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Se organizan las milicias

In document La España de ayer (página 108-127)

Agotada la tarea de fabricar una Constitución, la atención preferente queda centrada en el nombramiento de Presidente de la República. El Con- sejo de Ministros del día 2 de diciembre de 1931 acuerda oficialmente que el señor Alcalá Zamora sea el candidato único para la Presidencia, y desde aquel momento personajes y delegaciones de los partidos se entrevistan con el futuro jefe del Estado para la previa cotización de las votaciones.

Alcalá Zamora, pese a su teatral retirada de las Cortes y a su oposición a la Constitución en lo relacionado con el problema religioso, no duda en aceptar la propuesta, y de nuevo vuelve a reinar la euforia en la “gran familia republicana”.

La votación para el nombramiento de Presidente de la República se celebra el día 10, y como estaba previsto, es elegido el señor Alcalá Zamora por 362 votos de 410 votantes. En blanco votan 35. Besteiro y Cossío obtienen dos votos cada uno. Pi y Asuaga, siete. Unamuno, uno.

Eran las siete en punto de la tarde cuando el Presidente de la Cámara, en vista del resultado, proclamaba Presidente de la República a don Niceto Alcalá Zamora y Torres, entre las ovaciones de los diputados.

El 11 de diciembre fue “el gran día nacional”. El Presidente de la República iba a prometer su cargo. La solemnidad comenzó a las dos de la tarde. Hacía un día espléndido. La Comisión parlamentaria se dirigió al paseo de Martínez Campos, donde tenía su domicilio el Presidente, en dos landós y tres coches a la gran Daumont con escolta de batidores y de guardias motoristas. Las calles que había de seguir la comitiva estaban cu- biertas de tropas; en la plaza de Neptuno se hallaba la séptima Bandera de la Legión, con su carnero-mascota, y en la carrera de San Jerónimo formaban los Regulares. Unas escuadrillas de Aviación volaban en las altu- ras, arrojando, a modo de maná, ejemplares de la Constitución.

Así que hubieron recogido al señor Alcalá Zamora, se dirigieron al Congreso por el itinerario previsto, donde se había reunido un público curioso, que no disimulaba su asombro ante aquel aparato montado para remedar los tradicionales cortejos de tiempos de la Monarquía.

El efecto teatral se reservaba para el Congreso, en cuya puerta estaba todo el Gobierno, protegido por piquetes de la Guardia Civil de gran gala. Los ministros vestían de frac y guantes blancos. Indalecio Prieto confesó que el suyo se lo había hecho en Londres. El Himno de Riego, interpretado por la Banda republicana, fue señal de que el Presidente había llegado.

La mayoría de los diputados vestían de negro, alguno lucia smoking y no faltó quien se presentó de levita. La tribuna diplomática estaba llena, y rebosante toda la Cámara, que ostentaba sus mejores tapices y alhajas.

Penetró la comitiva en el Salón de Sesiones, donde Besteiro, como maestro de ceremonias, dirigió la que fue brevísima de prometer el Presidente de la República, que había ocupado un sillón colocado como el de un examinando frente a la mesa del Presidente de la Cámara.

Anunció el señor Besteiro que el Presidente, con arreglo a lo que previene el artículo 72 de la Constitución, iba a prestar promesa, y acto seguido el señor Alcalá Zamora leyó la fórmula, que era ésta:

“Prometo solemnemente, por mi honor, ante las Cortes Constituyentes y como órgano de la soberanía nacional, servir fielmente a la República, guardar y hacer cumplir la Constitución, observar las leyes, consagrar mí actividad de Jefe de Estado al servicio de la Justicia y al de España

El hombre que pronuncia esta solemne promesa es el mismo que en el mes de octubre, y en este salón, había asegurado categóricamente que se mantendría fuera de la Constitución por injusta, por sectaria, porque atropellaba derechos sagrados: fuera de esa misma Constitución que por su honor prometía ahora guardar y hacer cumplir ante los representantes de la nación y ante testigos excepcionales.

