Convertirme en profesional del deporte representó el cambio definitivo en mi carrera y en mi vida. Pese a que ya lo había probado de forma experimental durante los meses previos a los Juegos de Pekín, ahora, tras la medalla de oro, comenzaba a disfrutar con plenitud de lo que significaba poder dedicarme en cuerpo y alma a mi pasión.
El plan ADOP (Plan Apoyo al Deporte Objetivo Paralímpi- co) me hizo sentir un verdadero privilegiado. Con justicia, sí, después de no solo los títulos conseguidos, sino también de las horas de trabajo en cualquier condición; de la imagen como abanderado representando a tu país; de los gastos en viajes, preparadores, fisioterapeutas, material deportivo, suplementos alimenticios… Pero incluso así, no podía negar que convertir mi mayor pasión en mi trabajo es un regalo al alcance de muy pocos. Yo, desde ese momento, fui uno de ellos.
Había costado muchísimo lograr ese sistema de becas a los deportistas paralímpicos, como ya se hacía con los olímpicos.
de nosotros en cada encuentro que teníamos con una persona- lidad política, cuando venían en representación del Gobierno, a alguna cita, acto o recepción. El grupo de paralímpicos más re- presentativo, en el que me incluyo, tenía un acceso más directo a los estamentos públicos y estaba decidido a no malgastar nin- guna oportunidad de dejar claro que queríamos un programa como el ADO. Incluso alguna que otra vez se produjo una salida de tono en esos encuentros. ¡Pero es que era lo justo! Duran- te los meses de negociaciones, el Comité Paralímpico Español nos había estado haciendo encuestas para conocer nuestras necesidades, cuántas horas queríamos entrenar, si queríamos compatibilizarlo con el trabajo, que sugerencias teníamos… y fueron comparando también nuestra situación con la de los pa- ralímpicos en otros países, así como con sus sistemas de ayudas o becas. Se fue conformando, de esta manera, la fórmula de lo que sería el programa, mientras el Gobierno negociaba con los que serían los patrocinadores que aportarían el capital con el que cuenta el ADOP. No logramos más que un 20% de lo que el ADO tenía, aunque que se creara para nosotros ya era un éxito increíble e histórico. Hasta entonces éramos deportistas
amateurs, que compatibilizábamos nuestros estudios y traba-
jos con la práctica del deporte. Las cosas estaban cambiando y a partir de Pekín llegó la liberación total. Entrábamos en un plan ADOP (siempre que se hubiera logrado un buen resultado como un metal), lo que nos daría libertad para dedicarnos a nuestra disciplina hasta Londres 2012 y eso unos años atrás era impensable. Aunque, en realidad, se ha de entender que luego, durante los cuatro años entre unos Juegos y otros, hay que ratificar tus resultados en otras grandes citas como Mundiales o Europeos para seguir disfrutando del programa. En ese pe- riodo, se puede salir o entrar del plan en función de tus logros.
Lo que estaba claro era que el chip general era diferente. En mi caso, se unieron instituciones como la Generalitat Valen- ciana. En una recepción previa a Pekín el entonces presidente,
Francisco Camps, ya anunció que tanto los olímpicos como los paralímpicos tendríamos los mismos premios a las medallas, como imagen de la Comunidad. Ya no solo era el apoyo moral que nos habían brindado años atrás, sino también el respaldo a nuestro trabajo, a la misma altura del que ya disfrutaban deportistas olímpicos.
Los protestones de esa época abrimos un camino maravi- lloso para los que vinieron y vendrán detrás. Dimos la oportu- nidad a gente más joven de poder disfrutar del deporte como una profesión, de encontrar en él no solo una afición o una forma de integración, sino también un modo de vida y una salida laboral. La única queja que tenemos nosotros respecto a todo ello, y esto lo hablo mucho con mi amigo Ricardo Ten, medallista olímpico en natación, es que no nos haya cogido a nosotros con 10 años menos y lo hayamos podido disfrutar durante toda nuestra carrera. ¡Qué bien nos hubiera venido!
