Uno de los aspectos his- tóricos más fascinantes sobre la influencia negativa de la teoría de la evolución en las relaciones humanas es la his- toria personal de Ota Benga, un ‘pigmeo’ que fue exhibido en un zoo americano como un ejemplo de raza inferior des- de la perspectiva evolutiva. El incidente revela claramente el racismo de la teoría de la evo- lución y hasta qué grado pudo provocar estados aberrantes en el corazón y mente de cien- tíficos y periodistas de finales del siglo XIX.
Como humanos que vivi- mos fuera de esa época de la historia, podemos mirar más objetivamente los horrores pa- sados que la teoría evolutiva
produjo en la sociedad, de la cual esta historia es un ejemplo conmovedor. Las diferencias genéticas son imperativas a la teoría de la evolución natural, puesto que ellas son las únicas fuerzas innovadoras interviniendo en el avance evolu- tivo. La tradición y la historia han agrupado, a menudo con trágicas consecuen- cias, los fenotipos que son el resultado de variaciones genotípicas en categorías ahora llamadas razas. Las razas funcionan como unidades de selección evolu- tiva que son de tan gran importancia que el libro clásico de Darwin ‘El Origen de las Especies’ (1859) llevaba como subtítulo ‘conservación de las razas supe- riores’. Esta obra era crítica al establecer la importancia de la idea de una raza más adaptada y, especialmente, la supervivencia del más adaptado. Había una pregunta que la gente se hacía en los comienzos del siglo XX: ‘¿Quién era y
Cortesía de Jerry Bergman, Ph.D.
Department of Biology and Chemistry Northwest State College Archbold, Ohio, USA.
quién no era humano?’. Fue una gran cuestión que llegó con el cambio de siglo a Europa y América... Los europeos se estuvieron preguntando y respondiendo sobre los ‘pigmeos’, a menudo influidos por las interpretaciones darwinistas de aquella época. De esta manera los interrogantes no sólo abarcaban a quién era humano, sino a quién era ‘más’ humano y, finalmente, a quién era ‘el más’ humano. (Bradford and Brume, 1992, p. 29).
El racismo que la evolución produjo cristalizó en la creencia de que algu- nas razas serían inferiores y más cercanas evolutivamente a los primates más bajos. Incluida la extendida visión de que los negros habían evolucionado a partir de los más fuertes pero menos inteligentes gorilas y que los orientales procedían de los orangutanes, mientras que los blancos venían de los primates más inteligentes: los chimpancés (Crookshank, 1924). La creencia de que los negros estaban menos evolucionados que los blancos y, como muchos evolu- cionistas de aquél tiempo concluyeron, deberían eventualmente extinguirse, es un capítulo serio de nuestra historia cultural occidental moderna. Los frutos nefastos del evolucionismo, desde el concepto de la superioridad racial de los ‘nazis’ hasta la utilización de esa creencia en políticas gubernativas de desarro- llo, se encuentran bien documentados. (Bergman, 1992, 1993a).
Este asunto del evolucionismo fue especialmente grave en los comienzos del siglo XX en América. Algunos científicos sintieron que la solución era per- mitir operar a la selección natural de Darwin sin interferir en ella, según las palabras de Bradford y Blume: ‘Darwin fue interpretado como si hubiera seña- lado que cuando se abandona a uno mismo, la selección natural se encarga de extinguirlo. Sin la esclavitud para protegerlos —así se pensaba— los negros habrían de competir por la supervivencia con la raza caucásica. Los blancos eran los mejor adaptados para esta competencia, según se creía sin ningún tipo de duda. La desaparición de los negros como raza, entonces, sería cuestión de tiempo.’ (1992 p. 40).
