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La España de ayer

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Academic year: 2021

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Víctor Fragoso del Toro

La España de ayer

1. - Se alza una bandera

2. – Revolución en octubre

3. – En línea de combate

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ÍNDICE

SE ALZA UNA BANDERA...6

DEDICATORIA...7 PRÓLOGO...8 EL OCASODEUN REINADO...10 SE PROCLAMALA REPÚBLICA...29 LA QUEMADE CONVENTOS...52 LAS CORTES CONSTITUYENTES...76 “NOESESTO; NOESESTO”...90

SE ORGANIZANLASMILICIAS...104

LA SUBLEVACIÓNMILITAR DEL 10 DE AGOSTO...122

“SANGRE, FANGOYLÁGRIMAS”...140

DESASTROSA SITUACIÓN SOCIAL...149

“YAESTÁALZADA LABANDERA”...166

LA VICTORIASINALAS...178

REVOLUCIÓN EN OCTUBRE...189

NACE FALANGE ESPAÑOLA...190

“EN PIE, CAMARADAS...”...204

JEFE! ¡JEFE! ¡JEFE!...225

PREPARATIVOS REVOLUCIONARIOS...238

¡ATENCIÓNAL DISCO ROJO!...256

LA INSURRECCIÓNSEPARATISTA...277

OCTUBRE ROJOEN ASTURIAS...289

DESPUÉS DE LA TRAGEDIA, LA FARSA...312

LA “JUSTICIA” REPUBLICANA...318

UNA JORNADA MEMORABLE...336

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EN LÍNEA DE COMBATE...374

SURGEEL “STRAPERLO”...375

“A PORLOSTRESCIENTOS”...390

¡SOMOS LOSDEOCTUBRE!...402

“TODO EL PODERPARA EL JEFE”...414

TRIUNFAEL FRENTE POPULAR...430

HACIA LADICTADURA DELPROLETARIADO...455

“¡RUSIA, SÍ; ESPAÑA, NO!”...479

“HASONADOLA HORA”...490

ESPAÑAHACIAEL ABISMO...519

EL 18 DE JULIO...543

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SE ALZA UNA BANDERA

... la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.

MIGUEL DE CERVANTES (Don Quijote, parte 1.ª cap. IX.)

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Dedicatoria

A Onésimo Redondo (abogado), Luis Alonso Otero (estudiante de Medicina), Emilio Iglesias (estudiante de Derecho), Clarencio Sanz (estudiante de Magisterio), Carlos Salamanca (profesor mercantil), Regino Sevillano (estudiante de Bachillerato), Miguel Chicote (dependiente de comercio), Luis Llorente (obrero metalúrgico), Pedro Sánchez Becerril (estudiante de Derecho), Fructuoso Castrillo (estudiante de Magisterio), Mariano Ibarra (estudiante de Medicina), Angel López Pascual (estudiante de Magisterio), Reinerio García Pérez (estudiante de Medicina), José Miró Herrero (estudiante de Medicina), José Luis Carbajosa (estudiante de Comercio), César Sanz Alonso (estudiante de Derecho), José María Arranz del Puerto (empleado), Antonio Souto Montenegro (estudiante de Derecho), Alejandro Cocolina (dependiente de comercio), José Gutiérrez Cañas (estudiante de Derecho), José María Moreno (estudiante de Derecho), Alberto Valverde (estudiante de Medicina), José de la Cruz Presa (cadete de Infantería), Luis Cuesta Sanz (estudiante de Derecho), José María Rodríguez Alvarez (estudiante de Medicina), Godofredo Gutiérrez (estudiante de Medicina), Luis Garnacho Herrero (estudiante de Derecho)... A todos mis buenos amigos y viejos camaradas de Valladolid, que dieron su vida joven por una España mejor que la que recibieron; limpia de la hipocresía y cerril egoísmo de unos, y del odio y la barbarie desatada de otros.

A las nuevas juventudes, que con las espadas rotas de los héroes caídos podrán forjar —a su aire, a su modo— las herramientas con que levantar la España del futuro.

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Prólogo

Es frecuente observar en los jóvenes, cuando se les habla de nuestra Guerra de Liberación o de los hechos que la precedieron y fueron su causa, que estos acontecimientos históricos son ya para ellos sucesos tan lejanos, si no en el tiempo sí en su estimación, como el 2 de Mayo de 1808, el descubrimiento de América y hasta, si se quiere, los reinados de los reyes godos. Es más, los jóvenes suelen conocer estos lejanos aconteceres y aun otros más remotos, con más detalle, con visión más completa, más amplia y más interesada muchas veces, que lo sucedido hace poco más de un cuarto de siglo. Y esta ignorancia, esta hipermetropía histórica, les impide ver claramente y apreciar con ob-jetividad los tiempos que les ha tocado vivir.

Junto a este fenómeno existe otro, el protagonizado por aquellos que ya no son tan jóvenes, quienes por un papanatismo liberal “europeísta” o por sabe Dios qué otras razones, caen, consciente o inconscientemente, en ese achaque tan español que es el olvido; en esa vieja y estúpida postura del “aquí no ha pasado nada”, del “borrón y cuenta nueva”. La cuenta nueva debe estar siempre abierta en los corazones nobles, pero sería no ya inútil, sino torpe y suicida, el emborronar el libro histórico de España.

Para ellos —jóvenes de ayer y jóvenes de hoy— he escrito estas crónicas de los hechos político-sociales más relevantes ocurridos en nuestra Patria desde enero de 1930 hasta julio de 1936. Son unos relatos sencillos, como charla entre viejos camaradas con un corro de jóvenes en torno, con aire campamental, con ambiente de plaza mayor o de pasillo de Universidad

Estos relatos históricos, que ya fueron publicados con más extensión en la obra titulada “La España de ayer”, ahora, para hacerlos más asequibles —incluso económicamente— a los jóvenes, se editan en tres li-bros independientes —el primero de los cuales tiene el lector en su mano

— y que llevarán los siguientes títulos:

“Se alza una bandera”

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“En línea de combate”

En estos libros, en que se recoge la apretada historia de poco más de un lustro de España, intencionadamente he prestado especial atención a la historia y la doctrina del movimiento político denominado Falange Es-pañola de las J. O. N. S., tan poco conocidas y tan desigualmente interpretadas. Es de esperar que así, situados los hechos y las palabras en el centro de la existencia española que les dio origen, podrán compren-derse mejor, más exactamente, que a través de textos dispersos, que en la lectura fría sin contornos ni adecuada ambientación.

Porque éste y no otro ha sido mi propósito: dar unidad a lo que en otros muchos libros puede encontrarse. En ocasiones, por estar en ellos lograda la visión o la emotividad, me he limitado a hacer transcripciones fieles, textuales. No tiene, pues, este trabajo otro mérito —de tener alguno

— que el de fundir en un solo objetivo el de otros muchos y el de

encaminar hacia una misma meta lo que por distintas sendas marchaba disperso. A ello he añadido el testimonio recogido de periódicos de la época y la experiencia personal vivida en los años decisivos que precedieron a la histórica fecha del 18 de Julio de 1936.

¿Fue realmente inevitable nuestra guerra civil? ¿No hubieran podido zanjarse las diferencias políticas mediante el diálogo, como seres civilizados? Estas son dos preguntas que suelen hacerse hoy muchos jóvenes. Dos preguntas cuya contestación pueden hallar en la lectura de estos libros.

En ellos se encuentran relatados los sucesos más destacados de nuestra reciente y trágica Historia. Aconteceres que se inician con el final de la Dictadura del general Primo de Rivera; siguen con la jubilosa y es-peranzada proclamación de la República, para venir a terminaren esa “tormenta de sangre y furia” que fue nuestra guerra civil.

Esto es indispensable que lo conozcan los jóvenes, porque indispensable es que tengan presente —para que no llegue a cumplirse— esa terrible sentencia de Jorge Santayana: Los que no conocen el pasado

están condenados a repetirlo.

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El ocaso de un reinado

ESPAÑA de 1930. Mes de enero. En la noche del 28 los periódicos adelantaron su salida para confirmar al público una noticia esperada:

“¡Ha terminado la Dictadura!” “¡Primo de Rivera ha dimitido!”

