TODOS LOS DÍAS SALE EL SOL
DAVID CASINOS
TODOS LOS DÍAS SALE EL SOL
Y SI NO SALE, YA ME ENCARGO YO DE SACARLO
© Mario Rebollo y David Blay, 2013 ©Win ediciones, 2013
Foto de portada: Alfredo J. Llorens ISBN 978-84-616-5475-8
Depósito legal B23236-2013 1ª edición, septiembre de 2013
«Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspon-dientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.»
ÍNDICE
1 PRÓLOGO 9
2 INTRODUCCIÓN 12
3 Y SE HIZO DE NOCHE 17
4 EL OTRO DAVID CASINOS 28
5 EL APRENDIZAJE DE LA CEGUERA 38
6 LA ONCE, MI CASA 60
7 EL DEPORTE, MI GRAN SALVAVIDAS 75
8 MIS PRIMEROS JUEGOS 88
9 CELIA 98
10 UN PUNTO DE INFLEXIÓN: ATENAS 110
11 LA GRAN ESPERANZA NEGRA 121
12 EL PRINCIPIO DEL CAMBIO: PEKÍN 137
13 EL PLAN ADOP 148
14 UNA VENTANA AL MUNDO 157
PRÓLOGO
“Soy ciego total. Pensaréis que por ello mi vida está llena de problemas. Sí, es verdad, pero son problemas como los que tienen todos los demás (...) Todos los días sale el sol y, si no sale, ya me encargo yo de sacarlo...”.
Hay pocas personas que puedan decir estas palabras tan alto pero, sobre todo, hay muy pocas personas que, cuando lo dicen, lo sientan, se lo crean, no suene a una declaración forzada y, además, sean capaces de trasladar a los demás su experiencia de vida con tal grado de claridad y normalidad.
Así es David Casinos, un atleta enorme y una persona que aún lo es más. Alguien que un día decidió tirar p’alante y, en el camino, ha dejado atrás mil batallas de triunfo y ejemplo cotidianos.
Muchas personas tienen problemas cada día. Muchas per-sonas reciben noticias negativas como la que un mañana cual-quiera recibió David, cuando estaba en plena juventud: la pér-dida de visión. No es fácil. El apoyo de los amigos y familiares,
junto con instituciones como la ONCE es clave, como él mismo reconoce, si bien es necesario algo más: “Yo puedo tener todo el apoyo del mundo, pero si yo no decido ir hacia adelante, seguiré estando ciego”, destaca.
“Cuando perdí la visión, llegué a Barcelona con una maleta en una mano y de la otra mano mi madre. Me dejaron en un centro y aún recuerdo a mi madre cómo lloraba mientras yo me quedaba allí (...) y todos teníamos en común que éramos ciegos”, reflexiona David, antes de decir que “entonces, antes, en esos momentos, empezaba mi nueva vida: la ceguera se reía de mí, pero ahora... nos reímos juntos”.
Así es David, cuádruple medallista paralímpico en peso y disco que ahora nos regala con este libro una fantástica histo-ria que intercala experiencia de vida y realismo a paladas, con mucha sensibilidad que llega desde un fortachón encantador y cercano.
Sirvan estas letras para animar a todos los davides del mun-do pero, en especial, para animar a la lectura de estas páginas que, desde el corazón y desde la razón, agolpan mensajes ca-paces de hacer salir el sol cada día, por muy nublado que esté. Mensajes siempre necesarios, pero quizá más en situaciones difíciles como la que atraviesa la sociedad española en estos momentos de fuerte crisis económica, que conlleva también crisis social. Siempre se habla de modelos, de espejos en los que mirarse y reflejarse y, sin ninguna duda, los atletas para-límpicos en general y David, en particular, ponen de manifiesto ese espíritu cada día y se constituyen en ejemplo.
David ha decidido contarnos en estas páginas su experiencia para que sirva de apoyo a otras personas. Demostrar que, cuan-do se intenta, se puede lograr. Él es así: tenía que ser protago-nista de un libro para contarlo y aquí lo tienen ustedes. Que lo
disfruten y que, después de leerlo, salgan ahí afuera a comerse el mundo, como ha hecho nuestro querido David. Suerte.
Miguel Carballeda
Presidente de la ONCE y su Fundación. Presidente del Co-mité Paralímpico Español.
INTRODUCCIÓN
Este libro es David Casinos. Es su vida y su historia. El hecho de que él no aparezca como autor es casi una mera anécdo-ta. Simplemente, como ha ocurrido en los últimos dos años, nosotros (Mario y David, David y Mario) hemos trasladado a lenguaje escrito lo que él sabe transmitir de forma tan magistral con la palabra. Le hemos ayudado a transformar una visión global de su vida en algo capitulizado, a recordar momentos y a narrarlos como la increíble historia que es. Por ello, la obra está narrada en primera persona. Porque es suya enteramente. Porque es él quien ofrece su experiencia vital al mundo.
David Casinos es una persona muy especial. Quien no lo haya descubierto ya lo hará en cuanto vaya pasando las páginas de este libro. Nosotros hemos tenido la oportunidad de hacerlo durante los últimos tiempos en los que hemos compartido, y seguimos haciéndolo, una maravillosa faceta profesional como su equipo de comunicación y, sobre todo, una más especial como sus amigos.
Dos años compartiendo millones de vivencias de forma con-junta, muchas de las cuales no habríamos experimentado si no llega a ser por él… por desgracia en algún caso. Y es que, por ejemplo, David (Blay) tuvo que tragarse por primera vez en su vida Mujeres y Hombres y viceversa en un hotel de Ma-drid, sin posibilidad de convencerle para cambiar de canal. Lo pudo compensar, eso sí, estando presente en la medalla de oro conseguida en el Estadio Olímpico de Londres y disfrutando de esa felicidad con él y los suyos. O asistiendo emocionado a una situación poco común: poder ir al cine con una persona ciega a ver El Hobbit.
Mario, por su parte, es después de Ximena (a la que cono-ceréis en las siguientes páginas) la persona que más tiempo ha pasado con él en saraos varios, charlas o en un tren yendo y viniendo a Barcelona o Madrid de manera constante, por lo que conoce de sobra la imposibilidad de hacerle callar un ins-tante para descansar durante un trayecto largo. También es la persona que vivió una experiencia paranormal cuando, yendo a pie y perdidos en medio de Madrid, fue David el que ejerció de GPS para encontrar el destino orientándose, Dios sabe cómo, entre el tráfico y por callejuelas. Pero también se emocionó cuando varios internos de un centro penitenciario se acercaron a él tras darles una charla para asegurarle que querían superar sus problemas como él lo había hecho.
Por ello, el primer agradecimiento, indudablemente, tiene que ser para él. Pero más allá de hacerlo por brindarnos la confianza y el honor de ejercer de autores del libro, le damos las gracias por dejarnos formar parte de su vida diaria. Por-que estar con David es una sesión de terapia vital cargada de positividad cada día. Y le expresamos nuestra gratitud por ver primero en nosotros un equipo que podía ayudarle profesio-nalmente, para pasar a crear un vínculo que ha superado con creces al profesional. Por dejarnos tener una sensación laboral
muy difícil de encontrar: la de desear hablar con tu cliente casi cada día del año, aprender de él… convertirlo en tu amigo.
Su asombrosa historia vital nos era ya muy familiar. Pero en los últimos meses se han repetido de forma frecuente las largas sesiones en su sofá, maratonianas en muchos casos, viéndole emocionarse, reír, llorar... tratando de recuperar recuerdos que, en algunos casos, parecían de otra vida, para ponerlos en orden y llevar a cabo esta obra.
Junto a él, en gran parte de estas sesiones de terapia, ha estado su mujer Celia. Para ella también nuestra más sincera gratitud, en primer lugar, por tener la paciencia de soportarnos casi como okupas en su casa durante tantas horas estos me-ses mientras ella se manejaba entre los exámenes y el ecuador de su maravilloso embarazo. Pero, de forma especial, por ser la persona que contribuye a que David sea el que es. Dice el tópico que, detrás de un gran hombre hay una gran mujer. En este caso no es detrás, sino al lado, donde hay una mujer espectacular.
Los siguientes agradecimientos van hacia las personas que decidieron que este tenía que ser el primer libro de su editorial y nos apremiaron (casi nos dejan sin aire) a escribirlo. Tanto Silvia como Luis nos han otorgado toda su confianza y la han mantenido respetando el contenido, lo que es muy de agradecer para dos noveles como nosotros.
Antes de cerrar esta introducción, os pedimos tres párrafos más de paciencia para que sepáis quiénes han marcado nuestro camino hasta aquí. Para David Blay su madre Maricruz por servirle de espejo para tejer su personalidad. Su hermano Quico por su profundo sentido de la amistad, que admira enorme-mente. Su mujer María José y su hija Sofía por tener la inmensa paciencia de soportar sus continuas reuniones a pesar de que
momento han confiado y siguen confiando en su trabajo. Y, con un sentido recuerdo, Roberto, los dos Francisco, Josefina, Cruz, Salva, Paco y Ana, que no están pero le dan fuerza cada día.
