en un rincón, semi tapado por una madera, un objeto oscuro. Su mano toma una sandalia derecha de mujer, de suela y tacón apenas alto, una sandalia de todo andar, bastante gastada, algo maltrecha. Su mano derecha la aferra, vacila, tiembla mientras la levanta, la lleva contra el cuerpo; la izquierda acaricia levemente la plantilla, mueve el dedo como si dibujara con suavidad signos secretos en la superficie polvorienta. Esos gestos duran sólo unos segundos, de inmediato Walsh vuelve a compenetrarse en su rol de investigador y se pone a buscar la otra sandalia. Revuelve cosas en el piso, no la encuentra. Y no hay tanto para revolver, se han llevado hasta las lamparitas sanas y los portalámparas, cuelgan cables pelados de las partes del techo de donde una vez pendieron las arañas. Y la otra sandalia no aparece. Renuncia. Envuelve la que tiene en un papel de revista que encuentra tirado, sale del cuarto y sube la escalera que conduce a la terraza.

Bajo el sol de la siesta, lo que hay para ver en la terraza, además de impactos de balas en parapetos y muros, son importantes manchas de sangre. Recorre los bordes de la balaustrada, asomándose para observar qué se divisa desde allí. Como la casa está en una ochava, otras dos continúan la cuadra, que es breve porque termina en las vías del tren. Desde esta terraza se ven las vías y los techos de las dos casas vecinas, mucho más bajas. No parece posible que alguien se haya escapado por ahí. Walsh se asoma a parapetos y se trepa a muros, para comprobarlo. Recorre con la mano los impactos de armas de fuego, analiza entre los dedos el polvillo que sale de la pared, anota cosas en una libretita que tiene en el saco. Las marcas de las armas de fuego se observan en el parapeto del ala que da a la ochava de Corro y Yerbal, y en la pared que mira hacia la calle. La sangre seca está en el piso; hay dos manchas, alejadas una de la otra: la que está junto a la balaustrada que mira a Corro y la que está junto a la balaustrada que mira a Yerbal. Se para junto a cada una de ellas, se asoma y observa la calle desde ahí. Se tira

al piso y mira hacia arriba. Se pone en cuclillas y comprueba si se ve la calle desde esa posición. Saca un metro del bolsillo de su saco, mide la altura del parapeto; se ocupa de cada mancha: las toca, acerca los ojos y la nariz al piso, les toma el diámetro y mide la distancia que hay entre ellas y el borde de cada balaustrada. Realiza estas operaciones metódicamente, después recorre la parte de la terraza que da hacia el pulmón de aire de la manzana: allí no parece haber habido combate. Tiene el ceño fruncido, toda su inteligencia está fríamente encendida, ha olvidado momentáneamente que la que probablemente murió en ese escenario es su hija, para zambullirse con intensidad en su pasión: la búsqueda de la verdad.

VII

Mientras espera, Manuel lee un libro sentado al volante del auto de Oddone, estacionado frente a un lujoso restaurante. Ya pasó la hora del almuerzo y piensa con ansias que Oddone cruzará la calle pronto. Cuando maneje hasta la Capital, deje al general en su casa y su auto en el garaje, empezará su franco.

VIII

Oddone y Konig están en el restaurante, terminando de comer. La mesa está sucia de migas, alguna mancha de vino y de café, hay cigarrillos apagados en el cenicero.

—Es una pena —comenta Oddone amasando una bolita de pan— que a tu hija se le haya dado por una carrera tan peligrosa como Antropología.

—No, no te preocupes...

—No. Yo no me preocupo. Preocupate vos.

—Tengo mucha confianza en Aurora; la madre y yo la vigilamos de cerca.

Oddone no levanta los ojos de la bolita de pan.

—Bueno. Ya que nombrás a tu señora, vamos a hablar de lo nuestro —levanta la cabeza y lo mira a los ojos—. Carmen no

tiene la menor idea de quién es la mamá de María Victoria Walsh. Konig, callado, sostiene su mirada.

—Mirá, Carlos, voy a ser claro. Si esto no viene por el lado de tu mujer, viene por el tuyo, y si me mentiste es porque la que pregunta no es la mamá, sino el papá.

Konig levanta la copa de vino y toma varios tragos, el otro vuelve a amasar la bolita de miga.

—Alguien me dijo —dice— que ese subversivo te había hecho personaje de un libro...

—De un cuento.

Oddone aplasta la bolita con el dedo, hace un gesto de desprecio.

