El mensaje bíblico debe ser comunicado. La Biblia no fue diseñada para llegar a ser una pieza de museo, ni estar en los archivos de una biblioteca, ni sobre la mesa de tomar café en la sala de la casa. La Biblia fue entregada al pueblo de Dios no para ser preservada, guardada como reliquia, o llevada como si fuera un amuleto de buena suerte. Sino que fue dada para ser compartida. Quien no comprenda esto no ha captado la naturaleza de su mensaje.
La enseñanza siempre ha sido un importante vehículo para comunicar la Palabra de Dios. “Ahora, pues, oh Israel, oye los estatutos y decretos que yo os enseño”, dijo Moisés al pueblo. (Deut. 4: 1; 6: 1). “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos” (Deut. 6: 6, 7; 11:19).
Josafat, uno de los buenos reyes de Judá, envió maestros para instruir a las gentes del pueblo en la ley del Señor. “Y enseñaron en Judá, teniendo consigo el libro de la ley de Jehová, recorrieron todas las ciudades de Judá enseñando al pueblo” (2 Crón. 17: 7-9). El profeta Samuel y el escriba Esdras son representativos de muchos líderes religiosos en Israel quienes comunicaron el mensaje del Señor por medio de la enseñanza (1 Sam. 12:23; Esd. 7:10). La actividad característica de Jesús durante su ministerio terrenal fue la enseñanza. “Recorrió Jesús toda Galilea enseñando en las sinagogas de ellos” (Mat. 4:23; Luc. 13:10). El realizó milagros, pero sus milagros estuvieron frecuentemente ligados a su enseñanza (Juan. 6:26). El predicó las buenas nuevas del reino, pero su predicación y sus enseñanzas estaban íntimamente entrelazadas en una sola textura. Lo que nosotros llamamos el Sermón del monte está precedido por las palabras: “y abriendo su boca les enseñaba” (Mat. 5: 2)
Sus discípulos lo llamaron “Maestro” (Mar. 5:35; Juan. 1:38). La gente que no perteneció a aquel selecto equipo de seguidores lo llamó, Maestro (Mat. 8:19; Juan. 3: 2). Jesús aceptó ese título, refiriéndose a sí mismo como Maestro (Juan. 13:13). Es significativo que Lucas, resumiendo el contenido de su Evangelio en la introducción a Hechos, escribió: “En el primer tratado, oh Teófilo, hablé acerca de las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar”. Cuando los cristianos del primer siglo salieron para comunicar el mensaje a un mundo perdido, después de la muerte y resurrección de su SEÑOR, adoptaron esta metodología. Fueron enseñando públicamente (Hech. 2:42; 4: 2, 18; 17: 2, 3; 18:11, 26; 28:31). El apóstol Pablo frecuentemente habló de los maestros y
la enseñanza en sus cartas a los jóvenes iglesias (Rom. 12: 7; 1 Cor. 12:28; Ef. 4:11; Gál. 6: 6; 1 Tim. 3: 2; 4: 2, 13, 16; Tito. 2: 1, 3).
A través de los siglos siguientes, la enseñanza de las Escrituras ha estado estrechamente identificada con el avance expansivo del evangelio y la vitalidad interna de la iglesia. Durante la época del oscurantismo, el
aprendizaje en el mundo Occidental se eclipsó y el conocimiento de la Biblia fue restringido. Las Escrituras fueron encadenadas a los púlpitos y encerradas en los monasterios. El mensaje de la Biblia llegó a ser propiedad exclusiva del clero y no accesible al hombre común. Durante estos años la iglesia se fue sumergiendo en un estado de letargo espiritual e inefectividad. Por otro lado, en aquellos brillantes capítulos de la historia cristiana donde el evangelio fue dado abiertamente con libertad, produjo una maravillosa cosecha y la causa de Cristo sobre la tierra floreció. La enseñanza siempre ha desempeñado un papel muy significativo en la vida del pueblo de Dios.
Como maestros de la Palabra, usted y yo hemos sido llamados a una suprema e importante misión. La enseñanza cristiana es absolutamente esencial para la vida de la iglesia. No es solamente una ayuda, ni algo benéfico. ¡Es esencial! La iglesia no podría continuar existiendo sin la enseñanza, como no podría sobrevivir sin la predicación. Esto significa que debemos tomar nuestra tarea con toda la seriedad, como lo hace un cirujano que se prepara para hacer una operación en un cuerpo humano con vida, o un oficial que controla el tráfico aéreo de cuyas instrucciones penden miles de vidas.
Sin embargo, hay una diferencia entre “guiar una clase” y enseñar; así como hay una diferencia entre “ocupar un púlpito” y predicar. Es relativamente fácil crear la ilusión de un estudio bíblico; es más difícil guiar a los alumnos a un encuentro personal con la Palabra viviente. No podemos estar satisfechos con nada menos que eso; porque esa es la meta de la enseñanza bíblica.
Esto exige un alto grado de entrega de parte del maestro cristiano. Hay un precio dado sobre el privilegio de enseñar. El maestro debe pagar el precio de la preparación personal en su mesa de estudio y la preparación espiritual en la oración privada. El costo debe ser medido también en términos de tiempo y energía dedicados a cultivar las relaciones personales. La mejor enseñanza cristiana es la encarnación de la enseñanza. Así como el Cristo encarnado entró al mundo de la experiencia humana para dar así a conocer la mente de Dios, así también debe el maestro entrar en la experiencia del alumno para comunicar el mensaje bíblico.
Cuando uno se da cuenta del gran significado de este llamamiento es natural temblar ante la responsabilidad. En algunas ocasiones, alguien ha venido después de una conferencia y me ha dicho: “Si ser un maestro es tan grande
como un trabajo, pienso que debo renunciar. Yo sabía que era una broma, sin embargo, una broma demasiado seria.
Si este libro le ha hecho sentirse así, permítame recordarle que Dios usa frecuentemente a su siervo débil en maneras maravillosas. Vea a Moisés, una de las más grandes figuras de la historia del Antiguo Testamento. Cuando Dios le habló desde la zarza ardiendo en el monte Horeb. Moisés dijo: “¡Ay Señor! Envía, te ruego, a otra persona” (Exo. 4:13).
Cuando el llamado divino vino a Jeremías, él contestó apologéticamente: “… ¡ah Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño” (Jer. 1: 6).
Cuando Salomón encaró la abrumadora tarea de gobernar a Israel, oró: “Ahora pues, Jehová Dios mío, tú me has puesto a mí tu siervo por rey en lugar de David mi padre; y soy joven y no sé cómo entrar ni salir” (1 Rey. 3: 7). Cuando el Señor llamó a Gedeón para liberar a su nación de manos de los salteadores madianitas, Gedeón protestó: “Señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor de la casa de mi padre” (Jue. 6:15). Cada uno sintió su personal incapacidad; pero al final cada uno experimentó la suficiencia de Dios.
Dios no insiste en que los maestros de la Palabra tengan éxito. El solamente pide que seamos fieles. Algunos de los gozos más grandes que he
experimentado en mi propia peregrinación cristiana, han venido de mis experiencias al enseñar la Biblia. Sin embargo, en muchas ocasiones he salido de una reunión de la clase desanimado y fracasado, deseando saber qué cosas había hecho equivocadamente. Nunca llegaremos al punto en el cual podamos garantizar los resultados de nuestra enseñanza; pero nunca debemos llegar al punto en el cual no tratemos de obtener buenos resultados. Un gran predicador de una generación pasada expuso una fórmula que cada maestro cristiano debe hacer suya: “Trabaje como si todo dependiera de usted. Ore como si todo dependiera de Dios.”