Para Mario Rebollo sus padres, Saturnino y Rita, de los que ha aprendido lo importante del esfuerzo constante, el trabajo, el sacrificio y lo imprescindible de unos valores morales para ir con la cabeza bien alta por el mundo. Su familia y sus amigos de El Bajo, aquellos que le devuelven a la realidad cuando esta se escapa de las manos y que le demuestran que hay vínculos que no se desgastan con el día a día de toda una vida. Ma-ría Eugenia, la persona que le sostiene cuando todo lo demás se zarandea y que ha vivido como propio el libro. David Blay, compañero de fatigas y alegrías. Y, por supuesto, Juan, Julia, Ventura y Antonio, que se marcharon pero siempre estarán.
Y para David Casinos, que no ha querido dejar pasar la opor-tunidad de escribir unas líneas: «Para mí es un honor agradecer estas páginas a mi familia, porque David y Mario son desde hace dos años una parte muy importante de mi familia, que me han mostrado un nuevo camino y a los cuales agradeceré eter-namente su trabajo y sus enseñanzas y, como dice mi mujer, que tengan esa paciencia comingo. Por ello mil gracias.
A mi madre Amparo y mi hermano Víctor, que siempre han estado conmingo tanto en la luz como en la oscuridad, aportándome calidez cuando más frío tenía. A mi familia (Coso, Vicente, Pablo, Carlos, Juan, Loli, Nuria y Pascual) por recor-darme cada día quien soy y lo importante que es seguir traba-jando. Acordarme, por supuesto, de Juan Martínez Blat, que ha sido un segundo padre para mí. A Francisco Fortea que se ha convertido en mi hermano y ha vivido conmigo alguno de los momentos más importes de mi vida. A Paco Bosch por enseñarme que la vida no tiene limites. A la familia Alcánta-ra- Ros que me adoptaron como si fuera un miembro de su
familia desde el primer día que me fui a vivir a Moncada. Por supuesto a Moncada, la localidad en la que resido y de la cual me siento orgulloso. A sus habitantes, porque cada día me dan sus sonrisas. A ti Aitor, por formar parte de un sueño por el cual apostaste sin pensarlo ni un minuto, lo que para mí tiene un gran valor. A Ximena (mi esperanza negra), porque a través de ella pude entender que mi vida no acabo el día que deje de ver, si no que empezó el día que la conocí, admirable y llena de sabiduría. Gracias Ximena por tanto.
A ti Celia, por estar siempre a mi lado, por tanta compren-sión, porque una vez nuestras vidas se unieron y cada día la escribimos juntos. Eres la persona que uno espera encontrar para pasar toda la vida a su lado y que en un lugar determinado aparece, el nuestro fue una pista de atletismo.
A todos los amigos que fui añadiendo en mi vida y que repre-sentáis a los medios de comunicación, por el cariño y amistad. Por supuesto a mi padre, el cual se marchó para siempre, pero sé que, allí donde esté, me observa. Y a todas las perso-nas que me acompañaron durante mi camino y ya no están conmigo».
Solo os podemos desear que disfrutéis tanto leyendo esta historia como nosotros hemos hecho escribiéndola. El mundo debe saber quién es David Casinos. Nosotros así lo creemos. Y seguro que vosotros, cuando terminéis estas páginas, también.
Y SE HIZO DE NOCHE
«Qué malo es no ver». Esta frase, que uso muy a menudo, me sirve para reírme de la ceguera. Cuando alguien me tiende la mano y se queda con ella en suspenso. Cuando me alojo en un hotel y no sé dónde han dejado los jabones para la ducha, o sí lo sé, pero no distingo cuál es el champú y cuál es el gel. He aprendido a vivir con ello y ahora forma parte de mi humor habitual. Pero no siempre fue así.
Hubo un tiempo en el que quien se reía de mí era ella. Una señora muy fea. Horrible. Que llamó a mi puerta de repente y cambió mi vida por completo. Que me quitó mis certezas y me obligó a aprender a vivir de nuevo. Le dio un giro de 180 gra-dos a todo el mundo que yo había creado. El problema es que yo llevaba 25 años vividos. Ya sabía de qué iba la historia. Ya había conseguido un trabajo. Ya me había comprado un coche. Ya tenía claras mis aficiones. Y, de pronto, todo eso no servía para nada. Miento: no servía para casi nada.
Recuerdo perfectamente la sensación de aquel preciso día. La consulta de un médico privado al que habíamos acudido,
porque necesitábamos conocer los resultados con premura. La presencia de mi madre, cuyo rostro apenas recuerdo ya, con semblante de preocupación. Y esa sensación en el estómago que te dice que algo va mal. Muy mal. Ojalá no tengáis que vivirla nunca, pues al ser consciente de que no hay nada que hacer, la rabia te consume como si solo pudieras albergar ese sentimiento durante el resto de tu vida. Te arrastra y te empuja hacia lugares de tu mente y tu corazón que no conocías y que no vale la pena explorar.
Sentí que me asfixiaba. Que me faltaba el aire. Me daba la sensación de que me habían metido en una caja muy estrecha, que iba comprimiéndose poco a poco y me dejaba cada vez con menos oxígeno para respirar. Mientras, mi madre, a mi lado, se derrumbaba y comenzaba a llorar desconsolada. Un llanto que, desde ese instante, quedó grabado para toda la vida en mi mente, como un sonido amargo y desesperado que recuer-da, de golpe, todos los fatídicos sentimientos de ese momento dramático. Aquella mañana el médico me acababa de decir, tras analizar unas pruebas, que me iba a quedar ciego casi con total seguridad. En mi interior, durante los días previos, ya lo había presentido, porque me había dado cuenta de que algo marchaba realmente mal. Sin embargo, nunca acabas de acep-tar una realidad tan difícil. Siempre piensas que hay algo que se puede hacer. Una tabla de salvación a la que aferrarte para evitar ahogarse. Un golpe de timón a última hora que evite el hundimiento. Una esperanza que puede surgir. Un milagro que se puede obrar.
Aquella certeza de que algo no iba bien, aquel sentimiento de estar perdiendo algo vital, lejos de ayudarme a preparar-me para el golpe, lo hizo todavía mucho más fuerte. Aunque de forma gradual, en mi interior, me hubiera planteado cómo sería mi vida si ocurría lo que parecía que iba a ocurrir, nadie
asumir tal cosa por más que te esfuerces, por más que intentes imaginarlo, por más evidencias que tengas de que va a ocurrir. Yo, que sigo poniéndome de tanto en tanto Rocky en el DVD, noté como si Ivan Drago me hubiera dado un puñetazo ante el que, lo único que podía hacer, era caerme redondo en la lona y dejar que contaran hasta 10. Ya me levantaría más adelan-te. Entonces, solo quería encerrarme en mí mismo. Dicen que antes de morir ves tu vida pasar, resumida en flashes como una serie de fotogramas que te muestra todo lo vivido. He de confesar que así fue lo que me sucedió a mí en ese momento. Vi pasar las imágenes de una vida que, en cierta manera, acababa ahí. Un mundo cargado de experiencias que desaparecía para siempre, al menos como lo había entendido hasta entonces.
En ese instante, miles de dudas se acumulaban en mi mente, pero fui incapaz de pronunciar ni una sola de ellas. La voz no me salía, me había quedado paralizado, inmóvil, sin capacidad ni para balbucear pese a que mi cabeza ardía en preguntas. Fue mi madre quien comenzó a consultar al médico. Aunque los dos sabíamos que, más allá de cuestiones técnicas, la única pregunta que podíamos hacernos era: «¿Y ahora, qué?».
Las alarmas habían saltado hacía poco más de un mes. Yo trabajaba en el departamento de control de calidad de una em-presa y mi jefe se acercó a preguntarme si me pasaba alguna cosa. Estaba muy preocupado, porque estaba dejando pasar muchísimas piezas defectuosas, cuando hasta ese momento mi labor había sido impecable. Yo le miré con cara de incredu-lidad, pensando si me estaba gastando una broma. Solamente podía pensar que debía tratarse de un error, porque yo veía que las piezas estaban en perfectas condiciones. Sin embargo, no era así. No me había dado cuenta, por lo progresivo y lento de la situación, pero mi visión empezaba a estar afectada. Eso fue lo que me empujó a hacerme unas pruebas, rutinarias en un diabético (aún no lo había mencionado, pero soy
insulinode-pendiente). Incluso así, no atisbaba a entender qué podía estar ocurriendo, pues hacía poco más de un año me había hecho la misma prueba y todo había salido bien.
Esta vez fue diferente. Me diagnosticaron una retinopatía diabética con un edema ocular en el centro de la retina, que es donde se encuentran todos los vasos retinianos. Los que hacen que la gente pueda ver. Y estaban en muy mal estado.
