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La sublevación militar del 10 de agosto

In document La España de ayer (página 127-145)

Se aproximaba el momento de resolver parlamentariamente el problema de Cataluña. Las Cortes iban como por impulso fatal y secreto a una solución ya prevista y convenida en el famoso Pacto de San Sebastián. La concesión del Estatuto era una cláusula más del contrato.

El 18 de abril de 1932 es leído en las Cortes el dictamen de la Comisión especial del Estatuto sobre el proyecto confeccionado en Barcelona y aprobado por plebiscito de los Ayuntamientos de Cataluña. El proyecto catalán incluía cláusulas inaceptables relativas a la lengua y a los servicios del Estado. Bajo el nombre de autonomía ocultaba, sin mucho disimulo, la secesión de las provincias catalanas y la formación de un ver- dadero Estado soberano.

Pero es que, además, este separatismo tenia que ser financiado por las restantes provincias españolas. “Para que la autonomía no sea una broma y la región pueda subsistir —dijo Azaña— es preciso que los ingresos cedi- dos sean mayores que los gastos de los servicios traspasados”. Con este criterio, a poco que menudeasen los Estatutos —y ya se anunciaban los de Vascongadas y Galicia— los gastos generales de la nación recaerían casi íntegramente sobre las provincias que se hubieran mantenido fieles a la unidad española, como castigo tributario a esa fidelidad.

Separatismo rabioso y premiado era el Estatuto; frágil y condicionada unidad, que se compraba más cara por la misma nación española a cambio del odio y del desprecio creciente de los que se repartían las vestiduras de su victima. Así había que juzgarlo por el recrudecimiento de la hostilidad antiespañola en Cataluña, nunca tan descarada desde la proclamación de la República; y lo manifestaban en la ofensiva exacerbada contra el castellano, en la exhibición en las calles y centros políticos y culturales de banderas y símbolos con la estrella solitaria y en todo género de escarnios contra España, a la cual Maciá, el director de la agresión, no consintió nunca en vitorear.

La discusión del Estatuto de Cataluña apasiona y exaspera el ánimo público. Especialmente viva es la protesta de los estudiantes en las Universidades.

En el Parlamento son escasísimas las voces favorables al proyecto de Estatuto. Lo combaten Miguel Maura, Sánchez Román, José Ortega y Gasset, Unamuno, todos ellos poco sospechosos de antirrepublicanismo.

Prueba del ambiente reinante en España sobre este problema, lo que dijo un periódico madrileño tan republicano y liberal como La Libertad: “Que la mayoría ce España está en contra del Estatuto es un hecho in- negable. Se podrá discutir si la masa que así piensa y se manifiesta tiene o no razón, pues todas las opiniones —hasta las de las mayorías— están sujetas a error y rectificación; pero por disparatada que se juzgue la opinión de la mayoría, es necio y absurdo pretender negarla o desconocerla”.

Una de las provincias donde más enérgica protesta se levantó contra el Estatuto, fue Valladolid. Onésimo Redondo supo esgrimir todos los resortes de su palabra fácil para levantar en rebeldía a toda la juventud contra la actuación claudicante del Gobierno frente al separatismo catalán. Y con la juventud bien manejada puso en pie a toda la ciudad castellana.

El 3 de mayo pudo notarse una desusada nerviosidad en la abundante policía que vigilaba el acostumbrado paseo nocturno de la Acera de San Francisco. También habían hecho acto de presencia en él grupos de socialistas y comunistas en tono agresivo. Ante esta provocativa actitud, los guardias esperaban de un momento a otro la pelea. El mismo Onésimo dio un viva a España Unica, y esto bastó para que los guardias se lanzasen a despejar en rápida carga.