Terminada la ceremonia, y luciendo el señor Alcalá Zamora el collar de Isabel la Católica que le impuso el señor Lerroux, se reprodujo el cortejo para trasladarse el Presidente a tomar posesión de su nueva morada, que era el Palacio de Oriente. Llegó a la antigua mansión de los reyes pálido y como alelado.

La muchedumbre le reclamaba desde la plaza. Se asomó al balcón acompañado de los ministros y otros personajes, entre ellos el señor Maciá. Empezó el desfile de las tropas. Llenaba el espacio el zumbido de los aviones...

El Presidente se dirigió a Azaña, que estaba a su lado, para decirle: —Hoy hace un año, ¡qué diferencia!

Azaña no contestó. Se limitó a mirarle con desprecio.

Apenas se extingue el rumor de las aparatosas fiestas presidenciales, cuando ya se oye el croar que sube de la charca política. A las nueve de la noche llega a Palacio el señor Azaña para presentar al Presidente la dimisión del Gobierno. Se supuso al principio que tal dimisión era meramente protocolaria, hasta que Lerroux hizo saber que se negaba a formar parte del Gobierno “no por incompatibilidades personales, sino en bien de la República”, con lo que desbarató todos los planes.

Lo que motivaba el alejamiento de Lerroux era el verse desconsiderado y preterido por los otros grupos que iban a formar Gobierno. La separación entre Lerroux y los socialistas y azañistas era cada vez mayor, pues tampoco éstos ocultaban la repugnancia que les producía compartir el Gobierno con los radicales, de los que se apartaban como de apestados, por averiados y contrarios a los avances socializantes de la República.

Azaña formó Gobierno el día 15. Como el nombramiento de los ministros se hacía por motivos puramente partidistas y no en razón del mejor servicio que pudieran prestar a España, se daba el caso de señores designados para el desempeño de ciertas carteras, que no tenían “ni idea” de lo que podrían hacer al frente de su Ministerio. Así, el nombramiento de Marcelino Domingo para Agricultura, habiendo en perspectiva una reforma agraria y encontrándose el campo español en plena efervescencia. “El nuevo Ministro de Agricultura, señor Domingo —escribió un agudo observador— es un profesor de escuela primaria de gran distinción, un dramaturgo social saturado de sentimiento, un ensayista considerable, pero tendría un cierto riesgo afirmar que el nuevo Ministro de Agricultura ha visto alguna vez un pollo vivo.”

Con este Gobierno dio comienzo la etapa que desojes había de conocerse por el “bienio social-azañista.”

Al constituirse el Gobierno, Azaña conservó la cartera de Guerra porque quería dar remate y cima a su reforma militar. El verdadero espíritu inspirador de esta reforma era político, y el afán secreto de Azaña no era otro que el de arrancar del pueblo español la esperanza en una institución patriótica que un día pudiera vencer a la revolución que se iba apoderando de España. “Es preciso reconocer —escribe el general Mola— que no hubo hombre alguno en el mundo que, sin más armas que una buena dosis de mala intención y una pluma de acero, lograse como Azaña, en escaso

tiempo, destrozar un Ejército, dejándolo convertido en una verdadera piltrafa.”

Lo cierto es que esta primera época de la República no resultó muy satisfactoria, incluso para algunos de los que más se esforzaron en implantarla. Así, don José Ortega y Gasset, en su conferencia pronunciada el día 6 de diciembre en el cine de la Opera manifestó: “Se ha cometido un amplio error en el modo de plantear la vida republicana”, y no hay más remedio que “rectificar el perfil de la República”, que ha hecho “triste y agria la vida”.