Cada nuevo censo americano, sin embargo, mostraba que la predicción de Darwin estaba equivocada porque la población no mostraba signos de disminu- ción: por el contrario, crecía... No contento con esperar a que la selección na- tural llevara a cabo su trabajo, un senador americano incluso intentó convencer —o forzar— a los negros a que regresaran a África (Bradford and Blume, 1992, p. 41). Una de las incidencias más destacables en la historia de la evolución y el racismo es la aventura del hombre que fue exhibido en un zoo (Brix, 1992). Traí- do del Congo Belga en 1904 por el famoso explorador Samuel Phillips Verter, fue presentado al director del zoo de ‘Bronx’, William Hornaday (Sifakis, 1984,
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p. 253). El hombre, un ‘pigmeo’ llamado Ota Benga (o ‘Bi’ que significa ‘amigo’ en la lengua ‘Benga’), había nacido en 1881 en África. Cuando se le instaló en el zoo sólo tenía 23 años, medía 4 pies 11 pulgadas de altura y apenas pesaba 103 libras. A menudo se decía de él que era ‘un muchacho’, aunque en realidad estuvo casado dos veces. Su primera mujer fue asesinada por una mal llamada ‘fuerza pública’ de blancos —creada ex profeso por los belgas— y su segunda esposa murió de la mordedura de una serpiente venenosa. (Bridges, 1974).
Ota Benga fue primeramente mostrado en la sección de antropología de la ‘Feria Mundial’ de St. Louis de 1904, junto a otros ‘pigmeos’ como ‘salvajes em- blemáticos’, pertenecientes a ‘pueblos raros’. La dirección de esta exhibición estaba a cargo de WJ. McGree del departamento de antropología de St Louis. Los deseos de McGree para tal exhibición eran los de ‘ser muy científicos en la demostración de las etapas humanas de la evolución’. De esta forma buscó los ‘negros más oscuros’ para que contrastasen frente a los ‘blancos dominantes’, así como a los miembros de las ‘más bajas culturas conocidas’ para que contras- tasen con su ‘más alta culminación’ (Bradford and Blume, 1992, pp. 94-95). La exhibición fue extremadamente popular y ‘atrajo una considerable atención’. (Verner, 1906a, p. 471).
Los ‘pigmeos’ fueron seleccionados porque ellos centraban mucho la aten- ción como ejemplo de raza primitiva. En un artículo en ‘Scientific American’ se hablaba de ‘la apariencia personal, características y trato de los ‘pigmeos’ del Congo...’, concluyendo que ‘…son pequeños, con aspecto de mono, criaturas menudas, furtivas y traviesas, muy similares a los enanitos y duendes de nues- tros cuentos’. Se continua diciendo de ellos en ‘Scientific American’ que ‘… viven entre la espesura de los bosques —en absoluto salvajismo— y mientras muestran muchas características de mono en sus cuerpos, poseen una cierta actitud despierta, lo que les hace que parezcan más inteligentes que otros ne- gros.’ (Keane, 1907, pp. 107-108).
Mientras los ‘pigmeos’ permanecieron en América, fueron estudiados por varios científicos, que intentaban buscar respuestas a cuestiones tales como: ‘¿qué relación puede haber en los test de inteligencia entre las razas bárbaras y los caucásicos defectuosos?.’ O bien: ‘¿con qué rapidez pueden responder al dolor?’. (Bradford and Blume, 1992, pp. 113, 114). Los antropometristas y psico- metristas llegaron a la conclusión de que sus test de inteligencia probaban que los pigmeos ‘se comportaban de la misma forma que las personas mentalmente deficientes, cometiendo muchos errores estúpidos y tardando mucho tiempo en ejecutar las pruebas más simples’ (Bradford and Blume, 1992, p. 121). Los
‘pigmeos’ ni siquiera hacían las cosas bien en los deportes competitivos. En palabras de Bradford y Blume, ‘los registros desastrosos que lograban los salva- jes ignorantes eran tan deficientes que nunca antes en la historia del deporte mundial se habían registrado marcas tan malas’. (1992, p.122). Irónicamente, el profesor Franz Boas, de la Universidad de Columbia (New York), un judío que fue uno de los primeros antropólogos en oponerse al racismo del darwinismo y que pasó toda su vida combatiendo al ahora famoso ‘movimiento eugénico’, prestó su nombre a la exhibición de la ‘Feria de St Louis’. (Bradford and Blume, 1992, p. 113). Los antropólogos entonces medían no sólo a los humanos vivos, sino también en algún caso a ‘cabezas primitivas’ que habían sido separadas del cuerpo y hervidas hasta obtener el cráneo. Creyendo que el tamaño del mismo era un indicativo de la inteligencia, los científicos se quedaron sorprendidos de que la caja ósea de esas ‘cabezas primitivas’ fuera mayor que la que había pertenecido a Daniel Webster’ (Bradford and Blume, 1992, p. 16).