Hacía un frío intenso y punzante que no impidió la aglomeración de gentes en las calles para solemnizar el acontecimiento. Muchos respiraban a pleno pulmón, como si en aquel instante se hubieran desembarazado de una carga que los abrumaba. Gesticulaban otros, alborozados, como cautivos que salieran de la mazmorra, recuperada la libertad. Eran pocos los que, a tono con la gravedad del momento, se mostraban reflexivos y serios. La bullanga callejera es contagiosa y resulta difícil inmunizarse contra esta epidemia.

— ¡Ha caído la Dictadura! ¡Acabaron los años indignos!

Los vendedores de periódicos gritan como nunca; los cafés hierven con una clientela agitada y clamorosa; en los casinos no se cabe. Unos a otros se dan la noticia. Se felicitan y festejan el suceso. Todavía rigen las leyes prohibitivas, pero ya se advierten, por el comentario, la tolerancia y la relajación.

Por la calle de Alcalá, Indiferentes a los rigores del clima, desfilan grupos de estudiantes que escandalizan con denuestos y gritos subversivos. El público los contempla con una sonrisa complaciente. ¡Cosas de la ju-ventud! En la Puerta del Sol, nido y lonja de todos los alborotos, se congregan cientos de personas, con ansias e impaciencias de manifestarse. Los guardias de Seguridad procuran, sin conseguirlo, disolver los grupos por la persuasión y las buenas maneras.

De pronto, unos cuantos más decididos reclaman con voz imperativa: — ¡Al Palacio Real! ¡Al Palacio Real!

Y los grupos, sugestionados, se encaminan hacia la calle del Arenal. — ¡Viva la República! —grita uno, y todos le corean.

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Suena un disparo. Los caballos de los guardias caracolean. Cruza por la plaza el relámpago lívido de la alarma. Rechinan, al caer, los cierres metálicos de las tiendas que permanecían abiertas. La Puerta del Sol queda despoblada, vacía...

Renace la calma y se rehace la manifestación con nuevos bríos. Esta vez en la calle de Alcalá. Los habituales desalojan los cafés para incorporarse, hasta que se forma una masa caótica que va sin rumbo de un lado a otro.

— ¡Al Ministerio de la Guerra! —ordena el más audaz.

La marea ya tiene una playa. Las olas humanas van hacia el Ministerio. Algunas piedras hacen saltar los cristales de un Banco. Los ánimos se enardecen. Arde el quiosco de El Debate, junto a la iglesia de las Calatravas. Embriagada por el resplandor del incendio, la muchedumbre lanza alaridos:

— ¡Viva la República! ¡Muera el Rey!

Cuando la riada se acerca al Palacio de Buenavista, se destaca una sección de Orden Público, como salida de la sombra. Los caballos se lanzan en ráfaga para la carga: los cascos arrancan chispas. La masa tumultuaria huye despavorida entre aullidos e imprecaciones.

— ¡Viva la República! —gritan los huidizos desde las esquinas, en desafío a los guardias.

¡Ha caído la Dictadura y Madrid ya no conoce hora de calma!

El general Berenguer, encargado de formar nuevo Gobierno, era novicio, o simple aficionado en la ciencia y el arte de la política; y, además, su nombre, enlazado a una etapa catastrófica en Marruecos, no podía despertar ilusiones ni permitir muchas esperanzas de éxito. Se hizo valer en su obsequio la condición de perseguido por la Dictadura, y se recordó su prisión en un castillo. No era mérito bastante, pues el momento gravísimo que vivía España exigía una gran voluntad, una gran preparación y un convencimiento absoluto en la terapéutica. Los defectos principales del nuevo jefe del Gobierno eran las vacilaciones y la lentitud en el actuar, que hacían más sensibles las impaciencias del público y, sobre todo, una acentuada predisposición a condescender y pactar con las fuerzas hostiles a la Monarquía. más alborotadas e insolentes cuanto mayor era la debilidad de los que gobernaban. Su actuación fue tal que a este período de gobierno pronto se le llamó la “Dictablanda”.

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Berenguer había prometido volver, por cortas etapas, a la normalidad constitucional; a ello tendían las disposiciones del Gobierno de su presidencia: el restablecimiento de la Ley de Contabilidad; la prohibición a las Confederaciones Hidrográficas de que contrataran empréstitos e iniciaran obras; una cierta libertad de tribuna y Prensa. Pero las pasiones represadas durante siete años reclamaban más, y por encima de todo unas elecciones que habían de ser “rabiosamente sinceras”.

Rebullen ya los políticos, que salen de su letargo, y se desperezan confiados en que la vida y la política es un eterno recomenzar: Bugallal es elegido Presidente del Círculo Conservador, lo que equivale a ser procla-mado Jefe del partido; Romanones habla para reclamar la reforma constitucional y unas Cortes que exijan responsabilidades. Miguel Maura, en su discurso del 20 de febrero en San Sebastián, declara: “En cuanto yo vea que un hombre de prestigio eleva la bandera republicana, me uniré a él; si este hombre no apareciera, la levantaré yo mismo dentro de mi modestia.”

Y como número de fuerza de este desfile, el monárquico liberal don José Sánchez Guerra, el día 27 de febrero, en el teatro de la Zarzuela, pronunció un discurso que se hizo famoso por lo desatentado e insensato. De tal discurso salieron destrozadas muchas cosas y no germinó con él ninguna. Ni siquiera la República, que algunos deseaban ver en manos de un hombre socialmente conservador, para que no fuese a parar a las de quienes la codiciaban como camino, o como atajo, para más hondas realidades.

En su discurso, el señor Sánchez Guerra, después de afirmar que él no era republicano, se dedicó a agredir al Rey con un navajeo de frases hirientes: “...El Dictador fue Bellido y el impulso soberano...” “Yo he per-dido la ‘confianza’ en la confianza...” “...no más servir a señores que en gusanos se convierten”.

Terminó el acto, y conforme a las consignas circuladas, y no porque el discurso hubiera encendido férvidos entusiasmos, hubo algaradas y disturbios “iniciados —dice el general Mola— por jóvenes bien vestidos, que más tarde fueron reemplazados en los barrios menos céntricos por partidas de golfos que, al grito de ¡Viva la República!, incluso intentaron asaltar alguna que otra tienda. Fue realmente vergonzoso lo ocurrido, lle-gando los excesos a extremos inconcebibles”.

Pronto se amortiguó el escándalo que había producido el señor Sánchez Guerra, porque los ateneístas, estudiantes de la F. U. E.

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(Federación Universitaria Escolar), de matiz izquierdista, periodistas y revolucionarios de toda especie se removían inquietos, necesitaban nuevos motivos para sostener el motín permanente, indispensable para el logro de sus propósitos.

Le correspondió el tumo a don Niceto Alcalá Zamora, ex ministro de la Monarquía, en aquella puja de osadías y el 19 de abril, desde el teatro Apolo de Valencia, pintó para los incautos una prometedora acuarela del nuevo régimen republicano, con prados, cielos y frondas de paisaje idílico y paradisíaco: una República de tonos derechistas y clericales.

Sonó bien a muchos oídos aquella música de caramillo, y los revolucionarios, astutamente, la utilizaron para atraer hacia su cercado a los asustadizos o recelosos que vacilaban antes de pasar la divisoria.

República de otro nervio y bien distinta orientación fue la preconizada por el líder socialista Indalecio Prieto en el Ateneo de Madrid a los pocos días, durante cuya disertación acusó al Rey de perjuro, prevaricador y agente a sueldo de empresas extranjeras.

A esta ofensiva contribuían, dando aspecto de moderación y empaque jurídico a sus ataques, otros personajes, como Sánchez Román y don Melquíades Alvarez. Otros oradores de baratillo y profesionales de la agitación competían en desaforada pugna sobre quién diría más fuertes insultos al Monarca.

En el Ateneo de Zaragoza, don Angel Ossorio y Gallardo proclamaba que había roto su comunicación con el Rey y afirmaba su alejamiento de la política para dar paso a los que traían la República, sin oponerse a ello,, no obstante ser “monárquico convencido”, anunciando poco después que en su casa se había hecho republicano “hasta el gato”.