En cualquier caso, yo me sentía como un niño con zapatos nuevos. Tenía un sueldo como deportista que no me iba a hacer rico, ni de lejos, pero que me permitía vivir con mi cabeza y mi cuerpo centrados únicamente en el peso y en el disco, con la tranquilidad de dedicarme a entrenarme, cuidarme y des- cansar. Eso fue lo primero que noté, el descanso, porque por primera vez tras los Juegos de Pekín me pude tomar unas vaca- ciones completas de algo más de un mes. Después de una gran cita, un deportista necesita un tiempo para recuperarse tras la enorme carga física acumulada en los últimos meses, incluso el último año, en el que el trabajo deja exhaustos todos los múscu- los. Además, en algunas ocasiones debes recuperarte de alguna lesión que llevas arrastrando tiempo y que no has podido dejar curar por la necesidad de competir. A pesar de esta necesidad, hasta ese momento, el descanso que yo me había permitido no había sido total ya que, aunque dejara de entrenar tras unos
pues mis vacaciones las usaba para poder competir. Frente a esa situación, ahora sí podía dedicar un tiempo prudencial para que mi cuerpo se recuperara completamente y aprovechar para trabajar en su rehabilitación única y exclusivamente, acudiendo a fisioterapeutas y médicos. ¡Vaya cambio radical!
No voy a decir que una pequeña parte de mí no echara de menos el quiosco (muy pequeña en esos días de asueto) y, de hecho, me pasé unas cuantas veces para ver si ya había alguien allí sustituyéndome. Durante casi un año ese lugar estuvo va- cío. Primero porque hasta que no logré mi medalla en Pekín no tenía sentido que se lo dieran a otro, puesto que yo solo estaba de excedencia temporal hasta los Juegos. Luego pasó un tiempo hasta que se cumplieron todos los trámites legales para que otra persona se hiciera cargo de mi antiguo lugar de trabajo. Recuerdo el día en que recogí mis bártulos de forma definitiva. Fue un momento agridulce, ya que si es cierto que tenía ganas de dejarlo para dedicarme por completo al deporte y salir de la monotonía que ese trabajo significaba, también es verdad que había sido mi vida y mi sustento durante muchos años. El salvavidas que me había permitido tirar para adelan- te una etapa en la que si no llega a ser por el cupón no habría tenido nada. Algo dentro de mí sentía pena por abandonar esa segunda casa. Un empleo que había definido mi destino en más sentidos que el puramente laboral, ya que fue el motivo por el que me mudé junto a Celia a Moncada y comencé a echar raíces en una localidad que ya es la mía. Sin embargo, la felicidad de dejarlo tenía un plus también, pues me enorgullecía saber que liberaba un puesto que iba a dar a otra persona la posibilidad de tener un empleo digno en un gran lugar. Se abría una opor- tunidad para otro invidente.
Más allá de mis propias sensaciones, alguien que disfrutó de ese cambio tanto como yo o más fue Ximena, que enloquecía al ver que ya no tenía que tomar el camino habitual hacia el
trabajo y pasarse ocho horas tumbada en el mismo lugar. A ella, esta situación también le dio mucha vida.
A la gente que me conocía le costó mucho entender que no iba a volver, al menos por un tiempo largo, a la venta del cupón. Tanto paseando por la calle, como en el metro o haciendo la compra, había muchos vecinos de Moncada que me seguían pidiendo cupones y me preguntaban que cuándo iba a volver a mi quiosco, que vaya vacaciones me estaba pegando. Yo les explicaba la nueva situación, mientras se me inflaba el pecho explicando que ahora me dedicaba solo al deporte. Y más gozo sentí cuando, poco tiempo después, me di cuenta de que ya no se referían a mí como David el ciego o David el del cupón, sino como David, el deportista. Qué orgullo supuso eso. No obstante, aunque a día de hoy todo el mundo sabe ya a lo que me dedico, aún hay algunos que me preguntan si volveré a la venta de cupones y que cuándo lo haré. Como les comento siempre, si tengo que hacerlo cuando cese mi vida deportiva, seré tan feliz como lo era antes y estaré más que agradecido, aunque espero que los proyectos que estoy desarrollando pue- dan llevarse a cabo y mi vida profesional tras el deporte vaya por otros derroteros.
