UNIDAD 4. 4.1 RELIGIÓN Y MITOLOGÍA GRIEGAS.
5.1. PANORAMA GENERAL DE LA LITERATURA GRIEGA.
5.1.1. Períodos literarios. A fin de encuadrar mejor nuestro esquema, estableceremos una división en períodos que seguirá muy de cerca a la que normalmente se acepta en el estudio de la historia griega. La épica homérica constituye por muchas razones un mundo aparte; por ello, aun cuando no dejaremos de asomarnos a ella, no incluimos la llamada edad «homérica» en la siguiente periodización:
– PERÍODO DE FORMACIÓN o PERÍODO ARCAICO: desde el siglo' VIII hasta las guerras médicas (comienzos del s. V a.C.).
– PERÍODO CLÁSICO: desde las guerras médicas hasta la muerte de Alejandro (32S a.C.).
– PERÍODO HELENÍSTICO: desde la muerte de Alejandro hasta la conquista romana (mediados del siglo II a.C.).
– PERÍODO GRECORROMANO; desde la conquista romana hasta el fin de la antigüedad propiamente dicha (s. IV-V d.C.).
Aún habría que añadir el largo e interesantísimo período bizantino (hasta el 1453, fecha de la toma de Constantinopla por los turcos), período fuertemente vinculado a las esencias propiamente helénicas y, tras el cual, el helenismo -especialmente las letras griegas- informan el Renacimiento.
5.1.2. Edad «homérica».
Sin duda alguna hubo manifestaciones poéticas en Grecia antes de Homero: los mismos poemas homéricos aluden a veces o suponen implícitamente la existencia de otros cantos. Hubo, pues, formas épicas y líricas de las que no tenemos testimonio directo, ya que durante siglos la transmisión fue de carácter oral.
La aparición y difusión de la escritura permitió la fijación escrita de las creaciones poéticas. Este hecho debió de producirse entre los siglos IX-VIII a.C., al entrar los griegos en contacto con los fenicios, de quienes tomaron el alfabeto. Esta es también la fecha que generalmente se admite como muy probable para los poemas homéricos, «Ilíada» y «Odisea». Pero estos poemas, brillante umbral de la trayectoria literaria helénica, no surgieron por sí solos sino que suponen la cristalización de una larguísima tradición épica de carácter oral. Esta tradición épica quizá se inició a mediados del II milenio a.C., si no nos atrevemos a hacerla remontar a una etapa anterior a la penetración de los aqueos en suelo griego: a esa oscura y prolongada etapa de formación es a la que llamamos un poco convencionalmente edad «homérica».
La «Ilíada» y la «Odisea» suponen, pues, un largo proceso de creación poética. Son también el punto de transición desde la antigua poesía épica de los aedos (ἀοιδοί) o cantores, «épica cantada», a la de los rapsodos (ῥαψωδοί) o recitadores, «épica recitada».
Los poemas homéricos han sido objeto de atentísimos estudios desde la antigüedad hasta nuestros días; estos estudios han dado origen a técnicas de investigación literaria muy delicadas, que han tenido aplicación muy eficaz en otros géneros y en otras literaturas. Pero, a pesar de tan arduos trabajos siguen, sin embargo, en pie numerosos problemas en torno a los poemas homéricos en sus diversos aspectos. Enumeraremos los más significativos:
5.1.2.1. Génesis de los poemas. Es evidente que la forma en que actualmente se nos ofrecen la «Ilíada» y la «Odisea» es el resultado de una evolución cuyas fases nos son
desconocidas. La polémica en torno a este problema nos viene desde el siglo XVII y todavia no ha concluido: ¿es realmente la que llamamos epopeya homérica obra de un solo autor (tesis unitarista) o resulta de la asociación (en una u otra forma) de cantos épicos independientes (tesis analista)?