Su Majestad el Rey debió pensar en la conveniencia de poner al frente del Gobierno a un hombre civil y alguien le debió insinuar la conveniencia de que este hombre fuera el ex ministro don Santiago Alba, que residía en París, donde se refugió cuando el acoso de la Dictadura. Su oposición a ella dábale cierta popularidad en aquellos momentos en que para una gran parte de la masa no había más programa que deshacer toda la obra, buena o mala, de la Dictadura.

Por ello, el propio Rey hizo un viaje a París para hablar con el señor Alba y hacerle el ofrecimiento. Pero el político liberal, conocedor de la

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importancia del ataque que contra la Monarquía se estaba fraguando, no quiso Jugar una carta que reputaba perdida; y sin rendirse a invitaciones o sugerencias, aconsejó la continuación del general Berenguer y la convocatoria de unas Cortes. Esta actitud y la publicación por don Santiago Alba de una serie de artículos periodísticos, no contribuyeron ciertamente ni a fortalecer el prestigio del régimen, ni a confortar a la persona del Monarca en la ruda lucha que tenía planteada.

Al propio tiempo, la agitación revolucionaria no remitía. Por el contrario, era sostenida al rojo por todas las organizaciones confabuladas para derribar el Trono. Los diferentes núcleos republicanos se iban reagrupando, estableciendo contactos y fuertes relaciones con los socialistas de Prieto, con los separatistas de Cataluña y Vasconia y aun con los denominados galleguistas, que ya maquinaban la segregación de España de las provincias gallegas.

Correspondiendo a las actividades republicanas, los sindicalistas aceleraban sus organizaciones y propagandas. En Andalucía, el “Comité de reconstrucción revolucionaria” se infiltra en el campo con eficacia disol-vente. En Extremadura se manifiesta más cada día la inquietud campesina. En Zaragoza, en donde radica el Comité central del sindicalismo español, y en Barcelona, en donde rebullen todos los desperdicios del anarquismo mundial, se producen huelgas, a veces sangrientas, que son ensayo de mayores y más ‘hondas perturbaciones. El comunismo, que al comenzar el año sólo contaba 800 afiliados, gana adeptos y empieza a extender por España su red de células y comités.

Pero las verdaderas fuerzas de choque eran los estudiantes, que se pasaron en motines todo el año. La F. U. E. alcanzó consagración oficial; se pretendía aplacar con honores y halagos su rebelión, sin pensar que de esta manera la estimulaban.

Contribuía a la turbulencia universitaria la presencia en el Ministerio de Instrucción Pública de don Elías Tormo, consentidor de todos los desmanes, que ganó más fama por sus extravagancias que por sus aciertos. Opinaba que las únicas algaradas que derribaban Gobiernos eran las de estudiantes y cigarreras. Y con este criterio no había motín universitario que no defendiera, ni catedrático rebelde a quien no halagara. Se apresuró a reintegrar a sus puestos a muchos profesores que disfrutaron del favor del Estado para conspirar contra él, e hicieron de sus cátedras escuelas de revolución y de anarquía. “Salvo muy contadas excepciones, en las Uni-versidades españolas no se hacía otra labor —dice un cronista— que la de

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excitación a la rebeldía, buscando en el arrojo e inconsciencia Juvenil la fuerza de choque de toda algarada”.

Servían los estudiantes a las mil maravillas para los designios de los Jefes, y por ellos, a ninguna jornada le faltaba su dosis de revolución. Unas veces se producía el escándalo en el recinto universitario —donde lucha-ban con las minorías de estudiantes monárquicos—, otras, el desorden salía a la calle, con su alarma de cargas y disparos. Las Universidades llegaban a transformarse en fortines, en los que se peleaba dentro y fuera por poner o quitar una bandera roja. El regreso de Unamuno de su destierro originó alborotadas manifestaciones de republicanismo. “Agitad el árbol —aconsejó el catedrático a la masa que esperaba en Irún—, porque la fruta está madura y a punto de caer”. A su llegada a Madrid, el 1 de mayo, se produjeron desórdenes y tiroteos que causaron un muerto y diecisiete heridos.

En una encuesta hecha por un diario de la mañana, estudiantes de uno y otro sexo hacían gala de profesar el más absoluto desdén por la moral y la religión, recabando una total libertad de pensamiento y de conducta en materias sexuales. La mayoría de los estudiantes eran, desde luego, revolucionarios, ateos, socialistas o comunistas, atacados de rusofilia, que tantas víctimas ha causado en la juventud española.

Lo mismo a los partidarios del bolchevismo que a los intelectuales que señoreaban el Olimpo, a los arriscados estudiantes o a los pistoleros del sindicalismo, al separatista y al burgués del buen pasar, la República se les ofrece en las lejanías con el encanto del espejismo. Cada uno va a lo suyo y nadie se siente descontento. ¡Qué hermosa era la República en tiempos del Imperio!, se dirá algún día parodiando al francés. Para unos será la República presidencialista, burguesa y hasta clerical, como la describió Alcalá Zamora; otros la esperan con la bandera rojinegra del anarquismo; hay quien la desea platónica y quien bolchevique...

¡República! Y a su conjuro, crecía la intranquilidad.

Había que dar forma y sustancia a aquella inmensa nebulosa republicana, que como un vaho se extendía por los ámbitos de España. Al llegar el verano se creyó terminado el primer período de gestación del movimiento, y de urgente necesidad unificar esfuerzos para armonizar todos los deseos y aspiraciones en un programa concreto y único.

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Para el hecho sensacional se eligió la ciudad de San Sebastián, y en ella, una casa de poca importancia. Allí se selló el que había de pasar a la Historia con el nombre de Pacto de San Sebastián.

Los que asistieron a la reunión se confabularon para guardar absoluto silencio sobre lo acordado; únicamente los representantes catalanes, que habían planteado su pleito como cuestión previa, fijaron en una nota con-cisa el alcance de lo pactado, en lo que a su asunto hacía referencia. Y los puntos concretos fueron éstos:

“1.a Los reunidos en San Sebastián reconocieron

unánimemente la realidad del problema de Cataluña y convinieron en que el triunfo de la revolución suponía en sí mismo el reconocimiento de la personalidad catalana y el compromiso del Gobierno de dar solución jurídica al problema catalán.

“2.ª La solución había de tener por base y comienzo la voluntad de Cataluña expresada en un proyecto de Estatuto o Constitución autónoma, propuesta libremente por el pueblo de Cataluña y aceptada por voluntad de la mayoría de los catalanes, expresada en un referéndum votado por sufragio universal.

“3.a El Estatuto propuesto y votado por Cataluña habría de

someterse, en la parte referente a la vida de relación entre las regiones autónomas y el Poder central, a la aprobación soberana de las Cortes Constituyentes.”

Claro es que la reunión no se circunscribió a esto sólo; pero de lo demás ni se levantó acta ni se dio noticia tan categórica. La democracia quería renacer en el sigilo. Los hechos futuros habían de testimoniar, de modo indudable, el alcance de lo pactado en aquel conciliábulo, en el que coincidieron, con representación propia o autorizada, todos los adversarios declarados de la Monarquía.

Tres fueron los acuerdos fundamentales del Pacto: Necesidad y compromiso de ir a la revolución para establecer la República en España. Instauración, dentro de ella, de un régimen de libertad religiosa, con respeto y consagración de los derechos individuales. Y nombramiento de un Comité compuesto por los señores Alcalá Zamora, Azaña, Casares Quiroga, Prieto, Galarza y Ayguadé, que cuidará de poner en marcha el movimiento y recabaría el apoyo de los sindicalistas y de los socialistas.

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En el mes de septiembre se levanta la censura de Prensa y sobreviene el estallido por parte de aquellos periódicos que esperaban ansiosos este momento para dispararse. Salieron en tromba los diarios izquierdistas contra el Rey, y no omitieron bellaquería ni bajeza que sirviera a sus instintos de venganza. Era, como se le llamó, un motín de Prensa, en competencia los vociferantes sobre quién diría el insulto más grueso o la calumnia mejor urdida. Pocas veces se ha asistido a parecida campaña de difamación y se han dejado tan indefensas las Instituciones fundamentales de un país.

