IV E L PSEUDO-AUTOR
27 Orígenes de la novela, I, 288-289.
desconfianzas y sus numerosas inconsistencias, así como su propia falta de puntualidad, aunque la espera de los demás, y su entusiasmo a toda prueba desprestigia un tanto su jui cio. Sin embargo, quedan en pie sus escrúpulos, originados en el consenso de opinión entre cristianos, sobre la tenden cia de los moros a la falsificación. La caracterización del edi tor tiene por objeto, por una parte, la creación de dudas sobre la imparcialidad del primer autor; por la otra, la des acreditación del propio editor. El objetivo ulterior es la eliminación parcial de primer autor y editor como relatores fidedignos y la mayor confrontación entre lector y persona jes. Al mismo tiempo, la caracterización del editor como hombre voluble en sentimientos y apreciaciones, marca una distancia entre él y Cervantes que no existía al comenzar el primer capítulo («En un lugar de la Mancha...»).
En la segunda parte surge la magistral caracterización indirecta de Cide Hamete Benengeli a través de los comen tarios de Sancho, Don Quijote, Sansón Carrasco, la informa ción del editor, del traductor y los comentarios marginales que dicen ha hecho Cide Hamete mismo.
Sancho se hace cruces al saber que Cide Hamete cuenta cosas que él y Don Quijote «pasaron a solas», y el caballero, por su parte, concluye que el autor de su historia debió ser algún «sabio encantador... que a los tales no se les encubre nada». Sancho certifica la autenticidad de la narración por haberle puesto a él como uno de los principales personajes de ella. Por tanto su juicio es parcial. Don Quijote se lo ima gina con poderes mágicos28, capaz de sugerirle a Sancho el
28 Las opiniones de Don Quijote sobre los moros, así como los po deres mágicos, embelecadores y de adivinación que le atribuye a su autor, validan la tesis de Stagg sobre el origen de la inspiración cer vantina en los morabutos o marabutos de Argel. Véase apéndice y nota 64. Hay que hacer una salvedad: no siempre parece haber en
nombre de Caballero de la Triste Figura para su señor, con lo cual le concibe como autor omnisciente, es decir imposi- ble en el mundo para él real. Ambas opiniones, la de Sancho y la de Don Quijote, son subjetivas. Pero como ambos saben la verdad de lo que les ha sucedido, están alabando en el autor no sus conocimientos históricos sino sus adivinacio nes poéticas o nigrománticas, más verdaderas que la ver dad histórica.
Al saber Don Quijote que el autor de su biografía es moro surge en su espíritu el mismo escrúpulo que en el del editor, en la primera parte. Considera a los moros «embe lecadores, falsarios y quimeristas» (II, 35). El tono al decir esto es análogo al del editor, porque Don Quijote participa, al hablar de Cide Hamete, del consenso de opinión pública sobre el carácter moro. Su opinión, por una parte, refuerza la prevención del lector sobre la fidedignidad del primer autor, pero por la otra sugiere que se trata de las clásicas generalizaciones de un grupo étnico sobre otro por falta de verdadero conocimiento En cualquier caso, Don Quijote adquiere aún mayor realidad, por entrar en el ámbito de la convención, y por estar dando opinión sobre su autor Cide Hamete. Este, en cambio, adquiere categoría de personaje inventado, en relación a la cada vez mayor realidad de Don Quijote. Cide Hamete y Don Quijote se disputan la hegemo nía del libro, mientras el verdadero mago, Cervantes, se complace en alterar a voluntad el papel de cada cual, inclu sive el propio, al identificarse unas veces con el uno, y otras
Cide Hamete tales poderes. Por ejemplo, no sabe lo que le sucedió a Don Quijote en la cueva de Montesinos, y lo admite con el prurito de un historiador meticuloso que se fija en no engañar al lector. La razón es porque en ese momento le ha suplantado Cervantes.
® Sobre la base de las dificultades de comunicación de la realidad interna a raíz de diferencias étnicas, lingüísticas y culturales, está construida toda la novela del Cautivo (véase cap. V de este libro).
veces con el otro. Esto podrá verse claramente más adelan te, en el episodio de la cueva de Montesinos y en la aventura del barco encantado.
Sansón Carrasco, quien ha leído la primera parte de la historia de Cide Hamete, puede asegurar que al «sabio» autor no se le quedó «nada en el tintero». El comentario de un personaje picaresco y socarrón, y por añadidura «bachi ller», con cuantas connotaciones peyorativas ha cargado Cervantes este vocablo desde el principio de la primera par te, resulta más negativo que positivo. La personalidad de Sansón Carrasco, su teatralidad, sus intrigas y enredos para hacer regresar a casa a Don Quijote, su ridículo auto-concep to («soy bachiller por Salamanca, que no hay más que ba- chillear», II, 64) dan a cualquier comentario suyo una páti na burlesca y lo hacen un dato de valor crítico dudoso.
El morisco aljamiado que hace de traductor o intérprete se queja, en ocasiones, del estilo y contenido de la obra de Cide Hamete (II, 357). Califica de «apócrifo» el capítulo VI de la segunda parte, por el modo de hablar de Sancho a su mujer Teresa. ¿Plagio de Cide Hamete, cuyo manuscrito está traduciendo? ¿Agudizado sentido crítico del traductor al entrar en los personajes cuyas vidas traduce? A medida que avanza la historia se vuelve más libre con la traducción. Se salta lo que le parece superfluo, como la descripción mi nuciosa de la casa de Don Diego de Miranda, inútil, dice, ya que todas las casas de caballeros ricos se parecen (II, 149- 150). Se toma licencias, como la de comentar sobre el jura mento de Cide Hamete (II, 231), o sobre las dudas anotadas al margen de su manuscrito referentes al episodio de la cueva de Montesinos (II, 203)30. Hasta admite no haber tra-
30 Más adelante ( L U I ) interviene: «Esto dice Cide Hamete, filósofo