En este momento, de numerosos balcones de la Acera arrojaron cientos de manifiestos de las J. O. N. S., y los grupos de choque jonsistas, estratégicamente colocados en todas las bocacalles que dan a la plaza Mayor, gritaron con denuedo: ¡España una! ¡Muera el Estatuto catalán! Y acorralando a los grupos marxistas se trabó pelea a puñetazos, pedradas y palos, pelea que se extendió al Corrillo y a la plaza del Ochavo. En Fuente Dorada y Núñez de Arce, sonaron sucesivamente varias descargas de pistola. El resultado fue que por la Casa de Socorro pasaron unos veinte heridos marxistas y dos de las J. O. N. S.

Fue creciendo en los días siguientes la agitación, que llegó a tener caracteres violentísimos en la Universidad y en la Normal. A los

estudiantes jonsistas se unieron la mayoría de los que todavía seguían militando en la F. U. E., quedando, a partir de entonces, prácticamente extinguida esta organización estudiantil en Valladolid. Organizados en imponente manifestación, los estudiantes recorrieron las calles, entrando en talleres y fábricas para exhortar a los obreros a que se sumaran a la protesta, al propio tiempo que cantaban, con música del Himno de Riego, una canción antiestatutista:

Cataluña es un trozo de España, aunque ingrata lo quiera negar, y por más que se empeñen algunos no se irá, no se irá, no se irá...

En vista del cariz que tomaban las cosas, las autoridades republicano- socialistas trajeron un buen número de guardias de Asalto de Madrid, cuya salvaje y brutal actuación levantó oleadas de indignación en toda la ciudad. En la noche del día 10 se organizó una manifestación de protesta contra el Estatuto y contra los guardias de Asalto, la cual fue disuelta violentamente en los alrededores del Gobierno Civil. Resultó gravemente herido un estudiante de Derecho.

El día 11 el Gobernador denegó el permiso para celebrar una manifestación pacífica solicitada por las J. O. N. S. para protestar, esta vez de modo oficioso, contra el Estatuto catalán. Formóse, sin embargo, y precisamente como señal de rebeldía de la juventud herida en su fervor patriótico, otra espontánea manifestación que al regreso del Gobierno se dirigió a la Casa Consistorial. Cuando la masa juvenil se encontraba concentrada frente al Ayuntamiento, salió de improviso por la calle de Jesús la compañía de guardias de Asalto, y desplegándose por la plaza, la barrió literalmente a tiros de pistola. Un joven obrero de 16 años, Cipriano Ruiz Zarzuelo, cayó al suelo con la cabeza perforada por un balazo, muriendo instantáneamente.

La indignación popular corrió como un reguero de pólvora por la ciudad, y mal lo hubieran pasado los de Asalto si no hubiera sido por la intervención prudente y serena de la Guardia Civil. Previsoramente, el Gobernador ordenó a los de Asalto se trasladaran inmediatamente al Pinar de Antequera, a siete kilómetros de la ciudad, y de allí emprendieron luego su regreso a Madrid.

El Norte de Castilla, periódico liberal de la ciudad castellana, publicó

Estatuto, ni las primeras manifestaciones de ella, justificaban la venida de los guardias de Asalto. La primera responsabilidad de lo ocurrido corresponde al señor imprudente, o acobardado, que pidió a Madrid el envío de estos agentes... Sentimos con el máximo fervor la vibración que hoy sacude a España, y por eso nos ofende que se la quiera agarrotar con la violencia.”

El mismo día se insertaba en dicho periódico un manifiesto firmado por todos los partidos republicanos y organizaciones socialistas de Valladolid, en el que reprobaban los incidentes provocados por “elementos reaccionarios y monárquicos”. Pero tan hondo arraigo había alcanzado la protesta Jonsista en todos los sectores de la población, que en el propio manifiesto republicano y socialista tuvo que decirse: ‘‘El hecho intangible de la unidad nacional se afirma estos días en toda España, al presentarse ante las Cortes el Estatuto catalán. Aquí, en el corazón de Castilla, es aún más fuerte y profunda esa noble reacción, que responde a un sentimiento patriótico, compartido por nosotros estrechamente.”