El 28 de septiembre, en uso de la libertad concedida, se celebró el mitin organizado por las fuerzas republicanas en Madrid, para dar el aldabonazo en las puertas del Palacio de Oriente. Pusieron todos los oradores buen cuidado en seguir la táctica de no amedrentar a las gentes, procurando la captación de reacios y pusilánimes con la promesa de un régimen ordenado, sensato y austero.

Mientras tanto, la preparación del movimiento revolucionario continuaba progresando, progreso al que contribuyó no poco el acuerdo del Comité Nacional de la C. N. T. de pactar con los elementos republicanos y militares para producir un movimiento revolucionario que concluyese con el régimen monárquico en España. Las detenciones de destacados dirigentes —entre ellos el comandante Ramón Franco— practicadas en los días 10 y 11 de octubre, hicieron abortar el plan revolucionario.

El Gobierno, que no concedió importancia a estos avisos de la conmoción que se avecinaba, seguía en su obsesión por la vuelta a la normalidad constitucional, sin ver que una nueva “normalidad”, la normalidad en el desorden, iba adueñándose del espíritu nacional y amenazaba sepultar al Gobierno, al régimen y a España entera, entre los escombros de las antiguas normalidades.

La situación era tan tirante, los nervios estaban tan erizados y las gentes tan preocupadas, que cualquier suceso podía degenerar en catástrofe. Así sucedió el 12 de noviembre, en que se derrumbó, en Madrid, una casa en construcción en la calle de Alonso Cano y ocasionó la muerte de cuatro obreros. Los dirigentes obreristas acordaron convertir su entierro en un acto de trascendencia política contra la Monarquía. Todo se convertía en sustancia revolucionaria.

Agentes de la Casa del Pueblo y de los centros anarcosindicalistas se cuidaron de atar todos los hilos que tenían que poner en marcha la

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tragedia. Las autoridades municipales de Madrid, de acuerdo con la Casa del Pueblo, han señalado y previsto determinado itinerario; pero al llegar los féretros a la plaza de Cánovas, el acompañamiento se empeña en hacer desfilar la comitiva por la carrera de San Jerónimo, hacia la Puerta del Sol. La fuerza pública trata de hacer observar las órdenes recibidas y contener el alud, pero la multitud la acomete a pedradas y tiros, y los guardias, para defenderse, hacen uso de las armas. Sobreviene la refriega y resultan dos de los alborotadores muertos y varios heridos. No se deseaba otra cosa. Buen color éste del rojo de sangre obrera para los cartelones de propagan-da. El Gobierno será desde aquel momento, sobre torpe e inepto, criminal y tiránico. Aquella misma noche se acordó la huelga general, que fue absoluta y duró hasta las cinco de la tarde del lunes 17.

El oleaje revolucionario azota cada vez más embravecido. Su empuje se siente por doquier. Su inmenso bramido atraviesa la Península.

La descomposición de la Monarquía llega a todos los sectores. Así, don José Ortega y Gasset publicó en El Sol, el día 15 de noviembre, un artículo titulado “El error Berenguer”, en el que decía:

“Desde Sagunto, la Monarquía no ha hecho más que especular sobre los vicios españoles, y su política ha consistido en aprovecharlos para su exclusiva comodidad. La frase que en los edificios del Estado español se ha repetido más es ésta: ‘¡En España no pasa nada!’ La cosa es repugnante, repugnante como para vomitar entera la historia española de los últimos sesenta años; pero nadie, honradamente, podrá negar que la frecuencia de esta frase es un hecho.

“... Quiere una vez más el régimen salir al paso, como si los veinte millones de españoles estuviéramos ahí para que él saliese del paso. Busca alguien que se encargue de la ficción, que realice la política del ‘aquí no ha pasado nada’. Encuentra sólo un general amnistiado. Este es el error Berenguer del que la Historia hablará. Y como es irremediablemente un error, somos nosotros, gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruirlo! ¡Delenda est Monarchia!”

El día 25 de noviembre se produce un suceso de emoción novelesca: el comandante Ramón Franco y el ex comandante Alfonso Reyes, se fugan de Prisiones Militares. El hecho, su preparación meticulosa, su realización

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atrevida, impresionan al país. Los faros de un automóvil que deslumbran al centinela; las pistolas y las bombas escondidas en el altar de la capilla de la cárcel; el oficial, descolgándose por las ventanas; las ocultas complicidades prolijamente organizadas y hasta la misma carta de despedida que el comandante Ramón Franco dirige a Berenguer, componen una película de aventuras que apasiona a las gentes y demuestra, además, que los revolucionarios cuentan con una dirección y con asistencias y colaboraciones importantes.

Día 12 de diciembre de 1930. Desde muy temprano circula por Madrid, y luego por toda España, la noticia de que en Jaca han sobrevenido gravísimos sucesos, cuya importancia verdadera era difícil de aquilatar porque las líneas telegráficas y telefónicas estaban interrumpidas.

Pronto se supo que un oficial llamado Fermín Galán Rodríguez, capitán del Regimiento de Galicia, fanático, visionario y agitador impaciente, se había adelantado a lo convenido, cansado de esperar y persuadido, según decía, de que “si él no empezaba, los demás no se lanza-rían nunca”.

El capitán, ayudado por otros elementos militares y algunos agitadores llegados de Madrid y del mismo Jaca, sublevó de madrugada las tropas de la plaza y consiguió fácilmente la adhesión de la compañía de ametralladoras que mandaba el capitán don Angel García Hernández. Los sediciosos redujeron a prisión a los jefes, capitanes y subalternos que no quisieron sumarse, y también al gobernador militar de la plaza.

El capitán Galán, al arengar a los sublevados antes de que éstos abandonaran el cuartel, vitoreó a la República, con lo que definió el carácter de la sublevación.

Así preparados, salieron los soldados del cuartel para ir sobre la Guardia Civil, que ofreció resistencia, pereciendo en ella el sargento comandante. Dos carabineros fueron muertos, por negarse a ser desarmados. Otras fuerzas ocuparon el Ayuntamiento y en el balcón ondeó la bandera tricolor. En las esquinas se fijó un bando que decía:

“Como delegado del Comité Revolucionario Nacional, a todos los habitantes de esta ciudad y demarcación, hago saber: Articulo único: Todo aquel que se oponga de palabra o por escrito, que conspire o haga armas contra la República naciente, será fusilado sin formación de sumario

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Una vez realizado esto, Galán dijo a sus amigos:

—La cosa está hecha. Dentro de una hora saldremos para Huesca. Tengo la seguridad de que triunfaremos... Si el Comité Nacional no se hace responsable del movimiento, nos da lo mismo... Huesca responderá. Zara-goza declarará la huelga general hoy mismo: ya debe estar declarada.

En los preparativos pasaron varias horas, y hasta las tres de la tarde no pudieron formarse las columnas, que se componían de 800 hombres. Escaseaban los camiones para el traslado. La organización era desastrosa,, y el entusiasmo de los soldados no muy abundante. Salieron, pues, a aquella hora las fuerzas: las de Galán en camiones, y otras, mandadas por el capitán Sediles, en tren, con dirección a Huesca. Los que marchaban en tren no pudieron pasar de Riglos, porque el gobernador militar de Huesca, ya apercibido, ordenó el levantamiento de las vías.

Tropas de Zaragoza, leales al Gobierno, se aprestaban a marchar sobre Huesca para continuar hasta Jaca, a la vez que una columna avanzaba desde Pamplona con el fin de cerrar la frontera por Canfranc. El general Las Heras, gobernador militar de Huesca, se adelantó al encuentro de las fuerzas rebeldes con un jefe de Estado Mayor y fuerzas de la Guardia Civil, estableciéndose el contacto a orillas del Gállego con la columna de Galán, que dio comienzo a un tiroteo en el que resultó muerto un capitán de la Guardia Civil y varios heridos, entre éstos el general Las Heras, que sucumbió días después a consecuencia de las heridas.

