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LA ONCE, MI CASA

La ONCE es mi casa, mi familia. Gracias a la Organización Na- cional de Ciegos Españoles soy quien soy. Junto a ellos, acepté el hecho de ser ciego y aprendí a vivir como tal. De su mano comencé a construir mi nueva existencia, a labrarme un pre- sente y un futuro. La ONCE me dio desde las herramientas para vivir, hasta un trabajo y fórmulas para crecer como persona, actividades de diversa índole o el deporte. Pero, sobre todo, me dio la esperanza y el empujón necesarios para que viera que tenía una vida por delante en la que podría conseguir todo lo que me propusiera. No me quitó la ceguera, pero sí la venda de los ojos que la pérdida de la vista me había puesto.

Sin embargo, este amor incondicional que ahora les pro- feso no fue un amor a primera vista. La ONCE fue más bien una chica complicada que se resistió a mis encantos durante un tiempo, que me rechazó primero antes de darme el sí quie- ro. No en vano, cuando visité por primera vez al oftalmólogo que valoraba la afiliación, no me aceptaron como miembro y fue una gran decepción. La verdad es que no me lo explicaba,

más cuando ya tenía mi certificado de minusválido. Por aquel entonces las condiciones de acceso eran más duras que ahora, pero parecía bastante claro que yo debía ser admitido. Aunque no había perdido al cien por cien la visión aún, no era capaz de hacer nada por mí mismo, de desplazarme sin ir agarrado del brazo de mi madre, no era apto para ver más que alguna sombra a milímetros de mi cara. Pero creo que por algún tipo de error, no me sirvió y fui declarado no válido para ingresar en la ONCE. Me cabreé mucho, porque sabía de gente que veía mejor que yo, deficientes visuales en mejores condiciones, que eran parte de la organización. Y yo, que no podía vivir más que siendo una prolongación de mi madre, me tenía que quedar a las puertas.

Pronto solicité una nueva revisión de mi caso y aquí no hubo dudas. Habían pasado un par de meses y la evidencia y la lógica se impusieron. Comenzaba una relación idílica que marcaría toda mi vida.

Como ya he mentado, poco después de entrar en la ONCE decidieron enviarme a Barcelona para conseguir las herra- mientas necesarias para vivir desde la ceguera. Tras volver, lo primero que hice fue pedir la venta del cupón, pues necesitaba ponerme en marcha y lograr unos ingresos regulares. Ya había hecho mi curso de preparación y sabía usar el bastón, así que podía llegar al sitio donde me ubicaran, y distinguir monedas y billetes, por lo que (en teoría) estaba preparado para desa- rrollar esa faena.

Con estos condicionantes, y después de considerarme apto para el trabajo, me concedieron la venta del cupón y me desti- naron a la calle Guillem de Castro, en una zona céntrica y muy transitada de Valencia, cerca de la plaza del Ayuntamiento y la estación de trenes. Y allí, en medio de la calle, me tuve que plantar. Fue mi perdición y duré una semana. Desde el primer

segundo me dio la sensación de que estaba pidiendo limosna, pero con un papel con un número en vez de con un cartel expli- cando que necesitaba dinero. Es cierto que aún me quedaba la última fase de aceptación de la ceguera, pese a que yo lo creía totalmente superado, y ese fue el momento en el que se mani- festó. Una parte de mí, aunque no me diese cuenta, vivía toda- vía en mi mundo de vidente y mantenía las ideas preconcebidas de mi etapa anterior. No aceptaba algunas situaciones o las veía desde un prisma de prejuicio creado en mi época con vista y eso requirió de un proceso largo que me llevó casi un año. Comprar el cupón me evocaba siempre, cuando todavía podía ver, la sensación de que era hacer una acción de caridad, como dar una ayudita para el cieguito que necesitaba que le echaran una mano. Y ahora era yo ese cieguito desvalido solicitando la buena obra. No lo podía soportar, me quemaba por dentro.

Tampoco me ayudó mucho el hecho de estar en la calle y sentirme desprotegido, y encima que esa semana fuera durante las Fallas, cuando más gente se agolpa en las calles de Valencia, especialmente en el centro y alrededores, por donde estaba yo. Para que os hagáis una idea, la ciudad duplica en esas fechas su número de habitantes y alcanza casi los dos millones. Y más gente significaba más vergüenza para mí. Que me compraran, porque encima tenía éxito de ventas, no sé si era mejor o peor, ya que aumentaba mi sensación de que era un pobre chico al que daban unas monedas por compasión.