Por su parte, las derechas, ante la persecución que sufrían, se agruparon en un frente único, dejando a un lado diferencias de táctica o de apreciaciones incidentales. Todas ellas vinieron a coincidir en el partido católico denominado “Acción Nacional”, engrosando éste sus filas de un modo enorme. Por toda España organizaban mítines, a los que acudían verdaderas multitudes, pidiendo la revisión de la Constitución. Al que se celebró en Palencia el 8 de noviembre acudieron veintiséis diputados y más de 22.000 personas. El carácter católico y españolista de este acto hizo que se destacaran a Palencia un buen número de Jonsistas vallisoletanos, quienes, capitaneados por José Antonio Girón, se batieron bravamente contra los elementos socialistas que por la violencia trataban de hacerlo fracasar.

Poco tiempo antes, el 19 de octubre, había entrado a formar parte de la Junta de Gobierno de “Acción Nacional” el diputado salmantino don José María Gil Robles, que en las Cortes había adquirido fama de buen orador. Al cesar posteriormente en la dirección del partido don Angel Herrera, fue nombrado el 17 de noviembre para sustituirle el señor Gil Robles. El líder derechista gana una popularidad fulminante. Apenas cono- cido de una minoría en abril de 1931, al terminar el año sus adeptos son innumerables. “Gil Robles, que constituye lo que los franceses llaman el

pendant de Azaña, en el sector de las derechas —dice Eduardo Aunós—.

fue otro ejemplo de encumbramiento inmerecido, falso y, en este caso, además, prematuro.”

La crónica negra de los dos últimos meses del año 1931 es pavorosa. La ola de criminalidad llega hasta los últimos rincones de España. La República garantiza a los delincuentes, por medio del Jurado restablecido, impunidad para sus fechorías. Se asesina, se roba, se atraca con el mayor descaro. Raro es el día que en Barcelona dos o tres personas y varios

establecimientos no son desvalijados por los gángsters. En una colisión entre una partida de atracadores que se resisten en una taberna y la fuerza pública resultan tres muertos y seis heridos. Los asaltos de tiendas son también suceso frecuente y normal en innumerables poblaciones de Espa- ña. En cuanto a huelgas, no hay provincia que no las padezca. Se registran, con carácter de generales, en Palencia, Almería, Oviedo, León, Huesca, Tarrasa, Badajoz y otras ciudades. La de Zaragoza, promovida el 9 de diciembre por la C. N. T., ocasiona dos muertos.

Hay plantes de presos en distintas cárceles; tumultos estudiantiles, particularmente graves en Madrid, Zaragoza y Salamanca; colisiones políticas, con un nacionalista muerto en Bilbao, y el presidente de la Casa del Pueblo de Avila, también muerto; agresiones a la Guardia Civil con un guardia muerto en Andújar y cinco paisanos graves en Gabia la Grande (Granada) y en Almarcha (Cuenca). En Sevilla, Gijón, Barcelona y Za- ragoza son asesinados algunos obreros por no secundar las órdenes de los Comités de huelgas, y en Alar del Rey, el secretario del Ayuntamiento. Bombas y petardos estallan por doquier. Se registran motines en muchos pueblos, asaltos a Ayuntamientos y profanaciones de iglesias.

La soplonería y la ignorancia están a la orden del día y llegan a lo inverosímil. El semanario República, de Pamplona, denuncia el 7 de noviembre “que en el Registro de la Propiedad se extienden unos recibos que dicen: Derechos reales”. “Por lo visto —añade—, en las oficinas públicas no quieren despegarse de las viejas costumbres y deben darse cuenta que las realezas ya no están en España y que no existen, por tanto, derechos reales, sino derechos de la República. Que el Ministro de Justicia tome nota.”

Y el telón cae como una cortina de sangre sobre la farsa, melodrama y tragedia, todo a la vez, representada en 1931. En escena quedan los cadáveres de cuatro guardias civiles asesinados en una calle que se llama del Calvario, en el pueblo extremeño de Castilblanco. El Mundo Obrero, al dar cuenta del suceso, titula su información con esta frase: “Las masas toman la ofensiva”. La emboscada en que han encontrado muerte los cuatro guardias fue preparada por la Casa del Pueblo con la complicidad del alcalde. Trataban aquéllos de disolver una manifestación organizada con un fútil pretexto. En el momento en que parlamentaban con los dirigentes cayeron sobre los guardias unas hordas armadas de cuchillos, hoces y palos... El general Sanjurjo, director general de la Guardia Civil, declaró que ni en Monte Arruit hablan sido tan horriblemente mutilados.