Onésimo Redondo, satisfecho por el triunfo que había alcanzado la protesta, dio por terminados aquellos días de lucha con la siguiente proclama:

“Felicitamos a la juventud, a nuestra juventud, por la heroica muestra de españolismo sano que ha dado estos días por la calle...

“Vuestro gesto es, evidentemente, noble y redentor. Es la única esperanza que queda de una España decente. No hay que retroceder ni decaer, camaradas. A las balas del poder tiránico sabremos oponer en unos casos nuestra astucia, en otros nuestro coraje y siempre nuestra firmeza y nuestro tesón ideal. Hasta desalojar a los opresores, hasta alcanzar para España un régimen digno, tan grande como los alientos de vuestros pechos. ¡Viva España Unica! ¡Viva España Grande! ¡Viva España Libre! ¡Abajo el marxismo/”

Esta actitud violenta y patriótica de los estudiantes vallisoletanos y de los del resto de España, pronto habría de prender en otros sectores y dar lugar a unas trágicas jornadas.

En efecto, corre ya por España y de modo especial por Madrid, el rumor de que algunas guarniciones están dispuestas a significarse contra el intento separatista, que a tal equivale la aprobación y remate del Estatuto.

En la noche del 9 de agosto, la inminencia del golpe de Estado es un secreto a voces que se transmite y se comenta en todos los cafés. La

noticia alarmante llega en seguida á conocimiento de Casares Quiroga. Por eso Azaña, cuando deja el Congreso, puede decir con aire sibilino:

—¡No tendría nada de extraño que, con el calor que hace esta noche, salieran algunas personas de madrugada a tomar el fresco!

En efecto, ese día, a las seis de la tarde, el Director de Seguridad, capitán Menéndez, ya había informado a Azaña de lo que se preparaba. Supo por una confidente que el golpe habría de darse a las cuatro de la madrugada, e incluso llegó a enterarle de los nombres de los principales complicados. Entre ellos no estaba el general Sanjurjo. Pero al tratar de informarse dónde se encontraba éste, no lograron averiguarlo. Se le buscó por todos los lados sin que nadie supiera su paradero.

La inquietud sucede a partir de entonces a la orgullosa confianza de los que esperaban ganar fácilmente la partida por haber visto el naipe del contrario. Esa desaparición de Sanjurjo los sume en un mar de per- plejidades. ¿En qué parte de España descargaría el golpe y cómo prevenirse contra él?

En el Ministerio de la Guerra, Azaña, acompañado de sus íntimos, pasa las horas de la noche del 9 al 10 en estado de febril angustia. Se encuentran con él también el Director de Seguridad, Menéndez, y entre ambos planean la defensa del Ministerio. Colocan una compañía de guardias de Asalto en la calle del Conde de Xiquena, y distribuyen los ochenta soldados y diez guardias civiles de que disponen, por los sitios estratégicos del Jardín que rodea el edificio.

A eso de las tres y media de la madrugada, seis o siete automóviles se detienen en la esquina de la calle del Conde de Xiquena y sus ocupantes, unos cuarenta hombres que visten uniformes militares, echan pie a tierra. Frente a ellos se alza la verja alta y sólida del Ministerio de la Guerra, que cierra el parque envuelto en sombras. De éstas sale un grito nervioso y conminatorio:

—¡Alto! ¡Manos arriba!

A la voz sigue un tiro, y a continuación se hace fuego graneado. De todas partes disparan contra el grupo. La complicidad del oficial que mandaba la guardia no se ha producido por haber sido relevado aquél. Se da la orden de retirada.

Un grupo se acercó a ocupar el Palacio de Comunicaciones, que sólo estaba custodiado por un cabo y tres números de la Guardia Civil, pero éstos, apercibidos cañonaron a los asaltantes. Avisados los guardias de

Asalto, que acababan de rechazar el ataque al Ministerio de la Guerra, se trasladan al Palacio de Comunicaciones, ocupándolo militarmente después de detener a los jefes y oficiales que lo habían invadido.

