• No se han encontrado resultados

Palabras del Académico de Número Dr Héctor G Aramburu

In document Anales tomo XLVIII 1994 (página 161-163)

SR. PRESIDENTE DE LA ACADEMIA NACIONAL DE AGRONOMIA Y VETERINARIA, SR. REPRESENTANTE DE LABORATORIOS ESTRELLA MÉRIEUX, SRA. REPRESENTANTE DE LA SOCIEDAD DE MEDICINA VETERINARIA, SRES. ACADÉMICOS, SEÑORAS Y SEÑORES:

Antes que nada una aclaración.

Personalmente me siento sumamente honrado de ocupar hoy este lugar pe­ ro debo decir a Vds. y aquí la aclara­ ción, que estoy apenas suplantando al Académico Dr. Carrazzoni quien en este momento se encuentra de viaje fuera de la Argentina y que, justamen­ te por iniciativa del suscripto era quien debía hoy hacer uso de la palabra. Disculpen, pues, lo poco brillante de la presentación.

Nos hemos reunido en este sencillo acto para h o n ra r la m em oria de quien pudiera ser un patrón y que notando un vacío en la enseñanza de las ciencias, iniciara en Francia, precisamente en Lyon, en 1762, los estudios sistematizados de Veteri­

naria, fundando en dicha ciudad la primera escuela de veterinaria del mundo.

Caímos en la Academia en la cuenta que Claude Bourgelat, que es la per­ sona de quien hablamos, no figuraba en nuestra galería de valores que nos precedieron y a los cuales honramos, por lo que, dispuestos a salvar la falta pensamos que una firma francesa, oriunda justamente de Lyon, podría ser el fiel intermediario de rigor para que la figura de Bourgelat ocupara un lugar de honor en nuestra Academia y así fue.

Sólo bastó hacer saber a los Labora­ torios Estrella Mérieux, por eficaz agencia del Dr. Juan Juvet, nuestro deseo de contar con un cuadro que nos mostrara y también a generacio­ nes por venir, la imagen de Bourgelat, para que dicha Casa hiciera llegar prestamente el que hoy descubrimos. Les estamos pues muy agradecidos y no puedo ocultar que me place haber sido generador de la idea y parte de las tramitaciones.

Bourgelat fue un caballero, también en el sentido estricto de cabalgar y equi- tar y un abogado que ejerció muy po­ co la profesión de las leyes pues le

dolió profundamente haber ganado un juicio que dejó en la miseria a la parte perdidosa. Retomó entonces sus afi­ ciones de la juventud por los caballos llegando a ser Director de la Escuela de Equitación de Lyon, no poca cosa. Su interés por todo lo animal por otra parte nada raro en la Francia de esos días, lo indujo a efectuar numerosas disecciones. Incursionó, gracias a amigos que deben haber sido muy amigos, en la medicina y cirugía hu­ manas haciendo inclusive, patología comparada; como resultado de sus observaciones publicó los Elementos de Hippiatría y como a la sazón era amigo del filósofo y matemático D’ Alembert éste lo invitó a tratar todo lo relacionado con la medicina animal en la famosa Enciclopedia que, vale la pena recordarlo, a veces entraba su­ brepticiamente al Río de la Plata y que mucho influenció a muchos de nues­ tros prohombres.

En 1757 fue Inspector de Haras lo que sin duda lo acercó aún más a los pro­ blemas de índole veterinaria haciendo cristalizar la idea de fundar una escue­

la en la que se estudiara de manera racional, científica y ordenadamente la medicina veterinaria. Ello ocurrió én 1762 en Lyon probablemente gracias al gran apoyo que recibió del Ministro de Agricultura Bertin del gabinete de Luis XV, por haberlo conocido en Lyon cuando fuera Intendente.

Los estudios comprendían la anato­ mía, por supuesto la del caballo en aquella época de caballerías, la far­ macología, la patología, la botánica y muy importante la herrería y el arte de herrar; luego se agregó la economía rural, la anatomía comparada, confor­ mación y química. En fin nada dema­

siado diferente a lo que se estudia modernamente en un plano básico, cursando 5 años los veterinarios y 3 los herradores ó mariscales.

Vale la pena recordar en este momen­ to que si bien el caballo se ha cuasi eclipsado como motor animal no es menos cierto que el arte, deporte y re­ creación de la equitación y las varia­ das formas de la alta competición con­ gregan entre nosotros a miles de ca­ ballos cerca de las grandes ciudades pero que no cuentan, extraña y lamen­ tablemente, con servicios de herrado­ res real y apropiadamente formados. No hay ya escuelas de herradores en la Argentina donde gran parte de la historia se hizo a caballo. Esto deberá corregirse, pues parecería que se hu­ biera olvidado la sapiencia del axioma que dice “No foot no horse”.

Bourgelat murió en 1779, a los 67 años, siendo Director e Inspector Ge­ neral de las Escuelas Reales de Vete­ rinaria estando su memoria más que presente pues fue por su acción que casi inmediatamente de las creaciones de Lyon y Alfort, cerca de París, sur­ gieron las escuelas de veterinaria de Turin, Padua, Gottingen, Copenhague, Hannover, Londres y muchas otras más y entre nosotros en 1883 en San­ ta Catalina y en 1904 en Buenos Aires. Esta es pues, señoras y señores a grandes rasgos la figura de Claude Bourgelat a quien hoy honramos te­ niendo presente su efigie y recordan­ do que dentro de una personalidad a veces discutida, nítidamente sobresa­ le su visión y voluntad para iniciar es­ tudios de Ciencias Veterinarias sobre firmes y organizadas bases didácticas

e institucionales.

ACADEMIA NACIONAL

TOMO XLVIII

DE AGRONOMIA Y VETERINARIA

Ne 10

BUENOS AIRES REPUBLICA ARGENTINA

Comunicación del Académico de Número

In document Anales tomo XLVIII 1994 (página 161-163)