Los sucesos de Castilblanco marcan el principio de una ofensiva contra la Guardia Civil, en la que toman parte incluso elementos gubernamentales. En esta actitud se destacó una mujer cincuentona, hija de un Judío alemán y de una francesa, llamada Margarita Nelken, que se dedicaba a imbuir a las mujeres campesinas ideas demoledoras. Durante la elección de junio de 1931, la Nelken animaba a los electores socialistas de Montijo en la puerta de los colegios con léxico de prostíbulo. A las mujeres las dejaba estupefactas contándoles las excelencias del amor libre y del “derecho sexual” que iban a conquistar con el socialismo. Y como alguien de aquel auditorio pareciera escandalizado por lo que oía, Margarita Nelken puso el ejemplo de sí misma, diciendo que de los hijos que tenía a ninguno podía asignar padre determinado, puesto que lo ignoraba.

Con la Nelken cooperaba en aquella sublevación de las masas campesinas un concejal de Madrid llamado Muiño, que en los carteles de propaganda electoral se decía portero, ocultando su calidad de consejero del Banco Hipotecario. Al hacerse pública la matanza de Castilblanco, el comentario de Muiño fue éste: “Soy un convencido de que si en Castilblanco no hubiera habido Guardia Civil no habría pasado nada”. Margarita Nelken calificó los asesinatos de “desahogos obligados del espíritu oprimido”. Por su parte, el diario comunista Mundo Obrero decía:

“En las ciudades y en los campos la sangrienta guardia pretoriana de la contrarrevolución ha vertido impunemente a torrentes la sangre del pueblo para defender los privilegios de los poderosos.

“Las masas hambrientas y explotadas se alzan y ya no pueden contenerlas los fusiles ensangrentados y asesinos de nuestra Guardia Civil.

“Y contra el pueblo, contra el pueblo verdadero, el pueblo trabajador, vosotros lanzáis como bestias feroces a la sangrienta y odiada Guardia Civil.

“Para vencer a esos elementos de combate que posee la contrarrevolución, los obreros y campesinos deben aunar sus fuerzas y estructurarlas en una organización adecuada y apta para luchar y vencer.”

Los azuzados interpretan con hechos estas palabras, y a los pocos días tendrían trágicas consecuencias. Arnedo, pueblo de la provincia de Logroño, se encontraba en estado de gran agitación por el despido de varios obreros de una fábrica de calzado. El día 5 de enero de 1932, el

gobernador, en una reunión celebrada en el Ayuntamiento con patronos y obreros, logró que los demás fabricantes se comprometiesen a colocar en sus talleres a los ocho obreros despedidos. El conflicto estaba, pues, resuelto, cuando irrumpieron en la plaza del Ayuntamiento grupos compactos dando fuertes gritos. Los guardias civiles que custodiaban la Casa Consistorial trataron de disolver la manifestación y acallar el alboroto. De un grupo se destacaron varios individuos, y uno, fornido, se abalanzó sobre un guardia y le arrebató el fusil, que partió en dos pedazos. Fue la señal de ataque. Los guardias, rodeados por la muchedumbre, se veían víctimas de otro Castilblanco.

Sonaron unas descargas y resultaron seis muertos y treinta heridos, la mayoría mujeres que iban colocadas en primera fila. ¿Qué más podían apetecer los revolucionarios que aquellos cuatro cadáveres femeninos como bandera para su campaña?

Desatóse ésta, en efecto, al día siguiente en las Cortes. El blanco principal es el general Sanjurjo, de quien socialistas y extremas izquierdas desconfían, pues le suponen, con razón, poco complaciente con el desorden y enemigo franco de la anarquía. Un diputado grita: “Sanjurjo es un obispo con tricornio”, y otro añade: “¡Hay que arrastrar al general Sanjurjo!”.