Este encuentro retrasó aún más la marcha de la columna, no ya por el tiempo empleado en la escaramuza, sino por la necesidad en que se vio Galán de extremar las precauciones y destacar patrullas para hacer la des-cubierta, desgastándose las tropas en una caminata que rindió su primera etapa en Ayerbe al filo de la media noche. Se reunieron en este pueblo con la columna Sediles, siendo agasajados por los republicanos locales, y continuaron inmediatamente la marcha, seguros de que ya no llegarían a Huesca sin que les presentaran batalla las tropas leales a la Monarquía. Con ello, el plan de tomar Huesca por sorpresa se quebrantaba seriamente.

Al amanecer el día 13 los sublevados dieron vista al santuario de Cillas, y supieron que en las inmediaciones ocupaban posiciones estratégicas las tropas enviadas contra ellos por el Gobierno, procedentes de Huesca y Zaragoza. Galán, que había advertido el poco entusiasmo de los que le acompañaban, siente desfallecer sus ánimos al pensar en los sucesos que se avecinan y discurre el envío de los capitanes García Hernández y Salinas con la misión de invitar a las fuerzas del Gobierno a

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que se sumen al movimiento. Por toda respuesta se ordena la detención de los delegados y que se abra fuego contra los rebeldes.

Se entabla un vivo tiroteo. Truena el cañón. Las granadas, cayendo de súbito sobre los de Jaca, produjeron desconcierto; algunos respondieron con sus armas; otros gritaron: “¡No tiréis, hermanos!” Muy pocos disparos de la artillería son necesarios para que se produzca la desbandada. Los soldados, que habían sido engañados con la promesa de que las tropas del Gobierno se unirían al movimiento, al comprender que no es así, huyen en todas direcciones. Los más se entregan. Galán asiste impasible hasta el último momento al desenlace trágico de su aventura. Luego sube al estribo de un camión en marcha y desaparece.

Horas después, acompañado de otros oficiales, se presenta en Biscarrués, pueblecito situado a seis kilómetros de Ayerbe. La Guardia Civil detiene al capitán —sus acompañantes prosiguieron la fuga— y le traslada a Huesca a disposición del juez militar instructor del juicio sumarísimo que se iniciaba. A la misma hora que esto ocurría, entraba en Jaca la columna llegada de Pamplona y quedaba normalizada la situación.

El juicio sumarísimo se celebró en la mañana del día 14. Los procesados eran los capitanes don Fermín Galán, don Angel García Hernández y don Luis Salinas, y los tenientes don Manuel Muñiz, don Miguel Fernández y don Ernesto Gisbert. Solicitada la pena de muerte para los dos primeros y reclusión perpetua para los restantes, el fallo fue aprobado por el capitán general de Aragón, y la sentencia quedó cumplida en el polvorín de Huesca a las catorce horas del día 14 de diciembre. Los dos capitanes murieron con gran entereza: García Hernández recibió los auxilios espirituales; Galán los rechazó.

Al investigarse sobre la personalidad de Galán, se supo que era un oficial de treinta años, natural de San Fernando, que se había distinguido por su valor en Marruecos, donde sirvió en la policía indígena y en el Ter-cio. El general Mola explica así los orígenes revolucionarios de Galán:

“Su Intervención personal en un combate le hizo considerarse en uno de los casos del Reglamento de la Orden de San Fernando... Soñaba con la Laureada. La Superioridad no estimó sus méritos suficientes, y juzgando este criterio como un acto personal del marqués de Estella, a la sazón Presidente del Consejo y Jefe del Ejército de Marruecos, se declaró enemigo del Dictador, lo que le llevó a tomar parte en el complot llamado de la noche de San Juan. Cuando el conde de Xauen ocupó el Poder fue amnistiado, e inmediatamente vino a Madrid a practicar gestiones para que

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fuese revisado su caso particular, advirtiendo —creo que al propio general Berenguer— que si se le daba esa satisfacción abandonaría sus ideales políticos. El Consejo Supremo de Guerra y Marina desestimó de nuevo la petición, y entonces volvió a conspirar.”

Los propósitos de Fermín Galán, en el caso de haber triunfado su movimiento, dejaban muy atrás todo lo hasta entonces pactado y convenido por los restantes revolucionarios. Galán tenía delirios de dictador y soñaba con absorber todos los poderes para erigirse en un Lenin. Uno de sus proyectos de decreto terminaba: “Quedan concentrados a mi autoridad todos los poderes de la Revolución...”.

El Comité Nacional revolucionario no ignoraba lo que tramaba Galán y trató de impedir que se adelantara, enviando a Jaca para contenerle a uno de sus miembros, Casares Quiroga, que salió de Madrid el día 11, llegando a su destino en la madrugada del 12. Y como pensara Casares Quiroga que aún era tiempo al día siguiente de transmitir las órdenes que llevaba y frenar, en su virtud, a Galán, se entregó al descanso. Pero a las pocas horas le despertó el ruido de la sublevación en pie.

El fusilamiento de los capitanes Galán y García Hernández produjo una sensación de angustia en todo el país, no pudiendo evitarse el terrible efecto que sobre la conciencia popular produjeron unas ejecuciones por las cuales perdieron la vida un capitán que se había entregado, pudiendo huir, y otro que trató de parlamentar.

La República ya tenía sus mártires.

La sublevación militar de Jaca fue un fuerte aldabonazo revolucionario que resonó en todos los ámbitos de la Patria.

Como medidas preventivas, declaró el Gobierno el estado de guerra en la 5.a Región y estableció la previa censura en toda España. En el seno

del Comité Nacional republicano surgen dudas y vacilaciones. Opinan unos que debe aprovecharse el momento para dar a todos los complicados la orden de lanzarse; creen otros que la preparación no está madura; hay pusilánimes que recelan que el Gobierno salga de su pasividad para dar la batalla, adelantándose a los revolucionarios. En efecto, algunos de los miembros del Comité son detenidos e Ingresados en la cárcel.

Pero ya circulaba sin trabas, con la difusión que en toda época de conspiraciones obtiene la literatura clandestina, un manifiesto redactado

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por la pluma fogosa de Lerroux, que se había especializado en este género de arengas. El Manifiesto dice:

“¡ESPAÑOLES! Surge de las entrañas sociales un profundo clamor popular que demanda justicia y un impulso que nos mueve a procurarla. Puestas sus esperanzas en la República, el pueblo está ya en medio de la calle. Para servirle, hemos querido tramitar la demanda por los procedimientos de la ley, y se nos ha cerrado el camino: cuando pedíamos justicia, se nos arrebató la libertad; cuando hemos pedido libertad, se nos ha ofrecido una concesión, unas Cortes amañadas, como las que fueron barridas; resultantes de un sufragio falsificado, convocadas por un Gobierno de dictadura, instrumento de un Rey que ha violado la Constitución y realizadas con la colaboración de un caciquismo omnipotente. Se trata de salvar un régimen que nos ha conducido al deshonor como Estado, a la impotencia como nación, y ala anarquía como sociedad. Se trata de salvar una dinastía que parece condenada por el Destino a disolverse en la delicuescencia de todas las miserias fisiológicas. Se trata de salvar un Rey que cimenta su trono sobre las catástrofes de Cavite y Santiago de Cuba, sobre las osamentas de Monte Arruit y Annual; que ha convertido su cetro en vara de medir, y que cotiza el prestigio de Su Majestad en acciones liberadas. Se trata, por los hombres del pasado y del presente, de una cruzada contra los hombres del porvenir, para estorbar la acción de la justicia popular, que reclama enérgicamente las responsabilidades históricas. No hay atentado que no se haya cometido; abuso que no se haya perpetrado; inmoralidad que no haya trascendido a todos los órdenes de la Administración pública, para el provecho ilícito o para el despilfarro escandaloso. La fuerza ha sustituido al derecho; la arbitra-riedad, a la ley; la licencia, a la disciplina. La violencia se ha erigido en autoridad y la obediencia se ha rebajado a sumisión. La incapacidad se pone donde la competencia se inhibe. La jactancia hace veces de valor y de honor la desvergüenza. Hemos llegado, por el despeñadero de esta degradación, al pantano de la ignominia presente. Para salvarse y redimirse no le queda al país otro camino que el de la revolución. Ni los braceros del campo, ni los propietarios de la tierra, ni los patronos, ni los obreros, ni los capitalistas que trabajan, ni los trabajadores ocupados o en huelga forzosa, ni el contribuyente, ni el industrial, ni el comerciante, ni el profesional, ni el artesano, ni los empleados, ni los militares, ni los eclesiásticos... Nadie siente la in-terior satisfacción, la tranquilidad de una vida pública jurídicamente