5.1.2.2. Transmisión de los poemas. Hasta la época alejandrina, en que se acometieron estudios cuidadosos de la «Ilíada» y la« Odisea» y se fijó el texto de los mismos, la transmisión del legado homérico se realizó en forma un tanto incierta. Primeramente los rapsodos o recitadores, más tarde los maestros de escuela y, sobre todo, las ediciones «oficiales» de cada ciudad con destino a los concursos de recitación en las fiestas locales habían dado lugar a la proliferación de variantes e interpolaciones en los textos. ¿Cuál fue, pues, -si es posible saberlo y si en algún momento lo hubo- el texto primero y original de los poemas?
5.1.2.3. Lengua «homérica». La lengua de la «Ilíada» y la «Odisea» es una lengua artificial, es decir, que no ha sido hablada en ningún momento por ningún grupo humano: es una lengua literaria, utilizada con fines estrictamente poéticos y que había de fijarse como vehículo de expresión propio de las formas épicas hasta el fin de la antigüedad helénica; además influyó poderosamente en la formación de las restantes lenguas literarias. Pero ¿cómo se originó?
5.1.2.4. Metro «homérico». La forma métrica de los poemas es el hexámetro dactílico, utilizado en series indefinidas de versos. El hexámetro constituye una creación sumamente delicada que no pudo ser en manera alguna la invención de un solo poeta, por genial que éste fuera. Por otra parte, no se adapta fácilmente al ritmo natural de la lengua griega, por lo que incluso se defiende la posibilidad de un origen extrahelénico. Sea como fuere, hay indicios que nos permiten asegurar que era ya empleado por los cantores aqueos en el II milenio a.C. Pero ¿cómo se elaboró?
5.1.2.5. Anacronismos, contradicciones, inconsecuencias. Han sido esgrimidos reiteradamente por quienes niegan la paternidad y hasta la personalidad de Hornero; en realidad, se explican fácilmente por la tradición oral de la que hemos dicho que los poemas -sea cual sea su génesis- constituyen una cristalización, por el, hecho de que, al estar destinados a la recitación, en un principio improvisada, fue fácil incurrir en contradicciones; porque en ellos se refleja una sociedad pretérita y el poeta no conoce la «arqueología», o bien porque subsisten, sin duda, a pesar de la criba de los alejandrínos, pasajes y versos interpolados tardíamente.
5.1.2.6. Procedimientos literarios. Abundan los poemas en procedimientos literarios muy singulares que prestan a estas obras un color propio: abundante presencia de símiles; proliferación de epítetos (a menudo, vocablos compuestos); las llamadas «fórmulas épicas» (un miembro de frase o un verso, o un gru- po de versos que se repiten de modo formulario), que suponen una quinta parte del total de casi 30.000 versos que suman los dos poemas. El estudio de estos procedimientos, además de ser muy interesante, viene a poner de relieve la antigüedad de la tradición épica implícita en estos poemas, las conexiones con otras formas épicas no griegas y la genial habilidad con que el poeta ha hecho uso de estos elementos que le imponía, más que le brindaba, la tradición.
5.1.2.7. Personalidad de Hornero. Todos estos problemas y algunos otros a los que no aludimos se han ido planteando en forma sucesiva ya desde la época alejandrina y han llevado a algunos críticos a negar incluso la existencia de Hornero. Esta postura extrema tiene aún muchos defensores, pues por otra parte no tenemos noticias ciertas sobre la
persona del poeta: para quienes así juzgan «Hornero sólo es un nombre». Sin embargo, la presencia de un poeta (llámese o no Hornero) se deja sentir, más que en los aspectos formales (sujetos a los condicionamientos de una tradición ya consagrada y a la tiranía imperiosa de la forma métrica), en el tratamiento de los datos legendarios y en la indudable creación de tipos o reinterpretación de los ya existentes (Héctor, Andrómaca, Helena ... ), así como en la organización de los poemas (especialmente la «Ilíada») centrados en torno a un tema.