Lo dejé. E incurrí otra vez en una contradicción. Había pues- to tantas esperanzas en ese momento, tantas ilusiones en el futuro vendiendo el cupón…, y en menos de siete días ya lo abandonaba porque me superaba. Hablé con mi madre, ya que dejando este trabajo perdía mi fuente de ingresos y requeri- ría su ayuda, y le reconocí que no estaba bien, que necesitaba tiempo. Lo comprendió, o al menos lo aceptó, y con su soporte

decidí aguantar hasta que me ubicara y supiera qué quería ha- cer con mi vida.

Pese a todo, no perdí la energía de vivir y me puse a estudiar, a formarme y a prepararme en la ONCE. Di clases de informáti- ca (que ahora rememoro y veo que ya no me sirven para nada, pero en aquel entonces me abrían un sinfín de posibilidades) y de braille, pese a que nunca me ha gustado porque siempre, desde el principio, he optado más por escuchar que por tocar.

En ese tiempo fui teniendo más contacto con otros ciegos, con gente ya curtida en el mundo de la oscuridad eterna. Me di cuenta de que la gran mayoría también vendía cupones y fui aprendiendo, comprendiendo y madurando, poco a poco, en un proceso lento pero absolutamente necesario. Hablar con ellos, ver como se manejaban en el día a día, lo afortunados que se sentían vendiendo el cupón, lo que disfrutaban haciéndolo y, en especial, la normalidad con la que aceptaban la situación, me hizo replantearme las cosas. Entendí, con el tiempo, que el cupón era un trabajo, un medio de vida que, más que aver- gonzarme, debía enorgullecerme, porque daba la oportunidad a mucha gente de tener una forma de ganarse el pan de manera honrosa.

Aquella época la equiparo a la de hoy. No por mí, sino por la situación que vive mucha gente en estos tiempos. En una fase de crisis económica y, sobre todo, de valores, vamos tan rápido en la vida que no podemos detenernos a pensar qué queremos hacer con ella. Es cierto que no todo el mundo tiene la suerte que tuve yo, que pude vivir de mis padres hasta decidir hacia dónde quería enfocar mi camino. Pero todos deberíamos pa- rar al menos un mes al año, respirar, preguntarnos si lo que hacemos nos gusta o no y ver, con perspectiva, si eso que nos quema es, en realidad, tan importante como para cambiar de rumbo o está simplemente magnificado por los roces del día a

día. En la era de la inmediatez apenas nos dejan decidir nuestro propio destino. Si no somos nosotros capaces de clarificarlo e ir hacia él, es posible que pasemos muchos años infelices haciendo tareas que no nos gustan por el mero hecho de que hay que sobrevivir. Yo soy un superviviente, pero he elegido vivir como quiero. Y estoy totalmente seguro de que si la gente buscara su pasión todo sería más fácil en este mundo, porque habría muchas más personas felices.

Ese fue mi proceso. Y por eso tardé un año en volver a pedir el cupón. Convivir, escuchar y compartir con todas las per- sonas ciegas con las que coincidí durante esos meses en las actividades y cursos que realicé con la ONCE, me hizo ver la situación desde otra perspectiva. Me hizo entender quiénes eran los ciegos, qué suponía el cupón y, sobre todo, quién era yo desde ese momento. Maduré a partir del aprendizaje que supuso estar con otros invidentes y superé la última fase de aceptación de la ceguera. Además, no podía seguir dependien- do económicamente de mi madre, que ya había asumido una carga importante desde que había perdido la vista. No era justo para ella y le debía una reacción. Vendería el cupón y lo haría con la cabeza bien alta. Estaba convencido de valerme por mí mismo y de superar mis prejuicios. No me importaría ni el dónde ni el cómo me tocara estar. Si tenía que colocarme en la calle, perdería la vergüenza.

Pero a veces la vida te sonríe cuando menos te lo esperas sin ser consciente de ello y yo tuve mucha suerte. En vez de volver a la calle me destinaron a un pequeño quiosco en Moncada, una localidad muy cercana a Godella, y ahí comenzó mi nueva etapa con esta población como eje de la misma. En ese momento no sabía lo que ese cambio iba a suponer, pero fue el comienzo de una transformación hacia otra existencia.

Estábamos en 1999 y, de repente, todo cambió. Tenía mi lugar físico para trabajar. Hacía horario (llamado entonces) de funcionario, entrando a las 8 y marchándome (en teoría) a las 14 horas. Y digo en teoría, porque cuando vendías la ristra de cupones que te daban ya te podías ir a casa y yo a veces no los vendía todos, pero consideraba que ya era suficiente por ese día. Eso no quiere decir que no cumpliera con mi trabajo, si bien me permitía alguna pequeña licencia de vez en cuando.