Casi de un día para otro, empecé a notar un empeoramiento. Los ojos me jugaban malas pasadas, me dolían constantemen-te, había objetos que comenzaba a ver borrosos, salía a la calle a pasear a mi perro Tyson y me iba tropezando con cosas, me subía al coche y no me atrevía a poner la llave en el contacto… Tenía problemas serios para hacer las tareas habituales que componen la vida diaria de cualquier persona y comenzaba a no poder valerme por mí mismo en las cosas más simples, situación que me iba desmoralizando. Todo era una gran con-tradicción, porque la misma luz que no quería que se fuese, me hacía daño en los ojos. No quería quedarme sin ella, pero en ese momento era muy dolorosa. Estaba entrando en un mundo que ya no controlaba, que me hacía muy vulnerable. Eso me daba mucho miedo. Y, por desgracia, las previsiones cada vez eran peores.
Como es evidente, en un espacio muy corto de tiempo tuve que abandonar mi puesto de trabajo y empezar a dejar de hacer las cosas que habían significado mi rutina durante los últimos años. Incluso mi coche, que me había comprado recientemente, quedó casi nuevo a las puertas de mi casa. No volví a usarlo jamás. Todo estaba cambiando a una velocidad vertiginosa y mi mente no era capaz de adaptarse a ese ritmo.
Pero la verdadera angustia llegaba de noche. La oscuridad habitual se tornó, de pronto, más oscura para mí. Por las
ma-al caer el sol todo mi mundo se desmoronaba. Me metía en la cama y no sabía qué iba a ser de mi vida. Ahí era cuando me acechaban todas las preguntas que había sido incapaz de for-mular en aquella consulta médica. Y ese era el instante en el que me derrumbaba. Encerrado en mi cuarto, solo, en silencio y a oscuras. No hace falta espiar por el hueco de la cerradura para entender lo que sucedía, para imaginarse a un joven de 25 años lloriqueando como un niño frágil e indefenso hora tras hora, noche tras noche. Mi mundo se caía y, en esas noches, yo me caía con él.
Lloré mucho, muchísimo. Alguien seguro, como había sido yo hasta ese momento, había perdido toda la confianza para hacer cualquier cosa y los miedos iban creciendo cada vez más, al tiempo que las preguntas se repetían en mi cabeza una y otra vez. «¿Qué va a ser de mí? ¿Cómo voy a vivir? ¿Cómo voy a afrontar las cosas normales de la vida de cualquiera? ¿Quién me va a querer?». Esto le preocupaba a mi madre más que a mí…
Empecé a perder peso, se me caía el pelo, tenía ansiedad… Como es normal, la angustia de mi mente empezó a afectar a todo mi cuerpo. Todo era fruto de lo mismo, de pensar lo que me quedaba por delante. En especial tenía miedo al futuro más inmediato, a esos meses que se avecinaban en los que tendría que pasar mucho tiempo en la cama.
Y es que en el Hospital Arnau de Vilanova, un reconocido centro situado en el barrio de Campanar de Valencia, me dije-ron que la única posibilidad que teníamos de seguir luchando estaba ligada a complicadas operaciones con láser. Ahí comen-zó una larguísima travesía de médicos y quirófanos que se me hizo eterna y, en su mayor parte, insufrible. Primero empecé con la opción que me habían propuesto: el láser. El tratamiento consistía en un haz de luz que cauterizaba los vasos retinianos
para que no sangrasen y estallasen, como me estaba pasando a mí. Es una época que recuerdo con mucho dolor. Salía del láser con los ojos destrozados y muy doloridos. Cada operación suponía un sufrimiento. No la intervención en sí, sino todo lo que venía después: asumir que, tras cada visita al quirófano, las posibilidades de volver a ver se reducían más. Ese era el verdadero dolor, el que se producía en mi ánimo más que en mis ojos.
En mi interior sabía que la esperanza era mínima y que po-siblemente debería de empezar a asumir que iba a quedarme ciego. Pero, si ese momento llegaba, al menos quería conservar mis ojos tal como la gente que me quería los había conocido, mantener una mirada, aunque pareciera perdida. Me sometí a esos tratamientos para poder ir por la calle en el futuro sin gafas de sol y no parecer una persona desamparada. Para po-der, como decía mi madre, ser lo más normal posible, con el fin de que alguien me quisiera. Si iba a ser difícil enamorarse de una persona ciega, al menos que cuando me miraran pudieran olvidarse por un instante de que mis ojos no veían.
En todo aquel proceso, fue mi padre el que me acompañó en las operaciones. Desde que recibió la noticia, él nunca quiso hablar de ceguera. Durante mucho tiempo fue un tema tabú, incluso cuando ya no había vuelta atrás ni posibilidad alguna. No lo aceptaba. No podía asumir que su hijo fuera a perder la visión para siempre. Como es lógico, él quería que su hijo es-tuviera bien. Sin embargo, yo siempre le decía una y otra vez: «¿Has pensado en la otra posibilidad? ¿En que no salga bien? ¿En que es posible que tenga que buscar otra alternativa?». Y le costó mucho. Muchísimo. Hasta que, pasado un tiempo, me vio fuerte y feliz. Ha sufrido demasiado, como toda mi familia, si bien siempre estuvieron a mi lado y eso no tiene precio. Me tuve que hacer fuerte por ellos también, aunque por dentro
era así... No puedes estar de otra forma cuando, de repente, te dicen que nunca en tu vida podrás volver a ver.
Mucha gente, tal como ocurre a día de hoy, se cruzaba por la calle con mi hermano gemelo. Pocas personas lo saben, pero somos como dos gotas de agua. Y era a él, que montaba una Harley, a quien observaban aliviados creyendo estar viéndome a mí (aún hay gente que cuando le ve en la moto alucina, por-que cree por-que soy yo y por-que estoy tarado conduciendo una moto sin tener visión). Ha tenido que dar muchísimas explicaciones, sobre todo en aquella época, y sé que no fue una situación fácil. Al dolor que ya había en casa se unía el de tener que repetir cada día, persona a persona, que por desgracia él no era yo. Que no podía subirme a una moto. Que no podía pasear por la calle. Que si llevaba gafas de sol no era para protegerme de la luz, sino todo lo contrario. Él, como el resto de mi familia, se encontró con el doble sufrimiento de verme en casa perdiendo la visión y tener que revivirlo a cada instante hablando de ello con las personas que se interesaban por mi estado. Es muy bo-nito que la gente se preocupe por ti, desde luego, pero a veces se hace demasiado duro.
La operaciones se fueron sucediendo y del láser pasé a una vitectromía, una extirpación del humor vitrio del ojo, que se sustituye por un gas para intentar recolocar parte del mismo. Ahí también padecí mucho, porque tuve que estar durante lar-go tiempo tumbado boca abajo, con el ojo tapado, sin poder moverme. Tirado en la cama, sin nada que hacer excepto darle vueltas a la cabeza, lo peor que puede suceder en una situación así. No tenía la posibilidad de ocupar mi día a día en algo y eso hizo las cosas más difíciles en un primer momento, porque era mi mente la que no paraba de trabajar. Y, en un estado así, era difícil que el pesimismo no ganase terreno. Recuerdo que para entretenerme mi madre venía a leerme a la cama, la mayor par-te de las veces ¡revistas del corazón! Me puse al tanto de todos
los cotilleos de la época y, aunque no me entusiasmaba, con-versar con mi madre sobre los famosos y sus vidas me distraía bastante. También me viene a la memoria un par de programas a los que me enganché. Uno era Carta Blanca, un programa de debate de Canal 9, la autonómica valenciana, presentado por Josep Ramon Lluch. Se trataban temas polémicos y, por lo general, con mucho teatro, se armaban unas buenas broncas, algo que me distraía. El otro programa era de radio, llamado
Un mundo sin barreras y emitido a través de Onda Cero, en
el que se hablaba del mundo adaptado y con el que comencé a conocer con más interés algo que podía ser mi futuro.
Fuera de eso, poco más podía hacer postrado en una cama. Solo me levantaba para comer y casi no podía disfrutar de los alimentos, pues sentía muchísimo dolor.
En aquel entonces me preguntaba una y otra vez sobre mi porvenir, sobre las cosas que iba a tener que dejar de hacer. Lo pensaba incluso, por momentos, con cierto sentido del humor para tratar de desdramatizar todo lo que me quemaba por den-tro. Por ejemplo, al pensar en que me encantaba jugar a la con-sola. Recuerdo que decía: «Ahora, ¿cómo voy a poder jugar?». Pero lo que más me dolió fue tener que dejar la bici. Siem-pre he sido muy deportista, pero, sobre todo, los últimos años antes de perder la visión fue cuando descubrí mi pasión por las dos ruedas. Salía muchísimo con mi bici de ruta. Aquello se había convertido en mi gran válvula de escape para olvidarme durante el fin de semana de todo lo que tenía que hacer en el trabajo o para tomar aire entre semana después de una dura jornada. Esa, sin duda, fue una de las partes más complicadas: saber que no iba a volver a tener la libertad de subirme en mi bici y sentirme libre para desconectar de todo lo demás. Y es que muchas veces me iba de ruta a la montaña para disfrutar
de la naturaleza, algo que, de cara al futuro, se antojaba como una utopía.