La obra homérica logró extraordinaria resonancia desde el momento mismo de su aparición: los poemas eran recitados en las fiestas de las ciudades; se utilizaban como base principal en la educación de los jóvenes; sirvieron de fuente de inspiración a las sucesivas generaciones de poetas épicos, líricos y dramáticos. De ellos arranca el desarrollo de la épica posthomérica, que se continuó hasta bien avanzado el siglo V a.C. en producciones de tipo y tono muy diversos:
- heroicas: poemas «cíclicos»;
- didácticas: poemas de aliento moral o filosófico;
- burlescas: con «héroes» extraídos a veces del mundo animal como en la «Batracomiomaquia» , largo tiempo atribuida a Hornero.
Más tarde, en época helenística y grecorromana, surge una nueva épica de tendencia erudita. Pero, cuando hablamos de epopeya griega, nos referimos sobre todo a los dos grandes poemas atribuidos a Hornero: la «Ilíada» y la «Odisea».
5.1.3. Período de formación.
Llamado también período arcaico porque llena lo que podemos considerar época arcaica de la vida griega. Comprende dos siglos: del VIII a fines del VI.
Es una época de crecimiento y de consolidación del pueblo griego; etapa auroral, pletórica de dolorosas tensiones en todos los aspectos: religioso, político, social. Estas tensiones hallan su expresión en la gran floración literaria y artística que culminará en el período clásico.
5.1.3.1. La épica. En el límite de los siglos VIII-VII surge la figura de Hesíodo, continuador de la épica (utiliza la lengua y metro «homéricos») bajo un nuevo signo: es la épica didáctica de rasgos acusadamente éticos, reveladora de un nuevo (o quizá ancestral) sentido religioso, sombreado a veces de pesimismo; en sus versos se da expresión primera a la idea de Justicia, que primará entre todas en las reflexiones de los griegos.
5.1.3.2. La lírica. El siglo VII aparece marcado por la exaltación individualista (aparición del orfismo y evolución político-social) que en el aspecto literario se pone de manifiesto por el auge de la lírica bajo formas diversas, siempre cantadas: poesía elegíaca, poesía yámbica, poesía monódica y poesía coral, en las que crece la fronda bellísima de las formas métricas más variadas.
En sus distintas variedades cuenta la lírica arcaica con representantes notabilísimos de cuyas obras sólo conservamos restos fragmentarios; destacamos los nombres de Alcman, Arquíloco, Mimnermo, Estesicoro, Alceo y Safo, si bien los tres últimos alcanzaron plenamente el s. VI.
El siglo VI prosigue el desarrollo anterior, aunque intervienen nuevos factores que enriquecen y complican el panorama de la vida griega:
- auge de las religiones mistéricas; - establecimiento de regímenes tiránicos; - fiebre colonizadora;
- intensificación del tráfico comercial;
- desarrollo de la economía dineraria tras la introducción de la moneda, que los griegos «aprendieron» de los lidios;
- comienzos de la especulación filosófica.
Podemos observar que estos rasgos de un modo u otro responden a, y favorecen, la explosión individualista que caracteriza a este periodo. Prosigue, pues, a lo largo de todo el siglo el apogeo de la lírica en cultivadores de distintas procedencias: Solón, Teognis, Anacreonte, Simónides, entre otros.
5.1.3.3. Primeras formas dramáticas. La lírica coral, bajo la forma del ditirambo, abre paso a las primeras formas dramáticas (tragedia y comedia), que personifican principalmente el ateniense Frínico y el siracusano Epicarmo; se hace, pues, la luz en el oscuro proceso de formación del género dramático, proceso cuyos rasgos y fases continúan siendo -como tantos otros aspectos de la cultura helénica- un misterio para nosotros.
5.1.3.4. Primeros prosistas. En la Jonia asiática despierta la reflexión filosófica con la que comienza tímidamente el desarrollo de algunas formas prosísticas; los nombres de esta primera filosofía son: Thales, Anaximandro, Anaximenes, Pitágoras y Jenófanes. Verdadera prosa es la que, en dialecto jonio, se desarrolla en tierras del Asia, bajo la forma de cronicones y narraciones históricas, no siempre bien documentadas; queda un gran nombre, el de Hecateo de Mileto, situado ya en la frontera del período clásico.