Tras mi periodo de recuperación, comencé a hacer sesiones de cinco, seis y siete horas, algo impensable hacía menos de un año. Por la mañana me dedicaba a entrenar en el gimnasio, con largas jornadas de pesas y por la tarde, junto a Celia, hacíamos el trabajo específico en pista. ¡Sesiones dobles, qué gozada! Y cuando terminaba el entrenamiento tenía tiempo para des- cansar, ir a un fisio, médico o quien fuera sin tener que salir corriendo de aquí para allá con el fin de llegar a todos los sitios sin que mi misión en el quiosco se viera afectada.
Además, también dispuse por primera vez de más tiempo para mí, para prepararme, formarme y estudiar con el obje-
tivo de buscar otras vías para mi futuro, o solo por el hecho de convertirme en alguien mejor, de poder crecer cultural y personalmente. Fue en ese momento en el que se puso en mar- cha mi idea de comenzar a labrar mi camino para tener más alternativas una vez que dijera adiós al deporte.
Aparte del descanso y el tiempo, el abanico de posibilidades y oportunidades que nos ofrecía y ofrece el Plan ADOP es in- creíble. Por poner un ejemplo, crearon el Programa Alto Ren- dimiento Paralímpico (ARPA) con el que se pudieron ofrecer ayudas para personal de apoyo (los guías), material deportivo, entrenamiento en centros de alto rendimiento, asistencia a competiciones internacionales o servicio médico, entre otras. Así, se permitió profesionalizar también al entorno deportivo. De esta manera, un guía o personal de apoyo recibía y recibe una remuneración por su trabajo, algo muy de agradecer para gente que necesitamos un verdadero profesional a nuestro lado, no solo un compañero que te lleve a un sitio u otro en la pista. Pongo siempre el ejemplo más claro de un atleta invidente de 1.500 metros que está obligado a tener junto a él en todo mo- mento, desde entrenamientos a competiciones, a alguien con tanta preparación o más que la suya, que corra al menos tanto como él. Sin profesionalizarlo, es difícil encontrar a alguien con esas cualidades que brinde de forma desinteresada tantas horas a la semana. Con mejores equipos humanos y técnicos a nuestro alrededor, es más fácil para todos crecer.
Pero la creación de estos programas del ADOP iba más allá y a mí hubo una cosa que me pareció un acierto total desde el principio. Como es evidente, una de las mayores inquietudes que tiene un deportista es qué hará una vez que acabe su ca- rrera, más en casos como el mundo paralímpico. Para dar res- puesta a esta cuestión y tratar de lograr que el deportista tenga una salida digna del deporte al mundo laboral, se pusieron en marcha una serie de mecanismos. Fórmulas que entroncaban
directamente con mis inquietudes del momento, porque el ob- jetivo principal era orientarnos a la formación y prepararnos en materias que pudieran darnos la salida que buscábamos de cara a un futuro. Para ayudarnos, pusieron a nuestra disposi- ción un tutor, que en mi caso fue el exjugador de fútbol sala, Sergio López-Andújar Alonso, portero de clubes como El Pozo de Murcia, Interviú o Playas de Castellón, con los que consi- guió varios títulos. Su labor principal fue ese asesoramiento, en especial en el terreno académico, para conseguir la mejor preparación de cara a la búsqueda de una salida laboral. Con ello, también colaboró de forma activa en las gestiones en te- mas como cursos para la formación (por ejemplo, el inglés en mi caso) o para solicitar becas y ayudas de todo tipo. Incluso se puso en marcha una línea de trabajo para que, en algunas de las empresas patrocinadoras, se pudiera optar a un puesto de trabajo. ¡Increíble!