Luché con todo lo que tenía. Pasé por dolores que no que-rría ver infligidos en ningún ser humano. Perdí la cuenta del número de intervenciones, médicos, quirófanos y hospitales que visité. Hubo incluso momentos en los que pensé que, en realidad, había alguna opción para que el esfuerzo de tanta gen-te por mangen-tener mi visión diera sus frutos. Pero, al final, hubo un día en el que desapareció la luz para siempre. No apreciaba nada de lo que tenía delante. Ya no veía el rostro de mi madre, ni la de mis amigos. No veía y tenía que llevar gafas oscuras para protegerme del sol. Aquello fue muy duro. Porque no ver la luz del día es soportable, pero saber que no vas a volver a ver jamás la cara de tus seres queridos… eso es muy complicado. Y no poder hacer cosas que antes hacías con normalidad, ser la persona que eras antes, salir con amigos… Lograr meter eso en mi cabeza, fue lo peor de todo.
Por más que lo viera venir e intentara estar preparado, la fase de la aceptación fue realmente complicada, ya que se con-virtió en un constante asumir que me colapsó por todos los lados. Asumir que todas las imágenes que tenía del mundo que me rodeaba no las volvería a contemplar y serían solo recuer-dos en tu cabeza; asumir que debía renunciar a gran parte de lo que hacía en el día a día; asumir que necesitaría ayuda y no podría valerte por mí mismo; asumir que la gente me trataría de un modo distinto… Asumir, asumir, asumir.
Tenía que empezar a reaprender a hacer las cosas, pero has-ta que llegó el aprendizaje no sabía qué hacer.
Está feo que lo diga, porque puede parecer que doy un mal ejemplo a las personas que puedan estar leyendo este libro, pero me pasaba todos los días prácticamente encerrado en casa. Tirado en una silla, tumbado en el suelo y escuchando
la televisión. Así transcurría mi vida, porque estaba en un tre-mendo shock emocional al haber perdido todas las cosas nor-males que hasta entonces habían formado parte de mis días. De repente no podía hacerlas o tenía que hacerlas acompañado. Pero yo mi vida no la entendía (ni entonces ni ahora) de esa manera. Desde ese momento en adelante me tocaba bailar con la más fea, la ceguera, para siempre. En esa primera etapa tras quedarme ciego, no tenía fuerzas ni valor para intentar hacer algo. Ni me atrevía ni me obligaba a hacerlo. No encontraba el arrojo ni las ganas para empezar a darle la vuelta a la situación. Simplemente veía los días pasar. Encontrar el empuje para le-vantarme y comenzar a andar de nuevo fue una evolución lenta. Poco a poco fui entendiendo qué es lo que iba necesitando para mi nueva vida, si bien en ese proceso de reconstrucción pasa-ron semanas, meses,… y el tiempo se hace eterno mientras vas intentando reordenar los cimientos de tu existencia.
Salir a la calle se hizo especialmente complicado al principio. El hecho de que estuviera obligado a ir del brazo de mi madre ya era incómodo, pero también que la gente te fuera pregun-tando constantemente. Yo vivía en Godella, un pequeño pueblo al noroeste de la ciudad de Valencia, muy cercano a la capital, y donde casi todos me conocían. Para mí era muy duro, sí, pero se me hacía mucho más difícil al darme cuenta de cuánto estaba afectando esta situación a mi madre. Como he contado que le sucedía a mi hermano, cada parada con algún vecino, cada una de sus preguntas o de sus miradas condescendientes, eran para ella como revivir una y otra vez los peores momentos que estábamos pasando. Como para cualquier madre, recordar sin cesar lo que le había pasado a su hijo era algo casi cruel. Al final ella solo decía que me había quedado ciego y que era lo que había que asumir. Pero le costó acostumbrarse.
arre-a que me evarre-aluarre-ararre-an. Recuerdo el díarre-a que me dieron el carre-arné de discapacitado. Fueron sensaciones muy opuestas. Lo había buscado mucho, porque al perder la visión había dejado de trabajar y, como aún no podía acceder a trabajar con la ONCE y no había cotizado suficiente, tenía que luchar para conseguir una pensión mínima por invalidez. Sin embargo, cuando por fin superé todas las pruebas para lograr el carné y lo tuve en mi mano, me sentí raro. Pese a que lo había solicitado con ahínco, tenerlo me produjo la sensación de que ser discapacitado era como estar fuera de la circulación, como sentirse deportado. Y una parte de mí se sentía así.
No sabría decir cuando cambié el chip. «¿Por qué no iba a poder disfrutar de la vida?». Bien es verdad que hasta enton-ces no había conocido a ninguna persona ciega más allá de la venta de cupones, pero empecé a pensar que siempre que me cruzaba con personas invidentes tenían una sonrisa en la boca. No veían, es cierto, pero no creo que se tratara de gente hipócrita. Bastante tendrían ya con su condición. Así que era lógico que estuvieran disfrutando de su existencia. Y yo tenía que descubrir cómo habían conseguido hacerlo.
En ese momento, cuando llamó a mi puerta, la ceguera era la más fea. Ahora es mi compañera. Gracias a ella mi vida pasó a una nueva etapa y he vivido cosas que no habría experimentado si no la hubiera sufrido. Me cerró algunas puertas, aunque me ha abierto otras impensables que jamás habría cruzado si no hubiera llegado aquel fatídico día. ¿Qué si me gustaría volver a ver? Por supuesto, pero no lo cambiaría por la vida que llevo ahora. No cambiaría nada de mi existencia actual. Y, si volviera a nacer, pagaría por volver a vivirla.
EL OTRO DAVID CASINOS
Todas las mañanas, antes de entrar a la fábrica donde traba-jaba, compraba el cupón de la ONCE al chico que estaba en la puerta. ¡Quién me iba a decir a mí que tiempo después sería yo quien lo vendiese! O, mejor aún: ¡quién me iba a decir que mi cara saldría un día en uno de esos cupones! La verdad es que la vida da muchas vueltas y no sueles pensar en ellas hasta que echas la vista atrás y te das cuenta de la cantidad de cosas que están conectadas entre sí sin que apenas lo percibamos.
Antes de que la ceguera viniera a visitarme, yo era un chi-co normal, chi-como cualquier otro. Había estudiado Automoción y, más tarde, dos años de la especialización en Metal. Fue en aquella época cuando comencé mi relación con el deporte. Re-cuerdo que en aquella etapa estudiantil era un chico algo rebel-de y no muy buen estudiante, aunque no era una persona pro-blemática. Lo cierto es que me encantaba ser independiente, no me gustaba estudiar, me costaba atender y sacaba las cosas renqueando. Vamos, que todo lo relacionado con los estudios no despertaba ningún tipo de pasión en mí, sino más bien al
contrario. Mi único objetivo era conseguir un título que me permitiese ponerme a trabajar de algo que creía que me gus-taba. Por aquel entonces no aspiraba a más y no me esforzaba para más. A pesar de ello, tiempo después lograría obtener mi titulación de Formación Profesional. Ahora, todo aquello me parece mentira, pues disfruto estudiando y aprendiendo. Si pudiera echar marcha atrás no lo dudaría, podría haber estado mucho mejor… Sin embargo, de eso me di cuenta bastante des-pués. Y es que, como siempre ocurre, son cuestiones que no se valoran hasta que uno ya no las tiene. Si alguno de mis amigos de entonces me viera ahora estudiando inglés se llevaría las manos a la cabeza. Claro que entonces era más peñazo y ahora puedo practicarlo aunando mis dos pasiones: el aprendizaje continuo y el visionado de series americanas. No es lo mismo que un señor de 50 años te hable de have y must, que tratar de seguir un capítulo de The Walking Dead disfrutando y apren-diendo al mismo tiempo. O, si voy en el metro, ponerme los auriculares y conectar el programa en mi iPhone. Si condujera un coche no podría hacer eso, porque me distraería. ¡Al me-nos hay cosas de las que he podido sacar una parte positiva! Al acabar de estudiar, como cualquiera, busqué un empleo y estuve en diversas empresas, siempre dentro del área de con-trol de calidad. Primero pasé varios años en Pilkington España (Sivesa en aquellos tiempos), que se encargaba del sector del vidrio relacionado con el automóvil. Luego pasé a Ford, donde entraba y salía como personal eventual. Finalmente trabajé en Dr. Frank Schneider, que se encargaba de plásticos, también con el tema del automóvil. Fue en esta empresa en la que estaba cuando mi vida cambió de forma radical.