Es importante hacer notar que la casi totalidad de los nombres que destacan en este período de formación corresponden a figuras procedentes de la Grecia asiática (y de las islas próximas al Asia), precursora en todos los terrenos de las realizaciones griegas. También debemos apuntar que durante este período se insinúa ya la constitución de los géneros literarios y se afirma el establecimiento de las lenguas literarias.
5.1.4. Período clásico.
Comprende desde las guerras médicas hasta la muerte de Alejandro (comienzo del s. V a.C.-323 a.C.).
En el período clásico culminan las formas políticas y culturales que alumbraron el período arcaico y se abren paso los contradictorios desarrollos que caracterizarán el período helenístico. Supone, por consiguiente, un punto de sazón y equilibrio que justifica el sobrenombre de clásico con que habitualmente lo designamos. Pero lleva en su seno el germen de los procesos desintegradores de los viejos ideales y modos helénícos: por eso su grandeza no está exenta de patetismo:
– Frente al triunfo de la religión olímpica y délfica, los incontenibles progresos racionalistas.
– Frente a la consolidación de la fórmula ciudad-estado (πόλις) que consagra el particularismo disgregador helénico, el avance pujante de un sentimiento nacional panhelénico y las primeras manifestaciones de aperturismo universalista.
– En Atenas, el espíritu democrático convive difícilmente con las apetencias hegemónicas.
La hegemonía política ateniense caracteriza, efectivamente, los comienzos de este período. Esta supremacía se deja sentir también en la esfera de la cultura, particularmente en las letras que conocen:
- el desarrollo del drama ático;
- la constitución y perfeccionamiento de la prosa literaria ática.
404 a.C., no consigue arrebatar a la ciudad su hegemonía espiritual por todos los griegos reconocida.
En el período clásico los géneros literarios, ya perfilados, se mantienen bien definidos, si bien no todos alcanzan la misma vigencia.
5.1.4.1. La épica y la lírica en el período clásico. La épica, víctima del subjetivismo iniciado en el período anterior, no ofrece ya sino subproductos carentes de interés. De hecho ha sido reemplazada por el drama.
La lírica coral llega a su máximo esplendor en las figuras de Simónides (que desarrolla gran parte de su obra poética en este período), Baquílídes y Píndaro; el tebano Píndaro personifica en forma rotunda ese sentimiento de vinculación poeta / divinidad a que hemos aludido anteriormente; su hondo sentido religioso parece, en ocasiones, traducirse en atisbos casi monoteístas; su ética, grave y exigente, se resiente sin embargo de ese aristocratismo que tantas veces nos sorprende en los textos griegos. La lírica personal -de tan amplio cultivo en el período arcaico-- desciende y pierde autenticidad, debido principalmente a dos factores:
- desacralización progresiva de la sociedad;
- absorción por el drama (como en el caso de la épica) de las formas y temática que alimentaban a la lírica.
5.1.4.2. El teatro clásico: tragedia y comedia. El drama es la forma literaria por excelencia en el período clásico ateniense. En sus dos vertientes -tragedia y comedia- alcanza en esta época su plenitud estética. No podemos entrar en el problema, muy oscuro y muy discutido, de los orígenes de la tragedia y de la comedia: baste decir que una y otra emergen, como quiera que sea, de los religiosos dionisíacos y que, al menos, durante el siglo V mantienen firmemente su carácter sacro. La inspiración religiosa es bien evidente en la tragedia de Esquilo (525-314) y Sófocles (494-406) y en la comedia de Aristófanes (que en sus piezas vivifica con fresca imaginación el elemento religioso básico); podríamos pensar que es menos evidente en Eurípides (480-406), que, en realidad, es el portavoz de una nueva religiosidad y de unas ideas nuevas: su última tragedia, «Las Bacantes», en la que la tragedia vuelve al primigenio tema dionisíaco, plantea en este aspecto un significativo problema.