Todo ello, gracias a los patrocinadores que vinieron por pri- mera vez en la historia acompañando al equipo paralímpico en la expedición a Pekín, con el fin de conocernos, beber de los valores que transmitimos… ¡y comprobar que su dinero estaba bien empleado! Se empaparon de cómo vivimos, cómo entrenamos, cómo es el ambiente de unos Juegos, la energía que contagiamos… Tuvimos tiempo para compartir situaciones y crear vínculos más allá de lo profesional. Disfrutaron de los mejores momentos y de los éxitos junto a nosotros. Quedaron encantados y prueba de ello es que todos firmaron el nuevo plan para los siguientes cuatro años.
Tras los Juegos de Londres, el programa dio un paso más y, además de acompañarnos a la gran cita, a nuestro regreso, con las medallas aún colgadas, todos nosotros pasamos un par de jornadas visitando las empresas, compartiendo nuestros bue- nos resultados, tratando de hacer partícipes a todas las per-
nuestra experiencia, dando charlas… Todo lo necesario para hacerles comprender que sin ellos sería mucho más compli- cado.
No fue algo puntual. Durante esos cuatro años después de Pekín, nosotros habíamos creado un lazo con estas compañías. No se trataba solo de dar un dinero, tambien se establecía un nexo con los patrocinadores, en muchos casos interesados en que pudiéramos conocer a sus empleados, mostrarles nuestro ejemplo, enseñarles valores a través de charlas… Por ejemplo, yo he creado una gran relación con Norauto, empresa con sede en Valencia, al igual que otros deportistas valencianos. Ellos no solo quisieron que fuéramos a su empresa, sino que sus empleados vinieran a vernos entrenar, a comprobar de primera mano nuestro sacrificio diario con el deporte. Yo incluso he forjado una relación de amistad con una de sus responsables de referencia, Maud Pottier, y nos llamamos de vez en cuando. Ella vino con su marido varias veces a compartir entrenamien- tos conmigo y disfrutaron mucho. Les expliqué la preparación, me vieron practicando lanzamientos, nos hicimos todo tipo de fotos, se animaron a coger el disco e incluso a hacer algún lanzamiento. En eso consiste el programa, en ir más allá del simple uso de la imagen del deportista, haciendo que nos in- volucremos todos, aprendiendo unos de otros, compartiendo el feeling humano.
He tenido mucha relación también con Iñaki Ereño, ahora consejero delegado de Sanitas, con el que he hablado largo y tendido, me ha llamado tras conseguir éxitos e incluso le he mandado fotos que me ha pedido para colocar en su despacho.
Otro patrocinador con el que mi unión ha sido especial ha sido Importaco, gracias a un excelente programa llamado Ami- go Paralímpico. Con él, una empresa se asociaba a un deportis- ta en concreto y se convertía en su patrocinador a través de una
aportación directa al deportista. Conmigo han estado tres años y no puedo más que tener palabras de agradecimiento, pues se implicaron de forma directa en mi preparación de cara a los Juegos de Londres 2012, aparte de que participé en distintos eventos que la empresa organizó.
Junto a estas personas entiendes que sus empresas nos consideran un ejemplo, una muestra necesaria, para sus em- pleados para toda la sociedad ,de valores, esfuerzo, sacrificio o capacidad de superación, elementos tan necesarios, sobre todo en momentos socialmente complicados como este.
De esta forma, no me cabe más que dar las gracias a em- presas como Iberdrola, Movistar, Plus Ultra Seguros, Liberty Seguros, Persán, AXA, Santalucía, Cofidis, Ford, El Corte In- glés, Gadis, Grupo Leche Pascual, Sanitas, Bosco, Fundación ONCE, Unidental, Renfe, Fundación ACS, Norauto y RTVE por el trabajo que han hecho por el plan ADOP y por cada uno de nosotros.
Empresas que han invertido tiempo y dinero para que los atletas paralímpicos podamos dedicarnos al deporte en las condiciones necesarias para alcanzar el máximo nivel posi- ble. Patrocinadores que han confiado en nosotros, en nuestro trabajo, que creen necesarios los valores que transmitimos. A ellos les debemos parte de la fortuna que es ser un deportista paralímpico profesional.