Mi gran afición durante la época previa a la ceguera era ir al gimnasio y salir en bici los fines de semana para ir de ruta con los amigos. Corría incluso en carreras de montaña, de una for-ma muy afor-mateur, pero iba consiguiendo un buen nivel. Hace poco tuve que buscar una foto de aquella época para
conmemo-rar el 20º aniversario de un medio de comunicación deportivo de Valencia y, cuando mi mujer me explicó la escena (una ram-pa de montaña, yo vestido con maillot y la ejecución de un salto con la bici donde parecía que estaba volando paralelo al suelo), me emocioné. Tanto, que si ya tenía decidido que al dejar la alta competición iba a volver a montar sobre dos ruedas, ahora lo tengo claro. Esta afición de la bici la compartía habitualmente con mi hermano, como muchas otras. Al ser gemelos teníamos bastantes cosas en común. Teníamos el mismo círculo de ami-gos, salíamos juntos, íbamos al gimnasio juntos… ¡y volvíamos a mi madre loca juntos! Si bien es cierto que no éramos her-manos de los que se sientan juntos todas las noches a contarse secretitos, sí es verdad que nuestra relación era muy buena y que, en el día a día, compartíamos horas, amigos y aficiones.
Cuando todo esto ocurrió, tanto él como yo vivíamos con mi madre en casa. Ellos dos eran mi gran apoyo, ya que mi padre no vivía con nosotros desde hacía mucho tiempo y, aunque manteníamos el contacto, la relación no era en esos momentos todo lo cercana que nos hubiera gustado. Mis padres se habían divorciado cuando mi hermano y yo apenas contábamos con nueve años. De hecho, estoy seguro de que fueron uno de los primeros matrimonios que lo hizo en la historia de España. Aunque ha pasado mucho tiempo y ya no retengo los detalles, recuerdo el día en que nos anunciaron que se iban a separar, sentados en una cafetería. Creo que fue más traumático para ellos que para nosotros, porque a mi hermano y a mí, pese a nuestra corta edad, y eso es algo que hemos hablado poste-riormente, nos pareció algo normal, pues llevábamos tiempo viendo como discutían casi a diario en casa. No supuso mayores traumas para nosotros ni hemos tenido secuelas por ello, aun-que he de confesar aun-que el hecho de aun-que no hubiera una figura paterna en casa no fue algo que beneficiara a mi madre. Mi hermano compartía mi carácter independiente y algo rebelde,
le casi siempre la partida a ella y hacer lo que queríamos. No hablo de nada fuera de lo normal, nunca fuimos chicos conflic-tivos, pero en las pequeñas cosas cotidianas y en alguna época más alocada nos escapábamos de su control y no podía evitar que hiciéramos cosas que le daban bastante miedo. ¡Cómo le hubiera gustado que nos hubiéramos quedado en casa leyendo un libro en vez de estar todo el fin de semana de fiesta o de ruta con la bici con los peligros de la carretera!
A pesar de todo, pienso que son las cuestiones habituales para cualquier madre y, más allá de esas pequeñas historias, no creo que tenga queja de los hijos que ha tenido. Supo tirar para adelante con dos niños pequeños y los tres hemos estado siempre muy unidos.
También he de decir que la relación con mi padre, que se había vuelto a casar, se estrechó mucho tras enterarse de que iba a quedarme ciego. Se involucró de nuevo en nuestra vida, se acercó a nosotros y se encargó de costear y de acompañarme en todas las operaciones. Ahora sé que eso fue otra de las buenas cosas que trajo la ceguera. A partir de ahí, sobre todo cuando definitivamente aceptó que iba a perder la vista, recuperamos mucho tiempo perdido y su presencia fue frecuente, importante y necesaria en mi vida. Con él he compartido también multitud de cosas y, en los momentos más complicados, también fue un gran apoyo al que pude recurrir.
Volviendo a mi vida normal, también me gustaba mucho ir al cine, jugar a la consola y escuchar música. Fuera de esto, en aquel entonces estaba ya muy centrado en mi trabajo y tenía una vida bastante rutinaria. Me levantaba a las cuatro de la ma-ñana, iba a trabajar, pasaba allí ocho horas, comía, descansaba y me iba al gimnasio o salía con la bici. Una vida muy común, casi diría que hasta aburrida. Todo lo contrario a la auténtica
locura que vivo ahora y en la que estoy convencido de que soy más feliz de lo que era entonces.
Esto no quiere decir que fuera un pedazo de pan sin sal. También había tenido épocas más locas, sobre todo antes de entrar en la Ford. Como cualquier joven de aquellos años (los 90), supongo. Recuerdo, de hecho, que yo salía en bicicleta y el fin de semana pasaba, por las mañanas, por delante de la anti-gua discoteca Spook (uno de los referentes de la denominada Ruta del Bakalao) y veía a mis amigos, que estaban todavía en el parking de la discoteca. Y yo me preguntaba: «¿Cómo les puede gustar a estos tanto el tema de la discoteca y la fiesta?». El caso es que un día me decidí a ir con ellos, aparcando la bicicleta para otro fin de semana. Subimos en un Renault 5 y llegamos allí. Jamás me había imaginado que la discoteca fuera así. Cuando entré y vi las luces, la gente bailando, el color, la música… me pareció alucinante. Entendí el porqué mis amigos salían de farra. Y desde aquel día aparqué la bici muchos más para cambiarla por la fiesta. De hecho, no puedo ocultar que he conocido mucho la noche de Valencia. ¡Lo que ha tenido que soportar mi madre! Ella sabía que no me metía en pro-blemas, pero claro, cuando tu hijo sale de casa un viernes y llega el domingo… ¡Si es que he llegado incluso a dormir en el garaje una hora antes de volver a irme a trabajar el lunes! La liábamos parda a veces, como se suele decir. De vez en cuando me rio al acordarme de anécdotas de aquella época. Como una vez en la que, después de muchas horas de fiesta, iba hablando con un amigo en el trayecto de una discoteca a otra y, tras un rato hablando sin que nadie me respondiera, me di cuenta de que mi amigo se había quedado atrás hacía tiempo, caído en una acequia de la que no era capaz de salir y de la que luego yo tampoco podía sacarlo. ¡Y esta es una de las más normalitas! Fue una fase de mi vida por la que, supongo, pasa casi todo el mundo.
Yo disfrutaba y mi madre, como cualquier otra, padecía cuando hacía esas cosas. Incluso cuando me iba de ruta con mi hermano en la bici. Pero la relación con ella y con mi herma-no, con los que convivía entonces, era excelente. Ellos fueron mi gran apoyo y lo siguen siendo. Por fortuna, no han sacado a la luz algunas de las fotos que me hice en aquellos años. Po-dríamos resumirlas en que quizá no había encontrado el buen gusto en el vestir…
Sin embargo, en los últimos tiempos todo eso había quedado atrás. La fiesta era algo muy eventual. Mi gran preocupación era el trabajo, mi formación y la familia. Y había recuperado la afición por el deporte. Llevaba una vida algo monacal. Para ser sinceros, no tenía una rutina que me gustara, más bien al con-trario. Pensaba muchísimo en el futuro, me hacía muchas pre-guntas sobre él. Tanto, que no disfrutaba del presente. Siempre estaba pensando qué podía hacer para mejorar mi situación, qué camino tomar y cuál no… y eso no me dejaba aprovechar lo que tenía en ese momento. Me preocupaba especialmente el tema laboral, meditando sobre hacia dónde iba y si iba a ser capaz de continuar así durante mucho tiempo… No me apasio-naba nada. No me gustaba lo que hacía, ni mi trabajo y eso me hacía sufrir. No era una persona infeliz, pero no cumplía la pri-mera regla que desde hace muchos años trato de transmitirle a todo aquel con quien tengo oportunidad de hablar de este tipo de situaciones: haz lo que te guste. Es un horror para alguien que no hace lo que le gusta levantarse cada mañana temprano, coger el coche, pasar entre ocho y 12 horas encerrado en una fábrica… En ese momento me faltaba la decisión que tengo en la actualidad para cambiar mi vida y hacer otras cosas. Ahora siempre me viene a la cabeza una frase que dijo Steve Jobs en su famoso discurso de Stanford: «Todas las mañanas me miro en el espejo y me pregunto: ¿si este fuera mi último día, querría hacer lo que estoy haciendo? Y si la respuesta es no durante demasiado tiempo, es que tengo que cambiar algo».
Uno de mis recuerdos más recurrentes de aquel entonces era que tenía la firme decisión de no meterme en una relación estable que acabara en matrimonio e hijos. No me veía con esa vida. Es curioso, porque precisamente ahora veo lo que no era capaz de atisbar en aquella época. Y son las horas que paso con mi mujer, las que pasaré con mi hija y las que disfruto con la familia las que más aprecio de mi día a día. Y eso lo valoro muchísimo más con 40 que con 25 años.