Un editor de ‘Scientific American’ dijo de la ‘Feria Mundial’ que ‘…de las tribus nativas que se ven en la exposición, las más primitivas son los ‘negritos’, individuos pequeños de distintos tipos de negro...’. Y continuaba asegurando que ‘…nada les hace a ellos más felices que mostrar su habilidad de derribar una moneda de cinco centavos colgada de la rama de un árbol a una distancia de 15 pasos; …también están la villa de los cortadores de cabezas ‘igorotes’, una raza que generalmente es superior a los ‘negritos’ y un refinado tipo de bárbaros agricultores’. (Munn, 1904, p. 64). La misma fuente se refería a los ‘pigmeos’ como ‘pequeña gente negra con aspecto de mono’ y teorizaba sobre el hecho de que, en la evolución, ‘…los simios antropoides fueron seguidos pronto por las formas más primitivas de humanidad que llegaron al Conti- nente Negro y éstos, a su vez, debido a la presión de tribus superiores, fueron gradualmente forzadas a refugiares en las selvas. El tipo humano, con toda la probabilidad, surgió de los simios del sudeste de Asia, posiblemente de la India. Los tipos de mayor grado forzaron a los negros a abandonar el continente en dirección este: a través de las islas fueron llegando hasta Australia y hasta Áfri- ca. Incluso hoy, los negros con aspecto de simio que se hallan en los bosques más espesos, son sin duda descendientes de estos tipos primarios de hombres, que probablemente son muy parecidos a sus ascendentes simios... Estos tienen muy a menudo un color ‘marrón-amarillento oscuro’ y están cubiertos de un vello muy fino’. (Munn, 1905, p. 107).
Cuando se les exhibió, los ‘pigmeos’ fueron tratados de una forma que con- trastaba completamente a como fueron tratados los blancos que llegaron a
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África. Cuando Verter visitó al rey africano, éste se presentó con canciones y regalos, alimentos y vino de palma. (y llegó transportado —sin ningún tipo de agresividad— en una hamaca. ¿Cómo fue tratado el ‘batwa’ (Ota Benga) en St. Louis?: con mofa y miradas burlescas; la gente venía a tomar una foto y huía de allí, como si hubiera venido a combatir contra los ‘pigmeos’… Verter se había comprometido a devolver a estos africanos sanos a su Continente. Pero, a me- nudo, hubo hasta refriegas sólo para lograr que estos ‘batwa’ no fueran partidos a trozos en la propia Feria. Repetidamente, el gentío venía agitado y enfadado; los empujones y codazos se producían de una manera brutal. Cada vez, Ota y Batwa —parece que la fuente se refiere a dos ‘pigmeos’ distintos— eran extraídos con mucha dificultad. Frecuentemente la policía tuvo que intervenir. (Bradford and Blume, 1992, pp.118-119).
¿Cómo llegó Ota Benga a los Esta- dos Unidos?. Ota fue el superviviente de una masacre perpetrada por la llamada ‘fuerza pública’, un grupo de matones que trabajaban para el gobierno belga, destinados a extraer tributos (en otras palabras, a robarles, incluyendo mate- riales de labores) a los nativos africanos en el Congo Belga. La historia es como sigue: Ota salió a cazar y tuvo la fortuna de matar a un elefante, por lo que volvía con la buena noticia al poblado. Trágica- mente, el campamento que Ota había dejado ya no existía. Lo que Ota vio al llegar era diferente de todo lo que ha- bían visto nunca sus ojos (Bradford and Blume, 1992, p. 104). En pocas palabras: su mujer e hijos habían sido asesinados y sus cuerpos yacían por el suelo muti- lados, en una campaña de terror dirigi-
da por el gobierno belga contra los ‘nativos en estado inferior de evolución’. Ota mismo fue posteriormente capturado, traído al pueblo y vendido como esclavo. En ese tiempo, Verter estaba buscando varios ‘pigmeos’ para exhibir- los en la exposición de Louisiana y se encontró con Ota en el mercado de esclavos. Verter dobló hacia abajo a Ota, separándole los labios, para exami-
Ota Benga en la’St. Louis World’s Fair’, mostrando los dientes afilados (1904). Foto: Jessie Beals Tarbox [Wikimedia Commons]. Fuente:The Official Website of the Beijing 2008 Olympic Games).