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ordenada, la seguridad de un patrimonio legítimamente adquirido, la inviolabilidad del hogar sagrado, la plenitud del vivir en el seno de una nación civilizada. De todo este desastre brota espontáneamente la rebeldía de las almas, que viven sin esperanza; y se derrama sobre los pueblos, que viven sin libertad. Y así se prepara la hecatombe de un Estado que carece de justicia, y de una nación que carece de ley y de autoridad. El pueblo está ya en medio de la calle y en marcha hacia la República. No nos apasiona la emoción de la violencia, culminante en>el dramatismo de una revolución; pero el dolor del pueblo y las angustias del país nos emocionan profundamente. La revolución será siempre un crimen o una locura, donde quiera que prevalezcan la jus-ticia y el derecho; pero es jusjus-ticia y es derecho donde prevalece la tiranía. Sin la asistencia de la opinión y la solidaridad del pueblo, nosotros no nos moveríamos a provocar y dirigir la revolución. Con ellas salimos a colocarnos en el puesto de la responsabilidad, eminencia de un levantamiento nacional, que llama a todos los españoles. Seguros estamos de que para sumar a los nuestros sus con-tingentes, se abrirán las puertas de los talleres, de las fábricas, de los despachos, de las Universidades, hasta de los cuarteles; porque en esta hora suprema todos los soldados ciudadanos libres son, y todos los ciudadanos soldados serán de la revolución al servicio de la Patria y de la República. Venimos a derribar la fortaleza en que se ha en-castillado el poder personal, a meter la Monarquía en los archivos de la Historia y a establecer la República sobre la base de la soberanía nacional, representada por una Asamblea Constitucional. De ella saldrá la España del porvenir, y un nuevo Estado inspirado en la conciencia universal, que pide para todos los pueblos un derecho nuevo, ungido de aspiraciones a la igualdad económica y ala justicia social. Entre tanto, nosotros, conscientes de nuestra misión y de nuestra responsabilidad, asumimos las funciones del Poder Público con carácter de Gobierno provisional. ¡Viva España con honra! ¡Viva la República!—Niceto Alcalá Zamora, Alejandro Lerroux, Fernando de

los Ríos, Manuel Azaña, Santiago Casares Quiroga, Indalecio Prieto, Miguel Maura Gamazo, Marcelino Domingo, Alvaro de Albornoz, Francisco Largo Caballero, Luis Nicolau d’Olwer, Diego Martínez Barrio.”

No hay tregua ni cuartel en la lucha contra la Monarquía, y otra agresión espectacular se produce el 15 de diciembre, esta vez a las puertas de Madrid, en el aeródromo de Cuatro Vientos. Próximamente a las seis de

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la mañana, sin obstáculo alguno, llegan a Cuatro Vientos dos automóviles, en los que iban el general Queipo de Llano y otros Jefes y oficiales. Sin dificultad les es franqueada la valla por un centinela, y una vez dentro, desarman al oficial de guardia y apresan a los del servicio, que descansaban en sus habitaciones, recluyendo en los calabozos a todos los que se negaron a secundar el movimiento. Al poco tiempo llega otro automóvil con el comandante Ramón Franco, el mecánico Rada y el ex comandante Reyes. Sometida la guardia de prevención —que no opuso la menor resistencia— y levantada la tropa haciéndola creer que se había pro-clamado la República, ordenan al radiotelegrafista de servicio que curse a todos los aeródromos el siguiente despacho: “Proclamada la República en Madrid, toque diana.”

Los aviadores Rexach y Franco amotinan a la tropa y a los mecánicos, sin conseguir más que contadas adhesiones de los aviadores. Los demás concursos esperados no llegan. Ni los artilleros ni los ingenieros comprometidos aparecen.

Se comenzó a formar una columna que fuera sobre Madrid, con la esperanza de que las organizaciones obreras secundaran el intento declarando la huelga general. No obstante, la capital no parecía conmoverse lo más mínimo. A pesar de que la estación de “radio” emite sucesivos mensajes que anuncian la proclamación de la República en España, nadie lo cree. Sobre las diez y media, el comandante Franco se eleva en un avión decidido a bombardear el Palacio Real.

“Me acompaña —cuenta en su libro Madrid bajo las bombas— el mecánico Rada, que se encarga de hacer el bombardeo. Llegamos a Palacio. Hay dos coches en la puerta. En la Plaza de Oriente y explanadas Juegan numerosos niños. Las calles tienen su animación habitual. Paso sobre la vertical de Palacio dispuesto a bombardear, y veo la imposibilidad de hacerlo sin producir víctimas inocentes. Paso y repaso de nuevo, y la gente sigue tranquila, sin abandonar el peligroso lugar. Doy una vuelta por Madrid, regreso a Palacio, y no me decido a hacer el bombardeo. Sí llevara un buen observador, precisaría uno de los patios interiores; pero Rada no es más que un aficionado y no puedo responder del lugar donde caerán nuestros proyectiles... Así, no: no me decido a bombardear ni, puesto de nuevo en el mismo caso, obraría de otro modo.”

Si Madrid se libró de las bombas, padeció en cambio un diluvio de proclamas que anunciaban la instauración de la República en España, a la par que se desafiaba a los “defensores del régimen caduco” a salir a la

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calle, donde serían bombardeados. En otra, dirigida a los soldados, se les decía que el Gobierno constituido recibía noticias que confirmaban el éxito del movimiento republicano en toda España. Y se les conminaba con estas palabras: “Si no os sometéis, vuestro cuartel será bombardeado dentro de media hora”.

El Gobierno actúa desde el primer momento contra los rebeldes, y fuerzas militares marchan sobre el aeródromo. Las preceden los carros de combate. La artillería se sitúa para batir Cuatro Vientos. Por otros caminos avanzan fuerzas de la Guardia Civil.

Tras breve deliberación, los sublevados deciden dar todo por perdido, y uno tras otro se elevan los aviones con rumbo a Portugal. Otros comprometidos se quedan en Madrid, siendo detenidos.

Ya caían en el aeródromo los primeros proyectiles y en el edificio más alto una bandera blanca gritaba rendición. Eran las doce y media.

El intento subversivo no se circunscribió a Madrid. En San Sebastián un grupo de revoltosos pretendió asaltar el Gobierno civil, matando a un sargento de Seguridad e hiriendo a varios. En Gijón la C. N. T. declaró la huelga general, y las turbas invadieron la iglesia de los Padres Jesuitas, en la que cometieron toda clase de profanaciones. En el resto de España estallaron huelgas generales en Barcelona, La Coruña, Jaén, Logroño, Puertollano, Salamanca, Navarra* Santander, Vizcaya, Zamora y Zaragoza... Las que adquirieron peor cariz fueron las de Levante, con su sarta de desmanes; y para meter en vereda y apaciguar a los sublevados, envió el Gobierno dos banderas del Tercio. Una marchó a Valencia y otra a Alicante.

Convencióse el Gobierno de que era inexcusable usar mayor rigor en la defensa del régimen y ordenó nuevas detenciones, cerró el Ateneo, suspendió por un mes las clases de las Universidades y decretó la disolución de los Sindicatos de la C. N. T.

Y en obligada correspondencia anunció las elecciones generales para el día 1.° de marzo, con la promesa de los máximos respetos para la libertad del sufragio. Ofrecía también restablecer las garantías constitucio-nales, suprimir la censura y autorizar las propagandas políticas.