El deporte, como digo, era una afición, aunque no me venía de nuevas, porque había estado muy involucrado en diversas prácticas durante muchos años. Había estudiado en las Escue-las EPLA, en Godella, y ahí tuve mis primeros escarceos, de la mano de Bernardino Molina, que fue mi mentor deportivo. Cuando tenía unos 15 años, nuestro profesor llegó un día con el peso a clase y me tocó cogerlo. Recuerdo ese instante como si me acabara de pasar: fue como sentir algo. Yo era muy pasivo en clase a la hora de practicar deporte, no quería hacerlo e in-cluso aseguraba que no me gustaba. Creo que en aquella etapa casi todo lo relacionado con la escuela no era de mi agrado y eso incluía el deporte, que no me atraía ni dentro ni fuera de las aulas. Pero esa bola lo cambió todo. Me enamoré sin saber el porqué, cuando nunca me había llamado la atención nada que supusiera un esfuerzo físico. A partir de ahí nació esa relación con el atletismo y con los lanzamientos que, poco a poco, se fue haciendo más grande. Entrenaba duro, trabajaba con ilusión y, conforme mi amor por esta disciplina fue aumentando, fui par-ticipando en pruebas y cosechando éxitos. De repente, apareció el Valencia CF, que en aquel tiempo tenía sección de atletismo, y me fichó al ver que tenía cualidades. Mi buen hacer en algu-nas de estas competiciones y mi aparente potencial llamó la atención de los entrenadores, que vieron en mí a alguien con posibilidades de hacer cosas interesantes en el atletismo. Fue todo un orgullo que un club como el Valencia se interesara de
Tiene narices el tema, puesto que hoy colaboro en un proyecto llamado Di-Capacidad con el otro club de la ciudad, el Levante UD. Al menos puedo decir que soy una de las pocas personas que ha formado parte de ambas entidades.
Empecé a entrenar con un técnico de la casa, José Vicente González Speedy, que fue la persona que me estuvo ayudando en el Valencia desde el principio y el que me inició de forma más técnica en los lanzamientos, sobre todo en el peso y el mar-tillo. Fue tanta la implicación que en peso, en categoría cadete, llegué a quedar tercero de España. Luego estuve centrado en el martillo hasta los 19 años, pero en ese momento la juventud y las ganas de vivir la vida pesaron más que la disciplina y dejé de hacer deporte de forma estricta y rutinaria.
Hasta entonces, pese a todo, no me había ido nada mal. In-cluso llegué a hacer la marca mínima para estar en un Mundial, aunque no me seleccionaron nunca para ir. Eso dice mucho del nivel de deportista que era… Entrenaba dos o tres horas al día, cinco días a la semana y los fines de semana competía. Es una etapa que recuerdo con mucho cariño, porque me lo pasaba es-tupendamente y me proporcionó las bases técnicas y humanas para poder, años más tarde, llegar a donde estoy ahora. Me dio unas herramientas que tiempo después he podido utilizar y sigo utilizando. Y me permitió conocer a una serie de personas que, cuando años más tarde perdí la visión, me tendieron la mano y me ayudaron a tener mi segunda oportunidad.
Pero por circunstancias de la vida (los estudios, la cabeza que no estaba donde tenía que estar, las chicas, la fiesta, las hormonas revolucionadas) lo dejé. Como cualquier joven, apa-reció un mundo que me hizo desconectar de la dedicación al deporte. No lo abandoné del todo, porque me apunté al gim-nasio, aunque no era más que por estar en forma…. ¡y fuerte y guapo, que siempre he sido muy presumido! No fue hasta que
me centré, cuando de nuevo recuperé el gusto por la competi-ción y la aficompeti-ción por la bicicleta. No suponía la misma exigencia y dedicación que en mi época de lanzador, si bien esa renovada afición por el deporte, en este caso por la bicicleta de montaña, me hizo recuperar la pasión.
La inmensa mayoría de esos recuerdos son maravillosos. Sin embargo, hay uno que queda al margen. Soy diabético desde los tres años y ser insulinodependiente, para un deportista, no era entonces nada sencillo. En aquellos tiempos, las insuli-nas eran animales, no sintéticas como ahora. Actuaban de una forma mucho más lenta y solo podían inyectarse dos veces al día, una por la mañana y otra por la noche. De esta manera, durante todo el día había que tener mucho cuidado para no sufrir una hipoglucemia, que el azúcar se disparara o cualquier otro problema derivado. Por poner un ejemplo, comer hidratos, vitales para un lanzador, es algo que crea mucho azúcar. Los ejercicios de pesas suben los niveles de azúcar, pero los aeró-bicos como correr, por el contrario, los bajan. La adrenalina, el estrés, la carga física o el miedo también descontrolan de forma importante tus niveles. ¡Vamos, todo lo habitual en un atleta! Ahora todo es más fácil. Antes o después de una competición, de una comida o un entrenamiento puedes acudir a la insuli-na para regularte. Pero eso, hace casi 30 años no era posible, porque con la inyección de la mañana pasabas todo el día y era necesario llevar un control máximo. Sinceramente, era un sufrimiento, agobiante y hasta peligroso. Donde peor lo pasaba era en los viajes, cuando íbamos a una competición. Tenía que ir a todos lados con las jeringuillas metidas en un congelador. ¡No os imagináis la de problemas que me ha creado esto con policía, jueces y organizadores en más de un desplazamiento! Si comíamos en un restaurante, yo no podía comer lo mismo que mis compañeros y debía tener mucho cuidado. Y con los menús cerrados que teníamos en muchos de los viajes, a veces
ya suponía una molestia tener que ser siempre el especialito del grupo. Antes de una prueba deportiva tenía miedo. Debía tener mucho control mental puesto que, como ya he dicho, la adrenalina o el estrés podían suponerme un gran problema. Y he de reconocer que he tenido más de un susto, pues, como es evidente, en situaciones especiales como una competición, con descontrol de horarios de comidas, de sueño, alimentación diferente y cargas de estrés extra, es imposible llevar un control tan estricto.
Por fortuna, todo esto ha cambiado y en la actualidad no es difícil ser deportista diabético. Tampoco es que sea algo có-modo, pero la ciencia ha avanzado y en estos momentos, con un poco de cuidado y sobre todo conociendo tu cuerpo, es algo que puede formar parte de tu vida sin mayores quebraderos de cabeza, seas deportista o no.
Ahora me doy cuenta de que todas estas historias son fases de la vida y han sido positivas. El trabajo sin pasión, los años más descontrolados… Todo eso me vino y me sigue viniendo de maravilla para echar un vistazo atrás de vez en cuando. Me ha servido para cometer mis errores, sin duda, pero también para darme cuenta de dónde había tropezado y de por dónde no tenía que volver a pasar. Eso me hizo madurar mucho y, felizmente, hoy forma parte del pasado.
EL APRENDIZAJE DE LA CEGUERA
CASTELLARNAU
Ya no podía pasarme más tiempo aletargado, dejando trans-currir los días entre las paredes de mi casa. Había quemado el último cartucho con las operaciones y me di cuenta de que mi lucha ya no era por volver a ver, sino por ver de otra manera. No había otra salida más que cambiar el chip y comenzar a reorganizar mi vida.
Me dije una cosa a mí mismo, al estilo de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó: «Jamás volveré a sufrir» y esa se convirtió desde entonces en mi filosofía, la que me hace vivir y triunfar. No es que no haya vuelto a sufrir o pasarlo mal, al contrario. Pero por muy negro que salga el día, como me dije en aquel momento, toca levantarse. Todos los días sale el sol, y si no sale, ya me encargo yo de sacarlo.
He de reconocer que las primeras veces, cuando decidí co-menzar a hacer cosas desde mi nueva condición de ciego, no fueron nada bien. En honor a la verdad mi madre me lo hacía
guiarme a cualquier sitio. Para el resto, como el aseo personal, tiraba de astucia y no funcionaba muy bien, no voy a mentir. Aun así, no me quedaba otra: tenía que intentarlo.
Entonces tuve que afrontar otra cuestión: no tenía ningún tipo de ingresos y las preguntas que tenía en mi cabeza eran: ¿qué hago? ¿qué tengo? ¿de qué vivo? Ante estas cuestiones, la única respuesta que aparecía en mi cabeza era la ONCE, re-aprender a ser ciego junto a ellos. No podía desempeñar otro papel, así que peleé por formar parte de esta organización y aunque no fue sencillo, al final lo conseguí.
Lo primero que hicieron cuando logré mi acceso a la ONCE fue asignarme una trabajadora social, Mariví, y un psicólogo, Javier. No solo yo trabajaba con ellos, también lo hacía mi ma-dre, porque ella, como yo, requería de terapia para aceptar mi nueva realidad y saber cómo tratarme, cómo ayudarme, cómo involucrarse en mi nuevo mundo.
Me hace gracia recordar a Javier, porque era un poco como el profesor chiflado, cariñosamente hablando. Aunque yo no le veía la cara, así me lo imaginaba, con pelos alocados, porque era la sensación que me transmitía, algo estrambótico, histrió-nico, atolondrado, pero un gran profesional que me sirvió de mucha ayuda. De hecho, me alegro de que siga en la ONCE y pueda continuar apoyando a mucha gente como lo hizo con-migo. En los primeros días con él, el trabajo principal era el de terapias de relajación para eliminar toda la ansiedad que había acumulado en los últimos meses. Poco a poco, nos centramos en el trabajo de aceptación, porque, aunque había asumido que me había quedado ciego, todavía me quedaban las últimas fases de aceptación total, pese a que no era consciente de ello. Un año más tarde me di cuenta, con una situación muy concreta y clave en mi vida, de que me quedaba todavía una última etapa del proceso por cumplir.