nar sus dientes. Y se alegró, pues éstos probaban que el hombrecito era uno de los que le servían para llevar a la Feria de Louisiana. A cambio de sal y ropa lo compró ‘para la libertad, el darwinismo y occidente’. (Bradford and Blume, 1992, p. 106). El mundo de Ota fue hecho añi- cos por los blancos y sin embargo él no sabía si el hombre blanco que ahora era su dueño ocultaría las mismas intencio- nes respecto a él. Pero no tenía ninguna opción para elegir: solo ir con su dueño. (Bradford and Blume, 1992, p. 110). Tras la Feria, Verter llevó a Ota y al resto de pigmeos de vuelta a África —casi inme- diatamente—. Ota se volvió a casar, pero su segunda mujer murió pronto (víctima de una mordedura de serpiente). Ahora él no pertenecía a ninguna familia o clan pues todos habían sido asesinados o vendidos como esclavos. El resto del pueblo le hacía el vacío, insultándole y diciéndole que él había elegido aban- donarles e ir a la tierra del hombre blanco. Los hombres blancos eran tanto admirados como temidos y se les miraba con cierta desconfianza: ellos podían hacer cosas como grabar la voz humana en fonógrafos, unas máquinas que los pigmeos creían que robaba el alma fuera del cuerpo, permitiendo al cuerpo escuchar a su alma hablando (Verner, 1906b).
Después que Verter recogió sus artefactos para distribuirlos entre los mu- seos, decidió llevar nuevamente a Ota a América (a pesar que Verter afirmó que fue una idea de Ota) sólo para una visita. De vuelta a América, Verter vendió sus animales africanos a diversos zoos, sus baúles —repletos de objetos— que traía de África y también buscó un lugar para enviar a Ota Benga. Cuando presentó a Ota a Hornaday, director del ‘Bronx Zoological Gardens’, la intención de Hor- naday era claramente exhibir a Ota. Hornaday ‘mantenía la visión jerárquica de las razas...los animales de cerebros grandes eran para él lo mismo que los nórdicos para Grant: lo mejor que la evolución podía ofrecer’. (Bradford and Blume, 1992, p. 176). Éste creyente en la teoría darwiniana también llegó a afirmar que ‘existía una gran analogía entre los salvajes africanos y los monos’ (New York Times, Sept. 11, 1906, p. 2). Y también Verter estaba atravesando un
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momento de graves problemas monetarios por lo que difícilmente podía te- ner a su cuidado a Ota. Al principio Ota era libre para estar alrededor del zoo, ayudando con el cuidado de los animales, pero esta situación pronto sufrió un dramático cambio. Hornaday y otros directivos del zoo tenían la intención de llevar a cabo uno de sus lejanos sueños, en el que un hombre como Ota jugaba un papel estelar...Estaban preparando una estudiada trampa, hecha de darwi- nismo y barnumismo: de puro y simple racismo. Al fin y al cabo era un ‘pigmeo’ infeliz, una presa muy fácil. (Bradford and Blume, 1992, p. 174).
Ota fue animado a pasar tanto tiempo como quisiera dentro de la jaula de los monos. Incluso le dieron un arco y unas flechas y le animaban a que hiciera demostraciones delante del público: en realidad él era parte dela exhibición. Ota pronto fue encerrado dentro de su receptáculo, en el interior de la jaula de los monos. ‘…La gente se arremolinaba junto a él’. (Bradford and Blume, 1992, p. 180). Mientras tanto, la publicidad —que
comenzó el 9 de setiembre en el ‘New York Times’— afirmaba sucintamente que ‘el hombre de los árboles compar- te una jaula con los monos del “Bronx Park”…’. Sin embargo el director, Dr. Hornaday, insistió en que únicamente estaba ofreciendo ‘una exhibición intri- gante’ para la edificación del público, ya que, al parecer él no apreciaba una gran diferencia entre las bestias y el hombre- cito negro. Aunque a continuación dio a Ota la categoría de ‘humano’ al afirmar que ‘ además por primera vez en un zoo americano, un ser humano era exhibi- do en una jaula.’ (Sifakis, 1984, p. 253).