Pero los estrategas revolucionarios aconsejaban no hacer el juego a los planes del Gobierno, aislarlo, atacarlo hasta que caiga agotado, como presa acosada. “Es necesario —escribía Lerroux— no dejarles paz ni

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reposo; y, mientras se coordina un nuevo golpe con mayor acierto, tratar de asfixiarles por la intranquilidad y por la agitación, acudiendo a todos los recursos. Así será impulsada la Monarquía a la dictadura más cruel y bárbara o al recurso de las Cortes Constituyentes, caminos ambos de la República”.

Siguiendo esta táctica, los republicanos, los socialistas y demás grupos políticos antimonárquicos anunciaban que no participarán en la lucha electoral.

Por estos días, los intelectuales hacen una exhibición solemne: esta vez corre a cargo de un triunvirato compuesto por don José Ortega y Gasset, el doctor Marañón y don Ramón Pérez de Ayala, que fundan ^’”Agrupación al servicio de la República” y que lanzan un llamamiento a los españoles en el que se dice:

“El Estado español tradicional llega ahora al grado postrero de su descomposición. No procede éste de que encontrase frente a sí fuerzas poderosas, sino que sucumbe corrompido por sus propios vicios sustantivos. La Monarquía de Sagunto no ha sabido convertirse en una institución nacionalizada, es decir, en un sistema del Poder Público que se supeditase a las exigencias profundas de la nación y viviese solidarizado con ellas; sino que ha sido una asociación de grupos particulares que vivió parasitariamente sobre el organismo español, usando del Poder Público para la defensa de los intereses parciales que representaba”

Iba el llamamiento dirigido, en especial, a profesores, maestros, escritores, artistas, médicos, etc.

“De corazón —añadían— ampliaríamos a los sacerdotes y religiosos este llamamiento que, a fuer de nacional, preferiría no excluir a nadie, pero nos cohíbe la presunción de que nuestras personas carecen de influjo sobre esas respetables fuerzas sociales...”

Pese a la autoridad de los triunviros, a lo numeroso de las clases sociales reclamadas, y a la endemia republicana existente, la “Agrupación” tuvo una vida efímera. Los partidarios del nuevo régimen lo preferían con menos salsa de preocupaciones filosóficas y con más mostaza revolucionaria.

Coincidiendo con la publicación del Decreto de convocatoria de elecciones, aparece una disposición Real que restablece las garantías

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constitucionales. La proximidad de las elecciones acrecienta el abstencionismo de cuantos habían decidido no acudir a la lucha y pro-pugnaban unas Cortes Constituyentes. Incluso los jefes liberales monárquicos publicaron una nota en la que decían que irían a las elecciones con el exclusivo propósito de “pedir en las Cortes la convocatoria de otras Constituyentes y la disolución de las que se elijan en marzo”.

La nota produjo sensación; era algo muy grave el hecho de que los representantes de los grupos monárquicos gubernamentales se sumasen al movimiento de rebeldía iniciado. El efecto fue fulminante: el general Berenguer presentó la dimisión. El Gobierno no podía compartir la conducta de los jefes liberales y se iba.

El Rey firmó un Decreto dejando sin efecto la convocatoria de Cortes, restableciéndose la previa censura y suspendiéndose de nuevo las garantías constitucionales.

Comienzan las consultas para la designación de nuevo Gobierno. Por Palacio se inicia el desfile de toda la vieja política. Las calles de Madrid hierven de gente. Muchos de los consultados se ven obligados a dar un rodeo para ir a la plaza de Oriente, porque en las vías más céntricas los estudiantes, y otros que no lo son, se manifiestan levantiscos.

Es encargado de formar Gobierno el señor Sánchez Guerra, quien marchó a la Cárcel Modelo para solicitar el concurso de los miembros del Comité Revolucionario que allí se hallaban detenidos, ofreciéndoles dos puestos en el Ministerio. Rechazaron los consultados las dos carteras que les ofrecían y se negaron al armisticio que les propuso Sánchez Guerra.

Fracasado Sánchez Guerra en su propósito de formar nuevo Gobierno, se requirió a don Santiago Alba —que continuaba en París— con el fin de encomendarle esta misión, negándose a aceptar el encargo. Melquíades Alvarez se negó asimismo a tratar de formar nuevo Gobierno. El horizonte se cerraba con opresión de angustia. Pero ya estaba en camino el capitán general de la Armada, almirante Aznar, a quien Romanones telegrafió invitándole a que acudiera con toda urgencia a Madrid.

Y fue el almirante don Juan Bautista Aznar el que formó nuevo Gobierno.

De auténtico jefe de este Gobierno actuó el conde de Romanones, “que fue también —según frase del duque de Maura— quien designó al nominal Presidente del Consejo, haciéndole venir de donde a la sazón se

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encontraba: esto es, políticamente de la luna y geográficamente de Cartagena”.

Aquella misma tarde, el Rey, sin escolta alguna, se trasladaba a El Escorial y permanecía largo rato arrodillado ante el sepulcro de su madre.

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Se proclama la República

Por aquellos días turbulentos y revolucionarios en que la Monarquía liberal comenzaba a desprenderse “como cáscara muerta”, sucedió un hecho en Madrid, un hecho sin importancia, pero que viene a presentarnos un nuevo personaje que influyó notoriamente en los destinos futuros de la Patria.

“Se celebraba —nos cuenta Guillén Salaya— en el ambiente liberal del café de Pombo, un banquete en homenaje al escritor Giménez Caballero. Al banquete asistía Bragaglia, el gran escritor italiano, magnífico paladín del nuevo arte teatral. Bragaglia tomó asiento en la presidencia.

“A la hora de los brindis, Antonio Espina, intelectual español que se había hundido en la ciénaga masónico-comunista, se levantó de su asiento, y, antes de hablar, puso una pistola de madera encima de la mesa. Hizo esto para decir unas cuantas incongruencias a propósito del suicidio de Larra. ‘El romanticismo se suicidó con Larra —vino a decir—: pero nosotros, los jóvenes ultraístas, dadaístas, surrealistas y liberales, en vez de suicidarnos, de pegarnos un tiro de verdad, remedamos un suicidio y salimos luego dando una zapateta al estilo cómico de Charlot’.

“Pero la inconsciencia de Espina hizo más; se lamentó de que un representante de la Italia fascista estuviese presente en un ágape de jóvenes españoles. Estas palabras provocaron de parte de algunos protestas violentas. Un joven se había puesto en pie y gritaba enardecido dando vivas a Italia y a España. Hecho el silencio, aquel joven sacó una pistola auténtica, y dijo que los nuevos jóvenes, que amaban la gloriosa tradición imperial y cristiana de nuestros abuelos, salvarían a España con las justas razones de aquellas pistolas verdaderas. Y en medio del sobresalto de los comensales, que los más permanecían atónitos y perplejos, gritó, saludando a la romana: ¡Arriba los valores hispanos!”

Quien así había hablado era un joven alto, cenceño, de faz muy angulosa y nariz aquilina. Se llamaba Ramiro Ledesma Ramos.

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Acababa de constituirse el Gobierno que presidía el almirante Aznar, y al día siguiente, 19 de febrero de 1931, publicó una declaración ministerial en la que decía que era propósito decidido del Gobierno proceder rápidamente a la renovación total de Ayuntamientos y Diputaciones, eligiendo íntegramente las corporaciones municipales y provinciales por sufragio universal. Anunciaba también que “luego de haberse constituido las corporaciones locales, procederá el Gobierno a la convocatoria de elecciones generales” y que “las nuevas Cortes tendrán carácter de Constituyentes”.

Con arreglo a lo acordado por el Gobierno, el día 22 de marzo había de aparecer en el Boletín Oficial de cada provincia la convocatoria de elecciones municipales para el día 12 de abril; principio de un período electoral tan completo, que comprendía las provinciales para el 3 de mayo; las de diputados a Cortes el 7 de junio, y, finalmente, las de senadores, el día 15 del mismo mes. Muchas consultas eran al sufragio para un país, que se encontraba en plena fermentación revolucionaria. Los menos ilusos empezaron a ver claro el peligro de que el régimen tropezara con las urnas en cualquiera de aquellas elecciones y cayese sobre ellas o debajo de ellas.