Es en estos momentos cuando hace su aparición por el final de Recoletos el escuadrón de la Remonta, al que acompaña y secunda un centenar de paisanos y militares que también se habían sumado a la sublevación.

Se aguardó inútilmente la aparición de la guardia civil, algunos de cuyos oficiales se habían comprometido a presentarse con la fuerza a sus órdenes. Mas a última hora, la indecisión de ciertos jefes y la oposición decidida de otros, frustró todo anterior propósito.

Al llegar los sublevados a la plaza de Colón, se hace alto, mientras el teniente Muñiz con su sección se aventura hacia la Cibeles en una camioneta. El resto de la fuerza —unos 69 soldados de la Remonta, aparte de los paisanos y oficiales de distintas armas— sigue a alguna distancia, formada en filas a los dos lados del Paseo. Junto a la taza de la fuente, los soldados de Muñiz saltan a tierra y se forman. Empieza a amanecer. Del edificio de Comunicaciones sale el teniente coronel Panguas, que interpela a Muñiz.

—¿Qué hace aquí esta tropa?

—Cumplir las órdenes de mis jefes.

—Cumpla usted las mías: preséntese en el Ministerio de la Guerra. —Mi teniente coronel: yo no puedo abandonar a mi gente.

Entonces sale Menéndez y le ordena:

—Señor oficial: de orden del Ministro, le conmino para que lleve la fuerza al cuartel y luego venga a presentarse.

El teniente, intensamente pálido, pero resuelto y firme replica: —Estoy cumpliendo órdenes. No me entrego.

—Por última vez le requiero a la obediencia.

Hay una pausa. Al fin, con voz casi imperceptible, el oficial ordena a los soldados que vuelvan a ocupar el camión y éste retrocede hacia Recoletos y la Castellana.

Pero no rueda mucho tiempo. Entre los árboles del paseo, le salen al encuentro los soldados y paisanos que avanzan con el capitán Fernández Silvestre.

Muñiz echa pie a tierra para justificarse y en el mismo momento suena una descarga cerrada. La agresión partió de la Compañía de Asalto desplegada en guerrilla, cuerpo a tierra, alrededor de Comunicaciones, a cuyo frente se ha puesto el director general Menéndez, que también hace fuego con un mosquetón.

La lucha se reanuda con gran violencia. Tropa y paisanos responden al fuego parapetados detrás de los árboles o de los bancos. Comienzan a caer las primeras bajas, muriendo, entre otros, el teniente Muñiz.

Cuando la situación en Recoletos se hace insostenible, el capitán Silvestre se dirige a la calle de Prim, número 21, donde se encuentran el general Fernández Pérez en unión de Barrera, Cavalcanti, Serrador y Co- ronel. Al llegar, y dirigiéndose a Barrera, dice con voz emocionada:

—Nos han dejado solos y no podemos resistir. No acude la caballería de Alcalá, ni el Regimiento 31, ni los guardias civiles, que se niegan a salir como no se lo manden desde el Ministerio de la Guerra. Tenemos enfrente a todas las Compañías de Asalto de Madrid.

Fernández Pérez, sin vacilar, replica:

—Yo me voy con usted. Hay que resistir todo lo que se pueda, pues los auxilios no pueden tardar.

Pero los refuerzos que se esperan no llegan y los grupos gubernamentales, que han concentrado en este sector todas las fuerzas, completan el cerco deslizándose por las calles laterales.

Al final tienen que retirarse los sublevados, siendo detenido el general Fernández Pérez y un grupo que no puede escapar.

En cuanto a los refuerzos que esperaban, la sublevación del Regimiento 31, de guarnición en el cuartel de la Montaña, fracasó por la oposición de los sargentos; y en los regimientos de caballería de Alcalá, aunque triunfó la sublevación, no lo fue en tiempo oportuno, v el escuadrón que había partido primero y que ya se hallaba cerca de Madrid, tuvo que regresar al comunicarles un mensajero el fracaso de la intentona.