Un artículo contemporáneo mante- nía que Ota era ‘no mucho más alto que un orangután...; sus cabezas son muy similares y ambos sonríen de la mis- ma manera cuando están contentos’.
(Bradford and Blume, 1992, p.181). Ota Benga también llegó de África con un pequeño chimpancé que Mr. Verter depositó en la misma colección de monos en la ‘Casa de los Primates’. (Hornaday, 1906, p. 302).
El libro de la antropóloga americana Susan Brownell.
El entusiasmo de Hornaday por su nuevo primate quedó reflejado en un artículo que escribió que comenzaba así: ‘El nueve de septiembre un genuino ‘pigmeo’ africano, perteneciente a la subraza comúnmente llamada ‘los ena- nos...’. Ota Benga —continuaba— es un hombrecito bien desarrollado, con una buena cabeza, ojos brillantes y semblante feliz; no es peludo ni velludo como habían descrito algunos exploradores...’
Los factores que hicieron a Verter traer a Ota a los Estados Unidos fueron muy complejos, pero él estuvo evidentemente muy influido por las teorías de Charles Darwin, las cuales, como fueron desarrolladas, afirmaban que la huma- nidad acabaría paulatinamente dividiéndose en razas artificiosas (Rymer, 1992, p. 3). Darwin también creía que los negros pertenecían a una ‘raza inferior’ (Verter, 1908a, p. 10717). A pesar de que el racismo biológico no comenzó con el darwinismo, Darwin sí hizo más que cualquier otro hombre por popularizar estas ideas entre las masas. Porque ya en 1699 el médico inglés Edward Tyson había estudiado un esqueleto que él creía que era de un ‘pigmeo’, llegando a la conclusión de que se trataba de una ‘raza de monos’. Sin embargo después se ha descubierto que en realidad lo que había auscultado era el esqueleto de un chimpancé. (Bradford and Blume, 1992, p. 20).
Ota Benga, en 1906, en el zoo (Fuente: commons.wikimedia.or y The Official Website of the Beijing 2008 Olympic Games).
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En la época de Verter, la mayoría de científicos aceptaban lo que Darwin ha- bía mostrado: que ‘…el hombre desciende del mono, sospechándose que unas razas descienden más lejanamente que otras... [y que] algunas razas, en con- creto las blancas, habían abandonado a los monos mucho antes que otras, es- pecialmente los ‘pigmeos’, que aún casi no habían madurado como humanos’. (Bradford and Blume, 1992, p. 20). Muchos eruditos estaban de acuerdo con Sir Harry Johnson, un especialista en los ‘pigmeos’, que mantenía que éstos tenían ‘una apariencia de mono y una piel horripilante; la longitud de sus brazos, la fuerza de sus potentes torsos, su modo de caminar furtivo: todo apuntaba a esta gente como representantes del hombre en una de sus más primitivas formas’. (Keane 1907, p. 99). Uno de los más extensos trabajos sobre los ‘pigmeos’ con- cluía que ellos eran ‘de las más extrañas pequeñas monstruosidades’ y su bajo desarrollo mental quedaba claro por los siguientes hechos: no preocuparse por el tiempo, no tener registros o tradiciones del pasado, no serles conocida religión alguna, no tener fetiches, no intentar conocer el futuro por medios ocultos...; en pocas palabras, ellos eran ...el más cercano eslabón con el extinto mono antropoide darwiniano. (Burrows, 1905, pp. 172, 182).
Los pigmeos, en realidad, eran un grupo experto en muchos aspectos y con gran talento en otros, ágiles físicamente, rápidos, hábiles, además de cazadores superiores; pero los darwinistas estuvieron ciegos en su estudio objetivo (Jo- hnston, 1902a; 1902b; Lloyd, 1899). En un excelente estudio moderno realizado por Turnbull (1968) se muestra a los pigmeos de una forma muy diferente y se demuestra lo absurda que era aquella visión de la evolución.
Luego de la exhibición de New York (1906) (Fuente: Marcelo Pisarro.An-
tropólogo.Universidad de Buenos Aires.República Argentina), Ota Benga fue
a parar a un orfanato. En 1910 lo llevaron a la ciudad de Lynchburg, en Virginia,