Por ese motivo, los esfuerzos del psicólogo se enfocaron en hacerme comprender lo que iba a ser mi futuro, asumir que ha-bía perdido algo, pero que deha-bía empezar a construir un nuevo mundo. Esa rabia y ese sentimiento de pérdida tras quedarme ciego, me ayudaron a transformar esa negatividad en algo po-sitivo como fuerza, coraje y empuje para volver a caminar otra vez. Fue una etapa muy enriquecedora para mi desarrollo y no puedo más que agradecérselo.
Durante ese proceso, Javier y Mariví pusieron sobre la mesa una serie de cosas: hacia dónde debía ir, cómo podría ser mi porvenir, qué opciones podría haber, qué quería hacer y qué puertas debía abrir primero. Se desplegó entonces todo un aba-nico de posibilidades, desde estudiar a hacer deporte o conse-guir un trabajo como el de vender el cupón… Pero para hacer cualquiera de esas cosas, primero necesitaba una formación, en este caso en ceguera, estudiar cómo ser ciego. Ellos valoraron que tenía que pasar una rehabilitación total, reaprender a vivir, desde cero, completando un reaprendizaje sin visión.
Y es que yo no sabía moverme, no sabía coger un bastón (que no es tan fácil como pueda parecer, más bien al contra-rio), no sabía reconocer objetos como los billetes y las mone-das (imprescindible para la venta del cupón), no era capaz de manejarme en mi entorno con normalidad… En resumen, no sabía desenvolverme como ciego, ni valerme por mí mismo, así que tenía que conseguir las herramientas necesarias para poder afrontar mi vida sin depender de alguien en todo momento. Debía formarme.
Por tanto, la opción, casi obligación, que se presentaba ante mí era pasar por las manos de un TRB (Técnico de Rehabilita-ción Básico), algo así como un maestro en ceguera, un profesor que me enseñara a vivir sin luz, a valerme por mí mismo en
un espacio de oscuridad que era ya mi nuevo mundo. Y es así cuando aparece Barcelona…
La ONCE tenía una escuela en Catalunya, en Castellarnau, en el término municipal de Sabadell, y ese iba a ser mi destino. Si bien ahora cada delegación cuenta con su propio programa de TBR´s, en aquel entonces el centro de Castellarnau, ya des-graciadamente desaparecido, era la mejor opción. La decisión fue rápida. En menos de dos meses hice las maletas y para allá que me fui. Aunque nos daba a todos un poco de miedo, en especial a mi madre y a mí, pronto comprendimos que era la única vía. Era necesario si quería tener un futuro, si quería empezar a reescribir mi historia.
Así pues, acompañados de mis tíos, pusimos rumbo al Cen-tro de Rehabilitación para Ciegos Adultos Ignacio de Satrúste-gui y Fernández en Castellarnau. Un centro que nos impresionó nada más llegar por sus dimensiones, su belleza y la cantidad de instalaciones que tenía, desde grandes espacios ajardinados a biblioteca, salas recreativas, piscina cubierta o enormes zonas comunes con diferente funcionalidad, entre otras. Un lugar que nos sobrepasaba por su tamaño. ¡Y en ese gigantesco edificio tendría yo que orientarme sin mis ojos!
Tras presentarnos en la que sería mi casa durante los si-guientes meses nos recibió la directora y esa fue la primera gran sorpresa, sobre todo para mi madre, porque se trataba de una persona invidente. Ver como se manejaba dirigiéndonos por pasillos hasta su despacho, con un ordenador, con papeles... en definitiva, desempeñando un cargo directivo con seguridad y eficiencia, le hizo alucinar. Ahí nos dimos cuenta de que me esperaba un universo nuevo que era esperanzador.
Superadas las formalidades, nos enfrentamos al momento de la despedida. Ha pasado mucho tiempo y, sin embargo, es uno de los instantes que revivo con más fuerza y aún me
emo-ciono al rememorarlo, porque fue muy triste y duro. Y es que no podía ser de otra manera, ya que, pese a mis 26 años, siempre había vivido con mi madre, bajo su cuidado y amparo y ahora, ciego, me quedaba solo por primera vez en un entorno total-mente desconocido para mí. Recuerdo el llanto de mi madre. Le di un beso a ella y a mis tíos y nos abrazamos todos juntos llorando a moco tendido. Me quedaba interno en el centro y comenzaba mi nueva vida sin su mano protectora. Pero, pese al miedo, esas lágrimas también contenían una emoción de alegría y un halo de consuelo, porque era un adiós esperanza-dor. Dejaba allí interno a un hijo ciego con una maleta, con la confianza de reencontrarse, superado un tiempo, con alguien capaz de valerse por sus propios medios. Allí pasaría casi seis meses en los que apenas nos veríamos y, como los móviles por entonces eran un lujo, tampoco tendríamos una comunicación habitual. Se marcharon y comenzó mi estancia en Castellarnau, un centro en el que entrábamos en grupos de 12 ó 15 perso-nas provenientes de diferentes lugares, con distintas edades e historias de vida y con una única cosa en común, algo que nos igualaba a todos: que éramos ciegos. Era como un Gran
Her-mano de ciegos que llegaban sin conocerse, se metían en una
casa y tenían que convivir y hacer pruebas juntos para avanzar. Cada uno con un carácter distinto y un pasado diferente. Había gente joven como yo con toda la vida por delante, otra más mayor ya con familia, hijos e incluso nietos, gente que había te-nido un accidente, unos con más problemas físicos que otros… Cada uno tenía su particular guión, pero todos compartíamos un objetivo común: volver a disfrutar de la vida y tener un futuro mejor. Yo pensaba que nada más llegar allí lo primero que iban a hacer era darme un bastón y decirme: «Toma, ahí está, a manejarlo». Nada más lejos de la realidad. El bastón estaba reservado para el momento de hacer el trabajo de mo-vilidad en la calle, pero dentro de esa monumental escuela no era una opción, al menos no para un recién llegado con tanto
que aprender. En realidad, lo primero fue conocer al TRB, la persona que se pasaría prácticamente 24 horas al día junto a mí, que me educaría y enseñaría, que me orientaría y me da-ría valor en este nuevo universo de oscuridad, como un padre con este recién nacido ciego de 26 años. Se llamaba Josean. Era un tipo serio, pero muy agradable y con un sentido del humor muy especial. ¡Y muy fan de la Real Sociedad! Aunque no es mi gran pasión, el fútbol me gusta, pero nadie soporta que le hablen tanto de un equipo de fútbol. Su mujer también era TRB en el centro y los dos crearon mi principal círculo de confianza durante mi internamiento. Tuvimos una muy buena conexión. Uno de los elementos que nos unió al principio fue que él también tenía un bóxer, como mi perro Tyson. Utilizó eso como vínculo y como herramienta de motivación, porque hablábamos mucho de perros (más incluso que de fútbol, por fortuna) y él me empujaba a aprender diciéndome que en poco tiempo estaría paseando a Tyson sin problemas. «Yo te enseña-ré», me aseguraba. Tiempo después, cuando ya me manejaba con soltura, me llevó a su casa a conocer a sus perros. Me puso la correa de uno en la mano y me invitó a pasearlo. Fue una pasada. No supuso nada más que sacarlo al parque, pero ese momento, viéndome como dirigía al perro como había hecho tiempo atrás con mi bóxer, fue como un soplo vital de enormes dimensiones, como estar de nuevo en marcha. Eso me hizo querer avanzar más rápido aún.
Un TRB no es solo un instructor. Es quien te ayuda a levan-tarte cuando las cosas no van bien, quien te empuja, te motiva, te escucha y ayuda a luchar contra tus temores y frustraciones. Tu apoyo, tu escudo, tu protector al margen de tu instructor. Te da las herramientas necesarias para poder vivir el resto de tu vida. Es su trabajo, lo sé, pero aun así, es alguien con el que te sientes en deuda para siempre. Mi primera lección nada más marcharse mi familia, y mientras mi TRB me conducía a mi cuarto, fue aprender que todo el suelo estaba configurado por
alfombras que ejercían de guía para moverte a todos los sitios, para saber por dónde teníamos que caminar si queríamos acce-der a cualquier pasillo, habitación, zona o sala. En un principio, nos ayudábamos palpando las paredes y con la voz, para saber quién venía y por qué lado. ¡La de golpes que nos dimos hasta controlar el espacio! Casi era una forma de conocer a la gente, porque golpe tras golpe nos íbamos reconociendo.