El resultado de todo ello fue que en los primeros días de febrero el general Sanjurjo es trasladado a la Dirección General de Carabineros y sustituido en la Guardia Civil por el general Cabanellas.

En tal situación las cosas, Onésimo Redondo continúa organizando en Valladolid grupos de jóvenes aguerridos que se dispongan a defender a la Patria contra los violentos ataques de que la hace objeto el marxismo. A la vez, Libertad intensifica su campaña revolucionaria, y en su articulo de fondo del 4 de enero, titulado “Pronóstico político para 1932”, el mismo Onésimo escribe tajante y previsor:

“No vaticinamos, sino que anhelamos y trabajaremos, eso sí, porque nuestro anhelo sea una realidad en diciembre.

“Nos referimos a la constitución, en este año, de Milicias regulares anticomunistas. Todo nuestro fervor por la salud de España, y la emoción con que celebramos la inauguración del Nuevo Año pensando en ella, queremos resumirlo en esta reflexión: Que no salvaremos la Nación de la barbarie soviética sin organizar una

falange extensa de españoles de todas clases dispuestos a defender con sus personas la vida civilizada de España...

“Hay que formar las milicias civiles de España. Haciendo frente en primer término con sagacidad y legalidad, hasta donde sea posible, a la franca y solapada oposición gubernativa. Y supliendo con la energía y la rapidez de ahora el camino que los adversarios nos llevan ganado.”

Por aquel entonces se habían instalado las J. O. N. S. vallisoletanas en una modestísima habitación de un viejo palacio situado en la calle de Alonso Pesquera. Allí se celebraban las reuniones en las que Onésimo Re- dondo vierte sus consignas de combate y sacrificio, disciplina y revolución, de Justicia y de Patria.

Pronto tuvieron ocasión los jonsistas vallisoletanos de probar su eficacia en el terreno de la acción. Con motivo de los sucesos de Castilblanco y Arnedo se organizó en Valladolid una manifestación de desagravio a la Guardia Civil y a ella acudió Onésimo Redondo al frente de sus grupos de choque. Ya al ponerse en marcha la manifestación en la plaza Mayor, unos doscientos socialistas y comunistas intentaron perturbarla con voces y actos de hostilidad a la retaguardia de la misma. Un grupo de jonsistas se volvió enérgicamente hacia ellos poniéndoles en fuga y apaleando a varios. En la plaza de San Pablo, cerca del Gobierno Civil, los marxistas, ya rehechos, continuaron con sus mueras y agresiones. Velozmente se destacaron unos doscientos jonsistas que a palos y pedradas les dispersaron por la calle de las Angustias y adyacentes. En la calle del León, a vergajazos, se arrinconó a varios comunistas, a los que se ocuparon armas diversas. La lucha en pequeños grupos se extendió por distintas calles, haciéndose dueños de ellas los de la J. O. N. S. Al día siguiente Libertad, a grandes titulares, comentaba con alborozo: “Buen comienzo.—Se lucha victoriosamente contra la gentuza.—Bonito episodio de la liberación antimarxista.”

Desgraciadamente la ofensiva revolucionaria y patriótica que iba comenzando a desatarse en Castilla merced a la enorme labor de Onésimo Redondo, cuyas palabras y cuyas hojas de propaganda llegaban a todos los pueblos, se veía entorpecida por falta de medios materiales, ya que casi todos los afiliados a las J. O. N. S. eran estudiantes y obreros, ricos en entusiasmo, pero escasos en medios económicos.

Mientras tanto, la República continuaba su atropellada marcha. En realidad, había dos Repúblicas en una sola: la República burguesa y la

República socialista; la primera, visible en la superficie con apariencias democráticas; la otra, la que actuaba en el fondo, imperaba y decidía. Pero el radicalismo obrero tenía a su vez dos sectores: uno oficial, que formaban el socialismo y la U. G. T„ incrustado ya en el Estado, y el otro,

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