Con esto terminó la quijotesca aventura que costó a los sublevados diez muertos y numerosos heridos.

El día 9, el general Sanjurjo partió sigilosamente para Sevilla, dispuesto a ponerse al frente de la rebelión en aquella plaza.

En las maletas lleva el borrador del manifiesto que explica los motivos del alzamiento y pide apoyo a la nación para evitar la catástrofe

cierta. Esta proclama es una curiosa y hábil paráfrasis de la que en diciem- bre de 1930 escribió el Comité revolucionario republicano-socialista.

Una y otra empiezan de la misma manera: “¡Españoles! Surge de las entrañas sociales un profundo clamor popular.,.”, y es idéntica también la enumeración de aquellas clases sociales descontentas por los males que aquejan al país. Se busca con esta similitud llevar al pueblo el convencimiento de que todas las promesas revolucionarias han resultado fallidas y que la apelación a la violencia está justificada por los mismos que ahora tratan de oponerse a ella.

A las tres de la mañana llega Sanjurjo a Sevilla. Poco tiempo después tiene ya en sus manos todos los hilos de la sublevación y el movimiento triunfa con facilidad.

Enviados emisarios a los distintos regimientos, éstos se suman rápidamente al alzamiento. Sanjurjo se dirigió personalmente al lugar en que se encontraba acuartelada una compañía de la Guardia Civil, la cual, después de escuchar la vibrante arenga del general, se dispone a salir bajo su mando.

El general García de la Herrán se dirige al cuartel del Batallón de Zapadores, cercano al de la Guardia Civil, y consigue que estas fuerzas se unan también al movimiento.

Diez minutos después una compañía de Zapadores se incorporaba a la de la Guardia Civil, y las dos, en ordenada formación, con los generales Sanjurjo y García de la Herrán a la cabeza, se dirigen al centro de la población.

Paralelamente a estos sucesos se desarrollan otros no menos importantes en la plaza de la Gavidia, donde tiene su residencia y oficinas al jefe de la División Militar. Era éste el general don Manuel González, militar rutinario y oscuro, que sólo se había distinguido por su mal genio. Sanjurjo le conoce bien y espera reducirle con facilidad. Para ello había enviado a su ayudante Esteban Infantes, quien penetra hasta el mismo des- pacho del Estado Mayor sin que nadie le salga al paso. El escribiente de servicio, adormilado en una butaca, se incorpora inquieto al oír la voz del visitante inoportuno, y accede a pasar al jefe de la División el aviso de que un ayudante de Sanjurjo desea hablarle. En pijama, con el pelo en desorden y los ojos medio cerrados, se presenta el general González.

—¡Vaya unas horas de visita! —dice por toda respuesta al saludo cortés que se le hace.

Sin descomponerse, Infantes le entera de lo que sucede y le ruega que, para evitar mayores males, reconozca la razones de carácter nacional que mueven a Sanjurjo, a fin de que de mutuo acuerdo colaboren en el bien de España. González va de asombro en asombro. Se le nota nervioso, irritado.

—¡Esto no puede ser! ¡Ustedes me están comprometiendo...!

Sigue un penoso forcejeo, y al fin, el general se entrega. De sus labios salen frases que quieren ser conciliatorias.. Pero en aquel momento tintinea el timbre del teléfono que tiene en su mesa. Le llama desde Madrid el propio Manuel Azaña.

—¿Qué?... ¿Quién llama?... —Él Ministro.

—¿Qué Ministro?

—¡Quien ha de ser! Azaña.

El general González no pudo contenerse, y aunque bajó la voz, Azaña pudo oírle asombrado:

—¡Arrea! ¡Buena la hemos hecho!

Al acabar la conferencia con el Ministro, los propósitos conciliatorios iniciados antes se han desvanecido. González ha cambiado por completo. Y con tono resuelto se dirige a Esteban Infantes:

—En Madrid ha fracasado totalmente el movimiento. Diga a Sanjurjo

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