La primera noche tras mi llegada me sentía como si estu-viera en un campamento. Las dudas se habían transformado en expectación e ilusión por aprender, por conocer a mis com-pañeros, por saber qué iba a ocurrir. Al fin y al cabo era la primera vez que salía de casa. Tomé muchas fuerzas, porque me di cuenta de que solo el hecho de estar allí significaba un nuevo comienzo. Esa noche conocí a Víctor, el que sería mi pri-mer compañero de cuarto, pues al principio nos colocaron en habitaciones compartidas. Era un chaval también joven, como yo, que, como él mismo me reconoció, entraba con pocas habi-lidades, ya que había estado muy sobreprotegido por su familia, algo que no era raro encontrar por allí, porque así es como nos habían tratado a la mayoría. Estar juntos nos vino muy bien a los dos, puesto que despertó nuestro espíritu de superación. Éramos jóvenes y teníamos muchas ganas de formarnos para volver a vivir. Nos motivábamos mucho el uno al otro y cuando hablábamos por la noche, nos contábamos nuestros objetivos y ambiciones para el futuro. Teníamos ganas de avanzar y co-menzar nuestra nueva existencia fuera de la escuela. E imagi-nábamos, juntos, cómo sería a partir de entonces, vendiendo el cupón y esas cosas. Era una persona muy risueña, que siempre estaba riéndose y gastando bromas. Hasta el punto de que un día fui a mi cuarto y él se había llevado mi chaqueta. ¡Pero lo gracioso es que ahí ya no éramos compañeros de cuarto! Fíjate si era despistado que se había metido en mi cuarto y no había ni reconocido su chaqueta. Me dijo que era una broma, pero
yo no me lo creí. Simplemente era bastante desorientado en ocasiones.
A la mañana siguiente, la primera en el centro, mi enseñanza comenzó en el desayuno, algo que me cogió desprevenido. Esa era la primera clase. Tu TRB te instruye en cómo desayunar y no te deja levantarte hasta que finalices, de una manera u otra, por ti mismo. Te va dando los pequeños trucos y claves que día tras día debes ir asimilando mejor. «Busca la tostada, unta así la mantequilla porque es más sencillo, comprueba si has dejado migas». «Una pieza de fruta, habrá que pelarla, ¿no?». Cosas que a todos los que estábamos alrededor de la mesa al principio nos parecía utópico que nos lo pidieran. Desde comprobar si te has dejado algo de comida, a saber si has derramado algo, si te han caído restos en los pantalones, llenarte un vaso… Servir agua era una de las cosas más difíciles para algunas personas, porque para lograrlo hay que utilizar el dedo metiéndolo den-tro del vaso, para saber cuando estás llegando al borde y no derramar el líquido. Pero claro, el objetivo es comer con gente y no hacerlo de forma desagradable. Me defendí bastante bien para ser la primera vez, aunque más de uno se mojó casi media mano. Ahí es cuando te das cuenta de que, en el mundo de los ciegos, como en el de los videntes, hay personas más habilido-sas y otras menos mañohabilido-sas. Otra lección a las pocas horas de estar allí.
En general, casi todas las primeras veces nos pusieron en evidencia a la gran mayoría. Y eso, aunque a veces frustraba, nos vino bien, porque nos permitía reírnos los unos de los otros e incluso de nosotros mismos, y hacer todo el adiestramiento más llevadero, con una sonrisa pese a los constantes errores.
La jornada diaria estaba saturada de actividades que, en buena parte de los casos, no había hecho en mi vida y que ahora me tocaba hacerlo sin ver. De repente tenía que plegar la ropa,
doblar calcetines, planchar camisas… Mi madre no se lo hu-biera creído nunca. «Busca la punta, cógelo de ahí y empieza a doblarlo». «Extiende la camisa y comprueba si la plancha está caliente». ¡Si ni sabía hacerlo cuando veía!
Me acuerdo cuando llegó la hora de cocinar. La instructora encendió el fuego y me dijo: «Pon la mano encima». «Perdona, no sé si te has dado cuenta, pero yo no veo». «Por eso mismo», contestó. Yo solo pensaba: «¿Tú estás loca? ¿Cómo voy a meter yo la mano ahí con el fuego?». Pero tenía que colocar la mano sobre la llama para saber exactamente dónde tenía que situar la sartén. No me atrevía y casi me tuvo que poner la mano en el fuego ella, porque claro, yo solo pensaba en que iba a que-marme. A pesar de ese comienzo, aprendí a cocinar mejor de lo que lo hacía antes. En realidad, antes solo me hacía alguna cosilla y en el centro tuve que hacer muchas más.
En otra de las clases nos enseñaban trucos para el funcio-namiento de pequeños aparatos de la vida cotidiana. Ahora hay grandes aparatos que te dicen si la luz está encendida o apagada, pero eso en aquel momento no existían y había que aprender técnicas como, en este caso, saber que la posición de interruptor hacia arriba quiere decir que está encendida y para abajo apagada o, simplemente, tocar la bombilla. También contábamos con cursos de estética: arreglarse las manos, las cutículas de las uñas, maquillarse para las chicas, ponerse una crema, peinarse y, en definitiva, cómo llevar a cabo el aseo personal. Qué importantes son para estas cosas el tacto, el or-den y el instinto. Para alguien presumido como yo, eran unas lecciones fundamentales.
Nos hablaron también por primera vez de una palabra que sonaba a chino, pero que iba a ayudarnos como si la conocié-ramos desde la cuna: Tiflotecnología. Son técnicas y recursos para procurar a los ciegos y deficientes visuales los medios
oportunos para la correcta utilización de la tecnología con el fin de favorecer su autonomía personal. Desde usar una má-quina de escribir o una calculadora a una impresora de braille o un programa de cálculo. A nuestra rutina habitual se sumó, habitualmente, la clase de mecanografía con una Perkins. Re-cuerdo que me costaba muchísimo esa máquina, ¡pero aprendí! Comer era más pesado. Puede que parezca una tontería, pero era muy complicado manejarse con los cubiertos y, sobre todo, conseguir hacerlo de una forma elegante, sin manchar-se, sin dejar la mesa de una forma grosera y sucia, para que no parezca que ha estado comiendo un niño indecoroso. Para más inri, algunos alimentos no te lo ponen nada fácil. Imagi-naos aprender a comer alimentos como el pescado, quitarle las espinas sin ver… ¡uf! Y encima el instructor parecía que no se conformaba con nada. «Coge el pan y córtalo». «No, si yo no como con pan». «Da igual, es para acompañar, quiero que aprendas a hacerlo, es una herramienta más».
Así eran todos los días. Luego teníamos curso de manua-lidades como macramé. No es que me gustase mucho, si bien es cierto que ayudaba bastante a desarrollar la sensibilidad, a potenciar el sentido del tacto. Yo prefería trabajar con madera y barro. Ahí si me divertía. Me encantaba utilizar mis manos con esa habilidad. Hacíamos las piezas, las metíamos al horno, las pintábamos y eran jornadas muy amenas, ya que estábamos en grupo y las conversaciones eran muy graciosas. Sobre todo porque teníamos un compañero mayor que no daba una el po-bre y hacía unos desaguisados que eran la burla de todos los demás. ¡Cómo disfrutaba! Aún hoy conservo algún vaso y algún jarrón que hice en aquella época y que guardé como recuerdo.
Actividad tras actividad, comencé a apreciar que, casi sin darme cuenta, mis otros sentidos iban desarrollándose a un nivel al que yo no imaginaba que podrían llegar. Un universo
de sonidos, olores y sensaciones comenzaba a tener presencia en mi día a día y se iban incorporando a mi universo habitual. Siempre me han gustado los cómics, así que empecé a sentirme un poco como Daredevil. Para quien no sea tan friki como yo, se trata de un abogado que se queda ciego y que, tras ejercer su oficio de día, se viste de superhéroe por la noche para combatir el crimen en su barrio aprovechando sus privilegiados sentidos. La Cocina del Infierno se llama el lugar, en Nueva York. Casi es mejor no verlo…
Pero volviendo a las clases, creo que la que más odiaba era la de braille. Para mí fue lo peor. Aprendí, tal vez no todo lo que debiera, pero lo hice, aunque no ponía todo mi empeño y se notó. Y no me ocurrió solo a mí, sino a todos los que estábamos allí, porque la verdad es que es muy complicado. De hecho, en la actualidad no lo utilizo en mi vida diaria.
Por el contrario, el momento que más disfrutaba era la cla-se de movilidad. Por fin nos encla-señaban a utilizar el bastón y sus técnicas, como el doble punto o el barrido. «Bastón parte izquierda, pie derecho mueve, y viceversa, siempre invertido a nuestro movimiento». Qué ganas había tenido de escuchar estas palabras. Aquí sí atendía con interés y aprendí realmente rápido. La verdad es que sientes una magia especial cuando co-mienzas a utilizar el bastón, porque sabes que es la herramienta que te va a dar libertad. Con él puedes moverte por ti mismo con más comodidad. Bueno, comodidad cuando te habitúas a él y logras convertirlo en la prolongación de tu brazo, pues hasta entonces solo iba de pared a pared, como si estuviera borracho. Golpe a un sitio, golpe al otro, escalón que me como. Menos mal que los circuitos del centro estaban preparados para los golpes, porque con los que le di… Parecía que estábamos picando en la pared en vez de tratando de orientarnos. Costa-ba hacerlo y, sobre todo, lograr andar en línea recta, pero me