—Es lo mismo. Sos lo suficientemente pelotudo como para emocionarte por eso. Nunca entendiste demasiado.

Konig no contesta.

—Mirá, por una vez sirven tus delirios literarios. Tenés una oportunidad excelente de servir a la patria. Vos lo ves a Walsh. No quiero que me contestes nada y me importa una mierda por qué lo ves. No te preocupes —Oddone se pone irónico—, nadie piensa que sos montonero, y lo que yo pienso me lo callo porque no viene al caso. Ahora, escuchame: el Ejército tiene a la hija de tu amigo; está bien, te lo juro; está herida, pero le dimos asistencia; nadie le tocó un pelo. Tu literato no es un perejil: es el jefe de inteligencia de Montoneros.

Konig abre los ojos asombrado.

—¡Sorpresa, Carlos, te caíste del catre! ¡Sí, jefe de inteligencia! ¡Pero quién lo hubiera dicho, un hombre tan cultivado!

Oddone hace una pausa teatral, mientras mueve la cabeza con una sonrisa tolerante, como si dijera: "Ay, las cosas que hay que aguantarle a este Carlitos". Súbitamente, se pone serio:

—La mujer está viva y está bien, y la queremos negociar. Konig sostiene su copa un poco levantada, estudia el resto de vino que queda en ella.

negociar soy yo. Yo y algunos otros. Los grupos de tareas, en general, no quieren saber nada, y en un sentido no andan errados: los estamos haciendo mierda, ¿entonces por qué no seguir? Pero yo soy un convencido de que lo fundamental de la guerra ya está ganado, ahora hay que encontrar alguna salida política a la cuestión. No podemos gobernar el país con los Estados Unidos en contra, la situación internacional se pone espesa. Sánchez Parson está de acuerdo. Conclusión: tenemos algo para proponerle a tu historiador personal. Queremos que su hija sea parte de una negociación global con la Organización Montoneros. Él, tres representantes confiables de la Dirección Nacional y tres de los nuestros. Te declaro correo entre ellos y nosotros. Tu misión es conseguir que acepten y transmitir día y hora del encuentro. ¿Te gusta? Si te sale bien, por ahí te conseguís un escritor que te escriba y no te dé vergüenza nombrar.

El coronel de brigada retirado no levanta la mirada de la copa. La deja en la mesa, la llena, toma un buen trago. Finalmente suspira y dice, articulando despacio:

—Como por una vez hablás claro, voy a decirte algo. Sí, soy un boludo y un ingenuo: ya en el Liceo se notaba que eras un hijo de puta y yo creía que por eso no ibas a hacer carrera en el Ejército. Me equivoqué.

Konig mira a su compañero de promoción, disfrutando del insulto y de su efecto. Pero el placer termina enseguida y lo que sigue diciendo no tiene violencia, sino dolor.

—¿En qué me equivoqué? ¿Me equivoqué de Ejército? ¿Me equivoqué con vos?

Oddone hace un gesto de profundo desprecio. —¿Qué carajo creíste que era la guerra? —dice.

IX

El cálido departamento de un ambiente está bañado por el sol, hay un colchón de dos plazas en el piso, cubierto por una colorida colcha de algodón hindú, tapices y posters en las

paredes, una biblioteca llena de libros, adornada con cacharros de arcilla, probable resultado de un viaje a Bolivia y Perú. Hay discos de vinilo dispersos por la alfombra, están adentro de sus sobres de cartón, junto a la bandeja y el amplificador. Dos parlantes se distribuyen a un lado y otro del monoambiente. Hay muchas plantas y un poco de suciedad. Tras el sonido de una llave entran Ariel Strejilevich y Judith, su novia. Ariel está pálido y serio, todavía tiene el uniforme de fajina y lleva un bolsito. Judith, más o menos de su edad, habla todo el tiempo.

—Yo les ayudé a elegir las cortinas, ¿te gustan? Tienen buenos discos, el equipo suena bien. Quedamos en que les regamos las plantitas y de paso yo limpio un poco, aunque no está tan sucio, ¿no? Estuvieron divinos en prestárnoslo. Me podés ayudar. Mirá qué sol entra, Ariel, mirá qué hermoso este tapiz. Y no se escucha ni un ruido, ¿ves? Vení, asomate, da a un pulmón de manzana... ¿Qué te pasa? ¿No querés mirar?

Ariel se dejó caer en la cama, ausente.

—¿Qué tenés, Ariel? ¿No te gusta? ¿No querés que estemos tranquilos aquí vos y yo, todo el tiempo que queramos,

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