Ninguna oportunidad es desaprovechada por las izquierdas para mantener aquella situación de inquietud y de violencia que tiene a las poblaciones en constante zozobra y alarma, hasta agotar su resistencia nerviosa. Los técnicos de la agitación insisten, ante el régimen que se bambolea, en alimentar el motín, un incesante e implacable motín que conmueve, como un temporal, desde las alturas hasta las raíces de aquel Estado decadente. Se celebra el 13 de marzo el Consejo de Guerra en Jaca contra los encartados por los sucesos del pasado diciembre no comprendidos en el sumarísimo de aquel mes. El fiscal pide pena de muerte para cinco de los acusados. Sólo se impuso una, y fue al capitán Sediles. En el acto se inicia la campaña para pedir, mejor dicho, para exigir el indulto, el cual fue concedido inmediatamente.

Fue precisamente al día siguiente de celebrarse el Consejo de Guerra, el 14 de marzo, cuando apareció el primer número de un semanario político que venía a atacar por igual a los reaccionarios defensores de la Monarquía y a los pretendidos revolucionarios republicanos, que presentaban como bandera política un caduco liberalismo. Este semanario llevaba por título La Conquista del Estado.

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Su propio fundador, Ramiro Ledesma Ramos, en su libro ¿Fascismo

en España?, publicado en 1935 bajo el seudónimo de Roberto Lanzas, nos

cuenta cómo nació aquel periódico:

“El día 14 de marzo de 1931, justamente un mes antes de la proclamación de la República, comenzó a publicarse en Madrid un semanario político: La Conquista del Estado.

“El grupo fundador estaba constituido por jóvenes recién llegados a la responsabilidad nacional, todos alrededor de los veinticinco años, e inició sus tareas apenas salida España de la Dictadura de Primo de Rivera, período que había, naturalmente, desorientado y anulado la formación política de las juventudes. Este grupo, cuyos componentes eran de procedencia en extremo varia, destacó como director a Ramiro Ledesma Ramos, que representaba entre todos ellos, aparte de una garantía de tenacidad, el sentido de la acción política propiamente dicha.

“El periódico estaba vinculado a dos consignas: era profundamente nacionalista y era profundamente revolucionario, social y subversivo.

“No hay que olvidar el momento de España en que apareció: marzo de 1931. Cuando culminaban las campañas electorales contra la Monarquía, y ésta se tambaleaba radicalmente. El periódico, sin embargo, mostró en sus primeros números un soberano desprecio por la ola de republicanismo, aun sin defender, desde luego, para nada a la Monarquía agónica, basándose en que el movimiento republicano ligaba por entero su destino a las formas demo-liberales más viejas.

“La Conquista del Estado pretendía representar un espíritu nuevo, y tenía necesariamente que chocar con el republicanismo de 1931, en cuyas redes veía, además, caer a toda la juventud, generosa e inexperta. En realidad, la contraposición del periódico al espíritu predominante en los grupos triunfadores de abril era, y tenia que ser, absoluta. Pues quien recuerde sin pasión aquellas fechas —después de todo, bien cercanas— advertirá que toda la propaganda del movimiento antimonárquico se hizo a base de ofrecer a los españoles las delicias de un régimen burgués-parlamentario, sin apelación ninguna a un sentido nacional ambicioso y patriótico, y sin perspectiva alguna tampoco de transmutación económica, de modificaciones esenciales que satisfaciesen el deseo de una economía española más eficaz y más justa.

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“Con formidable Ímpetu el periódico aceptó su destino en aquélla hora, que consistía en estar frente a todo y frente a todos, dando aldabonazos para despertar una nueva conciencia juvenil, que por entonces no aparecía más que en el grupo redactor y en un centenar escaso de simpatizantes.

“El periódico reflejó su profunda significación nacional y patriótica en una tenacísima y violenta campaña contra los separatistas catalanes. Y mostró, asimismo, sus afanes revolucionarios, su tendencia a una revolución social económica, vinculándose en muchos aspectos a la actitud de la C. N. T. y exaltando las actividades subversivas del comandante Franco.

“Es importante fijar este doble perfil de La Conquista del Estado, donde radica su originalidad histórica, su carácter de primera publicación española que trata de nacionalizar el sentido re-volucionario moderno, a la vez que de sustentar una bandera nacionalista sobre los intereses socio-económicos de las grandes masas”.

Aún resonaba por toda España el eco de la propaganda montada por las izquierdas con motivo del Consejo de Guerra de Jaca, cuando comenzó la vista de la causa contra los miembros del Comité, firmantes del manifiesto revolucionario, ante el Consejo Supremo de Guerra y Marina. Se celebró en el Tribunal Supremo, por disponer de más amplios locales para el espectáculo; se daban los nombres de los procesados y de sus defensores, como los de los protagonistas o participantes de un gran mitin. A Alcalá Zamora y a Maura, los defendía Ossorio y Gallardo; a Fernando de los Ríos, Bergamín; a Largo Caballero, Sánchez Román; a Casares Quiroga, Jiménez Asúa, y para que no faltase la nota pintoresca de una pincelada femenina, a Albornoz lo defendería la señorita Victoria Kent.

Por concesión especial otorgada a los organizadores del acto, los procesados fueron conducidos, desde la cárcel hasta el Supremo, en automóviles particulares, y acompañados de sus abogados. Tanto la Sala de Audiencia, como las galerías y escaleras, estaban atestadas de público, en el que no faltaban personas muy conocidas de la aristocracia de Madrid, para que no fallen las predicciones históricas, según las cuales, cuando es derribado un trono, cortesanos y palaciegos figuran en el coro de los demoledores. En la sala de Abogados se les sirvió a los presos un té.

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Presidía el Tribunal el general Burguete, hombre populachero y muy dado a rendir vasallaje a los triunfadores. Así hizo cuanto pudo para demostrar sus simpatías hacia los procesados, opositando con brillantez a personaje de una situación política que se anunciaba como inmediata. Cuando entraron en la sala los acusados, se pusieron en pie todos los abogados civiles y el público que llenaba la amplia estancia. Y empezó lo que Roberto Castrovido llamó: “El gran mitin republicano de las Salesas”. Los discursos fueron de arrebatada oratoria tribunicia. Hubo ovaciones, vítores e interrupciones. No trataban los abogados de defender a unos procesados, sino de exaltarlos como a héroes de la idea revolucionaria; no se paliaban sus transgresiones de la Ley, sino que se elogiaban y enaltecían. No se dirigían los discursos a convencer a los jueces, sino a embravecer a las muchedumbres que fuera de la sala esperaban. De esta manera los procesados se elevaban a la categoría de acusadores y el Tribunal descendía para ocupar un puesto en el banquillo. Difícilmente se volverá a ver una cosa semejante.

El día 23 de marzo hubo sentencia, que condenó a Alcalá Zamora, no a quince años de prisión y a ocho a sus compañeros como había pedido el fiscal en sus conclusiones, sino tan sólo a seis meses y un día de prisión militar correccional, con aplicación de la Ley de condena condicional. Al mismo tiempo que se publicaba la sentencia, el general Burguete se complacía en decir que él y dos consejeros habían formulado voto particular favorable a la absolución de los procesados. Las señoras y las hijas de los procesados fueron ovacionadas al aparecer en la calle, portadoras de magníficos ramos de flores. El gran espectáculo se completaba el día 24 con la salida de los presos de la cárcel entre ovaciones y vítores de una muchedumbre enardecida.

El día antes se había celebrado un mitin en la Casa del Pueblo de Madrid en favor de la amnistía. A la salida, los concurrentes desfilan por las calles del Barquillo y Alcalá dando vivas a la República y mueras al Rey, registrándose una colisión entre los manifestantes y la fuerza pública frente al Ministerio de Hacienda.

Los estudiantes se asocian a la petición de amnistía y pretenden celebrar el día 24 una manifestación que impide la policía. Al día siguiente, no obstante estar cerrada la Facultad de Medicina de San Carlos, logran penetrar en ella, y una vez dentro, se amotinan. Fueron a situarse en las terrazas del edificio y cubierta la cara con pañuelos para no ser conocidos, enarbolan una bandera roja. Y desde allí comienzan a atacar a

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