Para ser exactos, no me marchaba a casa directamente. En aquellos días tenía que pasar por el banco antes de ir a mi pues- to de trabajo y después, cuando finalizaba, hacer el trayecto inverso, ya que los cupones se recogían en una sucursal del ya extinto Banco de Valencia y allí había que devolverlos (si te ha- bía quedado alguno) al final de la jornada, junto con el dinero que habías recaudado. Ahora las máquinas TPV te permiten hacer ese trabajo sin necesidad de ir y volver a la sucursal, pero entonces era un paso obligado. Era el menor de los males de un trabajo que aprendía a disfrutar jornada tras jornada.

El horizonte para mí había cambiado de forma sustancial, pues tenía un buen sueldo fijo para la época, al que se añadían las comisiones que ganaba por las ventas. Aunque mi madre me acompañaba todos los días en el metro a la ida y a la vuelta y se quedaba tomando un café, poco a poco vio que me iba haciendo más independiente y empezó a dejar que alguna vez probara a hacer las cosas solo. Eso me subía muchísimo la auto- estima. No solo por verme capaz, sino por no hacer a mi madre madrugar tanto y saber que la pobre mujer tenía que estar de plantón tomando un café en el bar de enfrente para ver si su hijo estaba bien o no.

Pese a los esfuerzos, el proceso para desengancharme de mi familia llevó un tiempo largo y aunque iba avanzando, se acrecentaba cada vez que me enfrentaba a una situación nueva

para mí, en especial si no me sentía cómodo y seguro. Este era el caso en un principio en Moncada, cuestión que, por fortuna, fue variando conforme me fui tranquilizando.

Aun así, yo era un forastero en Moncada. No me conocía nadie. Tampoco era de aquellos vendedores que utilizan lo que yo llamo técnicas de mercado y ofrecen los cupones a la gente que pasa por la calle. Estaba sentadito en mi quiosco y cuando alguien venía le servía, le daba algo de conversación y seguía a lo mío. Eso cambiaría, y mucho, al poco tiempo. Mientras tan- to, yo me llevaba audiolibros en casete y con eso iba pasando los días maravillosamente. No necesitaba más.

Un tema a tener en cuenta y que mucha gente se pregunta es el de las monedas y los billetes. En Castellarnau nos dieron un curso, que luego perfeccionamos en la propia ONCE, con varias nociones muy básicas. Con el metal era tan sencillo como tocar la parte exterior y, en función de su rugosidad, los bordes y el dibujo que llevaban, en seguida conocíamos de cuánto dine- ro estábamos hablando. Con el papel se complicaba algo más, aunque no demasiado. Si habéis visto alguna vez la cartera de una persona invidente, os daréis cuenta de que todos los bille- tes están plegados. La razón es que si los doblas y los colocas entre dos dedos, por la longitud que alcanzan sabes si son de mayor o menor valor. ¡Lo que no podías saber entonces era si se trataba de dinero verdadero o falso! Ahora es más sencillo con la tecnología y las máquinas verificadoras, pero a mí muchas veces me colaron billetes falsos de 10.000 pesetas. Y eso era dinero que perdías de tu bolsillo, porque en el banco te decían que no podían hacer nada al respecto. Hay gente muy mala en el mundo y contaré más de un ejemplo...

Ya que he hablado de pesetas, os he de reconocer que mi primera gran dificultad me vino sin esperarlo y fue como una bofetada en la cara. Me puse a vender en 1999… ¡y en el 2000

llegó el euro! Cuando ya me había familiarizado con el cambio, de repente me tocó reciclarme con otro curso. Y encima con una moneda nueva que nadie conocía, porque toda nuestra vida habíamos estado con la peseta. En mi caso, yo hasta la había podido ver. El euro fue la primera moneda que aprendí a cono- cer siendo ciego y me tuve que adaptar a toda velocidad, con el problema de que ni siquiera los que veían me podían facilitar la tarea, pues hasta para ellos suponía, a veces, un quebradero de cabeza. Costó acostumbrarse y alguna más me colaron durante el proceso de sustitución de la moneda.