El siglo IV conoce la decadencia progresiva de la tragedia (se reponen ince- santemente las de los tres grandes trágicos) y la evolución de la comedia hacia una comedia burguesa o de costumbres. En una y en otra, desgajadas del tronco religioso que les dio vida, pierde terreno el coro, elemento de carácter ritual
5.1.4.3. La prosa histórica. La prosa histórica, que apuntó ya a fines del período arcaico con Hecateo de Mileto y los logógrafos o cronistas, alcanza pleno desarrollo en la etapa clásica. Es ya Historia, con mayúscula. El primer historiador es Heródoto de Halicarnaso (¿484-420? a.C.), que incluso nos brinda el vocablo, ἱστορία, que define su tarea como «visión» o «contemplación» de los hechos; Heródoto escribe en su prosa jonia materna con un estilo brillante y atractivo y con notables dotes de narrador; su profunda religiosidad le priva en ocasiones del enfoque crítico necesario. En cambio, revela agudas dotes de observador en la descripción de lugares y costumbres y podríamos decir que en él se inaugura una incipiente geografía humana. La gran figura del género histórico en este período es Tucídides (¿465-395? a.C.), ateniense, que escribe en prosa ática, densa y dura, desmañada a ratos, muy influida por los procedimientos estilísticos de los sofistas, pero llena de fuerza. Tucídides es el verdadero creador de la Historia como ciencia por su rigor
documental (acumuló un verdadero archivo de datos fidedignos para la elaboración de su obra), por su sentido crítico que le hace discernir con claridad las verdaderas causas de los hechos históricos así como sus consecuencias, por su objetividad narrativa que le impide ceder a la pasión en la interpretación de los hechos que expone, de los que extrae rotunda y fría ejemplaridad. Su obra, en la que narra los episodios de la guerra del Peloponeso en la que él mismo tomó parte, quedó incompleta y fue proseguida, con mucha menor fortuna, por Jenofonte (¿427-335?), autor también de otras obras de diverso género en las que se acredita, sobre todo, como buen narrador. Conocemos también los nombres de otros historiadores cuyas obras, perdidas para nosotros, fueron aprovechadas y resumidas por otros autores posteriores: fueron, al parecer, rigurosos y objetivos y supieron valorar los hechos históricos que situaron a Grecia, a lo largo de este período clásico, ante una coyuntura totalmente nueva.
5.1.4.4. La prosa filosófica. La reflexión filosófica ocupa, juntamente con el drama, el puesto de honor en el desarrollo literario de este período. Algunos pensadores siguen valiéndose del verso en la exposición de sus doctrinas, pero acaba por imponerse la prosa (jóníca o ática, según la procedencia de los autores). Las figuras de Heráclito y Parménides se alzan en la encrucijada de los dos períodos -arcaico y clásico- y señalan el paso de la filosofía cosmogónica de los precursores a una metafísica ya presentida, si no explícita, en aquéllos. Formulan teorías antagónicas: perpetuo devenir en Heráclito / unicidad e intemporalidad del ser en Parménides: se ha iniciado la plena madurez filosófica que dará lugar a la aparición de los grandes sistemas. Los intentos conciliatorios entre las posturas extremas de Parménides y Heráclito se cifran en las figuras de Anaxágoras y Empedocles; ni sus teorías ni el atomismo de Demócrito hallan inmediata continuación, debido a la aparición de los sofistas, que centran la problemática filosófica en torno al hombre. Desde el punto de vista literario, estas figuras son altamente significativas, no sólo por sus dotes creadoras sino porque, merced a ellos, la lengua griega desarrolló su potencia expresiva y se enriqueció en flexibilidad y en capacidad de matización. La nueva filosofía, renovadora y creativa, se orienta hacia la ética, lógica y dialéctica: a este signo responde la figura enigmática de Sócrates que, sin haber escrito ni una sola línea, tiene su puesto tanto en la literatura como en el pensamiento griegos. Sócrates dio la réplica a los sofistas dentro del propio terreno de ellos y abrió las puertas de un mundo nuevo a los hombres todos. Los frutos de la enseñanza socrática se plasmaron en la aparición de escuelas filosóficas muy diversas; de ellas la que adquirió mayor resonancia, y la que desde el punto de vista literario más nos interesa, es la platónica.