En contraposición, lo mejor de todo era que, poco a poco, me iba haciendo a la sociedad de Moncada. Como en todo pue- blo pequeño, la gente va empezando a conocerte. Te toma cari- ño. Estás delante de ellos de lunes a viernes y sin darte cuenta empiezas a formar parte de su vida diaria. Tanto que hice mi grupito para ir a almorzar. Y empecé a plantearme seriamente una vida en aquella localidad. En el año 2001 había comenzado a salir con Celia, de la que os hablaré en otro capítulo (porque se merece uno para ella sola) y, de vez en cuando, nos íbamos a ver pisos y a soñar con una vida juntos en aquel sitio que tan bien me había acogido. ¡Recuerdo entrar en algunos, que me pidieran 14 millones de pesetas y que me parecieran caros! Imaginaos cómo estaba España en aquel momento.

Me iba tan bien la cosa que decidí contratar un taxi en lu- gar de coger el metro. Me lo podía permitir, porque llegué a un acuerdo con un amigo pagándole un fijo al mes. Al final, Godella y Moncada estaban al lado y a mí me daba mucha au- tonomía, sin tener que obligar a mi madre a acompañarme. ¡Muchos seguro que pensaron que estaba forrado o que me lo pagaba la ONCE! Pero para mí fue la forma de ir haciéndome cada vez más independiente. De no depender de nadie y salir de verdad solo a la calle para enfrentarme a sus peligros.

Además, ya había empezado a entrenarme muy duro. Hacía deporte cinco días a la semana, me levantaba muy temprano para ir a trabajar, me dolía todo… Para mí era mucho más có- modo poder desplazarme sin tener que coger el bastón, llegar al metro, caminar hasta mi puesto de trabajo, volver al metro, cogerlo de nuevo para ejercitarme y retornar a casa casi de no- che. Así que vi la oportunidad y la aproveché, aunque pudiera parecer un señorito. A veces, cuando mi amigo no podía venir a recogerme, llamaba a otro taxi y actuaba como si no fuera invidente. Hay prejuicios que tardas en quitarte y uno de ellos es que intentas evitar que el inicio de una conversación en un coche siempre empiece por tu ceguera. Me metía en el portal, escondía el bastón y, cuando me pitaban, salía a tientas, me sentaba, le decía dónde quería ir y usaba un truco: cuando me decían el típico «¿te dejo aquí?» preguntaba despreocupado, como si no fuera de esa zona… «Sí. ¿Dónde estamos exacta- mente?». Entonces me daban una referencia y en ella me ba- saba. Era muy divertido, aunque más de una vez no he sabido hacia dónde tirar y la he liado grande. Sobre todo en la época donde los teléfonos móviles no estaban tan extendidos y tenía que acabar buscando una cabina para llamar y que vinieran a recogerme.

Sin embargo, no todo era de color de rosa. La gente que regenta establecimientos sabrá de lo que hablo, pero hay que vislumbrar lo que es tener un cuadradito minúsculo del que apenas sales. Como decía antes, hay gente mala en el mundo y hay que decirlo sin tapujos. En ocasiones puedes entender la actitud de algunas personas, porque han vivido una situa- ción difícil, pero en otras no te explicas qué ganan intentando hacer daño a los demás. Recuerdo a un chico al que llaman El Gaseoso y que metía la mano por las rejas del quiosco para robarme dinero. Había otros que me colaban billetes falsos. Una vez tuve tanto miedo que llegué a comprarme un hacha y

que lo hubiera hecho, pero cuando eres invidente y no sabes qué pueden hacerte en un espacio tan reducido, necesitas algo que te dé seguridad. No era más que eso y, en realidad, no sé para qué me hubiera servido más que de forma intimidatoria, porque no creo que hubiera podido alcanzar con ella a alguien que me robara por la fuerza. No estoy orgulloso de aquello, pero espero que quien lea esto entienda la indefensión a la que muchas veces me enfrentaba. Y es que, pese a estar en una calle céntrica y con constante tránsito de peatones, siempre existe un cierto peligro.

Otras veces la realidad era mucho más divertida. O más cruda, dependiendo del personaje del día. Mi lugar de trabajo se convirtió en un confesionario durante los casi nueve años que estuve allí plantado. Hay que tener en cuenta que muchas personas necesitan hablar y desahogarse, porque no tienen con quien hacerlo o porque no pueden hacerlo en sus casas o en sus trabajos. Y que un ciego esté sentado en cinco metros cuadrados sin poder moverse y no tenga más remedio que es- cucharte es una muy buena terapia para ellos. El sustituto del psicólogo o del camarero. Algunos venían a pedirme dinero y me explicaban que estaban en una situación complicada. Otros me hablaban y, de repente, se callaban. Y yo no sabía si era porque se habían ido o porque estaban pensando. Aunque dos de las mejores anécdotas tienen que ver con una mosca y con algunas mujeres.

En el primer caso un señor me estaba hablando y pidién-